13 de enero de 2013

El Comité de Defensa de la República de Mieres

Cuando la dominación roja de Mieres.






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Sé que el título de hoy suena a otra época y a otra circunstancia, pero es precisamente porque fue escrito en otra época, junio de 1938, y en otra circunstancia, un Mieres que ya era franquista mientras en gran parte del país seguían los combates de la Guerra Civil. Así se llama un librito de autor desconocido, -aunque muchos saben que debería llevar el nombre y los apellidos de Alfonso Bocinos, maestro de la villa- que narra lo sucedido en la cárcel que se habilitó en los sótanos del antiguo convento de Padres Pasionistas.
Tiene una primera parte dedicada a lo que vivió el autor desde el 8 de julio de 1937, escrito desde un punto de vista que queda claro desde el primer párrafo: «Cuando la bestia roja volvió por aquí, siendo en días postreros al 19 de julio del 36, su prístina decisión obedeció al doctrinarismo ruso de eliminar nueve décimas partes de ciudadanos considerados así, en tan gran número, como reaccionarios o simplemente indiferentes al magno propósito de implantar en España el estamento a tipo bolchevique». Una barroca redacción que no deja dudas sobre la orientación política del narrador.
Efectivamente, la contienda duró aquí 459 días y desde los primeros momentos de respuesta popular al alzamiento, el templo de La Guareña se destinó a depósito de municiones y armamento, habilitándose el resto de las dependencias del edificio como prisión provisional. El Comité de Defensa de la República estaba compuesto en Mieres por 60 personas y entre ellas 15 formaron el llamado Jurado de Urgencia para la Represión del Fascismo, encargado de encausar a los sospechosos de colaborar con el enemigo, que eran enviados allí.
En las celdas de los frailes se instalaron los hombres detenidos, mientras que para las mujeres se preparó una parte del claustro; el comedor se transformó en rudimentaria enfermería, en los bajos se situaron las oficinas y un calabozo para milicianos arrestados y en el sótano se abrió una «celda de castigo» para aquellos presos que cometiesen faltas disciplinarias. Todos ellos estaban vigilados por un grupo integrado proporcionalmente por representantes de cada organización política o sindical.
Nuestro cronista estuvo preso allí compartiendo la misma celda con otros compañeros que identifica en su relato: Tomás Martínez Díaz, el capellán de Hulleras de Turón, quién ya había salvado su vida en los desgraciados sucesos ocurridos allí en 1934, a pesar de haber estado detenido junto a los otros religiosos fusilados; otro cura, José Gutiérrez, el párroco de la localidad allerana de Cuérigo; un empleado de la Hullera Española, llamado Vicente Martínez y que había llegado desde Ujo, tras pasar primero por la cárcel local habilitada también en la iglesia parroquial del pueblo y Silverio Menéndez, un labrador traído desde el caserío de El Torno, en Soto de Aller.
Al principio eran cinco y luego, tras producirse cambios porque algunos de los detenidos fueron trasladados a la cárcel del Coto en Gijón o temporalmente a la Brigada penal de fortificaciones de Tuernes, en Llanera, llegaron otros sustitutos y se mantuvo siempre el número de seis.
Según esto, parecen demasiado escuetas las medidas que según el maestro tenía la estancia: seis metros cuadrados y en ellos, además de las personas, una mesa con dos sillas y los correspondientes jergones que se extendían cada noche para recogerse por el día. Además una tabla colocada en la pared a modo de estantería para soportar los alimentos y dos botellas de agua, una cuerda como tendal, de pared a pared, y un cubo metálico para satisfacer las necesidades menores y aún las menores si no se obtenía el permiso necesario para cada evacuación. Imagínenselo y verán que no salen las cuentas.
Los jueves y domingos estaban permitidas las visitas en un pasillo del bajo preparado como locutorio. Allí se reunían a la vez entre presos y familiares o amigos unas 80 personas a los que se permitía introducir toda clase de alimentos que complementaban el pésimo y escaso rancho que se les daba.
Cuando Bocinos entró en el Convento, el 8 de julio de 1937, ya estaban allí 139 hombres y 48 mujeres de todas las edades, pueblos de los alrededores y condiciones, entre ellos varios curas y significados católicos, detenidos por esta circunstancia junto a otros militantes o simpatizantes de los partidos de derechas y 58 vecinos del occidente asturiano, acusados de pertenecer a la columna gallega, aunque haciendo caso del autor, que no necesita mentir en el momento en el que publica sus apuntes, no eran más que un grupo de personas de edad, que no tenían nada que ver con la milicia azul y a los que se hizo pasar por falangistas por una cuestión de mera propaganda.
Entre la relación completa de detenidos que aparece en el libro, hay personajes muy conocidos de la vida local, como el ex-alcalde Manuel Martínez o el erudito Fausto Vigil, y es cierto que la mayoría, tras su liberación, no tuvieron una participación destacada en la represión de sus captores ni destacaron por su fervor patriótico junto a los vencedores (aunque una minoría sí lo hizo y su venganza se prolongó durante décadas), pero parece que los presos que se dejaron en Mieres eran aquellos que no tenían más delito que su simpatía con el otro bando, mientras quienes cayeron bajo las acusaciones de tenencia de armas o haber participado directamente en acciones de sangre fueron trasladados a otros lugares.
Si hemos de hacer caso a Alfonso Bocinos, hasta allí llegó incluso un grupo de gastrónomos de Turón que habían tenido la mala suerte de estar celebrando un convite el mismo día en el que las tropas de Franco habían ganado una batalla que no llegaron nunca a saber cual fue, pero se les acusó de conmemorarla con un animado banquete y acabaron condenados a pesar de sus explicaciones.
Y sin perder este tono, unas páginas más adelante, no puede resistirse a contar una de esas anécdotas que solo pueden darse en Mieres: fue por la noche, cuando un recluso, aprovechando la oscuridad soltó tal ventosidad que saltó la alarma entre los guardianes y uno de ellos respondió por instinto disparando hacia la celda, con la fortuna de que el disparo no encontró su objetivo.
Parece por el relato, que el trato que recibieron los cautivos, a pesar del hacinamiento, la suciedad, la miseria y la escasez de las raciones que recibían, evitaba la violencia innecesaria. Bocinos cuenta como en una ocasión se produjo un enfrentamiento físico entre un guardián conocido como «Levinco» y el preso Julio Hevia que se lanzó sobre él desarmándolo e intentando estrangularlo; solo lo salvó la llegada de otros milicianos, aunque «por tan grave motivo, bien creímos en el final trágico de aquel compañero; pero no le castigaron más que a pasarse unos días en el sótano».
Como era y sigue siendo habitual en las prisiones, los detenidos aguzaban también el ingenio para proveerse de aquello que no les estaba permitido y así, escondidas bajo una piedra, guardaban unas tiras de hojalata afiladas a modo de cuchillos, que solo debían servir para cuestiones domésticas.
Cuando hubo necesidad de ampliar la capacidad de la cárcel se sacó de la iglesia todo aquello que pudiese estorbar a su nueva función: los confesionarios, altares, cuadros y demás objetos de madera se apilaron en el huerto del convento y las imágenes se llevaron hasta un desván, en vez de ser destruidas como había sucedido en 1934 y aún estaba ocurriendo en otras partes de España.
El 22 de octubre de 1938, ya con las tropas nacionalistas encima, se produjo el abandono de la cárcel del Convento de Mieres y los presos fueron saliendo en parejas y discretamente para evitar represalias de última hora: «La celda despedía el maloliente vaho que nublaba la mortecina luz de aquella lámpara; los jergones, pisoteados, quedaban, como seres yacentes, herencia ésta, con los anaqueles, para otros presos, que si por la mera condición serían dignos de lástima, sus motivos serían diferentes a los nuestros». Alfonso Bocinos no se equivocaba?
Alguna vez he escrito, al hablar de 1934, sobre la peculiaridad de las relaciones entre los vecinos de Mieres en los años 30, donde -como siempre, salvando las excepciones- existía un sentimiento de respeto que no se encontraba en otras partes. Así lo contaba Manolé Grossi y otros líderes de la izquierda local. Ahora que tengo este relato en las manos, escrito desde la otra orilla, me reafirmo en este hecho para el que no encuentro explicación.
Lean este último comentario: «No había entre los naturales de Mieres esa cantidad de malvados, en cuyas almas negras anidaran instintos de la perversidad que se supo de otros, si observamos en los contados crímenes que se cometieron en comparación con los de otros sitios». Un fenómeno curioso para los sociólogos.

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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