28 de abril de 2013

De dónde provienen los Asturianos y cómo llegaron a habitar este Territorio.

El largo viaje genético desde África a Asturias. Siete mil millones de primos lejanos.

National Geographic rastrea el ADN de cien asturianos para su proyecto mundial sobre el origen de la humanidad, que podría revelarse más antiguo que lo que se creía hasta ahora



Spencer Wells, en el Centro Niemeyer de Aviles (Asturias).
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El origen genético de toda la población mundial puede ser más antiguo de lo que hasta ahora pensaban los científicos. Nuestros ancestros, que habitaron el sureste de África hace unos 200.000 años, realizaron un largo camino por todo el planeta hasta acabar, hoy en día, por ejemplo, habitando en Asturias. Pero ¿cuál es el parentesco entre un asturiano y un habitante del Sudeste Asiático? Por sorprendente que parezca, es posible rastrear el trayecto migratorio que siguieron nuestros ancestros. Eso es precisamente lo que un equipo de National Geographic, premio «Príncipe de Asturias» de Comunicación y Humanidades 2006, hace en el Principado: tomar cien muestras de ADN cuyo análisis permitirá conocer de dónde provienen los asturianos y cómo llegaron a habitar este territorio.
La historia de los asturianos es también la historia de toda la humanidad. Y puede ser más antigua que lo que hasta ahora pensaban los científicos. Por sorprendente que parezca, toda la humanidad proviene genéticamente de un hombre y una mujer, pero que nada tienen que ver con el Adán y la Eva de la Biblia. Los genetistas creen que existió una madre genética, denominada Eva mitocondrial, cuyo ADN se puede rastrear en todos los seres humanos actuales. No era la única mujer de su época, tampoco la única que logró descendientes, pero sí aquella con la que existe una conexión materna común, ya que el ADN mitocondrial sólo se transmite por vía materna. Es, por así decir, la madre de todas las madres. Así, sus descendientes lograron éxito genético y transmitieron por vía materna durante miles de generaciones sus rasgos. Vivió en África Oriental hace aproximadamente unos 200.000 años.
También hubo un Adán, un hombre con el que todos los seres humanos están genéticamente enlazados. En su caso, el rastro se remonta 140.000 años atrás. Pero las investigaciones del «Proyecto Genográfico» de National Geographic e IBM sobre el origen de las migraciones humanas basándose en el estudio del ADN puede dar un vuelco al origen genético del hombre. Los estudios del equipo que lidera el estadounidense Spencer Wells apuntan a que el origen genético de los varones actuales puede datar de hace unos 300.000 años, antes incluso que la Eva mitocondrial africana de la que se supone que todos descendemos.
«Tenemos un artículo que publicaremos en breve con pruebas de que podría existir ese Adán genético que se remontaría a hace unos 330.000 años, mucho más atrás de lo que pensábamos inicialmente. El problema es que no existe en ese árbol genealógico una rama ancha que relacione el Adán de hace 140.000 años con el de hace 330.000, no podemos entender muy bien la relación existente. Estamos hablando de un grupo muy limitado de personas que viviría en África Central. Existe información controvertida sobre la posibilidad del hallazgo de una persona que se remontaría antes de esos 140.000 años, que es lo que hasta el momento hemos demostrado. Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que podría haber algún tipo de relación con algunos homínidos, podría haber una mezcla de especies, con lo que aún no sabemos cómo enfocarlo, cuáles serán los resultados definitivos», explicó el investigador y científico estadounidense.
¿De dónde venimos realmente? Ésta es la gran y repetida pregunta que intenta responder el «Proyecto Genográfico». Mediante el análisis de ADN de miles y miles de personas de todo el planeta (hasta de las tribus más recónditas), los científicos buscan el rastro de nuestros antecesores genéticos para trazar el mapamundi de las migraciones humanas desde los tiempos más remotos. El proyecto nació en 2005 y casi 600.000 personas de más de 140 países han aportado su granito de arena: su ADN, la partida de nacimiento que todos llevamos bajo la piel.
El posible envejecimiento de la edad del Adán genético constituye uno de los últimos hallazgos del «Proyecto Genográfico», pero ni mucho menos el único. Hasta el momento son tres las conclusiones científicas de carácter genérico. Según explicó Wells en una entrevista a este periódico: «El clima ha jugado un papel fundamental en las migraciones desde el Paleolítico, con los primeros asentamientos. En segundo lugar, está la importancia del Neolítico, el trasvase a la agricultura hace unos 10.000 años ha sido un punto de inflexión en cuanto a los patrones genéticos (hemos visto que todos nos remontamos a un origen común que se produce hace unos 10.000 años, con el cambio del estilo de vida). Y en último lugar, están los cambios culturales y cómo estos afectan al patrón genético. Estamos hablando del idioma, de la religión, del sistema de castas, etcétera».
En el marco de estas tres generalidades se esconden decenas de anécdotas y descubrimientos. Por un lado, se encuentra la división que se produjo en la época antigua en África y que tiene que ver estrechamente con los cambios climáticos. «El clima determina hacia dónde pueden migrar las poblaciones porque permite establecer un lugar de paso o una barrera infranqueable. Esto es lo que ocurrió, por ejemplo, con el puente que pudieron utilizar nuestros antepasados entre América y Siberia con la última glaciación, el paso de Europa a Norteamérica. Y lo mismo sucedió en África. Las condiciones climáticas hacían que los pueblos estuviesen separados o no. Y lo encontramos también en la historia reciente, con los fenicios, en el siglo I antes de Cristo. Procedían de Líbano, después se instalaron en Cartago (el Túnez actual) y se convirtieron en un imperio marítimo, de comerciantes, que después fue asimilado por los romanos con las guerras púnicas y se perdieron en los anales de la historia. Al final, lo que nos queda es información de segunda mano. Nosotros queríamos saber si ese imperio fenicio había tenido un impacto genético y hemos descubierto que fue así. De cada 17 personas estudiadas en el Mediterráneo, una presenta trazas que las remonta al imperio fenicio. Con todo este estudio podemos analizar no sólo migraciones de hace miles y miles de años, sino movimientos recientes, historia escrita», argumenta Wells.
Los investigadores del «Proyecto Genográfico» no sólo rastrean el ADN humano. También analizan el que obtienen de los yacimientos antiguos. «Queríamos establecer si existe una relación entre los cambios culturales y los cambios genéticos. Para que entienda, en el Mesolítico se conseguían unos datos similares en toda Europa. Pero en Rusia, cuando hablamos de la Edad del Bronce, vemos unos cambios que se deben a la migración del Sudeste Asiático. Le explico: queríamos saber si los cambios arqueológicos que detectamos tenían que ver con un cambio en la población, con el desplazamiento de las personas, si había habido un cambio genético. Y la respuesta fue afirmativa. Esto coincide con otros patrones que encontramos en yacimientos arqueológicos similares. En cuanto a estos resultados, la semana que viene se va a presentar un artículo sobre resultados en estudios con material antiguo», expuso Wells.
El «Proyecto Genográfico» también ha permitido profundizar en cómo y cuándo se fue poblando el planeta, la que sería la primera inmigración de la historia. Partiendo del hecho de que todos provenimos del corazón de África, los investigadores parten de que la primera migración africana se produjo hace unos 60.000 o 70.000 años. Empezó por una línea costera, atravesando la actual Somalia, Etiopía, pasando después a Yemen. Y siguiendo una ruta costera, la migración continuó hasta llegar al Sudeste Asiático. Aproximadamente hace unos 50.000 años se produjo la llegada a Australia y hace unos 45.000-50.000 años a Oriente Medio. Algunos de estos primeros viajeros se adentraron más hacia el continente y llegaron a Asia Central hace 35.000-40.000 años y llegaron a Europa. Algunos, a su vez, llegaron a América y otros se adentraron en otras zonas de Asia.
Por otro lado, hubo unas migraciones posteriores, sobre todo las procedentes de lo que se denomina la media luna fértil de esa zona, hace unos 10.000 años. Ahí hubo una mezcla, donde confluyeron esas dos migraciones. «Estaríamos hablando de que el Paleolítico (hace más de 35.000 años) se junta con aquellos inmigrantes procedentes de la media luna fértil. Y es ahí donde encontramos los dos patrones genéticos presentes en Europa. Por eso en España encontramos las dos vertientes: los paleolíticos, que son los que inmigraron aquí y se encontraron con los neandertales, y los que llegaron después de Oriente Medio trayendo consigo la agricultura», explicó Spencer Wells.
En el caso del poblamiento de la península Ibérica, el primer asentamiento data de hace 35.000 años, pero el avance y posterior retirada del hielo conllevó movimientos migratorios y la búsqueda de guaridas. Entre hace 16.000 y 20.000 años, las poblaciones habitaron un refugio franco-cántabro que abarcaba toda la cornisa cantábrica y el Pirineo. Estos moradores volvieron al norte de Europa cuando finalizó la era glaciar y fue ahí, en esa reserva franco-cántabra, donde está el origen de muchos patrones europeos.
¿Y cuál es el cóctel genético de los asturianos? Eso es precisamente lo que investigan ahora los científicos del «Proyecto Genográfico» con el centenar de muestras de ADN que ayer tomaron en el Centro Niemeyer de Avilés. El análisis previo realizado a una joven asturiana puede servir de aperitivo al posible código asturiano: raíces africanas, aires mediterráneos y una pizca del hombre de Sidrón. La respuesta a esta gran pregunta sigue en el aire, pero ya está más próxima.
El «Proyecto Genográfico» es un ambicioso estudio que pretende contribuir a responder preguntas fundamentales sobre el origen de la humanidad y cómo el hombre llegó a poblar el planeta. El director del proyecto y explorador residente del National Geographic, el doctor Spencer Wells, y su equipo de científicos utilizan las tecnologías genéticas e informáticas más avanzadas para analizar patrones históricos en el ADN de participantes de todo el mundo. Dice que la humanidad es un gran clan familiar, formada así por unos 7.000 millones de primos lejanos.
Todos descendemos de un antepasado africano común que vivió hace 140.000 años. La historia completa permanece grabada en nuestros genes. Cuando el ADN pasa de una generación a la siguiente, la mayoría se recombina a través de los procesos que a cada uno nos otorga nuestra propia individualidad. A pesar de esto, algunas partes de la cadena de ADN permanecen mayoritariamente intactas generación tras generación, y se ven sólo alteradas de forma ocasional por mutaciones, convirtiéndose en marcadores genéticos. Estos marcadores permiten a los genetistas trazar una línea del tiempo e incluso llegar a trazar un mapa de las antiguas migraciones humanas desde África a través de los continentes, trazar el milenario viaje del hombre por el mundo. Los hallazgos del «Proyecto Genográfico» se publican en las revistas especializadas punteras de todo el planeta. Entre ellos destacan, por ejemplo, los siguientes:
lº-. Los orígenes de las poblaciones afganas. La mayoría de los afganos de origen étnico comparte una única herencia genética derivada de una población ancestral común que probablemente emergió durante la revolución neolítica y la formación de las primeras comunidades agrícolas. El equipo de National Geographic descubrió que la variabilidad genética entre los afganos se atribuye a la formación de las primeras civilizaciones en esta región durante la Edad del Bronce.
2º-. El indoeuropeo y el sur de la India. El Centro de Investigación Genográfica en la India descubrió que las diferencias genéticas entre grupos tribales y castas en Tamil Nadu, India, parecen ser unos 2.000 años anteriores a la llegada de los indoeuropeos a la región.
3º-. Las raíces vascas. El estudio de los patrones genéticos vascos muestran que la singularidad genética vasca es anterior a la llegada de la agricultura a la península Ibérica, hace unos 7.000 años. El equipo descubrió que los vascos comparten patrones genéticos únicos que los distinguen de las poblaciones vecinas.

FUENTE:  Spencer Wells, (en el Centro Niemeyer de Aviles).

27 de abril de 2013

Mineros y sidra en las cuencas mineras

Los mineros y la sidra

El consumo llegó a ser tan elevado que los ayuntamientos intentaron tasarlo con tributos


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La producción y consumo de sidra se había venido consolidando en Asturias desde, al menos, la Alta Edad media; aunque Llegado el siglo XIX dos serían los procesos que impulsarían de modo sustancial la elaboración de sidra. El primero es la emigración a ultramar, lo que proporcionará la expansión del producto al vasto mercado americano. El segundo es el proceso de industrialización y consiguiente urbanización regional que conllevó un notable aumento de la población regional y que generó otro tipo de pautas de consumo de bebidas alcohólicas, que ya no será solamente ocasional. En Gijón y las cuencas mineras se ubicarán los principales centros consumidores.

En la cuenca del Nalón, sobre todo, el consumo del caldo asturiano alcanzaría desde pronto unos niveles de demanda tan espectaculares que situarían a la comarca, cualitativamente, como el principal consumidor provincial, realidad que queda bien plasmada en el desarrollo de una destacada hostelería sidrera cuyo arraigo como espacio de sociabilidad es de sobra conocido. Que el consumo alcazaba cotas elevadísimas queda claramente reflejado en el hecho de que los ayuntamientos -al igual que otras instancias fiscalizadoras- tratasen de tasar la sidra con tributos lo más altos posibles, lo que por otra parte ilustra nuevamente la elevada demanda de caldo asturiano.
La vinculación de los mineros al chigre parece, desde luego, un hecho bien establecido. Los pozos solían estar alejados de los lugares de residencia y, por tanto, las muchas tabernas abiertas en el camino constituían una oportunidad ineludible para estimular la sociabilidad y fomentar unos contactos interpersonales que la dispersión del hábitat y lo apretado de los horarios dificultaban; tal y como queda plasmado en obras como las de Clarín o Palacio Valdés. No es extraño, en consecuencia, que el obrero industrial -y sobre todo el minero como verdadero emblema regional de las clases populares- aparezca sistemáticamente asociado a la taberna; integrando su paisaje y fundiéndose en su vida cotidiana con ella.
 

Andando el tiempo, cuando se produce el aluvión poblacional de la segunda mitad de siglo en Gijón y Avilés se debe tener en cuenta que la mayoría de los emigrantes serían de origen asturiano, muchos de ellos procedentes de unas cuencas mineras ya en declive y que, por lo tanto, sus pautas de sociabilidad se hallarían muy vinculadas a la cultura sidrera. Por si ello fuese poco, Gijón, por su cercanía a otros núcleos poblacionales importantes y gracias a la facilidad de comunicación con ellos, se convertiría en el mar de las cuencas mineras.

Además, en el comienzo de la nueva eclosión sidrera de los años setenta, no era poca la gente minera que se desplazaba hasta estas zonas. A la sidrería El Furacu de Villaviciosa, por citar un ejemplo bien conocido, acudía numerosa concurrencia desde las cuencas, clientela que gastaba buenas sumas de dinero y que era muy proclive a alargar el jolgorio lo más posible. Había cuadrillas de tres o cuatro libadores que despachaban la nada despreciable cifra de setenta u ochenta botellas. Similares escenas se constataban en el caso de los lagares de Siero. Aunque estos ocios sidreros venían de lejos, y de la mítica sidrería Casa el Ferreru de Oviedo, por citar un caso significado, se tenían en gran estima los chipirones y el pollo, que era consumido especialmente por mineros los fines de semana.
 

A la expansión del consumo lúdico de sidra en plazas que no habían sido en esencia muy sidreras contribuirían también significadamente los mineros. En marzo de 1962, por ilustrar la cuestión, con motivo del encuentro entre el Unión Popular de Langreo y el Luarca Club de Fútbol, más de dos mil aficionados de la cuenca se desplazaban e improvisaban unas jornadas festivas en la villa costera. Por los testimonios de que se disponen se sabe que durante éstas corrieron a buen ritmo el marisco y la sidra.
De todo lo expuesto se puede concluir, en definitiva, que a la expansión de la cultura y la industria sidrera han ayudado de modo decidido los mineros; encontrándose en las cuencas hulleras aún hoy en día algunas de las plazas más emblemáticas en el consumo del ambarino caldo astur.



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22 de abril de 2013

El asturiano Alejandro Rebollo y Julián Grimau, dos vidas cruzadas

El digno final del último muerto de la Guerra Civil

El asturiano Alejandro Rebollo, abogado de Julián Grimau, destaca la «integridad» del dirigente comunista al afrontar su fusilamiento hace justo cincuenta años


      El abogado Alejandro Rebollo(centro de la imagen)

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«No hubo gritos ni estridencias» en el campo de maniobras del barrio de Campamento, en Madrid, en la madrugada del 20 de abril de 1963. «Con las manos todavía atadas», a punto de ser fusilado, Julián Grimau García «quiso darme las gracias por la defensa y, aun maniatado, trató de alargar los brazos hacia mí. Le di un abrazo. Al margen de ideas políticas, era un hombre que estaba a un paso escaso de su muerte y la afrontaba con dignidad. Que había aceptado su destino». Ha pasado medio siglo, pero aquel amanecer de abril resiste en la memoria del abogado asturiano Alejandro Rebollo, que ejerció la defensa del dirigente comunista y trató sin éxito de evitar aquella condena a muerte que hoy sigue considerando injusta. A las cinco de la madrugada, a la luz escasa de los faros de unas camionetas, veintisiete balas disparadas por un pelotón de soldados de reemplazo y dos tiros de gracia acabaron con el político madrileño. Hoy hace cincuenta años. Fue la última ejecución de un procesado por delitos cometidos durante la Guerra Civil. El último muerto de la contienda, ajusticiado 24 años después del cese de las bombas.
Alejandro Rebollo Álvarez-Amandi, que después iba a ser presidente de Renfe, fundador del Centro Democrático y Social (CDS) y diputado por Asturias entre 1986 y 1993, era capitán del Ejército, un abogado licenciado con honores que no había cumplido los treinta cuando fue designado defensor de Grimau en el consejo de guerra. Madrileño de nacimiento y ovetense de sentimiento, conserva de aquel episodio negro de la dictadura franquista el recuerdo amargo de un proceso lleno de irregularidades. El reo, que dirigía el Partido Comunista en la clandestinidad, había sido detenido el 7 de noviembre de 1962 y acusado de un delito continuado de «rebelión militar» por haber ordenado supuestamente torturas y asesinatos como responsable de la «checa» instalada durante la guerra en la plaza Berenguer el Grande de Barcelona. Rebollo acudía ayer al viejo axioma jurídico, «lo que no está en el proceso no está en el mundo», para explicar que de ninguna de aquellas imputaciones se presentaron pruebas consistentes. «Mi defensa se basó mucho en la poca fiabilidad que daban los testigos, que en realidad no eran testigos», afirma Rebollo.
El acusado, utilizado según algunas versiones por el régimen franquista para escarmentar a la oposición en un momento de elevada conflictividad política, fue condenado a la pena capital pese a que la estrategia de defensa «era muy fácil desde el punto de vista jurídico», rememora el abogado. Los supuestos testigos hablaban de oídas, no había argumentos: «Si las pruebas que se aducen no las pueden ver las dos partes, no sirven», persevera.
Grimau fue condenado y ejecutado a pesar de todo, desoyendo una heterogénea batería de reacciones de repulsa que incluyó más de 80.000 telegramas pidiendo la paralización del juicio y peticiones de clemencia de la procedencia más diversa, desde el Papa Juan XXIII a John F. Kennedy o el líder soviético Nikita Jrushchov. «Lógico», valora ahora el abogado. «Habían pasado muchos años desde la guerra».
De los momentos complejos que compartió con el condenado, hablando en las horas previas a la ejecución de literatura, de arte o de la encíclica «Pacem in terris», Rebollo conserva «el respeto y el afecto» por Grimau, la impresión de que «desde el punto de vista humano, al margen de los juegos políticos, lo vi muy persona. Me alegro mucho de haber podido defenderlo pese al poco éxito profesional que tuve, porque estaba juzgado de antemano».
«No lo oí ni lo vi nunca despotricando, gritando, rebelándose», rememora. «Era un hombre lo suficientemente inteligente como para saber que aquello le había caído a él y lo aceptaba. Se enfrentó a las circunstancias duras y complejas de su vida sin perder la dignidad. En los tiempos en los que yo lo conocí fue una persona íntegra hasta el ultimo momento».
A la mención de Grimau asaltan la memoria de Rebollo los recuerdos de sus enfrentamientos con el fiscal. Como cuando el defensor, para justificar la falta de sentido del proceso, parafraseó a Franco diciendo que «el Valle de los Caídos se alzaba como símbolo de la reconciliación nacional. El fiscal me replicó, yo dije que el acusador estaba llamando mentiroso al Jefe del Estado y se montó un follón impresionante. Incidencias así, las que quieras».

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El defensor que daba el perfil y tuvo una calle en Praga

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La pregunta por cómo llegó Alejandro Rebollo a defender a Grimau «es difícil de responder», afirma el abogado. Sabe que recibió una llamada del ministro del Ejército «diciéndome que un preso político me había nombrado su defensor y es posible que fuera verdad, que él hubiera oído hablar de mí en la cárcel, porque yo había actuado ya en otros procesos similares». El caso es que también daba el perfil, que «al Gobierno, ante un juicio que se adivinaba difícil, le interesaba un militar, licenciado en Derecho y que ejerciese». Tras el proceso, Rebollo sufrió sinsabores, pero también al menos una curiosa compensación: «Tuve bastantes años una calle en Praga con mi nombre», homenaje de la Checoslovaquia «filocomunista».

Con el tiempo, en 2006, el Senado aprobó una moción presentada por Izquierda Unida para instar al Gobierno a «la rehabilitación ciudadana y democrática de la figura de Julián Grimau» y la coalición registró recientemente en el Congreso una proposición no de ley en términos similares. Pero el intrincado «caso Grimau» ha conocido, además, a lo largo de la historia otras ramificaciones singulares. Manuel Fraga, que era senador cuando prosperó aquella propuesta de IU -sin los votos del PP-, formaba parte del Consejo de Ministros que rechazó en 1963 las peticiones de indulto. Por si fuera poco, Jorge Semprún escribió en «Autobiografía de Federico Sánchez» que Santiago Carrillo había enviado a Grimau a España con el propósito de que fuera apresado, para librarse de él.

FUENTE: 

BIOGRAFIA.


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Julián Grimau García fue un político comunista español, nacido en Madrid en 1911 y fusilado en la misma ciudad el 20 de abril de 1963, condenado a muerte y ejecutado por la dictadura franquista, acusado ante el tribunal militar que lo juzgó en Consejo de guerra de crímenes cometidos en la retaguardia durante la Guerra Civil Española en su condición de miembro de los servicios policiales y como jefe de la Brigada de Investigación Criminal. La oposición a la dictadura, tanto en el interior como en el exterior, cuestionó la validez de las pruebas presentadas en el juicio y denunció las torturas a las que fue sometido durante su detención.

Primeros años

Era hijo de Enrique Grimau de Mauro, inspector de policía y dramaturgo. Su abuelo paterno, Julián Grimau de Urssa, fue un conocido médico y alcalde del pueblo de Cantalejo (Segovia). En unas notas biográficas dedicadas a este último, se puede leer sobre Julián Grimau:
don Julián Grimau Garcia, hijo de don Enrique Grimau Mauro, de Vallecas, y de doña María García Ruiz, de Ávila. El 18 de febrero de 1911, en la calle madrileña del Paseo del Rey, nº 14, piso principal, vino al mundo Julián Grimau García. Recibió en el bautismo los nombres de Julián Jesús Enrique Simón en la parroquia de San Antonio de Padua, más conocida por San Antonio de la Florida, el 27 de febrero de 1911.

Guerra Civil Española

En su juventud militó en Izquierda Republicana. Al estallar la guerra civil, ingresó en el Partido Comunista de España. Pasó la guerra en Barcelona, donde se dedicó a labores policiales. Al ser derrotada la República, se exilió en América Latina, estableciéndose posteriormente en Francia. Fue uno de los dirigentes del PCE durante la época franquista.
Según las acusaciones presentadas contra él ante el tribunal militar que lo juzgó, Grimau cometió torturas, saqueos domiciliarios y asesinatos como jefe de la "checa" establecida desde principios de 1938 en la plaza de Berenguer el Grande de Barcelona. Estas acusaciones, de cuestionada credibilidad, se recogen en textos de la época franquista y en el libro Los papeles reservados de Emilio Romero Gómez, sin que haya otras fuentes que permitan confirmar los hechos.

Posguerra

En 1954, durante el Congreso del PCE celebrado en Praga, fue elegido miembro de su comité central. A partir de 1959 sustituyó a Simón Sánchez Montero, que acababa de ser detenido, en la dirección del Partido "en el interior", es decir, dentro de España, donde tuvo que residir clandestinamente a lo largo de varios años. Compartía esa dirección con Jorge Semprún y con Francisco Romero Marín.
Su actividad le hizo ser una de las personas más buscadas por la Policía franquista. Tras su detención, fue condenado en un juicio sumarísimo y posteriormente fusilado por la dictadura de Francisco Franco.
La prensa internacional volcó su atención sobre el caso Grimau y hubo manifestaciones multitudinarias en varias capitales europeas y latinoamericanas. Más de 800.000 telegramas llegaron a Madrid pidiendo la paralización de lo que consideraban un juicio-farsa. Aún hoy, numerosas ciudades de todo el mundo honran al madrileño con calles y edificios oficiales que llevan su nombre.

El proceso Grimau

Grimau fue detenido el siete de noviembre de 1962. La detención se produjo en un autobús en el que viajaban únicamente él y otros dos pasajeros, que resultaron ser agentes de la Brigada Político-Social (policía política franquista).
Obviamente, había sido delatado. Fue conducido a la Dirección General de Seguridad, situada en la madrileña Puerta del Sol, en el edificio conocido como Casa de Correos, que hoy es sede del gobierno de la Comunidad de Madrid. Allí al parecer fue defenestrado desde un segundo piso a un callejón, lo que le ocasionó graves lesiones en el cráneo y en ambas muñecas. Grimau explicó este hecho a su abogado, declarando que en un momento dado de la sesión de tortura a la que fue sometido por sus interrogadores, le agarraron y le arrojaron por la ventana, esposado con las manos delante, razón por la cual se fracturó la frente y las muñecas. La policía, por boca del ministro de Información Manuel Fraga, declaró por el contrario que Grimau recibió un trato exquisito y que en un momento de su interrogatorio se encaramó a una silla, abrió la ventana y se arrojó por ella de forma "inexplicable" y por voluntad propia.
Frente a todas las previsiones, Grimau no fue acusado por su militancia clandestina (lo que le habría valido una condena a prisión) sino por su actividad durante la guerra civil. Fue la última persona procesada y condenada en España como consecuencia de la guerra. La razón de ello es que, probablemente, el régimen quiso dar una lección a la oposición en un momento en el que existía una ola de alta conflictividad social y política.
Grimau fue acusado por su trabajo como policía durante la guerra civil. Esa actividad, como todas las ejercidas por miembros de la administración republicana durante la guerra, era calificada de delito de rebelión militar. Aunque el delito se consiguiese probar, técnicamente había prescrito tras los 25 años transcurridos. El tribunal debía probar entonces que se trataba de un delito continuado. En concreto, a Grimau se le imputaban torturas y asesinatos en una checa (centro de detención político) de Barcelona.
Dicha imputación, que no fue demostrada en el juicio, se le ha hecho también desde sectores anarquistas, que le acusan de haber sido un prominente miembro del Servicio de Información Militar (SIM) y de haber dirigido la represión contra los acusados del asesinato del agente del SIM León Narwicz en 1938. No parece sin embargo que existan pruebas documentales de ello. Además, estas fuentes sitúan la actividad de Grimau en Madrid, no en Barcelona. Sin embargo, a pesar de lo anterior, Jorge Semprún (Federico Sánchez), miembro del Comité Ejecutivo del PCE, escribió en su Autobiografía de Federico Sánchez lo siguiente:
A raíz de su detención [de Grimau], y sobre todo después de su asesinato, cuando participé en la elaboración del libro (Julián Grimau — El hombre — El crimen — La protesta, Éditions Sociales, 1963) que el Partido consagró a su memoria, fui conociendo algunos aspectos de su vida que ignoraba por completo mientras trabajaba con él en la clandestinidad madrileña. Así, por ejemplo, yo no sabía que Julián Grimau, pocas semanas después de comenzada la guerra civil, cuando todavía era miembro del Partido Republicano Federal —sólo se hizo comunista en octubre de 1936—, había ingresado en los Cuerpos de Seguridad de la República, trabajando primero en la Brigada Criminal de la policía de Madrid. Un día, mientras preparábamos la confección del libro ya citado, Fernando Claudín, bastante desconcertado y con evidente malestar y disgusto, me enseñó un testimonio sobre Grimau que acababa de recibirse de América Latina. Allí se exponía con bastante detalle la labor de Grimau en Barcelona, en la lucha contra los agentes de la Quinta Columna franquista, pero también —y eso era lo que provocaba el malestar de Claudín— en la lucha contra el POUM. No conservo copia de dicho documento y no recuerdo exactamente los detalles de esta última faceta de la actividad de Grimau, que el testigo de América Latina reseñaba como si tal cosa, con pelos y señales. Sé únicamente que la participación de Grimau en la represión contra el POUM quedaba claramente establecida por aquel testimonio, que fue edulcorado y censurado en sus aspectos más problemáticos, antes de publicarse muy extractado en el libro al que ya he aludido.
Grimau fue procesado por un tribunal militar. No existían apenas en España militares con formación jurídica, por lo que bastaba con que fuera abogado el ponente o fiscal, encargado de asesorar a los presidentes del tribunal. En el caso del juicio a Grimau, ejerció de fiscal un habitual de los juicios políticos, Manuel Fernández Martín, que en realidad nunca había estudiado Derecho y desempeñaba el cargo, como muchas otras personas en la época, gracias a que podía declarar que sus títulos "se habían quemado durante la guerra" (fue desenmascarado un año más tarde, tras décadas de ejercicio, y condenado a prisión). El defensor era la única persona con formación jurídica de la sala: el teniente abogado Alejandro Rebollo (que sería diputado años después), a quien la defensa de Grimau le costaría el puesto.
El juicio se celebró en los juzgados militares de Madrid el jueves 18 de abril de 1963, con la sala atestada de periodistas. Para Rebollo, el juicio era nulo de pleno derecho (de acuerdo incluso con las leyes políticas de la época y aun sin saber que el ponente era un impostor). Los delitos de torturas no fueron probados: los testigos de la acusación declararon que conocían los crímenes del acusado "de oídas", es decir a través de rumores o testimonios de terceros que no podían comprobarse. Sólo estaba probado que, efectivamente, fue polícía. El delito continuado de rebelión era improbable dado que Grimau había pasado más de 20 años fuera de España tras el fin de la guerra y no existían indicios de su presencia clandestina en el país durante ese tiempo. El fiscal cortó en numerosas ocasiones las declaraciones del acusado y del propio abogado defensor, cuyo alegato no fue tenido en cuenta. Tras apenas cinco horas de juicio, sin deliberación, se dictó como estaba previsto la condena a muerte.
En realidad, el juicio por "rebelión militar", en el que se aplicaba la Ley de Responsabilidades Políticas de 1938, hacía previsible la sentencia. Este tipo de juicios sumarísimos en aplicación de una ley creada específicamente para aniquilar a los republicanos no se producía desde los años inmediatamente posteriores a la guerra. En su periodo de apogeo, acababan invariablemente con una sentencia de muerte, tanto que a menudo los bedeles del tribunal se permitían hacer sin reparos una broma macabra que se hizo famosa: "que pase la viuda del acusado". El fiscal Fernández Martín actuaba con frecuencia en estos juicios y su afición a la pena de muerte era también famosa.
Por otro lado, el Consejo de Ministros del 1 de abril de aquel año 1963 había aprobado la creación del Tribunal de Orden Público (TOP), que pretendía dar carpetazo definitivamente a la legislación represiva aprobada en el marco de la guerra civil. A Grimau le habría correspondido ser juzgado por este tribunal, que no habría dictado pena de muerte sino de prisión. Por ello, para asegurarse de que Grimau sería ejecutado, Franco dispuso que la entrada en vigor de la ley se retrasara hasta después del fusilamiento.

La presión internacional

Precisamente por lo inusitado del procedimiento, eco de una guerra que por otro lado el franquismo parecía querer enterrar (comenzaban a prepararse los actos de los "veinticinco años de paz"), y porque se esperaba lo peor, desde el anuncio de los cargos contra Grimau se desató una reacción internacional de protesta y presión sin precedentes en ningún aspecto relacionado con España. La prensa internacional volcó su atención sobre el caso Grimau y hubo manifestaciones multitudinarias en varias capitales europeas y latinoamericanas. En algunos puertos, los estibadores se negaban a descargar los barcos españoles, y más de 800.000 telegramas llegaron a Madrid pidiendo la paralización de lo que consideraban un juicio farsa. La presión no pareció afectar al general Franco, que en su línea habitual la atribuyó a una "conspiración masónico-izquierdista con la clase política". Manuel Fraga, en su calidad de ministro de Información y Turismo, inició una intensa campaña dirigida a la prensa internacional atribuyendo a Grimau los mayores crímenes.
Tras la lectura de la sentencia, sólo cabía la posibilidad de que Franco conmutara la pena por otra de prisión. Numerosos jefes de Estado se pusieron en comunicación con él para hacerle esta petición, entre ellos el papa Juan XXIII y el líder soviético Nikita Jrushchov, lo que tampoco tenía precedentes: era la primera vez que un dirigente soviético se dirigía oficialmente al régimen franquista. Dentro de España, algunas personalidades cercanas al régimen pidieron también clemencia. El Consejo de Ministros, formado por 17 personas, se reunió el 19 de abril. Duró diez horas, aunque al parecer sólo Fernando Castiella, titular de Exteriores, y Vicente Fernández Bascarán, subsecretario del Ministerio de la Gobernación y ministro en funciones aquel día, manifestaron su oposición a la ejecución de la sentencia, alarmados por la presión internacional y las consecuencias que podía tener en la política exterior española. Su oposición fue sin embargo más bien tímida, ya que Franco finalmente exigió una votación y la decisión de ejecutar al dirigente comunista se tomó por unanimidad.

Fusilamiento

Julián Grimau, entre tanto, pasaba en el cuartel militar del barrio de Campamento sus horas de capilla, es decir, las previas a la ejecución de la pena, en compañía de su abogado, de acuerdo con las ordenanzas militares. Hacia las 5 de la madrugada del 20 de abril, fue trasladado en una furgoneta al campo de tiro del cuartel, donde debía ejecutarse el fusilamiento. En principio, correspondía a la Guardia Civil formar el pelotón, pero sus mandos se negaron a hacerlo. El capitán general de Madrid rehusó también que el pelotón fuera integrado por militares de carrera, que era la segunda opción. Parece ser que fue el propio Franco quien dio la orden de que los ejecutores de Grimau fueran soldados de reemplazo, y así se hizo. Jóvenes, asustados y sin experiencia de tiro, según los testigos, dispararon a Grimau 27 balas sin lograr acabar con su vida. Fue el teniente que mandaba el pelotón quien hubo de rematar a Grimau de dos tiros en la cabeza. Según confesó años más tarde a la familia del fallecido, este acto le persiguió durante toda su vida, hasta el punto de que acabó sus días en un psiquiátrico. Julián Grimau fue enterrado en el cementerio civil de Madrid.

Rehabilitación

Con la llegada de la democracia, a partir de 1978, se abría teóricamente la posibilidad de revisar el caso Grimau y el de otras víctimas de la dictadura. Sin embargo, los acuerdos conocidos como Pactos de la Moncloa supusieron de facto una Ley de Punto Final y del silencio, de la que el PCE fue el mayor valedor. En términos generales, se procuraba olvidar los aspectos más oscuros del régimen anterior y enterrar definitivamente la memoria de la República y la guerra. En la década de 1980, según testimonios de militantes del PCE y de familiares de Grimau, el Ayuntamiento de Madrid, a la sazón dirigido por Enrique Tierno Galván, del PSOE, propuso extraoficialmente rebautizar la avenida del Mediterráneo como avenida de Julián Grimau (existen calles y edificios públicos con el nombre de Grimau en numerosas ciudades fuera de España). El PCE se negó, mostrando así su voluntad de enterrar el asunto.
Desde mediados de los años 1990, sin embargo, la consolidación de la democracia y el tiempo transcurrido desde la guerra, además del fallecimiento de la mayoría de sus actores (lo que hacía menos conflictiva cualquier referencia a la misma), ha venido propiciando que se empezara a reivindicar en el ámbito parlamentario la memoria y reparación de los represaliados. Buena parte de las iniciativas en este sentido procedían y proceden de Izquierda Unida, coalición que integra a un PCE ya sin su antigua dirección -bajo el mando de Carrillo- y con las bases que la apoyaban muy mermadas. El 15 de abril de 2002, Izquierda Unida presentó una Proposición no de Ley sobre la rehabilitación pública y democrática de la figura de Julián Grimau, que recibió los votos a favor de todos los partidos con representación parlamentaria excepto el Partido Popular (PP), que a la sazón gobernaba con mayoría absoluta. El PP tenía una razón doble para oponerse y así lo expresó: por principio, es contrario a toda iniciativa política acerca de la guerra y sus consecuencias o el franquismo. En segundo lugar, preveía que el debate sobre Grimau tenía muchas posibilidades de convertirse además en un juicio público al ministro que defendió en todos los medios de comunicación su ejecución, Manuel Fraga, fundador del Partido Popular y entonces presidente de la comunidad autónoma de Galicia. En mayo de 2005, Izquierda Unida presentó una iniciativa similar en la Asamblea de Madrid (parlamento de la comunidad autónoma), para que dicha asamblea inste al gobierno a rehabilitar la figura de Julián Grimau. Esta iniciativa sí ha contado con el respaldo del PP, que cuenta con mayoría absoluta en la cámara.
Impactada por la muerte de Grimau, la artista chilena Violeta Parra dedicó versos de su canción '¿Que dirá el Santo Padre?' publicada en el trabajo Recordando a Chile (Una Chilena en París) de 1965. "El que oficia la muerte como un verdugo tranquilo está tomando su desayuno. Lindo se dará el trigo por los sembraos regaos con tu sangre Julián Grimau"
Sin embargo, Violeta Parra incorpora a Grimau en ¿Qué Dirá el Santo Padre cambiando la frase "Mientras más injusticias, Señor Fiscal, más fuerzas tiene mi alma, para cantar"
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 Rebollo Álvarez-Amandi, Alejandro.

 http://www.vivirasturias.com/
Aunque accidentalmente nacido en Madrid el 5 de noviembre de 1934, es oriundo de Oviedo, ciudad donde había nacido su madre y su padre fue secretario del ayuntamiento.
Bisnieto de Justo Álvarez Amandi y hermano de José Luis, Alejandro Rebollo se licenció en Derecho por la Universidad de Oviedo en 1956, siendo ayudante de cátedra de Derecho Administrativo en Madrid en el curso académico 1959-1960 y con posterioridad (1968) en Oviedo. En 1958 ingresó por oposición en el Cuerpo de Intervención Militar del Ejército de Tierra y, en 1965, en el de Técnicos Fiscales del Estado, lo que le llevó a ser destinado a las delegaciones de Hacienda de Ávila, Segovia y Oviedo. En 1970 fue nombrado ponente, en representación de España, en el Congreso Internacional de Derecho Fiscal. Además, ejerció la abogacía en Madrid y Oviedo, y desempeñó puestos de responsabilidad en la Administración y las empresas estatales, entre ellos los de secretario general y presidente de Renfe (1973-1976 y 1980-1982, respectivamente), director general de la Vivienda (1976-1977), director general de Correos (1977-1978), subsecretario de Transportes y Comunicaciones (1978-1980) y vocal del Tribunal Económico-Administrativo Central a partir de 1993. En política, militó en la Unión de Centro Democrático (UCD) y fue uno de los fundadores del Centro Democrático Social (CDS) en 1982, partido del que fue miembro del Comité Nacional, presidente en Asturias y diputado por esta comunidad autónoma en la tercera y cuarta legislaturas.
Miembro de la Academia Asturiana de Jurisprudencia y habitual conferenciante sobre asuntos fiscales, hacendísticos y de la Administración, Alejandro Rebollo es autor de reconocidos trabajos en publicaciones especializadas (Revista de Derecho Financiero y de la Hacienda Pública, Revista de Economía y Hacienda Local) y de obras tan elogiadas como la titulada La nueva Ley Cambiaria y del Cheque (1985).
Recibió la Encomienda de la Orden del Mérito Civil, la Cruz del Mérito Militar y la Gran Placa de la Orden del Mérito Postal.
 Alejandro Rebollo, en su despacho.

21 de abril de 2013

Historia y tradición obrera en la cuencas mineras asturianas

Cuando una lumbre en Asturias calentaba España entera



 
FUENTE:  Cynthia Lub
http://www.clasecontraclase.org


“Hay una lumbre en Asturias que calienta España entera, y es que allí se ha levantado, toda la cuenca minera, toda la cuenca minera. Ale asturianos que esta nuestros destinos, en vuestras manos. Empezaron los mineros y los obreros fabriles, si siguen los campesinos, seremos cientos de miles, seremos cientos de miles. Bravos mineros, siguen vuestro camino los compañeros...”
(Estrofa de la canción “Hay una lumbre en Asturias”, de Chicho Sánchez Ferlosio)



La tradición de lucha y organización de los mineros tiene un sello de fuego en la memoria de la clase trabajadora del Estado español, dejando jalones de experiencia desde fines del XIX y siendo uno de los sectores de la clase obrera más combativos de su historia. Un minero asturiano estos días decía que las barricadas son la única forma de lucha que conoce: “Mi abuelo luchó en el 34, mi padre en el 62 y ahora me toca a mí”. En la solapa de la chaqueta lleva un pin con una foto de Lenin y la hoz y el martillo. Los compañeros bromean con él. ’Tú lo que quisieras es destronar al Rey e instaurar el comunismo’, comenta un compañero entre carcajadas. A lo que él, muy serio contesta: ’Pues claro’. Para él: “en 80 años la situación no ha cambiado. ’Los métodos son distintos, pero el objetivo es el mismo: aplastar a los trabajadores, que somos quienes mantenemos a la clase política’.” (El País, 17 de junio de 2012). Este joven obrero nos muestra que, cuando la clase obrera retoma la lucha, no empieza de cero. Hoy las nuevas generaciones de jóvenes y trabajadores tenemos mucho que aprender de las experiencias y tradiciones que nos ha dejado nuestra clase. Una experiencia que la ideología burguesa quiere dar por perdida y caduca y que los posmodernos y escépticos de la clase obrera traducen en las “nuevas formas de lucha”, despreciando los métodos “clásicos” del ya “desaparecido” obrero de mono azul, digno de estudios arqueológicos. Los revolucionarios que tenemos la firme convicción de la potencialidad revolucionaria de la clase obrera, pretendemos retomar su tradición de lucha, para recrearla de manera crítica y poner en práctica lo mejor que nos ha legado.
Hoy como ayer, el motivo de la combatividad de los mineros -que se ha ido perdiendo sobre todo desde la década del ochenta- está en las propias características estructurales de la minería desde décadas. Una interesante informe actual1 detalla cómo las minas españolas del carbón tienen un problema estructural por lo que sin la ayuda del Estado son deficitarias: “Por razones geológicas, el carbón nacional no fue jamás competitivo y ya desde el XIX fue por ello un sector abanderado del secular proteccionismo español. La polémica sobre el carbón nacional y las consecuencias para el desarrollo mercantil español tienen un siglo de existencia. Ya a fines del XIX y primer tercio del XX, y por razones de capacidad energética, presencia de cenizas y volátiles, fragmentación del mineral y otras deficiencias, junto con la dificultad de las explotaciones, sus accesos muchas veces difíciles, la escasa potencia (ancho) de las capas, su irregularidad y las fracturas de las vetas, el carbón español resultaba mucho más caro que el británico pero no solo en origen sino también en destino y una vez desembarcado este en cualquiera de los puertos españoles.”
Es por ello que desde los años treinta existió un debate sobre la continuidad o no del mineral español -más caro que el internacional-, mientras las patronales defendían su continuidad en pos de sus beneficios. La minería del carbón español lleva sobreviviendo 90 años bajo la amenaza continua de una liquidación siempre postergada, desde los durísimos años veinte y nuevamente en los primeros años treinta por los efectos recesivos de la Gran Depresión. Es en esta problemática histórica que la clase obrera minera ha protagonizado numerosas gestas revolucionarias, así como procesos de lucha de una gran combatividad. Veamos algunas de estas gestas protagonizadas por los mineros de Asturias.
El lema de los mineros asturianos UHP: el lema de la clase obrera
La Comuna de Asturias de octubre de 1934 ha sido una de las gestas mas heroicas protagonizada por aquellos valientes mineros que transformaron su lucha en una insurrección. La minería asturiana había sufrido una gran destrucción de empleo desde la fase final de la dictadura de Primo de Rivera hasta los primeros años de la República, con su consecuente aumento del paro forzoso en la región desde mediados de 1933. Es así que los procesos de huelgas en las cuencas mineras no se hicieron esperar, con enfrentamientos constantes de los mineros con la patronal asturiana. Así llegaron a octubre de 1934, cuando los mineros fueron la punta de lanza de la respuesta obrera a la entrada en el Gobierno de los proto-fascistas de la CEDA. Su respuesta permitió la toma del poder primero de las cuencas mineras bajo las siglas UHP, Unión de Hermanos Proletarios, significando un llamado al frente único en su lucha contra la opresión. Las cuencas fueron escenario de mineros provistos de dinamita que asaltaban a la guardia civil para ocupar la comarca. Mientras, contagiaban su ímpetu revolucionario a ciudades como Oviedo y Gijón, donde los obreros vieron en la fuerza de los mineros el camino de la insurrección. La noche del 4 de octubre comenzaron la huelga general como en toda España, y a pedir armas en los locales socialistas; pero sus dirigentes no dieron ninguna instrucción, ni armaron al proletariado. El día 6 la ciudad estaba tomada y el socialismo libertario era proclamado en Asturias, gracias a la ofensiva que los mineros lanzaron desde las comarcas, a pesar de la dirección del PS. Durante 15 días funcionó la “comuna asturiana”. El Comité de abastecimientos de Mieres comenzó a formar milicias y a solventar los problemas de abastecimientos. Lo mismo en La Felguera. La autoorganización fue la tónica general, a través de comités de base en cada localidad para resolver las tareas necesarias. El pueblo trabajador rigió sus propios destinos durante esas dos semanas. Los dirigentes socialistas que habían sido elegidos para formar los diferentes comités creados abandonaron el puesto de lucha el día 11.
Esta insurrección fue derrotada por las tropas dirigida por Francisco Franco en nombre de la República. Quedó aislada por la central sindical de los socialistas, UGT, e incomprendida por la central anarquista, la CNT. Como planteaba León Trotsky: “El Partido Socialista Obrero español, como los "socialistas revolucionarios" y los mencheviques rusos, compartió el poder con la burguesía republicana para impedir a los obreros llevar la revolución hasta el fin. (...) los socialistas en el poder ayudaron a la burguesía a desembarazarse de las masas con migajas de reformas agrarias, sociales o nacionales. Contra las capas más revolucionarias del pueblo, los socialistas emplearon la represión.”2 Muchas son las enseñanzas que nos deja esta heroica gesta en la que los mineros se batieron en una lucha constante y firme bajo un combate sin descanso contra las fuerzas policiales. Sólo tras una brutal represión, con miles de obreros asesinados, heridos y mas de 30.000 encarcelados, el gobierno pudo acallarlos. La insurrección de Asturias quedará marcada en la memoria de la clase obrera española, siendo para los revolucionarios el primer intento de los obreros de toma del poder con sus propios organismos de clase; como fueron los comités revolucionarios. Un jalón de experiencia que sería retomado y generalizado en las zonas donde el proletariado derrotó el Golpe de Franco dos años después, iniciando así la revolución española de 1936. El lema UHP pasó a ser el lema de la clase obrera española.
La lucha de los mineros bajo el franquismo:
las primeras formas de lucha

En las dos primeras décadas del franquismo, tras una política económica autárquica y un aparato productivo precario, el incremento de la producción se garantizaba a costa de una gran explotación de la mano de obra. Esto se materializaba en los bajos salarios, jornadas diarias de más de diez horas y privación del descanso semanal y anual. La forma de implementar estas durísimas condiciones ha sido bajo un Reglamento de Militarización que regulaba las relaciones de trabajo, en las que la desobediencia era considerada como indisciplina, el abandono de trabajo como deserción y el menor incidente como insubordinación o delito de rebelión militar según el Código de Justicia Militar. La OSE2 no pudo contener de ninguna manera el malestar de los trabajadores de la minería, siendo totalmente desbordada como institución.
A pesar de la extensa y planificada represión los mineros resistían de manera espontánea, aislada e inconexa, aunque con mucha intensidad. En las primeras décadas los trabajadores resistieron con medidas como la reducción del rendimiento, el abandono voluntario o el despido provocado: “Este comportamiento se presenta como una constante de las relaciones laborales, pero en la primera década del franquismo, se equiparó a la deserción, habida cuenta que los mineros, al igual que los soldados, no podían abandonar por propia iniciativa su puesto de trabajo (...). Aunque no podemos cuantificar la incidencia real de este rechazo individual en el conjunto de la minería, sí podemos precisar que en el Grupo de San Martín, de la Sociedad Metalúrgica Duro Felguera, con una plantilla media que frisaba los 2.000 mineros, se produjeron 1.423 abandonos individuales entre 1939 y 1951.”3 Estas ausencias de los obreros militarizados rápidamente tenían su castigo ante el informe del capataz del pozo o la mina a la patronal de la empresa, hasta llegar a la Comisión Militar de Movilización. Los obreros aducían a deficiencias técnicas para justificar el abandono del trabajo total o antes de la finalización de la jornada; una de las medidas de lucha que quedó en la memoria de los trabajadores desde los orígenes de la minería.
Uno de motores de las protestas ha sido la deficiente alimentación, lo que llevó a huelgas o encierros como el de la mina La Piquera, de Turón, en el año 1949 al grito de “¡Queremos más comida!”. Eran conflictos espontáneos, muy difíciles de coordinar y extender más allá de las minas ante la militarización, la censura informativa, la vigilancia policial y la represión. Otra cuestión fue la gran cantidad de accidentes de trabajo, lo que llevó a una dinámica en la cual, ante cada muerte de un obrero, se paralizaba el trabajo en la mina. Esto dejó varios ejemplos en la memoria de los mineros: en 1942 los de la mina de Mieres cuando murió un trabajador y se paralizó la mina con una movilización hasta el cementerio; en marzo de 1948, abril y octubre de 1949, octubre de 1950, y julio de 1952, se registraron paros en los pozos Barredos, Santa Bárbara, San Mamés, Valdelospozos, y Sotón; todos a raíz de la muerte de decenas de trabajadores. Muchas veces esto provocaba una intensa solidaridad con paros de una cuenca minera entera. El caso más conocido fue el 13 de julio de 1949, cuando 17 mineros murieron en el pozo María Luisa, de Duro Felguera, que por primera vez se había hecho público en la Revista del Combustible, ya que hasta esa fecha no habían aparecido referencias a accidentes mortales: “Las autoridades y patronal, conocedoras de las tradiciones culturales de los mineros, sabían que del lamento por accidente a la abierta rebeldía había un estrecho espacio, que estaban dispuestos a incrementar con el silencio informativo”.4 Esto causó tanta conmoción que de forma espontánea se paralizaron casi todas las instalaciones del valle del Nalón. Así surgieron las primeras huelgas en señal de duelos por la muerte de los mineros, con manifestaciones hasta el funeral. Ante esto, con el objetivo de impedir estas manifestaciones masivas, la autoridad militar y la Delegación de Trabajo reglamentaron que por cada muerte sólo podían acudir al entierro entre seis y doce trabajadores de acuerdo al tamaño de la empresa.5
En efecto, durante las dos primeras décadas de franquismo, las agotadas minas de montaña fueron dejando pozos que llevaban a vetas más profundas y alejadas con unos procedimientos de extracción mecanizados, en los que predominaban los métodos de perforación sobre los de rotación, y donde los equipos de transporte interior con locomotoras diesel degradaban muchísimo el ambiente. Todo esto, sin un adecuado sistema de ventilación que contrarrestara los nuevos procedimientos de extracción. Por otro lado, se prolongaba la jornada de trabajo con imposición de horas extraordinarias, más la eliminación del descanso semanal y anual, la implantación del sistema salarial en base a la productividad y la deficiente alimentación; todos factores que llevaban a empeorar las condiciones de salud de los mineros en el marco de una carencia absoluta de leyes laborales sobre salubridad. Hacia la década del sesenta, otro de los factores que llevaron a la conflictividad fueron las condiciones inhumanas en las que trabajaban los mineros, que se morían de enfermedades como solicosis, antraconiosis o antracosiliosis; las tres variantes de neumoconiosis.
En la década del cincuenta el orígen de la conflictividad laboral estaba en el cambio de signo del mercado del carbón por la competencia de los combustibles líquidos. La patronal minera inició un proceso de reconversión del sector, llamado de “racionalización” que afectaba directamente a las ya durísimas condiciones de los trabajadores. Es así que comenzaron los primeros conflictos y huelgas importantes de esta década. Como la del 9 de marzo de 1957, cuando un grupo de picadores del pozo María Luisa, de Langreo, completaba la jornada sin haber extraído una sola piedra de mineral. El Régimen y la patronal respondieron con la militarización de la mina, pero los trabajadores, dentro del pozo continuaron sin utilizar las herramientas hasta finalizada la jornada. El conflicto acabó momentáneamente cuando la patronal resolvió aumentarles el salario. Sin embargo, el 25 de marzo se comunicó la resolución de los contratos de trabajo anunciando la militarización del pozo, privando de la exención militar a 52 mineros que tenían ese beneficio. Al otro día los obreros se encerraron en el pozo junto a los del Nalón en solidaridad; mientras en el pozo Fondón se encerró la totalidad de la plantilla, en el Sotón lo hicieron por un día y en el resto de los centros hulleros hicieron jornadas de brazos caídos. Mientras continuaba el encierro del pozo María Luisa, las inmediaciones y localidades adyacentes fueron escenario de concentraciones con fuertes enfrentamientos con la policía y las mujeres y los hijos de los mineros se concentraron cortando carreteras. Estas manifestaciones continuaron hasta el día 29 cuando todos los trabajadores salieron de los encierros.
Aunque esta jornada de lucha no había logrado que las reivindicaciones de los trabajadores triunfaran, los obreros empezaron a recuperar sus fuerzas y a continuar nuevas jornadas de lucha en los años siguientes. En marzo de 1958 otro duro conflicto surgió en el pozo de María Luisa que acabó con despidos y el cierre de las instalaciones por parte de la patronal. Los trabajadores respondieron con una huelga que afectó a 20.000 obreros. Pero una vez más la patronal, la OSE y el Régimen actuaron contra los obreros clausurando las explotaciones mineras y decretando el estado de excepción. Esto acabó con una durísima represión, detenciones y torturas y con cientos de mineros desterrados a regiones lejanas; la mayoría afectados por enfermedades en regiones empobrecidas sin posibilidad de trabajar. Sin embargo estos serán los obreros que potencialmente fueron preparando una siguiente década de mayor conflictividad y radicalización: se fueron convirtiendo en “héroes”, rodeados de solidaridad y siendo un ejemplo de lo que sufrían miles de obreros bajo los pozos, muriendo en vida con el polvo que penetraba en sus pulmones. Es así que se fueron formando comisiones de solidaridad que recogían dinero para los represaliados y organizaban huelgas de solidaridad, mientras las organizaciones clandestinas se activaban.
Por otro lado se fueron creando las primeras comisiones obreras, a partir de los comités de base que organizaban las huelgas de las minas del carbón de la segunda mitad de los años cincuenta. Estos comités -de naturaleza variada- se expandían por diferentes lugares al calor de las luchas y en un principio desaparecían al finalizar las huelgas. Conforme ha ido avanzando la recomposición del movimiento obrero en los años siguientes se han ido transformando en las Comisiones Obreras, el principal organismo de los trabajadores en su lucha contra la patronal y la Dictadura.6

Asturias en 1962: la primer “huelgona” obrera bajo el franquismo
A principios de los sesenta los procesos huelguísticos fueron cada vez más extensos y con mayor coordinación y apoyo social, en un marco de transformaciones económicas y crecimiento económico desarrollado a partir del Plan de Estabilización de 1959.7 Sin embargo, en los planes de crecimiento económico del Régimen franquista, su aperturismo implicaba golpear duramente a las minas del carbón. La estructura productiva minera española se tambaleaba obsoleta al conectarse con países con otras estructuras altamente tecnificadas y con nuevas estrategias energéticas ante la irrupción de los hidrocarburos. En lugar de plantearse renovar profundamente el sistema productivo, se propuso reducir los gastos sociales, disminuir labores de preparación, en la concentración de las de arranque y en la menor adquisición de herramientas; junto a bajar los salarios, reducir las plantillas y un endurecimiento patronal sobre los trabajadores con medidas disciplinarias y control cronometrado de la jornada laboral.8
Es así que se desarrollaron las huelgas de los mineros de Asturias de abril de 1962, marcando un nuevo rumbo en la lucha de clases bajo el franquismo. Esta huelga se inició a principios de abril cuando despidieron a siete picadores del pozo de San Nicolás (la Nicolasa) de Mieres, y luego se extendió a todas las explotaciones hulleras que fueron clausuradas el 24 de abril. El malestar obrero se había intensificado, lo que llevó a la rápida extensión del conflicto en menos de tres días al conjunto de las explotaciones. El día 15 el conflicto se generalizaba en las cuencas vecinas como en Turón, mina Dominica y Minas de Figaredo, y a partir del 18 de abril todo el valle de Aller hasta llegar a todas la explotaciones hulleras de Nalón y La Camocha. En la última semana de abril y primeros días de mayo la huelga se prolongó hasta que los mineros lograron un incremento del precio del carbón que fue aplicado al aumento de salarios.9 Pero el malestar continuaba y el conflicto se extendió en las principales factorías asturianas, prolongándose en las cuencas carboníferas de León, Berga, Teruel, Barruelo y Puertollano y, con diferente intensidad, en las principales concentraciones industriales del país. El rol de las mujeres de los mineros fue clave para el mantenimiento de la huelga, organizando manifestaciones en las inmediaciones de los mineros encerrados, haciendo piquetes para garantizar la huelga en otros sectores de trabajadores como el transporte. También los pequeños comerciantes apoyaban con alimentos a los obreros, junto al movimiento estudiantil y vecinal. Luego comenzaron las protestas en zonas mineras de otras regiones como Vizcaya o Guipúzcoa. Y aunque el Gobierno declaró “estado de excepción” en estas dos ciudades y en Asturias, no pudo impedir que las huelgas se extendieran en las industrias catalanas: a mediados del mes de mayo las grandes empresas metalúrgicas de Barcelona marcaron una dinámica que no se dejó esperar en las grandes empresas de otras ciudades catalanas, “calculándose la participación en unos 50.000 trabajadores”10
La prensa oficial atacaba a los huelguistas asturianos como delincuentes. “La última huelga asturiana carecía de las más elementales bases dialécticas. Era puro gamberrismo subversivo.” (…) “Y la huelga de “solidaridad”, una aberración delirante de hombres que, para resolver sus problemas, procuran agravarlos”.11 A partir de aquí el Régimen ha ido adecuando sus mecanismos represivos bajo esta nueva situación. La respuesta represiva -patronal y policial-, se ha ido incrementando ante el aumento de la conflictividad en un proceso de huelgas de carácter ilegal, desde la década del sesenta hasta el fin del Régimen franquista. Pero a la vez, la conflictividad obrera continuó desarrollándose en extensión y radicalidad. Tras las huelgas de los mineros de Asturias y la extensión de la conflictividad laboral, el Régimen respondió con el estado de excepción en Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa en el mes de mayo12, ampliado parcialmente a todo el Estado español en junio. Y consciente del desarrollo de este movimiento huelguístico, advertía que “en caso de nuevas huelgas, (…) se procedería ’inexorablemente a aplicar la Ley’, cerrando las empresas afectadas y prohibiendo a los empresarios aceptar aumentos salariales obtenidos bajo la presión de una huelga”.13 La solidaridad con los mineros y la denuncia a la represión fue inmensa, decenas de intelectuales firmaron un manifiesto contra la escalada de violencia gubernamental y a nivel internacional el Régimen tenía que lidiar con las noticias de torturas, detenciones... que tiraban por tierra sus intentos de presentarse como una “dictadura moderna”. El recientemente fallecido y “elevado a los altares” del Régimen del 78, Manuel Fraga, por ese entonces Ministro de Información y Turismo, jugó un rol clave en la campaña de propaganda que el Gobierno lanzó para justificar la mano dura contra los mineros. En agosto los mineros asturianos fueron otra vez a la huelga. Nuevamente el Gobierno y la patronal respondieron con una extrema dureza, con despidos, detenciones y la deportación de casi 150 mineros14.
Sin embargo esta se había transformado en la primera gran huelga de 1962, la “huelgona”. Y con ella comenzaba un nuevo ciclo de luchas en la clase obrera en todo el Estado, colocando a los mineros asturianos a la cabeza de una gesta que ha marcado un “punto de inflexión” en la lucha de la clase trabajadora bajo el Régimen franquista: “En ese año se produjo un importante movimiento huelguístico, en el que participaron entre 200.000 y 400.000 trabajadores.”15
***
Como decíamos, la experiencia de la clase obrera española y del mundo merece ser estudiada y conocida por las nuevas generaciones de jóvenes y trabajadores. Muchos son los historiadores académicos de la burguesía que difunden la idea reaccionaria de que la clase obrera ha desaparecido, basándose en vulgares análisis sobre los “cambios sociológicos” de la misma. Lamentablemente, la mayoría de la izquierda anticapitalista reniega de la centralidad de la clase obrera partiendo de las mismas simplificaciones y sin un análisis serio de la misma; motivo por el cual el sujeto de cambio hoy es “múltiple”, abandonando así el campo de la estrategia y negándose a rescatar una “tradición” suponiendo la misma un “dogmatismo” estático.
Sin embargo, los trotskystas partimos de las experiencias más avanzadas de nuestra clase bajo la lente del marxismo como “una teoría de la revolución que partiendo de las conclusiones más avanzadas de su época de surgimiento, a mediados del siglo XIX, condensa la experiencia histórica de más de 160 años de lucha de la clase obrera moderna. Una síntesis teórica de las lecciones estratégicas fundamentales de la lucha del proletariado. Y en este sentido, como decía Lenin “una guía para la acción”. Esto no significa que contenga un “manual de procedimientos” que nos señale cómo actuar en todo tiempo y lugar, sino que el conocimiento de la experiencia anterior lo que nos permite es justamente no tener que pensar todo de nuevo cada vez que nos enfrentamos a una determinada situación de la lucha de clases.”16


Notas
1 El País, “La mina arde porque el carbón se apaga”, 17 de junio de 2012.
2 La Organización Sindical Española -OSE- se formó a partir de las Centrales Nacionales Sindicalistas de filiación falangista, de la Confederación Española de Sindicatos Obreros de carácter católico, y de la Obra Nacional Corporativa vinculada al carlismo. Junto a estas tres organizaciones se integraron las asociaciones patronales con el fin de agrupar a trabajadores y empresarios. La OSE se acabó de configurar en 1940 junto a la Ley de Unidad Sindical que marcó la existencia de un único sindicato y su dependencia del partido único. En 1942 se estableció la afiliación obligatoria a la OSE de todos los productores, que para el franquismo englobaba tanto a empresarios como a técnicos y trabajadores. Aparicio, Miguel Ángel, El sindicalismo vertical y la formación del Estado franquista, Barcelona, Eunibar, 1980.
3 García Piñeiro, Ramón, Los mineros asturianos bajo el franquismo (1937-1962), Madrid, Fundación 1º de Mayo, 1990, p. 62.
4 Ibíd., p. 96.
5 Ibíd., p. 105.
6 Asimismo, la introducción de la negociación colectiva fue creando la necesidad de organizaciones más duraderas, y a partir de 1962 la militancia clandestina ha ido organizando nuevos comités de empresa para dirigir las campañas en torno a los procesos de negociación salarial. Fue en Madrid donde se reunieron el 2 de septiembre, en presencia de funcionarios dela OSE, 600 delegados para elegir la “Comisión Obrera del Metal de Madrid”. Esta primer comisión obrera se fundó al calor del proceso de negociación colectiva y dentro de la OSE; aunque en Catalunya ha sido por fuera. Una de las premisas de su fundación ha sido la denuncia al sindicato vertical y la legislación franquista por no reconocer derechos básicos como el ejercicio de huelga. Se aprobó un programa de reivindicaciones y el llamamiento a formar comisiones obreras. A lo largo de la década del setenta éstas continuaron desarrollándose, bajo un fuerte peso del Partido Comunista Español. Ruiz, David, dir, Historia de Comisiones Obreras (1958-1988), Capítulo 3. Comisiones Obreras de Catalunya: de movimiento sociopolítico a confederación sindical”, de Molinero, Carme, Ysàs, Pere, Siglo XXI, Madrid, 1993.
7 Molinero, Carme, Ysàs, Pere, Productores disciplinados y minorías subversivas. Clase obrera y conflictividad laboral en la España Franquista, Siglo XXI, Madrid, 1998, pp.95-140.
8 García Piñeiro, Ramón, Op. cit., p. 55.
9 García Piñeiro, Ramón, Op. Cit., p. 346.
10 Molinero, Carme, Ysàs, Pere. Op. Cit. p. 142.
11 ABC, La crisis del carbón en Asturias, 14 de septiembre de 1962.
12 Ysàs, Pere: Disidencia y subversión. La lucha del régimen franquista por su supervivencia, 1960-1975. Barcelona, 2004, p. 76.
13 Ysàs, Pere: Ibíd., 77-78.
14 García Piñeiro, Ramón, Op. Cit., p. 346.
15 Molinero, Carme, Ysàs, Pere. Op. Cit. p. 95.
16 Entrevista a Emilio Albamonte, (dirigente del PTS -Partido de los Trabajadores Socialistas, corriente hermana de Clase contra Clase en Argentina- y director de la revista Estrategia Internacional), “Táctica y estrategia en la época imperialista”, marzo del 2012.

20 de abril de 2013

La visita a Turón del embajador de EE.UU Angier Biddle en 1966

Bienvenido, mister Duke

El embajador de Estados Unidos Angier Biddle visitó en marzo de 1966, con suma discreción, las minas del valle de Turón y aún hoy se desconoce el motivo del viaje



 El embajador de los Estados Unidos, Angier Biddle Duke, y el ministro español de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, bañándose en la playa de Palomares (Almeria-España). 

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En 1953, Luis García Berlanga dirigió una de las películas más celebradas de la filmografía española, «Bienvenido, Mister Marshall», donde se recrean las esperanzas de un pequeño pueblo llamado Villar del Río ante el anuncio de que los americanos van a detenerse en la localidad para satisfacer los deseos de sus habitantes. Luego, como recordarán quienes han visto la cinta, los yanquis se limitaron a cruzar a toda velocidad por la calle Mayor y las ilusiones de los vecinos se perdieron en el aire con el humo de los tubos de escape de los «haigas» que los llevaban.
El título jugaba con el nombre del Plan Marshall de ayuda al desarrollo, que entonces estaba ayudando a la paupérrima economía patria, y esos mismos coches que simbolizaban el poderío de los Estados Unidos para el mundo de la segunda mitad del siglo XX, llegaron también hasta nuestras comarcas mineras, aunque en esta ocasión sí detuvieron sus motores en Turón para despertar las mismas ilusiones que se habían reflejado en la película y que, igual que sucede en ella, se quedaron en nada.
El evento se produjo el 29 de marzo de 1966 y resulta sorprendente por varias razones que les voy a ir desgranando. Lo primero que nos llama la atención es la personalidad del visitante, seguramente el hombre más poderoso de los que a lo largo de la historia han pisado este valle: Angier Biddle Duke, inmensamente rico y descendiente por parte de padre de uno de los linajes de banqueros más influyentes de Estados Unidos, un dato que pasa a ser secundario cuando vemos el apellido de su madre, también millonaria por el negocio tabaquero.
No sé si alguna vez han oído ustedes hablar de los Illuminati, pero por si acaso les recuerdo que se trata de una antigua sociedad secreta que los aficionados a las ciencias ocultas y las teorías de la conspiración ven detrás de los cambios económicos que ahora nos afligen. Una de las pocas cosas que se sabe de ellos es la existencia de 13 familias todopoderosas repartidas por el mundo, que se encargan de controlar el cotarro. Una de ellas son los Duke, la rama materna del embajador.
Angier Biddle Duke, era por esa razón íntimo amigo de los Kennedy, otro de los clanes de los Illuminati y cuando falleció en Nueva York atropellado por un automóvil mientras patinaba sobre hielo, ya con 79 años, tenía en su currículo el haber sido jefe de protocolo de dos presidentes y embajador en El Salvador, Dinamarca, España y Marruecos.
En aquel momento, como se supondrán, desempeñaba ese puesto en España. El diplomático sabía disfrutar de la buena vida: en su juventud había dejado a medias los estudios universitarios en Yale para casarse y trabajar en una revista deportiva; luego sumó dos divorcios, varias detenciones por conducción temeraria y un buen expediente como piloto en el norte de África y Europa durante la II Guerra Mundial.
Tampoco tenía muchos escrúpulos para respetar la fidelidad a sus ideas, ya que mudaba de religión y de tendencia política según sus intereses: se había hecho católico en 1952, para poder casarse, en su tercer matrimonio, con la española María Luisa de Aranal y también había pasado del Partido Republicano al Demócrata, afianzando su nueva militancia, para que no hubiese dudas, con generosas donaciones en dólares.
Para completar el perfil de mister Duke, debo decirles que además era un hombre atractivo, considerado en 1940 como uno de los mejor vestidos de su país. Aunque curiosamente muchos españoles sólo lo conocieron en paños menores, ya que es él quien figura al lado de Manuel Fraga, que era entonces ministro de Información y Turismo, en esa famosa fotografía que los muestra a los dos bañándose en la playa de Palomares, para demostrar que las cuatro bombas de hidrógeno de 25 megatones que allí habían caído accidentalmente desde un avión B52 de la Fuerza Aérea norteamericana no constituían ningún riesgo.
Y aquí viene la segunda sorpresa de la visita turonesa, cuando comparamos las fechas y nos damos cuenta de que ambos políticos se dieron el chapuzón patriótico en la mañana del 10 de marzo de 1966 y el embajador llegó a la cuenca 19 días más tarde, cuando el asunto aún echaba chispas.
Aunque lo más difícil es saber a qué vino y por qué su visita se rodeó de tanta discreción e incluso la prensa de la época la ignoró, contradiciendo su costumbre de airear estos actos que se empleaban como propaganda política. De manera que, si no hubiese sido por lo llamativo de los vehículos de la comitiva, nadie se hubiese enterado de que estuvo aquí,
Solo la revista «Candil», que editaba la empresa Sociedad Anónima Hulleras de Turón nos ofrece algunos detalles de lo que pasó aquella jornada: al entrar en el valle, el embajador se detuvo largo en la Sociedad Minas de Figaredo, ya que había mostrado su interés por conocer un pozo minero. Hasta allí fue a buscarlo el director de la empresa, señor Aser y hacia las doce lo llevó al salón de actos de las oficinas generales para mostrarle unos paneles donde se exponía la historia de la empresa con esquemas de los planes de expansión, reconversión y modernización, que estaba previsto finalizar en 1970.
Luego fueron al pozo San José, considerado en aquel momento como uno de los mejores de Europa, y acto seguido al pozo Santa Bárbara, donde -según el redactor- contempló las modernas instalaciones y entre ellas «la suntuosa casa de baños y oficinas», también visitó los lavaderos y pudo ver el flamante bloque de pisos de San Martín, compuesto por 104 viviendas «alegres y soleadas», que estaban recién estrenadas.
Ya al margen de esta información, en la última página de la revista se publicó una curiosa fotografía en la que mister Duke, siempre elegante, con traje oscuro y camisa y corbata claras, aparece manteniendo el equilibrio sobre un rail de la vía, un pie detrás del otro, con las manos en los bolsillos y rostro alegre. Por detrás, apenas dos o tres ejecutivos, ni un escolta, ni un guardia civil, ni una camisa azul, tampoco las autoridades locales. Nada de lo habitual en estos casos. Y las mismas ausencias en el otro par de imágenes que he podido localizar sobre lo ocurrido aquella mañana.
El comentarista, después de hacer unas referencias a la mente equilibrada y el espíritu sereno del embajador en medio de las horas amargas que vivían los Estados Unidos a causa de «la espina del Vietnam y otras espinas que hacen arrugar la frente a sus dirigentes», comentaba la insólita imagen diciendo que en aquel momento Angier Biddle Duke volvía a su infancia, «porque ya se sabe que el hombre nunca deja de ser un niño».
En otro porfolio turonés que recoge el resumen de aquel 1966, podemos leer la impresión que dejó en el pueblo el misterioso diplomático: «Marzo finalmente nos trajo la visita de un personaje excepcional, el embajador USA -USA: dólares?, primavera, esperanza y poesía- Mister Angier Biddle Duke, en su visita a Asturias hizo escala en Turón, patria querida». Acto seguido, el comentarista se hace la misma pregunta que nosotros nos hacemos hoy y deja sin resolver la misma incógnita que se mantiene después de tantas décadas: «¿Qué representó concretamente para el porvenir de nuestra minería del valle la visita de tan relevante personalidad norteamericana? Es esta una cuestión de régimen interno empresarial. Nada, además, o muy poco podemos saber en estas fechas».
Dos años más tarde, mister Duke fue sustituido en su cargo por Robert F. Wagner, pero antes de irse quiso mantener una conversación a solas con el entonces Príncipe de Asturias Juan Carlos de Borbón. El encuentro se produjo en la tarde del 28 de marzo de 1968 y a pesar de que se prolongó casi dos horas, tampoco se informó a la prensa de los temas que trataron los dos hombres. El resto ya lo conocen ustedes, los acontecimientos se precipitaron: este país tuvo una transición modélica a la democracia y de paso se incorporó a la órbita de los satélites que siguen girando en torno al gigante americano. O dicho de otra forma: aquí paz y allí gloria.
Entretanto, los más avezados ya empezaban a vislumbrar en el horizonte las primeras señales de que aquella fatídica frase atribuida a Rafael del Riego podía cumplirse: «El día que se acabe el carbón, ya podéis echar una portilla al valle, porque ni los lobos querrán venir a vivir aquí». Tampoco sabremos nunca si es verdad que el ingeniero, caído junto a los frailes en los sucesos de Octubre del 34, pronunció ésta sentencia, pero ahora ya ha llegado el tiempo de saber si estaba en lo cierto. Ojala que se haya equivocado.

 Ilustracion de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR