31 de enero de 2013

Graciano Martínez Suárez, misionero agustino lavianés

El desengañado de Filipinas

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Graciano Martínez Suárez, misionero agustino lavianés, relató en un libro su cautiverio. de dieciséis meses en la isla asiática tras la derrota militar de 1898 y criticó con dureza a las autoridades españolas

Al amanecer del 1 de mayo de 1898 sonó un cañonazo en las aguas de Cavite. La Armada americana había disparado primero e iba a seguir haciéndolo a placer mientras los barcos mandados por el almirante Patricio Montojo apenas podían defenderse y los proyectiles de la artillería costera, que estaban demasiado lejos, se perdían antes de llegar a su objetivo. Cuatro horas más tarde en Filipinas se había repetido el desastre cubano y los españoles residentes en el archipiélago intentaban dejarlo por cualquier medio para retornar a la metrópoli. Entre ellos estaba el misionero agustino Graciano Martínez Suárez, nacido el martes 23 de marzo de 1869 en la casa conocida como La Portalada, en el callejón de la capilla de San José de Pola de Laviana.
El fraile llevaba poco tiempo en Asia. Había sido destinado al norte de la isla de Luzón, primero en la provincia de Abra, luego ocho meses en Ilocos y finalmente en las montañas de Sapao, entre los indios igorotes, conocidos porque hacía poco que habían dejado la terrible costumbre de coleccionar las cabezas de sus víctimas. Allí pudo vivir de cerca todos los avatares de la revolución independentista; hasta que cayó prisionero el 26 de agosto de 1898.
El padre Graciano ha pasado a la historia como un autor fecundo, que trató con extensión temas religiosos, filosóficos, políticos, e incluso firmó en Manila con el seudónimo de «Zenit-mar», jugando con las sílabas de su apellido, un libro titulado «Flores de un día», que incluía los poemas que había ido enviando desde allí para que se publicasen en «El Porvenir de Laviana» y en la «Revista Lavianense».
Aunque su obra más conocida es el relato de los 16 meses que pasó retenido y que salió de la imprenta en Manila después de ser liberado el 11 de diciembre de 1899. Las llamó «Memorias del cautiverio. (Páginas de la revolución filipina)».
Antes de entrar en detalles, veamos brevemente como llegó hasta allí nuestro personaje. Su familia también era de Laviana, la madre se llamaba Josefa y el padre Valentín y había sido Secretario del Juzgado Municipal más de treinta años. Su primer maestro fue el mismo que había enseñado a Maximiliano Arboleya, don Pedro García Morán, y seguramente él fue también quien le orientó para que a los 17 años decidiese ingresar en el Colegio de los Agustinos Filipinos de Valladolid. Allí hizo sus votos y luego pasó al monasterio de La Vid, en Burgos, para hacer la carrera eclesiástica. En mayo de 1895 celebró su primera misa en El Escorial y enseguida fue enviado a Filipinas, donde llevaba pocos años cuando ocurrió el desastre colonial.
En sus memorias no se ahorran detalles sobre lo ocurrido en Filipinas tras la derrota militar. Relata los días previos a su detención en la localidad de Aparri, donde los españoles de la zona se había refugiado para esperar inútilmente la llegada de otro barco español, hasta que la pequeña guarnición de Guardias Civiles y soldados que residía allí se rindió y todos -civiles, religiosos y militares-, fueron hechos prisioneros por las tropas del independentista Emilio Aguinaldo.
Luego viene la crónica de los malos tratos, palizas, vejaciones, tormentos y simulacros de fusilamiento a que fueron sometidos los españoles; también se cuenta el ambiente de abatimiento que crecía con los falsos rumores que llegaban desde la península donde se contaba que «el puñal y la tea resplandecen por todas partes»; que los carlistas se habían apoderado del Palacio de Oriente y que los republicanos habían reaccionado expulsando a D. Carlos de Madrid y asaltando los conventos.
El misionero disculpó de aquellos acontecimientos al pueblo llano filipino, de carácter pacífico y sumiso, que -según él- se había limitado a ponerse del lado de los más poderosos, que en aquel momento no eran otros que los independentistas, sin embargo criticó con dureza a las autoridades españolas y especialmente al Gobernador Enrique Polo de Lara acusándolo de cobardía y corrupción y de poner obstáculos para la evacuación de los frailes. El político -escribe el fraile-, elevó el precio del pasaje en el único barco disponible para la huida hasta los setenta y dos pesos por persona, cuando en condiciones normales su precio era de tan solo dos, dejando en tierra a varias familias e incluso, cuando las cosas se torcieron aún más, había pretendido huir dejando a la tripulación a su suerte.
Cuando el libro del padre Graciano llegó a las manos de Polo de Lara, éste respondió a las acusaciones publicando su versión de los hechos: «En justa defensa. (Refutación documentada de las falsas aseveraciones de un fraile agustino). Por el último gobernador civil español de ambos Ilocos». En el texto manifiesta que trata de defenderse de un libelo escrito con premediación y alevosía «realizado entre sombras y encrucijadas» para causarle el mayor daño personal.
Lógicamente, el polémico fraile lavianés no dejó ahí la cosa y su contrarreplica fue aún más dura, calificando la publicación del gobernador de ser un «folletejo, una almáciga verdadera de mezquindades y pequeñeces», y para que no tengan ustedes que buscar en el diccionario (como he tenido que hacer yo), les aclaro que una almáciga es algo parecido a un semillero.
Ya en España, en 1902, el prestigio de Graciano Martínez fue creciendo y la evolución de su pensamiento le acercó a la defensa de la cuestión social, según la visión católica de la encíclica Rerum Novarum, promulgada por León XIII. Fue redactor de la revista quincenal de los padres agustinos «España y América» que se sumaba al proyecto de algunos intelectuales para regenerar el país tras el desastre, pero siempre desde una óptica cristiana.
En octubre de 1905, cuando la revista cumplió dos años y medio, pasó a dirigirla, pero a la vez se le envió a la Universidad de Wurzburgo para estudiar el idioma alemán y luego a Buenos Aires y La Habana, como profesor de colegios de la Orden Agustina; también volvió temporalmente a Asturias para dar clases en el colegio Santa Isabel de Tapia de Casariego, aunque su regreso definitivo no se produjo hasta 1914, cuando ya tenía cuarenta y cinco años y, aún así, tampoco dejó de moverse por toda la geografía nacional.
Les dije más arriba que había sido un autor fecundo. Es imposible citar aquí sus decenas de libros ni los cientos de trabajos que nos dejó; ni siquiera la variedad de temas que trató; pero sí quiero centrarme en uno: «El libro de la mujer española». Un trabajo extrañamente moderno para lo que podemos esperar de un fraile decimonónico y que el franquismo volvió a recuperar en 1942, adaptándolo a su ideología, para lo que tuvo que mutilar los apartados que trataban sobre los derechos políticos de la mujer y añadir numerosas coletillas e incluso un apéndice escrito por una de las inspiradoras de la Sección Femenina.
El padre Graciano compiló en trece capítulos la historia del feminismo y el movimiento sufragista, defendiendo el derecho al voto de la mujer, algo que -les recuerdo- no llegó a España hasta las Cortes de la II República y eso después de un duro debate entre las propias interesadas. En aquel 1932, la diputada Victoria Kent opinaba que una mayoría de nuestras féminas iban a limitarse a votar lo que les indicase la Iglesia católica y que por ello era necesario un tiempo de formación para que estas aprendiesen a discernir lo político de lo religioso, antes de entregar al nuevo régimen en manos de sus enemigos.
Anticipándose a ese tiempo, el agustino mantuvo las mismas dudas ante la independencia de pensamiento de las mujeres, aunque su temor venía de que estuviesen mediatizadas por sus maridos y en este caso aumentasen el poder de las izquierdas. De cualquier forma, dejó escrito que «las mujeres votarán en España, como votan en otras naciones?Temprano o tarde, votarán» y en consecuencia llegaba a la misma conclusión que Victoria Kent, aunque arrimaba el ascua a su sardina proponiendo que la formación debía encargarse a las militantes de la Acción Católica de la Mujer.
En 1923 Graciano Martínez publicó su último libro «Hacia la solución pacífica de la cuestión social», donde defendía en la misma línea de Maximiliano Arboleya que el cristianismo debía estar del lado de los obreros y abanderar sus demandas reemplazando a las ideas socialistas, ya que de otra forma iba a ser era inevitable el estallido de la violencia entre las clases sociales.
El fraile lavianés no llegó a ver como sus temores se hicieron realidad. Su corazón se paró cuando tenía 55 años el viernes dos de enero de 1925 y fue enterrado en el panteón que la orden de San Agustín posee en el cementerio de La Almudena. Poco después, el Ayuntamiento de Laviana acordó por unanimidad colocar una lápida en su honor y dar su nombre a una calle de la villa. Con el cambio republicano, Rosario Acuña le sustituyó en el callejero. Luego volvió para quedarse.

 Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: 

Graciano Martínez Suárez (1869-1925):
una aproximación a su vida y a su obra

Miguel Ángel Ríos Sánchez

http://nodulo.org/

Vida y obra de este fraile agustino español, famoso orador en su tiempo,
que estuvo en Filipinas, pasó por Alemania, Argentina y Cuba,
e impulsó y dirigió la revista España y América

Graciano Martínez Suárez nació el martes 23 de marzo de 1869 en Pola de Laviana (España), localidad situada en la parte media de la cuenca del río Nalón, en Asturias. Hoy es la «bisagra» entre la zona antes muy industrial y ahora en decadencia del bajo Nalón y la zona verde y ganadera de la parte alta; pero a finales del siglo XIX su aspecto era bastante diferente. Si bien ya se intuían en el horizonte los males que Palacio Valdés nos muestra en La aldea perdida, no llegaron a verlos los ojos del pequeño Graciano. Nació de madrugada, cerca de las cinco de la mañana, en la casa conocida como La Portalada, en el callejón de la capilla de San José. Ese mismo día lo bautizó en la ermita de Santa María del Otero de Pola de Laviana, por cuya Virgen sentiría Graciano una especial predilección toda su vida, el coadjutor Wenceslao García del Riego.
Fueron sus padres Josefa Suárez Pérez y Valentín Martínez García-Noriega, ambos naturales de Pola de Laviana. Su padre trabajaría en el Juzgado Municipal de esta localidad como Secretario durante más de treinta años. Los abuelos maternos se llamaron Bernardo Suárez y María Pérez; los paternos Manuel Martínez y María García-Noriega, todos de Laviana menos su abuelo materno, que era natural de Lorío, a pocos kilómetros de la cuna del P. Graciano.
Su infancia fue muy normal. Quien le enseñó las primeras letras fue Don Pedro García Morán, que también sería maestro de Maximiliano Arboleya y de Emilio Martínez, un hermano menor del P. Graciano. Don Pedro, aunque a regañadientes, participó en el homenaje que se le hizo al P. Graciano poco después de su muerte. Lo hizo con una breve nota dirigida al cura de Laviana en la que afirmaba que Graciano había sido su mejor alumno y que siempre había mostrado hacia su primer maestro respecto y atención.
También hizo de las suyas siendo adolescente. Cuenta su hermano Emilio que, en una ocasión, por comer más de lo que debía de la finca del notario para el que trabajaba como escribiente, su padre le propinó una soberana paliza.
A los 17 años, en agosto de 1886, ingresa por voluntad propia en la Orden de San Agustín, marchándose al colegio de los Agustinos Filipinos de Valladolid. Un año después, el 18 de septiembre de 1887, hará la profesión de votos dentro de la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Filipinas de Valladolid. Los ocho años siguientes serán años de estudio. Cursó la carrera eclesiástica en el monasterio de La Vid, en Burgos donde «ya se dedicaba a leer y comentar relatos y poesías con gran entusiasmo a sus compañeros». En El Escorial de Madrid, el 12 de mayo de 1895, contando veintiséis años, se ordena presbítero y celebra su primera misa. Por aquellas fechas estaba de Rector del Real Colegio de El Escorial otro ilustre lavianés: el padre agustino Francisco Javier Valdés y Noriega, que llegaría a ser obispo de Salamanca.
Los datos son contradictorios en lo que se refiere a si el P. Graciano estudió la carrera de Leyes o no. Mi opinión coincide con la de Españolito, que afirma que no concluye la carrera por tener que marcharse a Filipinas, a la que llega el día 2 de febrero de 1896.
Al llegar lo asignaron a la provincia de Abra para pasar el 16 de febrero de 1897 a regentar una misión en Ilocos. Sólo estaría allí ocho meses, ya que tendría que abandonar el lugar y marchar a su nuevo destino en octubre de ese año: una misión, esta vez, entre los igorrotes de las montañas de Sapao, en la isla de Luzón. Estando en la Paz (Abra) de misionero estalla la revolución de 1898. Huye, pero cae prisionero el 26 de agosto de 1898. A Graciano le tocó vivir en sus carnes toda la crudeza la revolución Filipina ya que soportó sus cárceles por un período de dieciséis meses: fue liberado el once de diciembre de 1899. Parece ser, según nos cuenta su hermano Emilio, que en su puesta en libertad Monseñor Plácido Luis Chapelle jugó un papel decisivo al interceder por él. Monseñor Chapelle sería luego Arzobispo de Nueva Orleans y Delegado Apostólico de Filipinas, Cuba y Puerto Rico.
No vuelve a España nuestro P. Graciano al ser liberado. Al contrario, el treinta de diciembre sale desde Aparri en el vapor «Uranus» hacia Manila. Tiene treinta años y permanecerá en las islas, desempeñando labores evangélicas y literarias, por espacio de dos años. Es durante su estancia en Manila cuando, en el año 1900, publica su primer libro: Memorias del cautiverio. (Páginas de la revolución filipina). Mucho de lo que aparece en el libro lo había escrito su autor durante su «cautiverio» en la cárcel «entre soldadotes grotescos, sufriendo hambre y sed, continuas vejaciones y malos tratos», dice González Blanco. De ahí que en ocasiones se disculpe el P. Graciano por el tono duro de su pluma. Y es cierto. Aunque para algunos autores el P. Graciano mantuvo siempre su ecuanimidad e intentó no «alborotarse» demasiado, muy pocas veces ecribiría nuestro autor como en este libro. Estaba enfadado y muy dolido. Había visto morir a muchos de sus compañeros, notaba que los políticos españoles los habían abandonado y que los gobernantes filipinos no habían sabido prever lo que todo el mundo sabía. Disculpa de toda aquella locura al pueblo filipino. Cree que la razón de su adhesión a la revolución está en su particular forma de ser, sobre todo en su timidez, «atributo consustancial al indio, que lo induce siempre á ponerse siempre del lado del poderoso».
Su crítica a los gobernantes es muy dura. Al gobernador de la zona en esos momentos, Enrique Polo de Lara, lo acusa en el libro de no dejar embarcar a los Padres en la huida, de pretender abandonar el barco dejando a la tripulación a su suerte, incluso de cobrar por el viaje en el pontín setenta y dos pesos por persona, cuando en condiciones normales su precio era de tan solo dos... El P. Graciano resume con crudeza la opinión que se tenía de Polo de Lara: «¿cómo era posible que tantos peninsulares juntos sufriesen tantas cabronadas de un mandria semejante?».
Por supuesto, Polo de Lara respondió a las acusaciones. Lo hizo con otro libro, no menos grueso que el del P. Graciano, que tituló: En justa defensa. (Refutación documentada de las falsas aseveraciones de un fraile agustino). Por el último gobernador civil español de ambos Ilocos.
El autor ve en el libro un «libelo escrito con premediación y alevosía; impreso para facilitar su reparto, realizado entre sombras y encrucijadas» y distribuido de forma que se le causara el mayor daño personal. Porque Polo de Lara no ve en el libro unas memorias de un cautivo, sino una sarta de mentiras para desacreditarle. «Figuro en su evangélico trabajo predilectamente y muy en primera línea; y con tal de hablar de mí, prescinde de los grandes problemas, no aporta datos para la Historia, no ilustra á la opinión y sólo parece obedecer a la consigna de perseguir al escritor liberal que habló claro al país», sobre todo al «haber insistido durante mi último mando, en 1898, en que fuesen relevados de sus curatos, como lo fueron, varios compañeros y hermanos de hábito del padre Graciano», al decir «que el fraile nos arrastraba á la pérdida del Archipiélago» y que «el fraile filipino era el mayor peligro colonial». Por eso se ve en el libro del P. Graciano «desde los primeros párrafos hasta qué punto son el bárbaro egoísmo y la mezquina pasión los únicos inspiradores del libelo».
Graciano, evidentemente, tampoco se amilanó y respondió. Llegó a escribir que «lo mejor, á ser posible, para el nombre del autor y para los lectores, á quienes quepa la desgracia de leerlo, sería verter en todas las páginas un ácido detergente que llevase por delante toda la tinta. Solamente así dejaría de ser el folletejo, en que me ocupo, una almáciga verdadera de mezquindades y pequeñeces». En las cartas analiza pormenorizadamente el libro de Polo de Lara, sacando a la luz sus errores y contradicciones.
Estando en Manila, en 1901, también saldría a la luz su primer y único libro de poesías que tituló Flores de un día. Recibió el libro encendidos elogios, sobre todo en los diarios de Manila, tales como El Noticiero, Libertas o el Heraldo de Ilo-ilo, en alguno de los cuales había publicado parte de sus poemas el P. Graciano. También se incluyen en el libro algunos que había enviado a su tierra natal desde Filipinas, firmando como Zenit-mar, el anagrama de su apellido, para que fueran publicados en El Porvenir de Laviana y en la Revista Lavianense.
Llega a España el año 1902 con un nombramiento bajo el brazo: redactor de la revista de los padres agustinos España y América, una revista que entrará a formar parte de la vida del P. Graciano hasta su muerte.
España y América comenzó a publicarse por los Padres Agustinos el 1 de enero de 1903 en la Imprenta del Asilo de Huérfanos del Sagrado Corazón de Jesús, que también imprimiría, por otra parte, muchos de las obras del P. Graciano. Tenía una periodicidad quincenal y como empresa fundamental consagrar «todas nuestra fuerzas á defender los grandes y sagrados intereses de la religión y de la fe, á difundir y propagar las enseñanzas del Romano Pontífice, y á reivindicar enérgicamente los derechos de la Iglesia Católica».Veían los agustinos como un deber seguir la tarea emprendida por su fundador en el convencimiento de que los errores que él combatió «vuelven á resurgir de su sepulcro», errores, en esta ocasión, «engendrados por cerebros desequilibrados y enfermos». Había que «regenerar» España social y cristianamente. Para ello saltan esperanzados a la arena del combate donde tendrán como lema evitar los ataques personales y como asuntos de interés prioritario las cuestiones de actualidad tanto sociales como políticas, sin dejar de mirar para los pueblos hermanos de América.
En cuanto a las cuestiones de actualidad, afirman que «no serán directamente objeto de nuestra modesta publicación las investigaciones científicas», ya que hay revistas que cumplen sobradamente esta misión. Conviene decir, no obstante, que sí publicarán artículos de contenido científico o divulgativo, aunque de forma muy escasa.
En lo político la revista, decían, «no tendrá color político de ninguna clase», pretendían estar apartados de las luchas de los partidos políticos y buscar, así, la «imparcialidad», tampoco siempre conseguida. Cuando abordaran cuestiones sociales buscarán siempre su inspiración en la encíclica Rerum Novarum, publicada el 15 de mayo de 1891 por León XIII -del que incluyen un retrato en el primer número de la revista- y que tanto influyó en muchos de los escritos del P. Graciano.
Por último, la inclusión en su revista, en un lugar preferente, de los asuntos concernientes a las «repúblicas americanas» tenía como objetivo fundamental no sólo informar de lo que allí ocurría en los ámbitos político, social o religioso, sino que había un interés especial de informar también del estado de la industria, de la agricultura y del comercio. Querían que España y América sirviera no sólo para «las personas de honrado corazón y cristianos sentimientos», sino también «para el industrial y el comerciante, que encontrarán en ella datos preciosos y seguros para sus empresas y especulaciones mercantiles».
El P. Graciano no aparece en el primer número de la revista, aunque el número de artículos, críticas de libros, breves reseñas bibliográficas, poesías o cuentos que escribió para la misma es impresionante. En todos los volúmenes incluirá siempre algún escrito suyo, salvo en los años que, como veremos, estuvo en América.
Su laboriosidad y su buen hacer en la revista son tan grandes que, dos años y medio después de la aparición del primer número, el 27 de octubre de 1905, se le nombra director de España y América. Sustituiría al asturiano de Villoria (Laviana) P. Benigno Díaz, que iría como Superior a Tapia de Casariego al tener que marcharse su anterior director, el P. Santiago García, al convento de La Vid como catedrático de Teología. Un año antes, el 9 de octubre de 1904 y «previos los ejercicios literarios ordenados por nuestras leyes» había obtenido el título de Lector de Provincia.
Su primera etapa como director de la revista tendrá un paréntesis el año 1906. Este año, para ponerse al día de la moderna Apologética cristiana (escribiría tres artículos para su revista en torno a la obra de Armando Shell), para «enterarse sobre el terreno de las controversias religiosas que en aquellos días tanto excitaban la atención de los pensadores» y para estudiar el idioma, se marchó a la Universidad de Wurzburgo, en Alemania. Conocemos poco de este viaje. Sabemos que desde allí enviaba artículos para que se incluyeran en España y América. Algunos, como los dedicados a la vida religiosa en Alemania, tan importantes que se creyó en la conveniencia de que salieran de la revista y se formara con ellos un libro. En otros artículos nos cuenta, aunque son ligeras pinceladas, sus impresiones de los lugares y de las gentes por donde pasaba.
Regresa a España, dirigiendo de nuevo la revista, pero por poco tiempo ya que el 4 de diciembre de 1907 se le ordena ir a Buenos Aires.
El año siguiente tendrá que ir a Cuba. Su estancia en La Habana a partir del año 1908, como profesor del colegio San Agustín, colaborando con la labor formativa que los agustinos americanos llevaban en La Habana, será de dos años. Aquí, como en todos sus viajes, nunca quiso ser el P. Graciano sólo un cura de celda y biblioteca (que lo era) sino que también procuró salir y relacionarse con las gentes de su entorno. Por este motivo, y gracias a sus dotes personales que lo hacían ser una persona verdaderamente entrañable, hizo en La Habana grandes amigos, como el director del Diario de la Marina, el español Nicolás María Rivero. Su labor en todos los órdenes es intensa. Con los sermones y discursos pronunciados en La Habana publicará el autor en un libro tres años después. En él puede comprobarse cómo lo requerían de muchos sitios para que hablara: en la Catedral, en la iglesia de Santo Domingo o en la de Nuestra Señora del Pilar, pero también en el Centro Asturiano, en el colegio «Hogar y Patria» o en la Asociación de Dependientes de Comercio de La Habana.
Tiene el P. Graciano cuarenta y un años cuando, en 1910, regresa a España. No vuelve a Madrid, sino que lo envían a un pequeño pueblecito de la costa asturiana: al colegio Santa Isabel de Tapia de Casariego. En la relativa tranquilidad que le proporciona su estancia en este lugar sigue escribiendo, continúa siendo requerido para pronunciar sermones o para pronunciar oraciones fúnebres.
La estancia de los agustinos en Tapia, fruto de la donación del antiguo Instituto a esta Orden en 1904, duró hasta 1924. Su labor está bien documentada, ya que de ellos hablaba a menudo la prensa de la zona (como Las Riberas del Eo o Castropol) y los propios agustinos –ya se ha mencionado– editaban cuadernos resumiendo sus ideales pedagógicos, los resultados académicos, las plantillas, &c. Los autores coinciden en admitir que, frente a la etapa anterior, los agustinos se relacionaron menos con el pueblo: los muros del colegio fueron levantados, los alumnos no podían salir a jugar fuera, sus visitas tenían un régimen muy estricto, el correo y los paquetes pasaban por las manos del Director, &c.
Según nos cuenta el P. Jesús Delgado, compañero suyo en el colegio, fue en este ambiente donde el P. Graciano «cumplida la obligación diaria del sacerdote, a las horas de clase explicaba las suyas; en los intermedios de las clases preparaba sermones y conferencias; en las horas de recreo, el suyo era enseñar el alemán a los compañeros que querían aprenderlo, y ponía la cátedra en su celda; y en las horas de la mesa daba o recibía la información diaria periodística; de suerte que sin interrupción, dentro de un mismo día, en sucesivas horas, estudiaba, escribía, enseñaba y se preparaba para serias empresas».
Su regreso, ya definitivo, a la capital de España se realizará cuando el 11 de junio de 1914, contando cuarenta y cinco años, se le confía de nuevo (y lo será hasta su muerte) la dirección de la ya mencionada revista España y América. Es en esta segunda etapa cuando la revista se coloca en un lugar privilegiado dentro del panorama literario del momento, gracias sobre todo al impulso que le dará el P. Graciano. De esta manera se convertirá esta revista, para muchos, en la mejor publicación de su género.
Aunque su residencia habitual está en Madrid, se desplaza nuestro Padre por muchos puntos de la geografía nacional: Avilés, Llanes, su natal Pola de Laviana, Barcelona, Zaragoza, Toledo... Estos continuos requerimientos del P. Graciano, como veremos, terminarán a la larga pasando factura de su cada vez más débil salud.
Pero por el momento Graciano sigue escribiendo y publicando con una fertilidad y un rigor verdaderamente excepcionales. Sobre todo centra sus energías en artículos que luego recopila y edita en forma de libro. De esta forma, y casi al ritmo de uno por año, va publicando lo que serán sus mejores obras: el año 1916 publica Hacia una España genuina; en 1918, La objeción contemporánea contra la Cruz; al año siguiente Semblanza del primer superhombre o Nietzsche y el nietzschismo; el año 1920 la ya mencionada segunda edición de su libro de poesías Flores de un día y en 1921 De paso por las Bellas Letras, dos volúmenes donde recoge sus críticas literarias y El libro de la mujer española.
Conviene que nos detengamos un momento en este último libro ya que es el único que «sufrirá» una reedición al comienzo de la dictadura.
El P. Graciano siempre había tenido una sensibilidad por el papel de la mujer en la sociedad española, sensibilidad que se habría agudizado, sin duda, debido a sus largas estancias en varios países del mundo. Creía que sobre el feminismo, y desde el enfoque que él pensaba adecuado, se había escrito en España poco y mal. Pensaba, además, que no podía pasar más tiempo en abordar de cara este problema y darle solución. Sabía que nuevas causas económicas, culturales y políticas lo habían sacado de su letargo y que era un problema candente a comienzos del siglo XX.
El libro, en su primera edición, aborda en trece capítulos desde la historia feminista hasta el pretendido antifeminismo en la Iglesia, pasando por los derechos naturales, culturales, civiles y políticos de la mujer. Con gran erudición y haciendo un repaso a las opiniones de antiguos y modernos elabora unos principios para la regeneración de España que harían posible que la mujer ocupara su lugar. «La actual constitución social está lejos de ser perfecta: cuando lo sea, la vida femenina tendrá sus ideales marcados y definidos, y el feminismo habrá dejado de existir, esto es, habrá dejado de existir como lucha y como aspiración; pues habrá llegado a realizar el ideal cristiano de nivelar los dos sexos, haciéndolo vivir en un estado progresivo y armónico de derechos y deberes, sin más diferencias que las impuestas por la naturaleza y requeridas por las diversas aptitudes y por los diversos papeles providenciales que hombre y mujer han de ejercer en el drama de la vida y de la humanidad».
Como hemos dicho, el libro volvió a publicarse en 1942 aunque ahora con importantes modificaciones. Se añadieron breves apartados en algún capítulo y se suprimieron los dos que abordaban los derechos políticos de la mujer, como veremos poco acordes con los rumbos que tomaba el nuevo régimen.
El P. Graciano repasaba en los capítulos suprimidos el movimiento sufragista en varios países del mundo (Noruega, Finlandia, Holanda, Francia, Bélica, Italia, Estados Unidos, ...) y defendía este derecho, desde una óptica cristiana, para las mujeres españolas. Pensaba que el voto femenino iba a propiciar la necesidad ineludible de «sanear» la política española. Ahora bien, antes de ejercer plenamente este derecho eran también convenientes «un par de años de formación de ciudadanía consciente» para que la mujer entienda «lo que significa el derecho de ir a depositar su voto en las urnas los días de elecciones». Afirmaba con rotundidad: «que las mujeres votarán en España, como votan en otras naciones es evidente. Temprano o tarde, votarán.» Las corrientes sociales se movían en esa dirección, «son de día en día más favorables a la concesión de los derechos políticos a la mujer, y lo serán más y más, a medida que se la vea desenvolver sus energías intelectuales y morales». En este sentido, comenta la excelente labor que estaba llevando a cabo la Acción Católica de la Mujer, fundada en 1919.
Como hemos dicho, las tesis del P. Graciano no eran las más adecuadas para la nueva ideología imperante tras la Guerra Civil y, con el ánimo de aclarar las dudas que de la lectura del libro pudieran surgir en las mentes (de las mujeres sobre todo), se añadió al final de la segunda edición un nuevo apéndice que llevaba por título «La mujer española en el nuevo Estado». Lo escribió en diciembre de 1941 la Señorita María Rosa Vilahur Bellestar, de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid. En él resumía el papel que a la mujer le tocará jugar en España durante los años siguientes como «ayuda semejante» al hombre, y les indicaba, como sus virtudes fundamentales, la fe, la obediencia, la disciplina, la humildad, la fortaleza, la austeridad y la alegría, para asumir el deber de convertirse en el pilar fundamental de la nueva familia española.
El último libro que el P. Graciano pudo publicar antes de su muerte, exceptuando la ya mencionada tercera edición de Regionalismo y patriotismo, llevaba por título Hacia la solución pacífica de la cuestión social. Saldría a la luz en el año 1923 y, si antes había sido el Cardenal Guisasola el «culpable» de su elaboración, en este caso será el Nuncio de Su Santidad en España Francesco Ragonesi, entre otras personas, quien le «rogó instantemente que escribiera, acerca de la cuestión social, algo sanamente orientador, por el estilo de El Libro de la mujer Española. Y heme aquí que ya lo estoy pergueñando y en forma de conferencias para aprovechar algunas de las pronunciadas y, para que, así, pueda servir mejor a los señores curas párrocos que quieran utilizarlas en el púlpito».
El libro lo forman once conferencias que abordan lo más «candente e inquietante» de este asunto y una conferencia-introducción en la que resume la génesis del libro y las posiciones de partida, que resumimos a continuación: inspirarse ante todo en la Encíclica Rerum Novarum de León XIII; aclarar tanto los derechos como los deberes de los ricos y de los pobres («a unos y a otros les voy a decir la verdad y nada más que la verdad», aunque «sí que, en general, mi labor habrá de ser en defensa de las clases populares, sí que mi voz habrá de vibrar, acalorada, en pro de los obreros injustamente oprimidos», todo esto procurando armonizar las clases sociales y no ser un «enemigo de las clases acomodadas» ya que su lema será «apostolado, no sectarismo»; «a los ricos prediquémosles nuestro socialismo, que es un socialismo al revés, pues los socialistas quieren despojar a los ricos de sus riquezas, y nosotros queremos que los ricos se desprendan de parte de ellas en beneficio el proletariado (...) a los pobres prediquémosles el sacrificio (...) ante la imposibilidad absoluta de extirpar en la tierra el dolor, ¿qué hemos de hacer sino predicar la resignación cristiana?»); defenderá el trabajo obligatorio para todos, incluso para los ricos («para que sus riquezas sean hijas del trabajo, no del fraude ni la usura, y para que no se pueda decir de ellos lo que de tantos ricos de nuestro tiempo se puede decir: que son no solamente seres inútiles, sino también nocivos a la sociedad»); demostrará que es necesario para la paz social que el capitalismo deje de explotar la miseria y «que los principios sanos tornen a echar hondas y fuertes raíces en el corazón del pueblo», atajando las «predicaciones antipatrióticas y antimilitaristas» instruyendo al pueblo ya sea mediante una agresiva campaña de extensión universitaria por toda la geografía nacional ya sea mediante «la creación de sindicatos que no aspiren sólo al mejoramiento económico de las clases trabajadoras, sino también y aún principalmente, a su mejoramiento intelectual y moral»; aclarará que la religión ha estado siempre unida a la libertad y a la democracia, ya que éstas «en su sentido sano, son dogmas del cristianismo, teórica y prácticamente irreconciliable con toda tiranía y con toda opresión. Jamás se ha visto ni se verá a la Iglesia al lado del despotismo y de la tiranía»; por último, propondrá el retorno al cristianismo como la única vía posible para la solución pacífica del conflicto social («la cuestión social es una cuestión moral y religiosa. El más empedernido socialista no se atreverá a negar que los pueblos más felices son aquéllos en que mejor se conservan las tradiciones santas de familia, trabajando honradamente la semana y santificando, como la Iglesia manda, el domingo, cumpliendo, en fin, con los hombres y con Dios»).
La última tarea que realizaría el P. Graciano en vida y en la que, como en todas las que abordaba, puso todo su entusiasmo y energía fue la participación en la Tercera Asamblea Nacional de Prensa Católica, celebrada en Toledo del 12 al 15 de junio del año 1924. La Presidencia estuvo a cargo del Cardenal Arzobispo de Toledo y Primado de las Españas, Enrique Reig y Casanova. El P. Graciano fue el encargado de formular la ponencia sobre el Tema Tercero de la Asamblea, que tenía como título «Qué nuevas publicaciones conviene crear».
Su tarea consistía en leer las memorias que sobre el tema mencionado se presentaron de forma previa a la celebración de la Asamblea, resumirlas y presentar una ponencia con las conclusiones, ya fueran inspiradas en las memorias leídas o fueran de cosecha propia. Analizó las 48 memorias que el Secretario de la Asamblea le entregó, presentó su ponencia con sus conclusiones y todas fueron aprobadas en la sesión privada general.
Todas las conclusiones que presentó a la Asamblea proponían contrarrestar el abandono de la religión católica y el desinterés cada vez más generalizado de amplios sectores de la población por los temas de la Iglesia. «El catolicismo languidece, entre nosotros, de día en día (...) Más que la impiedad, la ignorancia religiosa ha dejado vacíos los templos parroquiales», decía no sin cierta amargura el comienzo de su ponencia. Pero no había que desfallecer. Entre las publicaciones que él creía había que realizar o modificar para contrarrestar dicha irreligiosidad, mencionaba las siguientes: relanzar las hojas parroquiales, con un diseño y formato más modernos; fundar en Madrid una revista infantil nacional; crear en los centros de Enseñanza Media revistas escolares escritas por los propios alumnos; realizar una gran revista gráfica católica y una novela semanal «barata, amena y galanamente escrita»; era necesaria también una revista de cultura donde pudiesen escribir los recién Licenciados; otra revista gráfica y doctrinal dedicada a la mujer y, por último, defendía como muy conveniente fundar un rotativo gráfico nocturno en Madrid.
La tarea del P. Graciano no sólo consistió en presentar la ponencia sino que, una vez aprobadas sus ideas, el Cardenal Reig constituyó una Comisión Ejecutiva que tenía como principal misión «realizar en lo posible los acuerdos de la Asamblea». Y el presidente de dicha Comisión fue nuestro P. Graciano, colocándose de esta forma al frente del periodismo y de la publicidad católica en España. Había, pues, que llevar las conclusiones aprobadas a la práctica. Y lo intentó. En tres meses de trabajo vieron la luz un semanario infantil, la revista para jóvenes y la orientada a la mujer estaban muy avanzadas y la novela semanal salía de la imprenta cuando, de repente, cayó como un mazazo la noticia de su repentina muerte.
Falleció el P. Graciano Martínez el viernes, dos de enero de 1925, poco después de las seis de la tarde, víctima de un fallo cardíaco. Ocurrió en la Residencia de Colmuela, en Madrid, actualmente en el número 12 de la calle del mismo nombre, junto a la iglesia de San Manuel y San Benito regentada todavía por los Padres Agustinos Conocía desde hacía tiempo que su corazón era demasiado débil pero, como hemos visto, no dejó de trabajar por la prensa católica, ni de escribir artículos, ni de dar sermones ni conferencias...
El Padre agustino Jesús Delgado, asturiano, su amigo del alma, que había estado cautivo con el P Graciano en Filipinas, que convivió con él en Tapia de Casariego y que, tras su muerte, se haría cargo de la dirección de la revista España y América, nos narra sí el momento de su muerte: «la ocupación última suya fue la de consolar al triste: a una pobre hija de Alemania que hacía dos meses que había perdido a su padre, precisamente de forma repentina: en una pequeña sala de visitas estaba ella hablando de su inmensa pena al P. Graciano, y éste le respondía que pensase en los misericordiosos designios de Dios, que no por ocultos y al parecer rigurosos, dejan nunca de ser misericordiosos. Dicho esto, quedó como recostado en el respaldo del sillón y vuelto el semblante hacia arriba, y en esta al parecer natural actitud dejó de hablar, si bien no de vivir y respirar. ¡Providencia de Dios! La cristianísima joven avisó del peligro con la celeridad que es de suponer; inmediatamente acudió un Padre que en la próxima estancia providencialmente se encontraba; asistió al paciente y la administró la santa absolución; a los pocos minutos eran un médico y tres Padres los que rodeaban al moribundo; fue de parecer el doctor, en vista de la gravedad del accidente, que se le suministrase la sagrada Extremaunción, y así se hizo, aunque con la rapidez que las circunstancias exigían.
Al cuarto de hora de haber interrumpido el diálogo de la humana conversación, el P. Graciano estaba sentado y como dormido con tranquilo sueño en su sillón: ya no respiraba: ¡había muerto!». Tenía 55 años.
Gracias a las necrológicas y a los diarios de aquellos días sabemos que sus restos descansan en el mausoleo que la orden de San Agustín aún posee en el cementerio de La Almudena, que su entierro se celebró a las tres y media de la tarde del día 3 de enero y que «su cadáver no ha llevado al cementerio ni una sola corona mortuoria (...), pero ceñía la humilde carroza una fuerte, escogida y silenciosa tropa de hermanos de hábito, de religiosos de diferentes Órdenes, de sacerdotes y de seglares amigos, entre los cuales se destacaban los caudillos y los bravos capitanes de la Prensa Católica».
Poco después de su muerte aparecen iniciativas para que al P. Graciano se le dé el reconocimiento que se merece. Así, en El Carbayón del día 4 de enero de 1925 y firmando con las iniciales C. G. pueden leerse las propuestas que hacía tanto a los sacerdotes como al Ayuntamiento de Laviana el autor del artículo: «los sacerdotes del archiprestazgo de Laviana, al hacerle solemnes honras fúnebres y estimar la inmensa labor y valía del P. Graciano. El Ayuntamiento de Laviana debe también demostrar que reconoce el indiscutible y extraordinario mérito del poeta, del polemista, del orador, del sociólogo, del apologista, del crítico y del escritor castizo y afiligranado que vio la luz en el mismo corazón de esa excelentísima villa, y debe honrar la ilustre memoria de tan preclaro hijo dedicándole, al menos, una calle o una plaza».
Un par de días después, en una carta al Alcalde de Pola de Laviana Don Arturo León, hacía la misma petición el padre agustino Aurelio Martínez, natural de este pueblo, y profesor por aquellos años en el Colegio Santa Isabel de Tapia de Casariego. Respondiendo a la petición de Fray Aurelio, la Comisión Permanente del Ayuntamiento, en Sesión de 14 de enero, insta al Pleno del Ayuntamiento a que dé el nombre de una calle al Padre Graciano. En Sesión de 16 de enero se acuerda por unanimidad dar a la Calle Nueva el nombre de Padre Graciano Martínez.
Esto ocurría en enero. Pero no era suficiente. El Presbítero-Regente de Pola de Laviana, Don Manuel Valdés Gutiérrez inicia una suscripción entre los «admiradores» del P. Graciano para hacer algo que recuerde su nombre. Recauda una cantidad importante pero, creyéndola insuficiente, escribe una carta al Alcalde el doce de junio de 1925 para que nombre a alguien que, junto a él y a otra persona que represente a la familia del P. Graciano, constituyan una Comisión que dé a la suscripción el uso más adecuado. Le pide también que contribuya económicamente con alguna cantidad. En Sesión de 7 de julio, la Comisión Permanente del Ayuntamiento le pide más datos. El Padre Valdés escribe una carta de contestación en la que les envía un modelo de la lápida que piensan dedicarle al P. Graciano, indicando que se publicará, además, un álbum en gran formato con su fotografía, biografía, obras y nombres de las personas que colaboren en el homenaje. En Sesión de 5 de agosto de ese año, la Comisión Permanente del Ayuntamiento decide nombrar al concejal y maestro nacional Don Aurelio Cañedo como representante del Ayuntamiento en la Comisión del Homenaje.
Muchas personas se adhirieron al Homenaje que tuvo feliz término el catorce de agosto de 1926 con el descubrimiento de la lápida del P. Graciano que, aún hoy, se conserva en un lateral de la Ermita del Otero. El «álbum en gran formato» prometido se quedó en una publicación de treinta páginas, aunque en él sí aparecen tanto una fotografía de la lápida como una lista de los «cooperadores» al Homenaje
Los difíciles años siguientes también tuvieron al P. Graciano como protagonista. Así, el año 1932, en plena Segunda República, un grupo de concejales del Ayuntamiento de Laviana (concretamente José Fernández Gonzáles, Ruperto García Prado y Marcelino González Magdalena) presentan una moción para que las calles Fray Graciano Martínez y Norberto del Prado se difundan en una sola que pase a llamarse Rosario Acuña. Proponen además que la Plaza de la Encarnación pase a llamarse catorce de abril. ¿Los motivos? Responder «a la intensa campaña de obstrucción que en la actualidad está desarrollando toda la fauna clerical y capitalista contra el actual régimen de libertad y justicia, y teniendo en cuenta la cruenta persecución de que en vida y aún después de su muerte fue objeto la librepensadora Doña Rosario Acuña por parte de todas estas huestes tan nefandas para la pobre España».
En Sesión de 30 de enero de 1932, la Comisión Permanente del Ayuntamiento da su voto afirmativo a la moción, «haciendo constar que si los hijos de Laviana estiman conveniente que el nombre del Padre Graciano Martínez debe continuar, que lo pidan por escrito al Ayuntamiento». No tenemos noticia de que hubiera un movimiento vecinal de esta dirección. Lo cierto es que, pasado el tiempo, el P. Graciano Martínez volvería a tener su nombre en una calle y en una plaza, pero su obra sigue estando en el cuarto oscuro de los injustamente olvidados.

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