3 de enero de 2013

El estraperlo en los años del hambre

En el tiempo del estraperlo.

  Cupula de la Iglesia san Juan de Mieres


http://www.lne.es





La palabra estraperlo se define en el diccionario de la Real Academia Española como «comercio ilegal de artículos intervenidos por el Estado o sujetos a tasa» y, aunque seguramente ya está en desuso entre los más jóvenes, hubo una época en la que figuraba entre las más empleadas por la ciudadanía de este país. Se trata de un término que no tiene su raíz en una lengua clásica, como la mayoría de las nuestras, sino que se formó uniendo las primeras sílabas de los apellidos de tres estafadores, el matrimonio Strauss- Lowann y su socio Perel, quienes sobornaron en 1934 a algunos altos cargos del Partido Radical, entre ellos Aurelio Lerroux, sobrino de don Alejandro, para instalar dos ruletas fraudulentas en el Casino de San Sebastián y en un hotel de Mallorca.
Por un desacuerdo entre los malandrines, el propio Strauss acabó denunciando la farsa ante don Niceto Alcalá Zamora, el honrado presidente de la República, y el escándalo fue tal que no solo provocó la dimisión de todos los implicados sino que desde entonces se pasó a denominar estraperlo a otras actividades ilegales y especialmente al comercio clandestino de materias de primera necesidad que floreció en los años de hambre que siguieron a nuestra guerra incivil.
Los mayores aún recuerdan claramente la larga etapa de racionamiento impuesta por el régimen franquista, que se prolongó hasta 1952 y en la que convivían en paralelo dos economías: la oficial y la subterránea. El 14 de mayo de 1939 se empezaron a usar en España unas cartillas que proporcionaba la llamada Comisaría de Abastos y en las que se determinaba la cantidad de productos básicos de los que podía disponer cada familia. Con ellas se regulaban alimentos como las legumbres, azúcar, tocino, café, sucedáneo de chocolate, membrillo y sobre todo pan negro, a razón de 150 o 200 gramos por cartilla, ya que en Asturias el pan blanco solo se conseguía para las ocasiones, como la carne, la leche o los huevos.
El tabaco negro, se consideraba entonces como un artículo imprescindible, hasta el punto de que no era raro que se hiciesen colectas benéficas para repartirlo después ¡entre los enfermos de los hospitales! Todos los varones debían fumar para demostrar su hombría; sin embargo, entre las mujeres dependía de su clase social: para las ricas era un hábito elegante, en las de clase media estaba mal visto y no solía mostrarse en público y con respecto a las pobres, a nadie le importaba lo que pudiesen hacer.
Era tal la demanda que hubo un momento en el que, sumando los cupones auténticos con los falsificados, el número de fumadores españoles superaba al de los habitantes del país y eso que quienes preferían los puros o el tabaco rubio -a los que se suponía más poder adquisitivo y de paso más querencia al Régimen-, tenían libertad de compraventa. Un recurso casero consistía en secar hojas de higuera para fumarlas después y otro más cochino era la recogida de colillas para tratarlas y devolverlas al mercado en forma de cigarrillos liados -recuerden ustedes La Colmena, de Cela, o Tiempo de Silencio, del malogrado Luís Martín Santos, donde creo recordar que también aparece una escena similar-.
Cualquier forma de ayudar a la economía era buena, y así la imaginación se ponía en funcionamiento para elaborar artesanalmente productos que luego se vendían saltándose los impuestos. Con el café se experimentaba este arte de la simulación con sucedáneos de calidad ínfima, aunque casi siempre se hacía para el consumo propio y en cuanto al jabón, que también se racionaba, la formula consistía en mezclar resina con sebo, pero había que saber hacerlo y esta habilidad se pagaba, de modo que su venta también estaba perseguida.
Pero la estrella era el aceite, fundamental en todas las cocinas. El que proporcionaba el Gobierno era una mezcla que hoy no superaría ningún control sanitario, aunque entonces no se miraban estas cosas?Mi abuelo era relojero y bromista, aunque no sé si los amigos que le sobrevivieron le recordaban más por una cosa o por la otra. Supongo que ustedes conocen que las maquinarias de cuerda deben limpiarse y engrasarse cada cierto tiempo; es una de las labores del taller de relojería que se hace de forma manual y empleando una cantidad tan pequeña de aceite que para la operación antiguamente se empleaba un pelo sujeto a un palillo.
Se lo cuento porque Julián Burgos -que así se llamaba, como puede comprobarse en las esferas de los relojes que muchos mierenses guardan como recuerdo de otras épocas-, contó una tarde en el café que estaba a la espera de recibir un bidón con el preciado líquido que le enviaban desde Abastos para poder desarrollar su trabajo y que lógicamente le iba a sobrar; mi abuelo completó el bulo con el dato de la hora exacta en la iba a llegar el tren que traía el envío y, para resumir, les diré que la broma acabó con un numeroso grupo de ciudadanos en la estación del Norte, lata en mano por si caía algo; la intervención de la fuerza pública y la consiguiente entrevista de la autoridad competente con mi abuelo que fue severamente amonestado?tanto por ellos como por mi abuela.
Y es que había una relación directa entre los trenes y el estraperlo, principalmente en el caso de las cuencas mineras con el que hacía el trayecto Madrid-Gijón, porque era el de más vagones y siempre venía atestado de pasajeros, con lo que era más fácil disimular la carga que se había adquirido en tierras leonesas y la Guardia Civil no solía revisar los paquetes a no ser que estuviese buscando mercancías relacionadas con el orden público.
Otra cosa era evitar el control de los fiscaleros o consumeros que esperaban en los andenes para cobrar impuestos o requisar directamente todo lo que se traía de tapadillo desde la Meseta. Así que antes de llegar a las estaciones no era raro contemplar en algunos puntos el lanzamiento de paquetes que eran esperados desde las orillas de la vía, aunque lo que sí resultaba más extraño era la coincidencia de varias embarazadas en el mismo viaje, o lo frioleros que eran algunos, que no dejaban el abrigo ni en los días más cálidos de agosto.
Quienes se dedicaban a este estraperlo de supervivencia, trayendo comestibles solo para que los suyos pudiesen comer o dedicando una pequeña parte a la venta para ganar unos reales, eran a menudo viudas del bando perdedor, mujeres de presos o gentes sin trabajo a las que no les que quedaba otra salida, pero además existía otra clase de estraperlo a gran escala en la que se movían grandes cantidades de carbón o chatarra con la complicidad de los de arriba y así -todos lo sabemos- se hicieron algunas honorables fortunas en las Cuencas.
Esto puede y debe ser criticado, pero responde a la cultura de la picaresca que se estableció aquí en todas las capas sociales, a veces por necesidad y otras por avaricia, pero lo que tiene difícil justificación es el trapicheo con un producto que podía cambiar el destino de una persona en pocas horas evitando su muerte. Me refiero a la penicilina, que llegaba desde el extranjero a los aeropuertos de las capitales, se pasaba por las fronteras de los Pirineos o desembarcaba en los puertos marítimos, entre ellos el de El Musel; tenía la peculiaridad de que era necesario conservarla refrigerada y por ello casi siempre había que buscarla en los bares que tenían nevera, un electrodoméstico que entonces era desconocido en la mayoría de los hogares.
Entre los peligros que tiene Internet está la desinformación y allí puede encontrarse una historia imposible, que algunos dan por buena, en la que el Alexander Fleming, considerado como el benefactor de la Humanidad, no sale bien parado. Se cuenta que fue en la mítica coctelería que Perico Chicote regentaba en la Gran Vía madrileña y donde atesoraba la mayor colección de botellas que en aquellos años había en todo el mundo y allí don Alejandro se encaprichó de una que supuestamente había llevado de ida y vuelta hasta la Luna el astronauta Neil Armstrong.
-Yo se la regalo-exclamó Perico Chicote.
-Y yo le entrego a usted la exclusiva sobre la venta de la penicilina para todo Madrid- contestó el doctor Fleming.
Aceptando la tontería de que existiese la botella viajera, más difícil es saber como pudo conocer Fleming, quien falleció en 1955, que Armstrong había pisado nuestro satélite en 1969 y aunque es verdad que la penicilina del estraperlo se conseguía entonces en la Gran Vía y seguramente en Chicote, la única relación del preciado antibiótico con lo astronómico es el precio que alcanzaba en el mercado negro.
Los años del hambre tienen tanto que contar que debemos dejar para otro día las anécdotas de aquellas mercancías que no estaban racionadas pero que sufrían obligadas mutaciones, como las chaquetas, cuya interior se daba la vuelta cuando la cara exterior ya estaba ajada, o los pantalones que subían y bajaban sus dobladillos según iban cambiando de generación?En fin, disfrutemos de lo que tenemos.
 Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR
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Recetas de la posguerra para no morirte de hambre. "Que malos tiempos les tocó vivir".


                        Tienda de estraperlo

Sorprende conocer el ingenio que tuvieron que derrochar muchos españoles para poder comer en la España de la posguerra Civil, sobre todo por los gourmets, los cuales, de la nada, podían hacer 'ficticios' platos de la más alta cocina sin los ingredientes necesarios, porque se resistían a no dar gusto a sus paladares, pese a todas las adversidades. Sobre estos maestro de la cocina hay que destacar a uno sobre todos, Ignacio Doménech, que escribió un delicioso libro, hoy muy difícil de conseguir, a mi me costó 200 euros, por estar totalmente agotado y ser una pieza de coleccionista. Pienso interpretar y transcribir algunas de esas recetas milagrosas hechas, la mayoría, de los despojos de la mesa o  con componentes insospechados y donde podremos cocinar en nuestras casas maravillosos y sorprendentes platos sin necesidad de gastar casi nada en su elaboración. Podríamos empezar elaborando un menú fácil, para ir familiarizándonos con la cocina económica y de subsistencia, y así ir comprendiendo como, cuando no hay casi de nada, se puede conseguir mucho o lo que es lo mismo, como en nuestra sociedad de consumo se tira a la basura tanto alimento aprovechable que se podría alimentar a todos esos pueblos del Tercer Mundo y que vemos en los diarios de la televisión, a los que nos hemos hecho insensibles, porque las repeticiones de imágenes terribles deshumanizan a las sociedades. Me gustaría que, una vez terminado de leer este trabajo, tenga la conciencia de que hay hambre en el mundo y que debemos ser solidarios con otros pueblos que no han tenido la suerte, me refiero a sus habitantes individuales, de haber nacido en un mundo mejor, siempre al margen de las religiones que son en parte culpables de todo lo que ocurre y que hipócritamente dan migajas a esos desgraciados, mientras sus finanzas son de las más saneadas del planeta; si alguien visitó alguna vez el Vaticano sabrá de lo que hablo, por el insulto que supone su lujo desmedido y su influencia tan negativa en la historia de occidente, lo malo de todo esto es que todavía siguen engañando a personas de buena voluntad. Después del mensaje, algo que no puedo evitar porque creo importante en mis trabajos sean algo más que hablar de la historia, seguiré con el cometido que quiero desarrollar  y que de seguro quedará satisfecho tras su lectura, si está interesado previamente en la cocina económica. Hay una novela de Dulce Chacón titulada 'La voz dormida' que refleja bastante bien la vida de hambre en aquellos tiempos difíciles, cuya dedicatoria del libro me impresionó y que dice: "A los que se vieron obligados a guardar silencio", en donde cuenta sobre el pan, ya que de nuestra primera receta será el componente principal, lo siguiente: "Y encima le deja quedarse con las migas de los manteles. Más de una se cambiaría por ella", para más adelante comentar: "...ir de mesa por mesa recogiendo los resto de pan negro. El sepulturero se dejó antier uno bien hermoso. Ella lo untó con aceite de una lata de sardinas y lo vendió en la Puerta del Sol (Madrid). Un bocadillo con sabor a sardina, voceó, y lo vendió enseguida", hasta este punto llegaba la miseria de los españoles. Bien, nuestra primera receta será la de cocinar una sopa de ajos al estilo andaluz, como la llama Doménech, y que se hace con los sobrantes de pan de las comidas, cuyos chuscos se guardaban en una bolsa de tela blanca (nunca llegué a saber la razón del por qué del color de dichas bolsas), y que se utilizaba, también, para alimentar a los pollos y a las gallinas. Estos trozos de pan duro se limpiaban y se cortaban en rebanadas finas. Para hacer una sopa para tres personas se ponían, o se ponen, en una sartén tres cucharadas de aceite y freiremos tres o cuatro dientes de ajo trinchaditos, una vez que comiencen a dorarse se le añade un buen tomate pelado y cortado, se fríe un poco y se le añaden los trozos de pan, ni muchos ni pocos, y se sofríen bien. Una vez terminada esta operación se le añade como un litro de agua y sal y se deja cocer un poco más. Mientras, en el almirez, machacaremos media cucharadita de cominos y otra de pimentón, una vez bien machacado se le añade a la sopa, que estará ya lista para servirla. ¿Que le parecería ahora de segundo plato unos calamares fritos?, nada más fácil de hacer, sobre todo cuando no tenemos calamares, de hecho en mi ciudad, Sevilla, en algunos bares se sirven de tapa los llamados 'calamares de campo' que se hacen de la siguiente forma: En primer lugar haremos una pasta a base de dos o tres cucharadas de harina, un poco de sal, unas pocas gotas de aceite y un poco de agua. Todo esto se trabaja bien hasta que consigamos una pasta ligera homogénea. Cortamos una cebolla por la mitad y una vez cortada se hacen cortes en rodajas de un centímetro de espesor, separando los distintos anillos, de modo que en apariencia puedan parecer auténticos calamares. Se sazonan de sal y se pasan por la pasta que anteriormente hemos hecho y se ponen freír en aceite que, en principio,  no esté demasiado caliente; una vez que consideremos que están fritas las cebollas se les da más fuego para que queden crocantes y bien doradas. Se escurren bien y se colocan en una fuente bien apiñadas y se sirven.Como somos generosos prepararemos un tercer plato para este gran banquete de pobres, consistente en 'hojas de remolacha con tocino y maní o cacahuetes', como lo titula el maestro Doménech. Su preparación, nada complicada, es de la siguiente forma: Se toman las hojas verdes y frescas de las remolachas, (que no estaba la cosa para comerse los tubérculos), que se limpian y se cortan en trocitos, para ponerlas a cocer en agua con sal. Una vez cocidas se les escurren de toda el agua y se guisan así: Cortar 100 gramos de tocino salado al tamaño de unas avellanas, el cual ponemos a freír hasta que haya echado toda su grasa, inmediatamente se le añaden tres o cuatros dientes de ajo picados hasta que se doren un poco, en ese momento le pondremos pimentón colorado, y antes que se queme se lo añadiremos, todo el contenido de la sartén, a las legumbres con un buen chorrito de vinagre. Se remueve todo muy bien, se tapa la olla donde lo tenemos y se deja a fuego lento. Momentos antes de servirla se fríen en un poco de aceite, hasta que se doren un poco, entre diez o doce cacahuetes, por ración, quitadas la piel. Una vez fritos se les escurren bien toda la grasa.Se sirve, recién hecho, en una legumbrera o en una fuente con los cacahuetes por encima. Esto da para cuatro platos de este suculento estofado de legumbre.

Llegó la hora del postre y ¿que mejor que tomar palomitas de maíz con miel?, pues manos a la obra.Se fríen los granos del maíz para hacer palomitas, teniendo en cuenta que cada mazorca da para dos comensales, removiéndolas con frecuencia para que queden bien sueltas. Una vez abiertas se colocan en una fuente junto a un tarro de miel de romero para que cada comensal se ponga tantas como quieran en su plato. No es que sea una exquisitez, al menos a mi gusto, pero es un buen y sano postre.¿A que una buena comida no es tal sin un magnífico café?, claro que en la época de la que hablamos el café era muy caro y escaso, así que inventaremos uno que ni el mejor de los catadores cafeteros sabría que le estamos dando 'gato por liebre'. Haré un pequeño paréntesis para contar que el café en tiempos de las posguerra podía alcanzar precios tan astronómicos de 60 o 90 pesetas kilo, el equivalente a un buen sueldo de un trabajador, ver mi trabajo sobre el hambre en España tras la Guerra Civil, presione aquí. También es importante resaltar que el café era de los productos que más se contrabandeaban entre Portugal y España en aquellos años fatídicos. 
Niños de la posguerra jugando a fusilamientos
Los españoles hacían sucedáneos de café con cebada tostada o cualquier cereal, pero también se hacía, ante la falta de cereales, que se destinaban a la alimentación, con algarrobas o cáscaras de cacahuetes torrefactas, lo que reducía su precio a 4 o 5 pesetas el kilo, como vemos un ahorro muy apreciable y al alcance de casi cualquiera. Ahora la fórmula magistral del gran maestro Doménech para obtener un magnífico café sin café: 500 gramos de algarrobas, que deben de limpiarse muy bien de una en una, las cuales se cortan en pedacitos como de avellanas; a esto se le añaden 200 gramos de cáscaras de cacahuetes trituradas y 50 gramos de cacahuetes mondados. En el tueste está el éxito o el fracaso a la hora de hacer un buen café, así que transcribo lo que dice Doménech al respecto: "La forma de tostar se puede hacer de la forma primitiva, a base de una sartén sobre el fuego; se empieza primero por tostar la algarroba, cuando está medio tostada se le unen las cáscaras de cacahuetes y los cacahuetes, no parando de remover el género desde que empieza hasta que se termina el tostado, que es cuando echa mucho humo; referente al humo, el secreto principal de la torrefacción es que salga éste blanco, porque si por el contrario saliera negro, quiere decir que está quemado, inservible, etc. Cuando el tostado quede poco para estar en su punto, a esta cantidad de género se espolvorea con 40 gramos de azúcar para que lo acaramelice en punto y de brillo a este.Terminado el tostado se vuelca dentro de una lata, removiéndose a fin de que al enfriarse un poco no se formen pegotes y queden todos los granos bien sueltos. Tan pronto queden fríos, se muele, al molinillo de café, pudiendo hacer entonces un magnífico café de guerra selecto, de gusto exquisito, a gusto de cada cual, o sea más fuerte o más flojo. Si este especial café lo escaldan con la misma agua hirviendo del marro o recuelo del café sobrante de la vez anterior, este escaldado les resultará mucho mejor.Consérvese en sitio seco, en lata herméticamente cerrada". Con este magnífico menú para pobres selectos cierro este primer capítulo dedicado a las recetas magistrales para una posguerra y donde otros, los asesinos y canallas fascistas, comían como cerdos mientras el pueblo moría de hambre y enfermedades carenciales.
                   Mujer en la posguerra Española llorando

FUENTE: Blogs Creativos.

1 comentario:

  1. "En este mundo traidor, / nada es verdad ni mentira, / sino según el color / del cristal conque se mira"...(Esto escribió Campoamor) ...Y hay quien viviendo su niñez en aquella época de estrecheces de la posguerra no sale de su asombro ante el relato de tanta miseria entre los más miserables que acaba de leer...Sin duda alguna "cada uno cuenta de la feria según le va en ella"...Y queremos dar gracias a aquellas buenas gentes de clase alta, y media que nos favorecieron en aquellos tiempos difíciles ayudándonos a salir adelante en nuestra historia, llena de dificultades en algún tiempo, sí, pero muy ayudados por estas gentes criticadas sin piedad por los "resentidos" de siempre, que jamás, en su ignorancia de toda verdad dejarán de considerarlos enemigos. Gracias a la familia del director del banco de Bilbao en el Santander de los años 50 del pasado siglo...gracias al matrimonio de catedráticos de la universidad señores de Arija, gracias a la familia del ingeniero de la Electra de Viesgo, gracias a la familia del ingeniero de los Astilleros señores de Madrazo, gracias a la familia Gómez Acebo en la Magdalena...Gracias a don Jesús, dueño de la confitería y ultramarinos finos "La Negrita", donde tuve trabajo y me dejaba salir a misa los domingos a la cercana iglesia de los jesuitas; con don Jesús entré a trabajar recomendada por una señora que tenía un puesto en la plaza contigua...para todos los nombrados cosía la ropa mi madre...y no tengo palabras para agradecer tanto bien como nos han hecho durante los ocho años que hemos vivido en aquella ciudad...Gracias a la parroquia de Consolación, y a las monjas de san Vicente de Paúl, junto con las señoras de aquella asociación que tanto nos favorecieron cuando mi hermano cayó enfermo de tuberculosis después de haber entrado a trabajar en correos gracias a otra familia creyente...Gracias a todos ellos.. y más que no terminaría de nombrar, hemos sobrevivido en Santander sin que jamás me faltara un plato de comida decente en la mesa, una vivienda propia por la que no había que pagar contribución en 20 años... y una cama donde poder descansar...

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