18 de mayo de 2017

No siempre el exilio fue lo peor que les ocurrió a los alcaldes que estrenaron cargo en abril de 1931

Doce hombres (y una mujer) para la República
(Con ilustraciones del profesional gráfico asturiano Alfonso Zapico)
Ilustración de Alfonso Zapico
La suerte de a quienes, en abril de 1931, el pueblo eligió como primeros alcaldes asturianos de la Segunda República, es tan dispar como también lo eran sus distintas personalidades. Solo un factor les une a todos: sus historias –desde la del que sería el último presidente de la República en el exilio hasta la de la primera mujer alcaldesa, pasando por la del hermano de un premio Nobel o de quien construyó las vallas del Muro de San Lorenzo- han sido contadas muy pocas veces desde entonces 
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Si hubiera que ilustrar en el diccionario la definición de resignación, bien podría valernos la cara con la que María Martínez se dejó retratar cuando Eduardo Quiñones, el periodista de Estampa, fue a entrevistarla por su condición de flamante alcaldesa de Peñamellera Alta. Rondaba el año 1933 y la función de regidora situaba a María en una posición poco común: la de ser mujer y alcaldesa a la par era una coincidencia que solo cumplían tres personas más en toda la Península (a saber: María Toves, en un pueblo de Salamanca; Carmen Segura en el municipio murciano de Beniel, y Baldomera García, canaria de Sauzal). Claro que muy a su pesar. Ni le gustaba el cargo ni acababa de entender por qué le había tocado la china a ella, precisamente. «Me hicieron de la Comisión gestora del Ayuntamiento», dijo, «por ser la más joven de los funcionarios del Estado en este concejo. Después me eligieron presidenta, porque los otros dos miembros de la comisión se dedican a las labores del campo (…) Eso es todo.»

Ilustración de Alfonso Zapico
Algo más debió haber, claro, para tal eventualidad, pero escasean las noticias. La de los primeros alcaldes –alcaldesas, en este caso- asturianos de la Segunda República, instaurada hace ahora 86 años por la libre elección del pueblo, no es una historia de la que se haya hablado mucho y que, sin embargo, esconde no poco interés.
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Tensiones, suspensiones y pueblos sin ley
Ni todos los primeros alcaldes de la República fueron republicanos ni hubo pocos pleitos en torno a ellos. En Cangas del Narcea, por ejemplo, vencieron los monárquicos con Joaquín Rodríguez-Arango a la cabeza y, claro, la comunicación con el Gobernador Civil se hizo a ciencia cierta imposible. Acabaron suspendidos todos y ocupó la alcaldía el simpar Mario de Llano, procurador de profesión y, a tenor de las fotos hoy conservadas de él –tirando cohetes en El Carmen, rodando a toda velocidad en sidecar…- fiestero de pro que, desgraciadamente, murió joven y repentinamente a principios de 1936.
Ilustración de Alfonso Zapico
No fue el caso más sonado. Allande, mal comunicado con la capital y aparentemente sin mucha actividad consistorial que obligase a dar cuenta de su existencia, se pasó sin alcalde más de dos años porque, tras haber sido suspendido el regidor, los tenientes de alcalde que hubieran tenido que sustituirle no se pusieron de acuerdo. El gobernador civil no se enteró del embrollo hasta 1933 y hubiera podido ser el caso más curioso de un pueblo en anarquía en aquella Asturias de los años 30 si no hubiera sido por Cabrales. Allí ganó Pedro Trespalacios, republicano de Carreña de Cabrales y, por tanto, eterno enemigo de los de Arenas. En octubre del 32, tras meses de dimes y diretes, el Ayuntamiento suspendió al médico local y los vecinos se pusieron levantiscos… solo para descubrir que sin gobierno se vivía mejor. «Cuando los echamos de allí», aseguró un vecino a la prensa, «no sabíamos que era solo pa lo del medicu. Esto val más… ¡¡esto ye una mina!!» 
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No por el pueblo, sino por el gobernador civil, fue cesado también Pedro Guerra, conservador, elegido alcalde de Peñamellera Baja y al que en agosto del 31 le incautó la Guardia Civil 110 cajas procedentes del Seminario de Comillas que, aseguraba, le había cedido el superior allá por mayo, temeroso de que la recién advenida República le quemase el convento. El nuevo Gobierno había prohibido la venta de los bienes de la Iglesia, a los que consideraba parte del patrimonio nacional, y Guerra fue suspendido sin dilación.
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Los que no volvieron
O que lo hicieron después de cuarenta años de dictadura y, claro, de transcurrir de la vida y de los muchos años. José Maldonado, el primer alcalde republicano de Tineo, regresó a finales de los años 70 y aún hay quien le recuerda rondando cada tarde la ovetense confitería Rialto, donde formaba parte de la tertulia Los Puritanos. De todos nuestros alcaldes de la época fue el más próspero políticamente, si es que se puede emplear tal término para quien hubo de partir al exilio con la contienda. Miembro de la Coalición Republicano Socialista, fue alcalde hasta 1933 y lo dejó para presentarse a las generales, sin éxito. Sí logró llegar a diputado en el 36, mal año. Pronto, claro, tocó partir fuera y allí se convertiría en el último presidente de la República en el exilio. ¿Dirá alguno que todo esto que contamos ocurrió hace mucho tiempo, demasiado quizá? No crean, porque Maldonado sigue levantando ampollas: aun a principios de este año 2017, la Iglesia prohibió la colocación en el cementerio católico de La Espina (Salas), donde reposan los restos del tinetense, de una placa en su memoria. Sería un lío, aseguraban, si todas las almas allí veladas quisieran tener una inscripción al efecto.
Ilustración de Alfonso Zapico
David Arias, licenciado en Derecho de profesión y novelista de pasión –muy recomendable su Después del Gas, una distopía en un país que no acostumbra a ellas, si la consiguen en alguna librería de viejo: fue reeditada por Azucel en 1986- fue el primer alcalde republicano de Avilés, futuro militante de Izquierda Republicana y que ya había tenido su primera experiencia consistorial en 1922, pero por poco rato: fue desalojado a la fuerza por los adláteres de la dictadura primorriverista. Recompuesto hasta 1934, fue impulsor del instituto de enseñanza media Carreño de Miranda y en septiembre del 37, cuando entraron las tropas sublevadas en Avilés, hubo de partir hasta Saint Nazaire con pocos enseres propios y muchos locales: en París, a su llegada, depositó en la embajada española los fondos monetarios y documentales de la Junta del Puerto de Obras del Puerto de Avilés. Murió en México, ya mayor, y hoy da nombre a la avenida principal del Parque de las Meanas.
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Tal restauración de los nombres de los viejos republicanos no se ha dado siempre, ni tan siquiera dentro de las propias filas de los partidos que les auparon. Fue el caso, hasta hace menos de una década, del socialista Ramón González Peña, alcalde republicano de Mieres, minero de profesión y fundador del Sindicato Minero; que comenzó a pagar sus cuitas cuando, tras la Revolución de Octubre, le condenaron a muerte. Fue absuelto, pero la suerte no estaba por acompañarle: situado al lado de Juan Negrín –bien biografiado, por cierto, por el historiador asturiano Enrique Moradiellos en su obra de 2006, editada por Península-, y ya en el exilio, en 1946 le expulsaron del PSOE. Murió seis años después, en México, y solo en 2008, póstuma y simbólicamente, el partido le devolvió el carnet.
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También acabó en México Luis Ochoa Albornoz, primer alcalde republicano de Valdés y, como adivinará el lector más sagaz, hermano del premio Nobel. Bajo su vara consistorial pesan los proyectos de construcción de cuarenta escuelas rurales: muchas de ellas, construidas después de su exilio político, se hicieron sobre terrenos de su propiedad que él, al igual que las viviendas baratas para marineros de Luarca, vendió a mitad de precio para el efecto.
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Sin sepultura
No siempre el exilio fue lo peor que les ocurrió. De los alcaldes que estrenaron cargo aquel abril de 1931, sabemos a ciencia cierta el aciago destino de dos. Uno con calle en el municipio que dirigió, el otro tristemente olvidado. Pablo Martínez Corral y Rubén Chimeno han estudiado la figura de José García, más conocido como José Fernandín, en su obra de 2008 El Castrillón de la II República y la Guerra Civil. Fue el primer alcalde de Castrillón, socialista que sería fusilado en Gijón en el 38, con 61 años y tras haber sido capturado intentando huir por San Juan de Nieva hacia Francia.
Recorte de prensa de la época. (El Comercio). http://asturmix.elcomercio.es
La represión se cebó con su familia: fusilados también su mujer y su hijo, la Guerra Civil frenó un poderoso conjunto de medidas reformistas en el municipio, que habían comenzado por la construcción del alcantarillado de todo Salinas.
Poco se ha escrito, sin embargo, sobre su homólogo de Pravia, Heliodoro García, sí recuperado hace escasas semanas por el historiador local Cristian Rangel en su Ecos de Pravia. Emigrante en Cuba, donde unió a la comunidad de pravianos y, aún más en concreto, de peñaullanenses a la hora de aportar fondos para el Grupo Escolar y la restauración de la capilla, se presentó por la Sociedad de Labradores de la Unión y venció de forma arrolladora aquel abril del 31.
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Sus primeras palabras las pronunció, cómo no, en Peñaullán, propugnando una República que había de ser, dijo, «de amor y concordia y de respeto a las leyes y a los derechos, que ya bastante tiempo fueron atropellados». Nada más lejos de la realidad que se avecinaba. Fusilado sin que aún hoy se conozca el paradero de su cadáver, todos sus bienes (y no eran pocos) fueron incautados y protagonistas de pleitos seguibles en el BOPA –está digitalizado, para quien lo quiera consultar, en la web ministerial de Prensa Histórica)- hasta bien avanzados los años 40.
Ilustración de Alfonso Zapico
Obras son amores: los casos de Gijón y Oviedo
En Gijón fue Isidro del Río el primero en estrenar consistorio en abril de 1931, aunque durante pocos meses (dimitió en diciembre, durante la huelga general que paralizó la ciudad). Promotor de la creación de la Gota de Leche durante sus primeros años en el Ayuntamiento (llevó los asuntos sociales y culturales en 1922), de las casas baratas de El Coto y la escuela pública de La Guía, su cara era ya tan conocida por los gijoneses cuando fueron llamados a las urnas –y no era para menos: de su fundición salieron las vallas del Muro de San Lorenzo- que arrasó en las elecciones: fueron 31 concejales de la Coalición Republicano Socialista y solo siete monárquicos que, agrupados bajo la marca “Candidatura Gijonesa”, abandonaron cariacontecidos el primer pleno que se celebró tras la victoria de Del Río.
Ilustración de Alfonso Zapico
Si su sucesor, Gil Fernández, pasó a la historia como el alcalde de la Escalerona por haber llevado a cabo uno de los más conocidos símbolos de Gijón, Del Río, en sus escasos meses como alcalde, promovió la gratuidad de libros, la Escuela de Comercio, la Escuela de Trabajo y el Instituto Jovellanos y cedió el uso del cerro de Santa Catalina al espacio público. La muerte le llegó natural, en casa, a los 72 años en 1941, poco antes que a su homólogo ovetense que, sin embargo, lo hizo en México D.F. Luis Laredo Vega, psiquiatra y que casó con la tía carnal de Teodoro López-Cuesta, la poeta en asturiano Ángeles López-Cuesta, fue alcalde de Oviedo por lo que luego cristalizaría como Izquierda Republicana y a la vez sería masón –de la logia Argüelles- y fundador del sanatorio Laredo. De la ciudad tomada por el bando sublevado se escapó, según contaría a El Liberal, fumando un cigarrillo y sin que guardia alguno le reconociera… porque no llevaba corbata.
Ilustración de Alfonso Zapico
Organizador, junto a Matilde de la Torre, de los hospitales de sangre en la capital durante la Guerra, acabó sus días poco tiempo después. Cuentan que cuando Torcuato Fernández Miranda, a la sazón rector de la Universidad de Oviedo y poco sospechoso de simpatizar con la izquierda, quiso transformar el edificio del sanatorio en Colegio Mayor, pudo hacerlo gratis: era el bien incautado de un rojo exiliado y, aún es más, muerto en el exilio. Se negó. Pagó lo que correspondía a Ángeles López-Cuesta, la misma poeta que había llorado a la muerte de su hermano Tomás y a su primo político Pepe Prida en la contienda civil. Tan hermoso lo cantó, lo recordamos hoy:
¡Baxái lluceros astures!
¡Baxái estrelles de plata!
y apúrreme‘l mantu, noche,
que quiero tar enlutada.
Voi tapar la so carina
col pañolín d’orbayada
y sol so pechu ensangrentáu
voi pone-y la mio tirana.
Cruciaron les sos manines
-arracaes de filigrana-
y peneraron l’orbayu
seliquín comu una llágrima.
Al alboriar aquel día
peles tierres castellanes,
Asturies fecha xirones
al caballero ve
Ilustración de Alfonso Zapico
FUENTE: ARANTZA MARGOLLES. (http://asturmix.elcomercio.es)


Arantza Margolles Beran nació en Gijón, 1982. Licenciada en Historia por la Universidad de Oviedo y Máster en Arqueología y Patrimonio por la Universidad Autónoma de Madrid. Coautora de "Villafría 1934: Luz en la memoria" y "El crimen de ayer", ambos publicados en 2012. Colaboradora semanal en El Comercio y Noche tras Noche (RPA).



Alfonso Zapico (Blimea, Asturias, 1981). Ilustrador y autor de cómic español, trabaja como profesional gráfico desde 2006.
Ha realizado ilustraciones, diseños, animaciones y campañas para diversas agencias de publicidad, editoriales o instituciones. Ha trabajado en proyectos educativos del Principado de Asturias (Aula Didáctica de los Oficios) e impartido talleres de ilustración en centros educativos de Asturias y Poitou-Charente (Francia).
Colaborador de diarios regionales asturianos (La Nueva España, Cuenca del Nalón), como autor de cómic ha publicado varias obras: La guerre du professeur Bertenev (Paquet/Dolmen 2006), Café Budapest (Astiberri 2008), Dublinés (Astiberri 2011) o La ruta Joyce (Astiberri 2011). Sus títulos más recientes son El otro mar (Astiberri 2013), auspiciada por la Fundación Mare Australe de Panamá, o Cuadernos d’Ítaca (Trabe 2014). Sus libros han sido traducidos al inglés, francés, alemán o polaco. (…)http://alfonsozapico.com
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