20 de septiembre de 2014

El santuario de Asturias

Las estampas más antiguas de Covadonga

El grabado más antiguo, de 1744.
Los grabados incluidos en los cuatro libros procedentes de la antigua cofradía madrileña fundada en 1743 en honor de la Santina, incorporados recientemente al Museo del Pueblo de Asturias.
Heráldica de la Congregación.
La localización e identificación de estos libros se ha debido al director del Museo, el doctor Joaquín López Álvarez, pero la adquisición fue posible gracias al altruismo y sentido patriótico de un particular, hija de la emigración y promotora de la cultura: doña Fernanda Suárez. Aunque nacida en Méjico, es hija de asturianos (su padre es el conocido empresario don Antonio Suárez, oriundo de Soto de Águes, Sobrescobio) y profesa de tal, como este gesto lo acredita. Y es que, como la historia de estos últimos trescientos años demuestra, han sido casi siempre los ausentes quienes más han hecho por la patria chica.
Al margen del interés documental que estos libros atesoran, hay otro motivo de satisfacción para los historiadores del arte. Y es que en ellos se encuentran los grabados más antiguos y raros de la imaginería covadonguista. Son tres: el Verdadero retrato de Nuestra Señora de Covadonga, una vista del santuario, con la antigua iglesia rupestre construida en madera y que resultó destruida por el fuego en 1777; una reproducción del altar que la Congregación tenía en la iglesia del convento de San Hermenegildo de Madrid y, por último, una composición heráldica, con el escudo real, el emblema de María e insignias militares, concebida como frontispicio o portada de libro. Los dos primeros eran conocidos, porque fueron editados por don Fermín Canella en su libro De Covadonga (Madrid, 1918), publicado con motivo de la conmemoración del XII centenario de la batalla de Covadonga y que fueron reproducidos de estos mismo libros. Y, más adelante, en 1956, por Luis Menéndez-Pidal en La Cueva de Covadonga, pero de positivos fotográficos.  
Un grabado del santuario de la Virgen de Covadonga.

El grabado es un sistema de reproducción que, a partir de una matriz, permite la multiplicación de una imagen. Para ella viene a ser lo mismo que la imprenta para los libros. Lo normal es que de una lámina (grabada sobre plancha de metal, generalmente, cobre) o de una entalladura (sobre madera) se conozcan varias estampas. Pero de estas solo se han identificado las contenidas en estos libros. Tal es así, que cuando se hizo la exposición conmemorativa del primer centenario de la consagración de la basílica de Covadonga en 2001 (Covadonga: iconografía de una devoción), el comentario a esos dos grabados tuvo que hacerse in absentia, es decir, a la vista de las reproducciones de Canella, porque no se localizó ningún ejemplar.
Las láminas de estos tres grabados estuvieron en poder de la Cofradía, como consta en el Inventario de la Real Congregación, hecho en 1 de enero de 1768. Este Inventario es un libro manuscrito, asimismo propiedad del Museo del Pueblo de Asturias: fue adquirido en una subasta en 1997 y tiene la misma procedencia de los cuatro libros de que vamos haciendo mérito. En él se puede leer que a finales de 1767 eran ocho las láminas que la cofradía tenía para estampar. Pero de estas tres, que son las más antiguas, solo se han conservado las contenidas en estos libros.
El Verdadero retrato es un grabado en cobre, abierto mediante buril (287 × 200 mm) y trabajado, sin duda, en Madrid, por un tallista desconocido, pero de técnica y estilo populares. No está fechado, aunque debió ser encargado a raíz de la fundación de la Cofradía madrileña (1743). Corroborando lo dicho, la estampa se halla, precisamente, al frente del Libro de asiento de los congregantes, 1742-1794, el primero y, al presente, más antiguo de la cofradía. El Verdadero retrato de Nuestra Señora de Covadonga como está en la Cueva donde fue hallada en las Montañas de Asturias es una reproducción bastante ingenua de una composición que en su día atribuimos al pintor Francisco Martínez Bustamante (Santander, 1680-Oviedo, 1745) y de la que se conocen dos lienzos (uno, propiedad particular, y el otro, en el Museo de Covadonga). Es la vista grabada más antigua que se conoce del santuario; pero como en 1759 se hizo la famosa de Antonio Miranda y Jerónimo Antonio Gil, más fidedigna y vistosa que esta primera, a partir de entonces se dejaría de estampar y circular.
Del mismo momento, si acaso un poco posterior (1744), es el Frontispicio o Composición heráldica, desconocido hasta la fecha. Va puesto al frente del Libro de Acuerdos de Juntas Particulares, Año 1744, y que finaliza en el de 1760, libro, por tanto, contemporáneo del anterior. Es otro grabado al buril (lámina, 298 × 205 mm), igualmente anónimo, de excelente diseño y factura, asimismo madrileña. Esta composición aúna el escudo real, pues los reyes de España eran hermanos mayores perpetuos de la Real Congregación de los Asturianos, siendo Felipe V (1683-1746), quien con su firma sancionó la creación de esta hermandad y sus Constituciones en 23 de mayo de 1744. El escudo está rematado con una corona de príncipe, atributo de la dignidad de Asturias. Los motivos militares indican la otra advocación tradicional de la Virgen de Covadonga: la de Nuestra Señora de las Batallas, cuyo santuario se encuentra en la catedral de Oviedo.
El diseño y composición de este grabado indica que fue concebido a modo de portada. Ello podría explicar que solo fuera usado para servicio del archivo y secretaría de la Congregación, y que no se editara para la venta. El hecho de dejar en blanco una medalla o riñón en medio de los escudos para rotular allí el título o contenido del libro (como es el caso) es concluyente de haber sido empleado como frontispicio.
Del Altar y trono de Nuestra Señora de Covadonga son tres las estampas existentes en este lote, encuadernadas en otros tantos libros: el Libro de acuerdos de las Juntas Particulares, 1744-1760, el Libro de acuerdos de las Juntas Particulares, 1807-1879, y el Libro de congregantes, 1796-1911; la de este último fue estampada en tinta azul. Aunque todas se imprimieron a partir de la misma matriz, hay que advertir que la versión original es solo la del primer libro, pues las otras dos se hicieron a partir de la lámina retallada. Como las precedentes, es también un grabado calcográfico (lámina de cobre, 295 × 205 mm) abierto al buril pero, a diferencia de ellos, está firmado por José Andrade, un ilustrador madrileño (documentado entre 1715 y 1769). Su hechura data de 1758-1759 y representa el desaparecido altar de la capilla de la Real Congregación de Covadonga. Esta tenía su sede en la iglesia del convento de San Hermenegildo, de padres carmelitas descalzos (hoy, parroquia de San José) en la madrileña calle de Alcalá. El Inventario de la Congregación de 1768 describe así aquel retablo: "La Santísima venerable imagen de Nuestra Señora, que es de una vara de largo poco mas ó menos (83,6 cm) y la de su Santísimo Hijo que tiene en la mano siniestra; y es de una tercia de largo también, poco mas o menos (27,9 cm): cuyas efigies executó a expensas de la Congregación Miguel Frert, francés, maestro estatuario en esta Corte (?). Más las estatuas de los reyes don Pelayo, el primero de España, y don Fabila, su hijo, ambos puestos de rodillas a los pies de Nuestra Señora (?). Mas el trono, peana de madera tallada y sobredorada sobre que se halla colocada Nuestra Señora, y el pedestal en figura y de color de monte, sobre que están de rodillas los dos Reyes". El texto informa de quien hizo aquel retablo, "Miguel Frert", en realidad el francés Robert Michel (1710-1786), director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando.
            
Altar y trono de N. S. de Covadonga, grabado por José Andrade, 1758 .

FUENTE: 


 Origen del culto a Sta. María en la Santa Cueva.               


La historia primitiva nada nos ha dejado escrito acerca de los comienzos del culto a la Virgen María en la Cueva de Covadonga, y las noticias que de aquella época tenemos, es necesario buscarlas en la tradición.Refiere ésta que la Cueva de Covadonga servía de retiro a un ermitaño que la tenía dedicado al culto de la Virgen, cuya imagen allí se veneraba. En cierta ocasión Pelayo, refugiado con otros cristianos en aquellas montañas, entró en la Cueva persiguiendo a un malhechor. El ermitaño rogó a Pelayo que lo perdonara, puesto que se había acogido a la protección de la Virgen, y que llegaría también el día en que él tendría necesidad de buscar en la Cueva el amparo y ayuda de Nuestra Señora.
Algunos historiadores dicen- que lo más verosímil es que Pelayo y los cristianos, en la huída por aquellas montañas, llevarían consigo alguna imagen de la Virgen, que colocaron en la Cueva para implorar su protección, o mejor que la pondrían allí después de la victoria obtenida, a fin de dar culto a María Santísima en memoria' y gratitud por el triunfo obtenido por su mediación y, más tarde, Pelayo, deseando tributar a María un homenaje perenne, edificó en la misma Cueva un altar a la Virgen María.

Las Crónicas árabes, cuando hablan de Covadonga afirman que en esta Cueva las mermadas fuerzas de Pelayo encontraron refugio, alimentándose de la miel que las abejas habían producido en las colmenas construidas en las hendiduras de las rocas.
Ante ella se libró lo que se vino a llamar la “Batalla de Covadonga” y que vendría a ser una de “las primeras piedras de la Europa cristiana”. Las viejas crónicas ponen en boca de Pelayo esta afirmación: “Nuestra esperanza está en Cristo y de este pequeño monte saldrá la salvación de España”. El rey Alfonso I y su esposa Dª Hermesinda, construyeron una iglesia y en ella fueron erigidos tres altares, dedicados uno a la Santísima Virgen, en el misterio de su Natividad; otro a San Juan Bautista y el tercero a San Andrés. Además, con el fin de que se tributara un culto continuo a la Madre de Dios, fundaron dichos monarcas un monasterio.

La escritura de fundación que se atribuye a Alfonso I dice que hace entrega de la iglesia a los monjes Benedictinos; trae la lista de donaciones de objetos para el culto y privilegios y firman el Rey y la Reina, tres Obispos, dos Abades y algunos caballeros y manda trasladar desde el Monsacro una imagen de Nuestra Señora. A este templo construido en la hendidura de la peña se le llamó “del milagro” dado que al ser construido con madera y ésta volar tanto sobre el abismo era un auténtico milagro que se mantuviese en pie.



Después de un silencio de dos siglos, en que apenas documento alguno hace mención de Covadonga, aparece el Rey Felipe II enviando a su cronista, Ambrosio de Morales, a que visite el Santuario y le diese cuenta de su estado. Llegó Morales a Covadonga en el año 1.572 y, en su interesante obra “Viaje Santo” describe cómo se hallaba en aquella fecha la Santa Cueva y la Capilla construida en su interior.
Dice así
“Para hacer la iglesia en la misma Cueva, porque el suelo era muy pequeño, encajaron en la peña vigas, cavando agujeros, los cuales vuelan tanto, sin ningún sostenimiento, que parece milagro no caerse el edificio, y de esto tiene temor quien mira de abajo. Quedó así el suelo parte de la peña y parte de esta madera, para hacer una iglesia más larga, no toda tuvo altura bastante, y hay covachas y otras entradillas, que no quisieron picar, a lo que yo creo, por dejar lo más que se pudiera de lo natural. Hay forma de Capilla mayor con un arco labrado de piedra, y otro al lado, que parece hacer nave; mas todo tan pequeño, que estando el sacerdote y el ministro en la Misa, no cabe ya más nadie dentro de lo que es la Capilla. Anchura tiene la iglesia, aunque desigual, y no conforme nada con el lado contrario, que es el de la madera; y porque si el coro estuviera abajo, ocupara mucho allá arriba lo repartieron bien con otro altar, porque que alcanza mal el abajo. Con esto hay en la iglesia Capilla mayor, con laterales, coro y algo a la manera de crucero. Esta iglesia dicen que la labró el Rey D. Alfonso el Casto che Alfonso I) de la manera que ahora está, y que así dura desde entonces milagrosamente sin pudrirse la madera. Dios más que esto puede hacer; mas yo veo manifiestas señales en todo de obra nueva, y no del tiempo de aquel rey. En el altar mayor está una imagen de Nuestra Señora, de obra bien hecha. Con esta imagen se tiene gran devoción en esta tierra, y se hacen en ella grandes romerías, y hay gran concurso el día de Nuestra Señora de septiembre y por ello se llama el Monasterio de Santa María de Covadonga. En el altar está siempre una cruz harto grande, de plata”.

Durante el pontificado del Obispo D. Diego Aponte de Quiñónes (1.585-1.599), se construyó la iglesia de San Fernando, que se conserva actualmente en buen estado. Tiene torre cuadrada, bóveda de crecería y coro. Adosada a esta iglesia, sobre la primitiva vivienda de monjes Benedictinos, se levantó la Colegiata que hoy existe que Con el paso del tiempo vino a llamarse “Casa de las Novenas”.


En 1.676, siendo obispo D. Alfonso Antonio de San Martín, era de la manera siguiente: En el interior de la iglesia de la Santa Cueva, según el inventario del año “El templo de Santa María tiene altar y retablo de cuatro columnas, entorchados a los lados en que está la imagen de A Nuestra Señora en su caja sobre un trono de bulto de madera, estofado de plata con su media luna del mismo género y pintura con lámparas de plata siempre ardiendo, estrechado coro de trece sillas y en la cajonería ricas alhajas y primorosos ornamentos.
Entre las alhajas se cuentan cuatro lámparas de plata, una de ellas regalo de Carlos II; dos Cálices donados por Felipe II; un viril guarnecido de rubíes, diamantes y esmeraldas, por Felipe IV; un magnífico terno de tisú de oro, de la casa de los Duques de Gandía, que había servido en el oratorio de San Francisco de Borja”. Tal era el estado de la Santa Cueva cuando un incendio producido, dicen por un rayo, la redujo a cenizas, pereciendo entre las llamas la imagen de la Virgen y todas las riquezas que eran muchas, en materia de joyas y ornamentos sagrados. Comisionado por el Cabildo de Covadonga el Abad.
Nicolás de Campomanes, informó a la Corte de la situación en la que se encontraba el Santuario, al enterarse el Rey Carlos III, movido por el Conde de Campomanes, ordenó se levantara un nuevo templo monumental, para ello mandó a su arquitecto de cámara Ventura Rodríguez a que “pasase por Covadonga y levantase la planta de un edificio correspondiente a la celebridad del Santuario”.
Se hizo el presupuesto del proyecto que ascendía a la cantidad de catorce millones de reales. Ordenó el Rey una cuestación en toda España con el fin de recaudar esa cantidad. El proyecto del templo que se iba a construir, era grandioso y de arquitectura greco-romana. Las obras del mismo se inician en el mes de mayo del año 1.781 siendo encargada la construcción del mismo al arquitecto Manuel Reguera; si embargo debido a la oposición del Cabildo “por ocultar la hermosura silvestre de la Cueva” y al elevado coste del mismo, hizo que tal proyecto no pasase de los cimientos que son los que actualmente se encuentran al pie de la Cueva canalizando el río Deva.   Entretanto a la Virgen se le daba culto, después del incendio del año 1.777, en una capilla situada a un lado de la Santa Cueva, colocándose en ella una imagen donada por el Cabildo de Oviedo. Tuvo lugar esa donación el 17 de julio de 1.778. Los oficios religiosos se celebraban en la Iglesia de San Fernando. 
Para emplazar el templo monumental que se proyectaba, se eligió el cerro situado entre el Monte Auseva y el Monte Ginés. El primer proyecto se debe a Roberto Frasinelli, también llamado el “Alemán de Corao”. Comenzaron las obras el 30 de julio de 1.877, poniendo el primer barreno el rey Alfonso XII, iniciando el desmonte de veintisiete mil metros cúbicos de piedra que fue necesario extraer para llegar el nivel conveniente.
El 11 de noviembre del mismo año el Obispo Sanz y Forés bendijo y colocó la primera piedra del templo que no logró ver terminado por haber sido trasladado a Valladolid. El 14 de octubre de 1.882 se suspendieron las obras por falta de medios económicos. Después de una breve residencia del Obispo Sebastián Herrero Espinosa, fue nombrado Obispo de Oviedo Fray Ramón Martínez Vigil. Éste continuaría con las obras de construcción de la Basílica encargándole para ello los planos al Arquitecto Federico Aparici, a quien la Junta de Oviedo había encargado últimamente la dirección de las obras del templo de Covadonga.
La empresa no era fácil ya que el nuevo arquitecto se encontraba sin plano alguno y sólo existía un dibujo ideado por Frasinelli.
El 15 de noviembre de 1.891 inauguró el Obispo Martínez Vigil la cripta del templo. Al mismo tiempo que realizaban las obras del templo, se construyó el palacio episcopal, con la sala capitular, archivo, biblioteca y otros inmuebles. También dieron comienzo, por estas fechas, las obras de construcción del “Hotel Pelayo”.
E1 28 de abril de 1.886, se procedió a construir el templo sobre la cripta y, desde esta fecha, se continuaron las obras sin interrupción. El presupuesto del templo ascendía a la cantidad de 1.226.120 Ptas. Por fin, después de veinticuatro años, el 7 de septiembre de 1.901, el Obispo Martínez Vigil lo vio terminado y elevado a la categoría de Basílica por el Papa León XIII. Era Abad de Covadonga D. Nemesio de Barinaga anteriormente párroco de Pola de Siero.





 




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