18 de enero de 2013

La semana santa en Mieres

Aquellas Semanas Santas.






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Hay a quien le gusta y hay quien la odia. Hay quien no se explica por qué en el siglo XXI en nombre de una religión se siguen cortando las principales calles de las ciudades y se paraliza durante dos días la vida en muchos pueblos de este país, y quien lo justifica como una salvaguarda de las tradiciones y por el rendimiento económico y turístico que producen las procesiones. Por último -y aunque debería ser el motivo principal no es el que más abunda- hay también quien acude a ellas movido únicamente por la fe. Todos, unos y otros, tienen sus razones y mis respetos y no es ésta una página que busque la polémica. Mi labor es la de entretener con estos escritos a quienes quieran leerlos y de paso devolver a la memoria las cosas de un pueblo que se niega a perder sus recuerdos. Hoy les voy a contar cómo era la Semana Santa cuando era semana y santa.

Hubo una época, hace apenas treinta años, en la que existían en Mieres dos cofradías que sacaban sus pasos en procesión para recorrer las calles con sus capuchones, sus cirios y sus tambores, e incluso en alguna ocasión se recuerda el inicio de alguna saeta que fue rápidamente abortado por la autoridad competente -léase Cabo Blanco- que no entendía de cantos foráneos ni de costumbres sureñas. El 3 de marzo de 1954 tuvo su bautismo la Cofradía de la Celeste, Real y Militar Orden de La Merced, una denominación que por su pomposidad podría corresponder a cualquier histórica agrupación de Valladolid o Sevilla y que sin embargo radicaba en la villa del Caudal. Llegaba apadrinada por la junta de gobierno de la Cofradía de La Merced de Oviedo y la integraban en su inicio los miembros de la Delegación Local de Excautivos con el beneplácito y la ayuda económica del Ayuntamiento.

Recuerdo perfectamente cómo era su hábito: manto blanco, escapulario y capirote rojo, porque todos los años, al acercarse estas fechas, lo veía por el patio interior colgado en el tendal de una familia cuyos dos hijos varones, un poco mayores que yo, lo lucían con orgullo la noche del Viernes Santo. Yo, la verdad, hubiera dado entonces cualquier cosa por llevar uno de aquellos capirotes, pero la vida va deprisa y al poco tiempo ellos, convertidos en destacados miembros de la izquierda extraparlamentaria, también hubiesen dado cualquier cosa por no haberlos llevado nunca. Como ésta es una crónica piadosa, mejor poner un punto y aparte.

En 1957 llegó la segunda agrupación, la veterana Cofradía de La Pasión, que partía del convento de los Padres Pasionistas. Parece mentira cómo el tiempo acaba alterando la percepción de las cosas; al preguntar por su hábito me han asegurado que era completamente negro, como el de la orden, pero con un cíngulo blanco rodeando la cintura que sustituía a la tradicional correa de los frailes, otros me han dicho que era morado y con el cíngulo amarillo, incluso hay quien lo recordaba marrón. Afortunadamente Juanita Cuesta, que conserva todavía el de su marido, cofrade de La Pasión, me ha sacado de dudas: era negro y con el capirote y la capa rojos.

En Mieres hubo procesiones religiosas desde muy antiguo y en diferentes épocas del año; de la documentación que he podido consultar en estos días deduzco que, entre las que tienen relación con estas fechas, las más arraigadas fueron las de Sábado Santo y posteriormente también las del Viernes, y más cercana en el tiempo, la del Domingo de Ramos.

Con respecto a esta última, antiguamente los niños desfilaban desde La Villa hasta La Pasera por la calle Ramón y Cajal y ya a mediados del siglo XX, el ceremonial consistía en la bendición de los ramos y de las palmas, que se hacía en el patio del Colegio de La Salle, allí se leyó también algún año el pregón que indicaba la semana, y luego actuaba la Banda de Música o agrupaciones corales de carácter religioso como el «Orfeón Pasionista», que por cierto es una agrupación que ha pasado al más absoluto de los olvidos. Todos iban con sus mejores galas, «el que no estrena el Domingo de Ramos no tiene ni pies ni manos»- se decía. Las primeras palmas las comercializó en Mieres el bazar El Pilar. Llegaban en bruto desde Elche para trenzarse unos días antes en la galería de la casa familiar, donde colaboraban parientes y amigos en medio de un ambiente similar al de las esfoyazas del maíz, aunque aquí el escenario era más urbano y las hojas que acababan tapizando el suelo provenían de las palmeras mediterráneas.

El Viernes Santo también había dos procesiones, en la de la noche volvía a salir la Virgen de la Soledad, pero la más importante era del Santo Entierro, que se iniciaba tras el sermón en la vieja iglesia de San Juan, entonces se encendían los hachones de cera y los faroles que sólo se sacaban en estas ocasiones y la comitiva salía a la calle precedida por los estandartes parroquiales y presidida por los curas del concejo, que la encabezaban detrás de dos cruces que portaban ellos mismos. El paso era una imagen de Jesús yacente dentro de una urna de bronce y cristal que al decir de quienes llegaron a moverla resultaba extremadamente pesada.

Pero el día más solemne era el Sábado Santo. A finales del siglo XIX, se celebraba por la mañana la procesión del Encuentro, en la que la imagen de la Virgen de La Soledad era bajada desde La Villa para hacerla coincidir con la de San Juan Bautista, que salía de la pequeña parroquia románica de La Pasera cuando nadie pensaba todavía en sustituirla por otro templo mayor. Al llegar a la altura del Casino se encontraban y se acababa el luto: el manto negro de la Virgen se cambiaba por otro de seda azul con bordados de plata y las campanas repicaban tocando a gloria. En esta jornada se leía también el sermón del encuentro, que contó en alguna ocasión con prestigiosos oradores de lo sagrado como el conocido padre Coloma, y también aquí se pudo ver en otras ocasiones el signo de los tiempos cuando en un año marcado por las huelgas los hombres se negaron a portar las andas y la imagen salió, a pesar de todo, a hombros de las mujeres. Éstas no eran las únicas celebraciones de la Semana Santa, otra tradición que se recuerda en Mieres y que a mí todavía me tocó ver en sus últimos momentos era la de matar judíos. En otras provincias esta costumbre tan «políticamente incorrecta» consiste en recorrer los bares bebiendo lo que se estile en cada sitio y acompañándolo a veces con trozos de pan, pero aquí se trataba de meter ruido con carracas de madera, algunas de gran tamaño, que niños y adolescentes hacían girar tras el sermón del mandato el día de Jueves Santo.

También he encontrado otra costumbre ya desaparecida: la «quema del Xudas», que se hacía la Pascua Florida en la campa de los Mártires: consistía en prender fuego a un muñeco relleno de trapos simbolizando las cosas malas para que se las llevase el humo. En algunos pueblos de España, y sobre todo en Hispanoamérica, sigue haciéndose algo parecido, aunque a veces se cambia la fecha por el 31 de diciembre y se sustituye la quema por el linchamiento del muñeco, al que a veces se le da la personalidad de un personaje público, como ocurre en Venezuela; pero en Uruguay y en algunos estados mexicanos sigue haciéndose lo mismo que en Cuna.

Y es que la Pascua siempre tuvo en el valle de Cenera mucho arraigo, hasta el punto de que desde Roma se dictó una bula papal para los que acudiesen allí a su cumplimiento. Otro lugar en el que se celebraba (y probablemente fuese una de las fiestas más antiguas del concejo) era la cima de La Meruxega; allí organizaban las gentes de Ablaña la fiesta de La Merendina pasando el día en torno a una fuente que secaron las minas hace décadas.

El año culminante de la Semana Santa mierense fue 1961. Nunca salieron tantos pasos ni hubo procesiones tan largas, la de la noche del viernes duró tres horas y en ella desfilaron las dos cofradías y la Hermandad de Caballeros Legionarios, que entonces participaba en muchos de los actos de la villa; además, la música habitual se vio reforzada por otra banda de trompetas. También fue el año en que se vieron más penitentes descalzos y portando sus propias cruces.
Aunque la verdadera novedad de aquel año se produjo en el viacrucis penitencial: a las 9 de la noche salieron del convento, como todos los años, los pasos del Cristo de la Buena Muerte y de la Dolorosa portados por la Cofradía de La Pasión; la sorpresa estaba en las estaciones en las que se iba parando la comitiva, eran unas pinturas salidas del taller de Urbina que sorprendieron a todos por su calidad y su interpretación del tema de la crucifixión, luego acabaron de mala manera en una dependencia municipal y no sé en qué estado se encuentran ahoraÉ pero ésa ya es otra historia y se me ha acabado el espacio. Perdonen.


FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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