20 de enero de 2013

«la perfidia y la veleidad» de la Década Ominosa

Una revuelta realista en 1820

                            Campesinos




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El Ayuntamiento de Mieres se separó definitivamente del de Lena en 1836, pero con anterioridad ya había sido independiente en otras dos ocasiones: la primera durante los últimos años de la Guerra de la Independencia y hasta 1814, cuando el detestable Fernando VII volvió a vestir al país con las hechuras del Antiguo Régimen, y la segunda cuando se aprovechó la disposición de las Cortes de junio de 1820 que dividió la región en 14 partidos judiciales y permitió formar los nuevos ayuntamientos constitucionales eligiendo a sus representantes, aunque esta libertad trajo no solo la independencia de Mieres sino también la de Villarejo, con una doble partición territorial a derecha e izquierda del río Caudal.

De estos periodos se conservan pocos documentos en el archivo municipal y la mayor parte son disposiciones generales para toda la región, pero entre ellos hay un curioso informe que hoy les quiero traer a esta página. Está firmado por el jefe político del Principado de Asturias. Manuel María de Acebedo, y dirigido al Alcalde y al Ayuntamiento de la localidad, y en él se relata con detalle la revuelta que protagonizaron en la villa de Lena y en el paso del puente de Santullano un grupo de exaltados realistas.

Pero antes de entrar en materia, creo que primero a todos nos viene bien hacer un pequeño repaso a la historia patria para refrescar la memoria y así poder situar en su época lo que ocurrió aquel día.

Cuando Fernando VII volvió a España desde Francia, donde había pasado la Guerra de la Independencia, se negó a jurar la Constitución de Cádiz y mandó perseguir a los liberales que se habían jugado la vida luchando por su retorno. Desde aquel momento estuvo claro que había que poner al monarca en su sitio haciéndole jurar la carta magna que tanta sangre había costado a los españoles.

Después de varias intentonas fallidas, por fin el 1 de enero de 1820 Rafael de Riego -natural de Tuña, en Tineo, como seguramente saben ustedes- se levantó al frente de las tropas que se encontraban acantonadas en Las Cabezas de San Juan, cerca de Sevilla, esperando para trasladarse a las colonias americanas a combatir contra los independentistas; aunque en principio pareció que el movimiento estaba destinado al fracaso, a comienzos de marzo, inesperadamente, surgió otra insurrección en Galicia que se extendió por todo el país y, finalmente, el rey, acorralado por la multitud en el Palacio Real de Madrid, se vio obligado a firmar un decreto sometiéndose a la voluntad popular y acabó jurando la Pepa.

En los tres años que siguieron se hicieron numerosas reformas mientras Fernando movía sus hilos pidiendo el apoyo de las otras monarquías europeas que se habían unido en una Santa Alianza para intervenir conjuntamente si alguna de las testas coronadas veía comprometido su poder, así consiguió que un ejército francés conocido como «los cien mil hijos de San Luis» entrase en España, acabase con Riego y restableciese la monarquía absoluta en 1823.

Volviendo al inicio de aquel Trienio Liberal, la reacción de los españoles ante la revolución no fue homogénea y en muchas zonas, las costumbres tradicionales, el reparto de la riqueza e incluso la geografía que aislaba algunas zonas hizo que la postura de sus habitantes fuese también muy distinta y sin término medio se situase entre el fervor y el rechazo total, aunque sin duda el factor que más impulsó la reacción contra el aire fresco que Riego representaba, fue la religión.

Hubo situaciones complejas, como las de las provincias vascas donde los ayuntamientos constitucionales y las nuevas diputaciones se vieron forzados a convivir con las antiguas, que se mantuvieron con la disculpa de administrar mejor las aduanas y el cuidado de las obras públicas y las obras, aunque lo que realmente sucedía es que no se habían disuelto porque no creían que la situación de cambio fuese a perdurar.

O la de Zaragoza, donde después de que un tumulto popular se hubiese opuesto al relevo de algunas de las autoridades locales por las nuevas nombradas desde Madrid, se formó una junta que ejerció su autoridad aceptando el decreto constitucional, pero impidiendo continuamente las inspecciones y el control del Gobierno Central.

En Castilla y Cantabria, con la excepción de la ciudad de Santander, la influencia que ejercía la Iglesia sobre los campesinos hizo que rechazasen ampliamente las nuevas ideas, lo que acarreó continuos problemas para la normalización de la autoridad constitucional, aunque la norma general en toda España -Asturias incluida- fue que quienes se incorporaban a los consistorios siguiesen unos principios liberales moderados, pero eso no impidió que las algaradas reclamando el poder absoluto para el rey fuesen una constante en estos años.

El panfleto del archivo de Mieres nos cuenta uno de estos sustos. Está fechado el 30 de noviembre de 1820 y destinado a tranquilizar el espíritu de quienes en aquellos días escucharon la noticia; para conseguirlo trata de contar la cosa tal y como fue, ante el temor de que la exagerasen «la perfidia y la veleidad», según se lee en el papel.

Lo sucedido, según el relato de Manuel María de Acebedo, fue que un grupo de paisanos armados se apostaron en el puente de Santullano, media legua más allá de Mieres, interceptando el paso de todos los transeúntes, dieciocho de ellos se atrevieron a bajar hasta la villa para poner en libertad a otros dos individuos que se encontraban allí presos por defender sus mismas ideas. Al tiempo que aquella misma noche otro grupo más pequeño se dedicó a ir gritando por La Pola mueras a la Constitución e incluso llegaron a arrestar al juez de primera instancia al que pusieron a disposición del alcalde constitucional, queriendo hacer lo mismo con el liberal Francisco Benavides que pudo escapar y llegar hasta Oviedo donde denunció lo que estaba sucediendo.

Para restablecer el orden, tuvo que salir de la capital la Compañía de Cazadores del Regimiento Provincial y otra de la Milicia Nacional que despejaron a tiros los alrededores del puente, aunque sin lograr detener a los sediciosos que se perdieron por los montes aprovechando la oscuridad de la noche. Al día siguiente fue liberado el Juez de Lena y capturados cinco de los cabecillas de la algarada con lo que de momento la zona quedó tranquila, aunque sabemos que posteriormente se produjeron nuevos disturbios en Aller y Turón.

Nos llama la atención en este informe la exhortación final que hizo el jefe político de Asturias, esperando que se restableciese la quietud en el concejo y en caso contrario haciendo culpables al alcalde, al Ayuntamiento y los señores curas párrocos, «ya que por sus insinuaciones siempre son bastantes para desimpresionar a sus feligreses y ya porque sabiendo con anticipación quien fomenta sus erradas ideas y preocupaciones no dan parte a las autoridades encargadas de conservar la autoridad pública».

Sabemos que el clero era uno de los puntales de la reacción en toda España, pero lo que sorprende que se amoneste también al alcalde constitucional, cuyo nombre no conocemos, pero que a la fuerza tenía que estar del lado de los revoltosos ya que fue a él a quien le encargaron la custodia del juez detenido en Lena.

Y ateniéndonos a los hechos en sí, la elección del puente de Santullano se debió a que era un lugar estratégico para interceptar el correo que ponía en comunicación Asturias con la meseta, lo que en aquella época tenía una importancia que hoy resulta difícil de entender.

Por las mismas fechas abundaron otras acciones en diferentes puntos del país, sin que parezca que obedeciesen a un plan común, pero en varias encontramos parecidos con la acción de Mieres; también aquel noviembre actuó otra partida en Andalucía con el objetivo de robar las valijas que llevaban la correspondencia en Écija, y en otros puntos de Andalucía como la sierra de Ronda, Grazalema y Granada, se produjeron incidentes realistas. La verdad es que también en Aragón, País Vasco, Ávila, León, Galicia? prácticamente por toda España, saltaban continuamente chispas que acabaron quemando la bandera de la libertad para meternos de nuevo en un periodo de oscuridad que los historiadores llamamos la «Década Ominosa». Y es que la historia de España ha sido siempre así: un paso para adelante, dos para atrás? Lástima.
 Ilustración de: Alfonso Zapico


FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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