18 de enero de 2013

El papel de algunos paisanos el 2 de mayo de 1808

La sangre del Dos de Mayo

El 2 de Mayo de 1808 los madrileños se levantaron, sin apenas armas, contra el ejército francés que había invadido España.





 
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Cuando los ciudadanos de este país aún eran capaces de recordar media docena de fechas sobre su historia, el Dos de Mayo de 1808 era una que brillaba con luz propia mostrando el afán de libertad de nuestro pueblo ante los opresores, de modo que todos los regímenes políticos tanto monárquicos como republicanos e incluso dictadores militares la celebraron como algo propio. Antes de seguir, les voy a recordar en unas líneas como se produjeron los hechos aquel día en que el pueblo madrileño se alzó contra uno de los ejércitos más poderosos que jamás han existido; luego conoceremos el papel que jugaron allí algunos de nuestros paisanos de la Montaña Central de Asturias. A ello.
La gestación de una guerra siempre es compleja, pero los inicios de esta que marcó a varias generaciones hay que buscarla en la inteligencia de Napoleón, quien supo aprovechar la enemistad entre el Príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII, y Godoy, el valido de su padre Carlos IV. El emperador firmó un convenio secreto con éstos últimos por el cual se autorizaba a sus tropas a cruzar la Península para conquistar Portugal y hacer de él tres partes: el norte para el rey español; el llamado reino de los Algarbes para Godoy y el resto para los reyes de Etruria, que acababa de ser ocupado por el Emperador francés.
Un caramelo que lógicamente nunca les dio a sus incautos aliados, tan crédulos que incluso les convenció para que enviasen hasta Holanda y Dinamarca a 10.000 soldados para así tener menos resistencia a la hora de invadir España que era lo que único que le importaba desde el principio.
El caso es que aquel Dos de Mayo los dos Borbones, padre e hijo, ya se encontraban en Bayona peleándose por nuestra corona en uno de los espectáculos más lamentables que haya protagonizado una dinastía europea, mientras el pueblo indignado estaba convencido de que habían sido secuestrados y dispuesto a evitar que la última hija del rey que quedaba en Madrid, María Isabel de Borbón, y su marido el infante don Francisco corriesen la misma suerte.
Cuando los coches que debían llevarlos ya estaban preparados para la partida, una mujer del pueblo gritó: ¡Válgame Dios, que se llevan a toda la familia real! Y así empezó todo. La multitud se lanzó contra la escolta francesa y el general Murat decidió enviar hasta allí fuerzas de infantería y artillería para contener el tumulto. El resto es sabido, los madrileños en vez de amilanarse respondieron a las bayonetas con palos, tijeras, herramientas y todo aquello que pudiese convertirse en arma y algunos soldados encabezados por los capitanes Pedro Velarde y Luís Daoíz y el teniente Ruiz se unieron al movimiento prendiendo la llama de una hoguera de guerra que iba a acabar prendiendo por todo el país.

Desde la conclusión de la Guerra de la Independencia se han manejado varias cifras sobre las víctimas de aquella sangrienta jornada, aunque casi siempre tendiendo a la exageración por las dos partes. Los españoles magnificaban de esta forma la gesta de los patriotas sublevados y a los franceses les interesaba demostrar su firmeza ante las revueltas. El mismo Murat dejó escrito en una carta que en aquella jornada habían perecido en las calles 1.200 personas. Finalmente, después de rastrear todos los archivos en los que se fueron anotando los ingresos del día, el total que aceptan los historiadores asciende a 581 víctimas, de los cuales 410 fallecieron y 171 fueron atendidos por heridas de diferente consideración.
Entre ellos había militares, civiles e incluso eclesiásticos y también numerosas mujeres y niños y en muchos casos, junto a su nombre y edad encontramos también datos sobre su procedencia y su trabajo y a veces hasta un pequeño relato de la acción en la que fueron alcanzados. Por eso sabemos que allí estaban asturianos de diferentes concejos, aunque resulta imposible conocer el número exacto que corresponde a cada uno porque en ocasiones casi no hay datos.
Vean una muestra de lo que les digo: «Domingo Girón, de treinta y seis años, natural de Asturias, casado, carbonero; murió en el tumulto del día 2 de Mayo de 1808 de un balazo, calle de Bordadores, frente de la bóveda de esta iglesia (San Ginés) y fue entregado a ésta por la justicia y enterrado de limosna en el día 3»; «Domingo Méndez, natural de Asturias, criado del convento de la Merced; fusilado en el Prado»; «Ramón Huerto, natural de Asturias, mozo de cuerda»?Y a estos debemos añadir los que puedan encontrarse también entre aquellos que no tienen ni nombre y solo aparecen como «un hombre», «un hombre joven», «una mujer» o «un pordiosero», por ejemplo.
Entre los que están plenamente identificados, hay dos langreanos. Una es una mujer con apellidos suficientemente conocidos en el Nalón, Bernarda de La Huelga y Argüelles que según consta en la parroquia de San Martín murió el 30 de agosto a consecuencia de las heridas que había recibido el Dos de Mayo en su propio domicilio de la calle conde Leganitos. El otro es Antonio Fernando Garrido, albañil de 20 años, natural de Turiellos, herido en el Parque de Artillería y muerto en el Hospital General de Madrid el 10 de Mayo.
Pero curiosamente, el personaje de quien conocemos más cosas entre todos los que lucharon aquel día, es un herido del que no nos consta que acabase muriendo por su causa, al menos en los meses inmediatos. Se trata de Manuel Armayor, maestro cerrajero, natural de San Pedro de Ladines, en Sobrescobio y que tiene el honor de aparecer en una página de la novela Un día de cólera, donde el ínclito Arturo Pérez Reverte reconstruye aquellos hechos a partir precisamente de la información que puede leerse en las partidas de defunción y los libros de hospital.
Vean primero lo que aparece en el Archivo municipal de Madrid: «Manuel Armayor, natural de Sobrescovio (Asturias), maestro cerrajero; fue herido en las primeras descargas que se tiraron en la Plaza de Palacio. Al retirarlo herido hacia su casa recibió otros tres tiros, que por fortuna no le dieron. Vivía en la calle de Segovia, donde había sido grande la mortandad que el pueblo había hecho de los soldados franceses. Uno de éstos sé hallaba muerto y tendido junto a la puerta de su casa, por lo que los que lo conducían, aunque se iba desangrando, no lo quisieron dejar allí, sino llamando a su mujer, y con todos sus penates, fueron a albergarse a casa de un criado del Príncipe de Anglona, en la Morería vieja. Mientras se verificaba esta traslación, en que le acompañaban, para defenderle en caso necesario, los sirvientes de la Condesa-Duquesa de Benavente y los lacayos del Príncipe, los franceses pusieron fuego al domicilio abandonado. Del pánico de aquellas escenas, la mujer de Armayor murió a pocos días».
Y ahora la interpretación del autor, que sitúa a uno de sus personajes en aquella escena: «Al crepitar la fusilada y llenarse la plaza de humo y sangre, Blas Molina corre aterrado agachando la cabeza. En mitad del tumulto, mientras pierde la capa y la busca, ve caer herido a otro cerrajero al que conoce, el asturiano Manuel Armayor. También cree identificar, en una mujer que está en el suelo con la cabeza abierta de un balazo, a la alta y bien parecida que entró con él en Palacio agitando un pañuelo blanco. Deteniéndose un instante, Molina intenta socorrer al colega caído, pero el fuego francés es intenso, así que desiste y corre como todos, buscando ponerse a salvo. En cuanto a Manuel Armayor, alcanzado por las primeras descargas, consigue al fin levantarse y, dando traspiés, corre hasta caer desmayado en manos de un grupo de fugitivos. Entre todos lo llevan a rastras hasta su casa en la calle de Segovia; desangrándose, pues mientras lo retiran recibe tres disparos más».
Creo que estarán conmigo en que es una interpretación impecable para un relato histórico.
Sabemos poco más de este personaje; sin embargo Fermín Canella, recogió en Sobrescobio una canción de la Guerra de la Independencia, a medias entre el castellano y el bable, atribuyéndola a un Manuel Armayor, que posiblemente sea el mismo una vez retornado a su tierra: «Si viene Pepe Botella / chacha tienes i que dar / todo un pelleyu de vino / regüeltu con rejalgar. / Ya verás que lu suerve enseguida, / ya verás que gusto le da / y ojalá que con ello reviente / ¡Ojalá, ojalá y ojalá!»
Debo decirles que esta semana he intentado encontrar a alguien que guardase en Ladines el recuerdo de este héroe del Ddos de Mayo que debe ser antepasado de muchos vecinos a juzgar por la abundancia del apellido Armayor en la zona. Ha sido en vano, pero a lo mejor ahora, con este artículo, tengo más suerte. Si es así, no duden en llamarme, que la historia -ya lo saben- debemos hacerla entre todos y así no corremos el riesgo de que la tuerzan los académicos en Madrid.
Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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