4 de diciembre de 2012

La primavera de 1809 en Asturias y la Montaña Central

Los desastres de la guerra de la independencia en Asturias.

 
 Un soldado francés, en un grabado de la época.
 http://www.lne.es

En octubre de 1808, la Guerra de la Independencia ya contaba con episodios dignos de escribirse con mayúsculas en los libros de historia. Dos meses antes, Zaragoza había logrado liberarse de su primer asedio -el famoso Sitio-, resuelto con la muerte de unos 4.000 franceses y 2.000 españoles. Allí se habían vivido acciones heroicas, como la que llevó a la fama a Agustina de Aragón, que podían servir de ejemplo para alimentar el patriotismo de los partidarios de Fernando VII. Viendo la oportunidad, el general Palafox, uno de los protagonistas de aquellos hechos, encargó a Francisco de Goya que inmortalizase con sus pinceles la gesta de los defensores de la ciudad.

El trabajo parecía fácil para el pintor, que también era aragonés, de modo que lo aceptó sin reparos y no tardó en emprender el viaje hacia su tierra, pero el destino le deparaba una sorpresa: las escenas que fue viendo a lo largo de aquel trayecto, le impresionaron de tal forma que acabaron sirviendo de inspiración para una colección de grabados desgarradores en los que quiso reflejar las barbaridades que los dos bandos estaban cometiendo en aquella durísima contienda.
El resultado fueron «Los desastres de la guerra», 82 escenas plasmadas entre 1810 y 1815, recreando lo que había guardado en su memoria en aquellos días y de los que solo imprimió dos juegos completos, uno de ellos para regalárselo al crítico de arte Ceán Bermúdez, amigo también de nuestro entrañable Jovellanos. Por fin, en 1863, mucho después de su muerte, fueron editados por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y desde entonces son un documento gráfico de la maldad humana que sigue poniendo los pelos de punta a quien los contempla.
Viene esto a cuento porque, aunque Goya no estuvo en Asturias, nos consta que aquí también se vivieron barbaridades de las que algunos testigos dejaron testimonio escrito y que él habría añadido sin dudar a su particular museo de los horrores. Y como muestra les vamos a contar hoy lo que ocurrió en la Montaña Central durante la primavera de 1809 y que tuvo su inicio cuando los mariscales franceses Ney y Kellerman iniciaron una ofensiva conjunta sobre Asturias.
El primero en llegar fue Ney, que penetró con sus tropas desde Cantabria, venciendo con la facilidad de un paseo militar la débil resistencia de los españoles, de manera que el 19 de mayo ya había ocupado Oviedo con la mínima resistencia.
Michel Ney no era un general más, había sido nombrado por Napoleón Mariscal del Imperio. «El valiente de entre los valientes», le llamaban sus soldados por su arrojo, y estaba al mando del VI Cuerpo del Gran Ejército, uno de los más prestigiosos de Francia. La confianza que el Emperador tenía en él era tanta que incluso le había dado la razón, poco antes de llegar a Asturias, cuando se había enfrentado con su hermano José I, el Rey de España impuesto desde París, negándose a seguir una orden suya. Teniendo a los dos en su presencia, Napoleón dejó claro de que lado estaba: «El general que hubiese obedecido tales órdenes habría sido un estúpido».
Ney tenía prisa por controlar toda la región y al día siguiente encargó a una partida de caballería despejar el camino desde la capital hasta el paso de Pajares por donde se esperaba la entrada de la división que mandaba el aristócrata Françoise Estephane de Kellerman. No hubo problemas, los jinetes pasaron sin detenerse por las poblaciones que flanqueaban la carretera de Castilla, haciendo descargas de fusilería para hacer evidente que todo estaba ya bajo su control y el plan se cumplió según lo previsto.
De los refuerzos llegados a Asturias se fueron dejando destacamentos en Pajares, Puente de los Fierros, Campomanes y la Pola, mientras el grueso del ejército francés no tardó en llegar a Oviedo para reforzar allí su cuartel general; aunque la calma duró pocas semanas, ya que la noticia de que Santander había sido reconquistado por las tropas españolas hizo que Ney tuviese que dirigirse hacia allí con el grueso de su ejército, dejando a su compañero al mando de las tropas de la región.
Esa era la oportunidad que habían esperado los españoles. El 10 de junio, Kellerman se veía obligado a retirarse hacia León mientras el teniente general José Vorster entraba en la capital y, al darse cuenta de que si actuaba con rapidez podía acabar con su enemigo, mandó marchar en su busca antes de que pudiese cruzar la cordillera.
Así se hizo, y para asegurar la captura, en el Padrún las tropas asturianas se dividieron en dos brigadas. El coronel Gregorio Cañedo Vigil dirigió la suya hacia el oeste, pasó el río Caudal y por caminos de montaña atravesó la Foz de Morcín y Riosa hasta llegar a Campomanes, pero allí, de manera sorprendente, en vez de dirigirse hacia Pola de Lena, donde ya estaban los franceses, tomó el camino del valle del Huerna para subir hasta Zureda.
La otra brigada, mandada por el sargento mayor Gregorio Piquero Argüelles, del Regimiento de Castropol, reforzada con varias compañías del Regimiento de Lena, detuvo su marcha para pasar la noche en Carabanzo y a la mañana siguiente partió hacia Puente de los Fierros, pasando también de largo por la capital del concejo lenense.
Nunca sabremos si se trató de dos errores fortuitos o fue el resultado del buen trabajo de algún afrancesado que cambió intencionadamente los planes de los dos jefes, pero los patriotas de Pola, al comprender que la detención de Kellerman había quedado en sus manos, decidieron actuar por su cuenta.
Los nombres del puñado de soldados y patriotas civiles que se sumaron a la empresa, como sucede siempre con los humildes, no han quedado en los archivos; sin embargo conocemos los de los militares de más graduación: el capitán Juan González de Lena; los tenientes José Toyos y Pedro Peñafiel; el sargento 1º Pedro Fernández Espinedo. Ellos, junto a los escopeteros de la Alarma del Partido, llamados a toda prisa por su comandante, se concentraron en el altozano que ocupa la iglesia de Castiello, en las inmediaciones de Vega del Rey. Eran en total unos 230 hombres mandados por el teniente coronel Fernando Valledor, quién tuvo que romper su retiro en la casa familiar de Columbiello, donde se recuperaba de una herida sufrida en la batalla de Espinosa de los Monteros, para volver a tomar la espada.
Allí esperaron escondidos hasta que vieron acercarse a los uniformes imperiales y pudieron comprobar que eran muchos más que ellos, pero la decisión estaba tomada y en cuanto estuvieron a tiro, los fusiles empezaron a tronar. Antes de que pudiesen reaccionar, los soldados franceses recibieron una lluvia de balas y empezaron a caer entre gritos de sorpresa y de dolor. Apenas hubo respuesta, pues al comprender que la toma de aquella posición iba a resultar muy costosa, los invasores retrocedieron hasta Pola abandonando sobre el terreno a sus muertos y los heridos más graves, dejando también algunas bajas entre los asturianos.
Después de aquella jornada, el mariscal francés logró huir poniendo a salvo tanto a sus hombres como a la impedimenta, pero en su camino quiso dejar un rastro de muertes indiscriminadas, saqueos, casas incendiadas, entre ellas las de Valledor, su hermano, Don Antonio Mier y también la del párroco de Castiello. Mientras tanto, para completar el error estratégico, las fuerzas que componían el grueso de la división de Vorster se lo tomaban con calma, confiados en que las brigadas de Cañedo Vigil y Piquero Argüelles ya habrían cumplido con éxito su misión.
Goya pintó en sus Desastres hombres descuartizados, empalados y ahorcados, pero en su catálogo de salvajadas falta lo que pudieron ver el capitán de cazadores del regimiento de Lena, Antonio Areces y su hombres cuando llegaron a Pajares: una hoguera encendida en la que se había calentado el rancho, y «haciendo de tronco principal un aldeano atado de pies y manos y consumido por las llamas gran parte de su cuerpo».
Aún hoy, la acción de Kellerman, tenido por uno de los grandes héroes napoleónicos, nos llena de espanto. Tras los sucesos de Asturias, siguió su carrera militar y en 1820 heredó de su padre el cargo de par de Francia y el ducado de Valmy.
Seguramente, cuando falleció en París en 1835, ya se había olvidado de las atrocidades que permitió a sus tropas en Pajares; al contrario, los familiares y amigos de sus víctimas lo tenían muy presente. Ahora que ya han pasado dos siglos, nos gusta refrescar estos hechos para honrar a quienes nos precedieron, porque lo mínimo que les debemos es el recuerdo. Ya lo ven, esto también es memoria histórica.

Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR
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 En el proximo mes de mayo de 2013 se conmemora el doscientos cinco aniversario de " La Guerra de la Independencia" contra los invasores franceses, de Napoleón Bonaparte.

 La insurección contra Napoleón comienza en las ciudades de Oviedo y Gijón, cuando en la mañana del 9 de mayo de 1808 un correo llegado de Madrid leyó en público los sucesos acaecidos el día 2 en la capital.
A pedradas respondieron los gijoneses a la orden, bajo pena de muerte, de no guardar armas ni oponer resistencia al ejército imperial francés, mientras los universitarios ovetenses arremetían contra los magistrados de la Audiencia, fieles al gobierno títere de Madrid.
La Junta General del Principado, se reunió en la catedral y nombró nuevo gobernador a Alvaro Flórez Estrada. Los mariscales de Napoleón ordenaron entonces el fusilamiento de 58 ovetenses recluidos por los incidentes del día 9.
La insurrección fue general y el 24 una multitud enfervorizada asalta la Fábrica de Armas de Oviedo llevándose miles de fusiles y pistolas. Al día siguiente, la Junta General del Principado ejerciendo atributos soberanos, declara oficialmente la guerra a Francia.
Para la historia de España este hecho tiene una gran importancia: por un lado es la primera vez que las autoridades son elegidas democráticamente y por otro se trata de un poder que se asigna la soberanía a si mismo de manera rotunda, puesto que no existe otra fiable y el único en la nación que redacta una declaración oficial de guerra.
La junta crea el ejercito de Asturias, compuesto por veinte regimientos armados en su mayor parte por el botín de la Fábrica de Armas. Contaba con 9.216 soldados y 595 oficiales.
Envía Asturias varios embajadores a Londres para negociar apoyo bélico. Los ingleses prestaron su disposición ” a un esfuerzo tan magnánimo y digno de alabanza como el de Asturias contra la usurpación francesa” enviando al Principado armas, municiones, víveres y hasta uniformes que fueron desembarcados en el puerto de Gijón en julio de 1808.
Tanto el gobierno como la oposición británica creía que el movimiento asturiano levantaría al resto España. Así el portavoz de la oposición en la Cámara de los Comunes decía el 15 de julio: “Pienso que se presenta una importante crisis. Jamás hubo cosa tan valiente, tan generosa, tan noble, como la conducta de los asturianos”
Las batallas del ejercito del Principado e imperial francés, casi siempre inclinaban la victoria hacia este último, mucho más preparado y profesional. Pero las continuas escaramuzas acrecentaban la necesidad de invadir completamente Asturias. En palabras del propio Napoleón: “Bien que se considere la conservación de las provincias del norte, bien que se admita un movimiento de retirada, sin Asturias que asegura la posesión de las montañas, no se podrán conservar ni a Salamanca, ni a Burgos, ni incluso Victoria… Es preciso ocupar Asturias, la más importante de las insurgentes”.
Los franceses concertaron un ataque conjunto contra las tres líneas defensivas asturianas, Pajares al sur, la occidental apoyada en la ría del Eo y la oriental de Deva. En Oviedo, acrecentada la alarma se monta un sistema defensivo que no logra frenar la ofensiva, pese a la feroz resistencia empleada. Las tropas napoleónicas logran entrar en la ciudad el 19 de mayo, pero no pudieron ocuparla ni siquiera un mes ante los ataques asturianos reforzados por tropas inglesas, que recuperaron Oviedo el 10 de junio.
A partir de entonces, la guerra en Asturias es un “vayven” atacando los franceses cuando reponen sus fuerzas para ser nuevamente reprimidos por las tropas asturianas e inglesas. Los franceses se desesperan y sólo logran mantener las principales ciudades. En junio de 1811, incapaces de aguantar sus tropas en Asturias, abandonan estas tierras, pero en otoño, tras recibir nuevos refuerzos, vuelven los ataques aunque fracasan en su ofensiva y el ejercito invasor es de nuevo evacuado. De los cinco barcos empleados en la retirada, cuatro fueron abatidos a la altura de LLanes. La última invasión se produce en mayo de 1812. En esta ocasión logran los franceses llegar hasta Grado donde concentran sus fuerzas para lanzar un ataque sobre Tineo, pero deben abandonar tal idea al ser destrozada la retaguardia por las tropas asturianas. En Junio acosados y destrozados, abandonan definitivamente Asturias.
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La teoria de José Luis Martínez, presidente del "Ateneo Jovellanos"

 La bandera  de Asturias se supone que fué la primera que hubo similar a la actual
bandera del principado. Fué promovida durante la guerra de la independencia (1808) y la portaron soldados de Oviedo. Al finalizar la guerra el Rey concedió una condecoración militar en la que se mantenía el lema, el azul y la cruz. En la actualidad esa bandera se la puede ver hondear en la cámara santa de Oviedo en algunos actos de conmemoración con el lema en castellano
"Asturias nunca vencida", en bable,
"Asturies xamas vencida"_ siempre rodeando la cruz de la victoria por la parte inferior y en color oro, el mismo que la cruz. El azul de la bandera se tiende a que sea azul oscuro frente al azul celeste que propuso en su día el principado.
Fuente: Roberto Váquez -  http://todobanderas.blogspot.com.es

                 Guerrilleros Asturianos en la Guerra dela Independencia

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Abril de 1808 en Gijón, ¿inicio de la Guerra de la Independencia contra Napoleón?





  • El Ateneo Jovellanos sostiene que fue en la ciudad donde comenzó todo.
  • Hubo un levantamiento popular contra el cónsul francés.
  • El bicentenario de la Guerra
  • El Ateneo Jovellanos sostiene que fue en la ciudad donde comenzó todo.
  • Hubo un levantamiento popular contra el cónsul francés.
  • El bicentenario de la Guerra La Guerra de la Independencia española empezó en Gijón, el 27 de abril de 1808, y no el dos de mayo en Madrid, tal como dice habitualmente la historiografía oficial. Esta teoría la sostiene, con datos históricos, José Luis Martínez, presidente del Ateneo Jovellanos, una de las asociaciones culturales con más solera de la ciudad.
    Según dice, el 27 de abril hubo un levantamiento por parte de los gijoneses, que asediaron la casa del cónsul francés en Gijón, el cual «se vio incapaz de calmar a los soliviantados». Ése es, en opinión de algunos historiadores, el verdadero comienzo de la campaña contra las tropas napoleónicas.



     MEMORIAS DEL ARTILLERO : JOSÉ MARIA CIENFUEGOS JOVELLANOS ( 1763-1825)

     
    por D. Francisco de Borja Cienfuegos-Jovellanos Gonzalez-Coto.
    D. Francisco de Borja Cienfuegos-Jovellanos González-Coto, nos facilita un extracto de su libro, titulado Memorias del artillero José María Cienfuegos Jovellanos (1763-1825), gobernador y capitán general de la isla de Cuba y de La Florida, publicado en 2004 en Gijón por la Fundación Foro Jovellanos del Principado de Asturias
    CAPÍTULO III
    El 27 de abril de 1808 se producen en Gijón los primeros chispazos.
    Fue el cónsul francés, un señor llamado Legonnier, el que tuvo la osadía de provocar al pueblo lanzando desde su casa unas octavillas vergonzosas e insultantes para la monarquía española. Dándose la circunstancia de transitar en aquellos momentos por la calle Corrida, don Luis Menéndez oficial de artillería, mi primo, el director del Instituto y homónimo mío Pepe Cienfuegos y don Victoriano García Sala, los cuales y ante los ojos de Legonnier rompieron y pisotearon los escritos; pero el pueblo, preso de indignación y no conformándose con tan poco, apedreó el edificio, intentando atrapar al cónsul y darle su merecido, lo que le forzó a escapar por una puerta trasera, buscando urgente refugio en casa de un amigo.
    Pocos días más tarde, exactamente el 19 de mayo, por informes de maragatos y cartas particulares llegados de Madrid, conocíamos en Oviedo los atropellos y salvajadas del día 2. Comienza entonces la agitación en todos los sectores sociales, y al grito de ¡mueran los franceses!, se forma en Oviedo una manifestación, que encabezaban mi hermano Rodrigo Cienfuegos, conde de Marcel de Peñalba, el médico don Manuel de Reconco, y el señor Llano Ponte, arrollando a la tropa que intentaba cortarles el paso y arrancando de las manos a los soldados el bando con el que pretendían declarar el estado de guerra.
    Pasaré por alto, por ser de sobra conocidos, los acontecimientos, que hasta el 24 y el 25 de mayo se fueron sucediendo. Únicamente diré que en esos días entregamos al pueblo los fusiles y las municiones de las fábricas de Oviedo y Trubia, necesarios para la defensa de nuestra provincia, con la inexcusable condición de que se llevase a cabo una inmediata y urgente militarización oficial, encuadrando a todos los portadores de armas en unidades regulares de nuestro ejército.
    Ese mismo día 25 de mayo siguiendo las órdenes dictadas por el insigne patriota don Joaquín Navia Osorio, marqués de Santa Cruz de Marcenado, Asturias declaraba la guerra a Napoleón.

     
    Se hace imposible relatar uno por uno, tantos y tantos incidentes, combates y sucesos en aquellos años acaecidos. Diré tan sólo que Asturias fue inmediatamente atacada desde tres puntos por los prestigiosos generales franceses: Ney [21], que entraba por Galicia con cinco mil hombres; Kellerman [22], por Pajares con cuatro mil; y Bonet [23], por Santander con tres mil. Asimismo, tuvimos que hacer frente a tropas escogidas del mariscal Soult [24]. Bonet era el encargado de dominar al país, en el que durante dos años sería gobernador.
    Por lo que a mí me atañe, diré que el 1 de septiembre y por la Junta Suprema del Principado, fui interinamente elevado desde mi grado de teniente coronel de Artillería, a general de la misma arma y teniente general del Ejército Asturiano, dando comienzo a las operaciones.

                            D. Gaspar melchor de Jovellanos, tio de Jovellanos                               
    III.1 POSICIÓN DE JOVELLANOS
    Tío Gaspar, encarcelado el 13 de marzo de 1801, salió del castillo de Bellver el 22 del mismo mes de 1808, y después de recibir los desagravios, agasajos y honores que en Mallorca le tributaron –y que no es del caso detallar–, el 20 de mayo desembarcaba en
    Barcelona, ya con España entera sobre las armas, entrevistándose allí con Palafox, y partiendo a buscar refugio en Jadraque, donde le estaba esperando su gran amigo Arias Saavedra [25]. Después de negarse a colaborar como ministro con el gobierno del rey intruso, fue nombrado representante en Asturias de la Junta Central, con la que más tarde iba a sufrir toda clase de sinsabores, humillaciones e injusticias.
    Como se hace imposible, ni esbozar siquiera, algo de lo sucedido en aquellos años, de lo que tío Gaspar fue protagonista, paso únicamente a copiar algunos párrafos suyos de una carta que a mi hermano Baltasar, Secretario de la Junta en Asturias, le envió desde Sevilla:
    «[…] Se me olvidaba lo mejor. Estamos, como he dicho, en la mayor penuria de fusiles y se hacen los más vivos esfuerzos por montar aquí una fábrica de ellos. Quisiéramos, por tanto, que Vms. nos enviasen algunos cañoneros, que por medio de esos vizcaínos nos reclutasen otros del país cautivo, y sobre todo que Pepe [26], hiciese fabricar ahí, para nosotros cuantos más mejor, dando a este objeto la mayor actividad y cuidado, aunque fuese sacrificando algún dinero en gratificaciones y premios. Fuera bueno también que, desde luego nos enviasen Vms. cuantos tuviesen a mano pues que ahí los pueden luego reemplazar y aquí nos los piden de Valencia, Cataluña, Mallorca, Murcia y de todos los ejércitos. Esperamos treinta mil de Inglaterra, ofrecidos más ha de tres meses, pero tuviéramos cien mil y todos serían empleados. Con noticia de que Vms. carecían de hierro, se encargaron cuatro mil quintales, con orden de que se enviasen a esa; pero por no sé que falta de dinero o letra no se verificó. Ahora se pide mayor cantidad y no sería extraño que Victoriano pudiese llevarla. Cuiden Vms. de ayudarnos en esto. Con fusiles triunfaremos.
    Tengo ofrecida a lord Holland [27], que ahora se halla aquí, y que a sus antiguos favores añade cada día nuevas prendas de aprecio y amistad, el cuadrito de la Virgen de Murillo, que está en el testero de la sala, junto a la puerta de la chimenea, y es preciso que me lo envíes por don Bernabé Cabezas, para que yo tenga el gusto de hacerle este presente. Este señor ha tomado por nuestra causa el interés más vivo, y yo no dudo que si mudase el ministerio en Londres, en cuyo caso no podría dejar de ser parte en él, nuestra causa tendría cuantos auxilios pudiese desear. Ya no contamos con que envíen otro ejército; pero pasaríamos sin él si nos diesen fusiles y dinero, lo cual nos escasea también, al mismo tiempo que indican otras pretensiones exorbitantes a que no se puede acceder. Si para hacernos la forzosa ahora que estamos con el agua a la garganta, o para hallar un pretexto para cerrar la bolsa, no lo sé.»
    En noviembre de 1811, estando yo destinado de comandante de Artillería en Galicia, me llega la tristísima noticia de la muerte de tío Gaspar a consecuencia de una pulmonía. La casualidad y una tormenta, obligaron a la embarcación que le traía a recalar en Puerto de Vega. Había salido el 6 de noviembre de Gijón en un pequeño falucho huyendo de los franceses.
    Decir que España perdió a uno de sus mejores hijos, y nuestra familia al mejor de los padres, es decir muy poco. Callaré respetuosamente, escondiendo el dolor en el silencio, que es el único modo de expresar acertadamente la tremenda magnitud de nuestra desgracia.

     III.2 LEVANTAMIENTO EN ASTURIAS
    Describir pormenores de lo que fueron las primeras jornadas del levantamiento en Asturias, sólo la Historia puede hacerlo. Me limitaré a decir que la Junta del Principado de la que formaba parte como secretario mi hermano Baltasar y que presidía nuestro grande y admirado marqués de Santa Cruz de Marcenado, actuó enérgicamente en un principio y después de muchas vicisitudes, cambios y sustituciones, en que intervenían como causas fundamentales los éxitos o fracasos en las operaciones bélicas, el día 2 de abril de 1810 se formó en su seno un Consejo de Guerra, bajo mi presidencia y con la colaboración de los generales Woster; don José Pescí como fiscal militar; don Antonio Peón; don Juan Moscoso y don Miguel Lerma. La junta, además de la dirección de las operaciones militares, tenía a su cargo luchar contra las deserciones, las extralimitaciones, violencias y abusos de autoridad en las milicias castigando enérgicamente cuantas llegasen a su conocimiento, entrando también en su cometido, el premiar las acciones heroicas, así como cualquier otro hecho que, digno de ello por civiles o militares fuese realizado.
    Hubo de improvisar la Junta rápidamente la energía que desde un principio en Asturias faltaba, por las ya mencionadas mutaciones de los mandos; por las constantes disensiones, destituciones y nuevos nombramientos; por la falta de continuidad en las funciones, que no permitían terminar convenientemente obra ninguna empezada y, sobre todo, por la osada intervención que en nuestros planes militares, tenían algunos elementos civiles, ignorantes, como es de suponer, en cuestiones tácticas y estratégicas.
    También fue preciso luchar contra la falta de armas por la carencia absoluta de dinero y de materiales para fabricarlas; con las tremendas dificultades para calzar y vestir a nuestros pobres soldados; con los inconvenientes, a veces insuperables para alimentarlos.
    ¡Ah si hubiésemos tenido armas, municiones y dinero! Porque en cuanto a hombres nada precisábamos, ya que por cada uno que caía, había cuatro o cinco esperando para empuñar su fusil.
    Y esto a pesar de que en nuestras fábricas y herrerías se trabajaba incesantemente, sin regatear sacrificio ni esfuerzo. Después de las derrotas sufridas en febrero de 1810 el ejército regular de Asturias había quedado reducido tan sólo a cuatro mil hombres que más adelante y con las levas, fueron aumentando paulatinamente.
    Porque las gentes aquí, si bien luchaban con el mayor patriotismo y entusiasmo, gustaban de hacerlo cada cual a su manera, a su aire, corriendo libremente en las guerrillas, a las órdenes como máximo de un civil, la mayoría de las veces otro como ellos, que los repartía a su antojo por cañadas, montículos o barrancos, sin otra estrategia que su parecer, libres de preocupaciones tácticas y militares. Pero nosotros no podíamos autorizar, como sistema único de combatir, aquélla irregular manera de comportarse, por lo que el 18 de abril firmé una orden en la que textualmente decía:
    «Todo español, a partir de hoy es declarado soldado, con la obligación de defender su libertad, su religión, su constitución, su vida, su hogar y sus bienes […]»
    El 28 de diciembre de 1808 se dio un decreto reglamentando las guerrillas, que en Asturias por nuestro carácter independiente, ningún jefecillo cumplió. Y eso que acordamos en la junta, castigar con la pena de muerte, a los que no acudiesen a las alarmas, no excluyendo de tal obligación más que a los afectados de visible incapacidad física.

                                                Jovellanos

    El territorio de Asturias, estaba dividido, para su mejor dirección en seis zonas y cada una de estas en parroquias. Eran las campanas de las iglesias tocando a rebato, las que daban la alarma anunciando la proximidad del enemigo. Concentrábanse entonces ante los ayuntamientos todos los patriotas, a los que estratégicamente se iba emplazando en los lugares ya pensados de antemano.
    Era de ver, como el repicar de las campanas hacia detener todas las actividades marchando cada cual a ocupar su puesto, cumpliendo con su obligación. Dejaban los campesinos sus yuntas, arrojaban al suelo las herramientas y salían corriendo, a casa en busca del fusil, mosquetón, escopeta de caza, pistola, trabuco o simplemente las tridentes y los cuchillos, los que no podían disponer de otra cosa. Cerrábanse entonces las puertas de las casas, los establos, los portones de los comercios, escondiendo las mercancías, los comestibles y cuanto hubiese aprovechable, ocultando los ganados o echándolos al monte. Los franceses entraban en los pueblos requisándolo todo. Como por encanto se desalojaban las tabernas, suspendiéndose al punto las partidas de cartas, vaciándose los locales en un santiamén, no sin apurar de un trago el vaso empezado; y hasta los chiquillos, que venían de las escuelas, salían disparados hacia el monte después de dejar sus libros abandonados en cualquier parte. Corrían como diablos y trepaban a los árboles para avizorar mejor, en su afán de ser útiles con sus informes. Iban siempre acompañados por los perros del pueblo, para los que aquello era también un festejo. Los ricos y los pobres, los altos y los bajos, los clérigos y los seglares, todos hermanados, en el esfuerzo y con los mismos ideales de independencia y libertad.
    Para estimular la colaboración de los más fríos, interesados o pusilánimes, decidimos pagar los servicios de información, una vez comprobada su exactitud, con un mínimo de dos duros por cada uno, variable la cantidad según su importancia. Creíamos ciegamente en ellos. Hasta el punto de que nunca pudimos comprobar ni un solo caso de engaño, error o deslealtad. Da idea de como andábamos de dinero, el hecho de que para sufragar estos servicios tan sólo pudimos consignar doce mil reales.
    A medida que el tiempo iba pasando la guerra se hacía más dura, enconada y bestial. A nuestros soldados y guerrilleros, se les bautizaba por el enemigo como insurgentes y bandidos para encontrar pretexto y fusilarlos sin contemplaciones. Fue Bonet entre todos ellos el más sanguinario, hasta el punto de que para atemorizar al pueblo, justificando su villana conducta, lanzó este decreto del que copio dos de sus principales artículos:
    «Primero: Todo labrador hallado con las armas en la mano será inmediatamente arcabuceado.
    «Segundo: Será considerado como salteador, todo hombre con uniforme no conocido en España antes de la insurrección, y castigado de muerte.»
    Continuaban varios artículos más, y lo firmaba Bonet a 30 de marzo de 1810.
    Esto me obligó a responder con otro, más enérgico, cuyas últimas consecuencias, como se comprende, en manera alguna ejecutamos:
    «Nos, el Capitán General y General en Jefe…
    «Primero: Todo labrador y artesano que muera con las armas en la mano, en defensa de la Patria, será recompensada su familia con una medalla de plata.
    «Segundo: Será considerado salteador todo francés vestido con uniforme conocido en Francia antes de la Revolución; y los que no se hallen vestidos de encarnado sufrirán la pena de muerte. […]»
    Los artículos tercero, cuarto, quinto y sexto mencionaban recompensas y amnistías para los desertores, que arrepentidos volviesen a nuestras filas.
    ««[…] Séptimo: Todo francés, que fuese aprehendido cerca de un edificio quemado, será quemado irremisiblemente en el mismo sitio.
    Luarca, 10 de abril de 1810. Cienfuegos. Rubricado.»

     
    Con ello, tan sólo pretendíamos detener el afán de incendiar que alentaba en todos los franceses.
    Oviedo, cuna de tanto saber y virtud, recibió la invasión extranjera como un ultraje a su cultura, a su religión, a su señorío y a su tradicional y enraizado patriotismo, conmoviéndose dolorosamente la ciudad entera cuando la guerra precisamente para protegerla, nos obligó a abandonarla.
    Yo solía entrar en Oviedo algunas veces durante la ocupación por el enemigo. Lo hacía siempre por las noches y vestido de paisano. Me gustaba ver cuanto allí pasaba para evitar sorpresas que nunca traen nada bueno. Por muy dura, por muy sangrienta que la batalla sea, prefiero la guerra frente a frente, que no ésta en la que se ignora por donde van a caer los palos. Los días de lluvia y nubes bajas eran los más propicios para estas aventuras. En cuanto atardecía, marchaba siempre por el mismo conocido itinerario, oyendo graznar a los cuervos, bordeando la falda del Naranco, sin otra compañía que las pistolas. Me escondía detrás de las casas, en el fondo de los matorrales, o al amparo de los robles y de los castaños. Lo hacía andando despacio, midiendo mis pasos, y escuchando en el silencio atentamente; a intervalos el viento hacía sonar el ramaje favoreciendo mi intento; aprovechaba entonces para andar más rápidamente. Era necesario hacerlo con toda clase de precauciones ya que cualquier murmullo, por insignificante que fuese, podría delatarme ante los centinelas. En tanto las sombras eran cada vez más densas y la noche bajando sobre los llanos, aumentaba mi seguridad.
    Una vez en Oviedo los frailes me proporcionaban la mejor y más exacta información. Sobre todo los franciscos, a cuyo convento, ya dentro de la ciudad, llegaba después de haberme escondido detrás de paredones, rinconadas, y los lugares más incomprensibles.
    Fuese cual fuese el momento y mediante cierta señal previamente convenida, me abrían la puerta trasera que daba a la huerta.
    La mayoría de las veces ya me estaban esperando. Solía hacerlo casi siempre un frailín pequeño, calvo, tripudo y redondo como una bola, con el que jamás hablé. Sin cruzar una palabra y en la oscuridad más completa, me guiaba por pasillos y corredores andando de puntillas sobre sus chirriantes sandalias hasta las habitaciones centrales del edificio, en que ya me esperaba el padre superior. Recuerdo que era viejo, con barba muy larga, los lentes sobre la punta de la nariz, y que aparecía siempre, ante su mesa de trabajo, rodeado de libros y papeles. Con él me quedaba mientras las pisadas del frailín se iban perdiendo a lo lejos. Aprovechaba entonces para confesar y saber, cuanto de la situación me interesaba. ¡Y qué bien lo explicaba todo! Con qué precisión me enteraba de las unidades, movimiento de las tropas, convoyes de entradas y salidas, lo que traían y lo que llevaban, horarios, los heridos, los muertos, los que iban a llegar o se marchaban, y hasta de los vecinos que por no poder sufrir más, abandonaban y huían. Porque Oviedo, a la entrada de los franceses se había quedado vacío. Ocurría igual en el resto de las aldeas y los pueblos de Asturias. Unos escapaban por miedo, otros por no verse obligados a entregar cuanto tenían, otros por no querer prestarles ayuda, aunque tampoco faltaban traidores.


    Yo, una vez sabido lo necesario, regresaba al Naranco por el mismo itinerario que había venido. Mis visitas eran siempre veloces; diez minutos, confesión incluida. Me daba la impresión que los frailes respiraban satisfechos al verme marchar. ¡No me extraña!
    Ellos pasaban también sus apuros, hasta el punto que en cierta ocasión llegaron a ofrecerme un hábito porque las patrullas de reconocimiento no acababan de abandonar los alrededores. Ya se comprende que me negué a aceptarlo por el peligro que hubiesen corrido, si llegan a descubrirme.
    La noche en Oviedo es siempre pavorosa. Al toque de silencio se atrancan puertas y ventanas y quedan las calles vacías. Reina por todas partes la más densa oscuridad. Las patrullas que hacen la ronda de vigilancia y relevan los puestos de centinela, marchan en fila india pegados a las paredes, muertos de miedo, dando culatazos a las puertas, haciendo continuos registros y con los fusiles montados y listos para disparar. Los gatos, que también parecen barruntar el peligro, cruzan las calles veloces como sombras. A lo lejos suena, de vez en cuando, el fogueo de centinelas medrosos o bisoños. En la quietud de las calles a oscuras se oyen los goterones de lluvia cayendo sobre las losas.
    Recuerdo con la mayor tristeza aquel 14 de febrero, en que a fuerza de superioridad numérica, y llevándolo todo por delante entraron los franceses en Oviedo, obligándonos a fortificar en el Narcea. ¡Nunca como en esos días Asturias me pareció más hermosa!
    Desde las alturas de aquellas montañas de rebecos, de lobos y de águilas, duro y escarpado paisaje como las rocas verticales que lo forman, podía contemplar en toda su grandeza los helados picos de la cordillera, con los puertos cerrados por las nieves del invierno.
    ¡Amargos atardeceres llenos de negros presagios, casi sin esperanzas, en el marchar del día hacia su ocaso, con el cielo teñido por colores extraños! Desde allí veíamos a los franceses ascender monte arriba, a paso de fatiga y dificultades, por barrancos, gollizos, y senderos de cabras. Mandábamos entonces a las mujerucas al río, y con el pretexto de subir agua nos informaban de sus propósitos.
    Durante la noche nos refugiábamos a dormir en las casas de aldea y más frecuentemente en las tenadas. ¡Qué sabrosos entonces los vasos de buen vino y la carne asada de cabrito! Allí, al amor de la lumbre y a la luz de los candiles, podíamos aflojar nuestros correajes y descansar del peso de las armas y la impedimenta, antes de acostarnos sobre la hierba o en jergones de fueya, para salir otra vez al monte con las primeras luces del alba, después de beber aprisa y corriendo un cuenco de leche recién catada. Luchábamos entonces en plan ya de completos guerrilleros. Era esa la única manera que teníamos de hacer por la causa alguna labor útil, por cuanto carecíamos de soldados para presentar batalla. Ocasiones hubo en que no me quedaba otro subordinado que el cornetín de órdenes. Pero yo, a pesar de mis años me encontraba como un soldadín más. Siendo sincero diré que aquella vida me hacía rejuvenecer.
    Y aunque mis ropas las rechazaría un mendigo, y las barbas y suciedad me inspiraban a mí mismo repulsión y asco, gozaba corriendo y trepando por montes y brañas, atravesando calzado los riachuelos, bebiendo arrodillado en sus aguas, penetrando por matorrales y vericuetos, subiendo a los árboles, montando caballejos sin casta y sentándome a descansar aspirando aquel aire diáfano en el silencio majestuoso de las cumbres. Nos divertía ver a los franceses correr a esconderse o arrojarse de bruces en el suelo, sorprendidos por nuestros disparos. Pocos días después vimos con la natural alegría llegar de Galicia un refuerzo nada menos que de dos mil hombres. Reagrupando otra vez a los nuestros, rompimos el frente de Peñaflor y tras durísimo combate volvimos a reconquistar
    Oviedo, aunque desgraciadamente por poco tiempo, pues Bonet, trayendo una gran masa de hombres, consiguió otra vez desalojarnos.
    Pero nuestro espíritu, lejos de caer, perecía crecerse con la adversidad y con el ejemplo de aquellos admirables soldados, carne y sangre de España que, descalzos y hambrientos, soportaban todo sin un gesto, sin una palabra, sin una queja, haciendo hasta proyectos para cuando llegase la que parecía imposible victoria.
    Aquellas esperanzas –¡triste es decirlo!– estaba lejos de compartirlas el Consejo de Regencia, que caído de espíritu, me forzó a enviarle en nombre de la Junta un escrito por mí firmado, que textualmente decía:
    «[…] Esta Junta se sostendrá hasta el último extremo, y si hallara ocasión, desde aquí bajará como un impetuoso torrente a confundir y deshacer al enemigo, peleando contra él, cuando no tenga otras armas, con las que a todos nos presta la naturaleza. […]»
    Por necesidades de la campaña, en 1812, me nombran jefe de la Comandancia General de Artillería de Extremadura. Más guerra.
    ¿Para qué seguir contando? Allí traté con Wellington [28]. Me habló mucho y con gran entusiasmo de tío Gaspar al que conoció en Sevilla. Agudo estratega, audaz de genio, de pensamiento claro y espíritu valiente. Hábil diplomático tenía siempre dispuesta para cada visitante la palabra, el gesto o la sonrisa que necesitaba. Gran personaje este Wellesley pero ¡qué orgulloso! Anosotros nos miraba un poco de arriba abajo, seguro de sí mismo, como si lo hiciese desde la torre de un castillo roquero.
    En 1813 concluye la guerra. Los franceses son arrojados de España, ocupando yo entonces el Consejo Superior de Guerra. Pero la tranquilidad va a durar muy poco. En el horizonte aparecen otros nubarrones presagiando nuevos quebrantos.
    La política, las independencias, las emancipaciones, van despedazando las colonias con el beneplácito de nuestros enemigos.
    Antes la guerra nos desangraba con velocidad, ruidosamente, a cañonazos, hoy la política lo hace en silencio, poco a poco, gota a gota…

                               Grabado de Goya de la serie Desastres de la Guerra
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