2 de diciembre de 2012

Diego Suárez Corvín, nacido en Urbiés en 1552

Las tribulaciones de Diego, soldado del Rey.


El relato de los hechos de armas de Suárez Corvín, nacido en Urbiés en 1552 y que debería estar considerado como uno de los escritores fundamentales de la literatura asturiana


Hace unos años, cuando Arturo Pérez-Reverte publicaba su primera novela sobre espadachines, con un éxito sorprendente, les conté en esta página cosas sobre los Alatristes de las Cuencas, un puñado de aventureros que dejaron esta tierra para vivir aventuras en Italia, Flandes o entre la morisma.
Sin duda, el más interesante de todos fue Diego Suárez Corvín, nacido en Urbiés en 1552, soldado de infantería y autor de un libro que tiene un título detallado, al gusto de la época: «Historia del Maestre último que fue de Montesa y de su hermano don Felipe de Borja. La manera como gobernaron las plazas de Orán y Mazalquivir, reinos de Tremecén y Tenez», cuyo texto es, según los críticos, una de las fuentes de información en las que bebió el malhumorado Pérez-Reverte para documentar sus inspirados trabajos.
Este no fue su único escrito, pues Diego, además de soldado, ejerció como escritor dejando constancia de los variados e interesantes acontecimientos que le tocó vivir. La muerte vino a verle en Valencia en 1623, y no pudo concluir una «Historia de Berbería» en la que pretendía repasar los hechos de armas de los españoles en la costa argelina, pero afortunadamente ya había terminado su preámbulo, donde narró con detalle su autobiografía y, gracias a ello, ahora podemos conocer sus andanzas y su vida, que, además de interesante por lo que cuenta, es entretenida por la forma de narrarlo.
Nuestro paisano, al que a veces se cita como Diego Montañés o simplemente Diego el Soldado, dejó las montañas de Turón en 1574, ya con 22 años, para evitar enfrentarse a uno de sus hermanos mayores, que según él le quería mal, y, llevándose lo que pudo de la casa materna, se buscó la vida como criado de unos caballeros en la villa de Toro. A partir de este momento, ya no paró. Con ellos recorrió las provincias castellanas y La Rioja, hasta Navarra; desde allí bajó hasta El Escorial, donde avanzaba la construcción del monasterio y pudo encontrar acomodo en los alrededores de la obra cerniendo harina para el horno mayor del Rey.
Un periodo de tranquilidad que se rompió cuando supo que su familia le seguía los pasos para ajustar cuentas por su fuga y tuvo que volver al camino del sur. En su huida sobrevivió haciendo de todo: cuidó palomas en la villa de Olías, cerca de Toledo; bueyes en Paterna; limpió olivares en Arcos de La Frontera; se encargó de un cortijo en Ronda y fue pastor de ovejas en la costa malagueña antes de enrolarse en una compañía de soldados que buscaba reclutas en el Campo de Calatrava para llevarlos hasta Italia.
Seguramente a él le daba igual un lugar que otro con tal de alejarse de España y por eso no le molestó que en el mes de abril de 1577 su tropa fuese destinada en unión de otras cinco compañías a las fortificaciones de Orán.
La narración de Suárez Corvín no escatima detalles sobre los cuatro años que pasó en esta penosa labor, donde vio morir a muchos compañeros en los accidentes que se producían con frecuencia a la hora de mover y elevar las piedras que se iban colocando en la muralla, pero como a él le llamaban las armas, tampoco dejó pasar la ocasión para salir al combate armado de pica y arcabuz, y así consiguió por fin dedicarse por completo a esta función dentro de la compañía de infantería que mandaba el capitán toledano Pablo Fernández de Guzmán.
En ella estuvo nada menos que veintitrés años, combatiendo contra moros y turcos y, como el tiempo todo lo sosiega, deseando cada vez más volver a España. Primero pidió con insistencia una licencia que nunca se le concedió y luego lo hizo por las bravas, intentando colarse en las galeras que viajaban a la península, donde fue descubierto y devuelto al cuartel en varias ocasiones.
De modo que, cuando supo que la huída era imposible, decidió rehacer allí su vida y se casó con María de Velasco, nieta de uno de los primeros defensores de aquellas plazas, que nunca había salido de África y era 20 años más joven que él. Diego ya contaba los 36 y, según su propia confesión, debido a lo intenso de sus andanzas, aún «estaba virgen sin haber tocado a mujer ninguna». El matrimonio serenó su vida y también fue el momento en el nació su vocación de escritor.
En varias ocasiones leemos en sus memorias lo frecuente que eran entonces los juegos de azar entre los soldados y como él se negó a participar en las timbas. Y esta circunstancia, que le dio fama de hombre serio, tuvo su recompensa cuando recibió el encargo de ser sacristán y escribano de la iglesia de San Bernardino y su hospital, lo que le proporcionó el tiempo y la tranquilidad necesarias para iniciar el relato de los hechos de armas vividos por los españoles en Mazalquivir, Orán Argel, Bugía y en todo lo que había sido el antiguo reino de Tremecén.
Su decisión fue tan importante, que incluso quiso dejar constancia del día en tomó la pluma en Orán, el primero de mayo de 1592 «sin tener género de gramática ni curso de ella, y solamente ayudado de mi natural ingenio, juntamente con haber considerado el estilo de algunas otras semejantes historias». Y es verdad que tuvo que ser buen lector, aunque también mal crítico, a juzgar por su opinión sobre «El Quijote», al que metió en el mismo saco de libros de caballerías como «Olivante de Laura», «El caballero de Febo», «El caballero de la Cruz» y otros semejantes que solo eran «marañas patrañeras».
Es curioso, porque Cervantes, que también había criticado en su obra la fantasía inútil de los otros libros que cita el de Urbiés, había estado preso cinco años en Argel, por lo que no resulta raro que llegasen a conocerse, y además -otra casualidad- en 1600, a los veinte años de que aquel saliese libre, Diego iba a visitar las mismas celdas. He aquí un buen tema para una investigación más concienzuda.
En ellas estuvo tres meses, acusado de conspirar contra el Gobernador de la plaza y cuando todo se aclaró, siguió trabajando en las letras, que ya eran su verdadera profesión. De su mano salieron entonces un poemario dedicado a Orán; una cartilla militar para soldados; otro manual con instrucciones para los alcaldes o quienes tienen castillos o villas fronterizas a su cargo; uno más con las obligaciones del hombre noble; varias colecciones de romances populares y hasta un libro glosando las grandezas de Asturias.
Es inútil buscar estos escritos. El 7 de abril de 1604, Diego Suárez Corvín pudo volver a pisar tierra española, y desde Cartagena viajó a la Corte de Valladolid para retornar a Urbiés. Allí encontró la pena de que ya solo estaba viva una de sus hermanas y se dedicó a lavar su honra poniendo en orden su herencia y certificando su nobleza en los archivos de Lena.
En este tiempo, 1607, pudo imprimir en Alcalá de Henares dos obritas en verso, que llevaba consigo desde Orán, una sobre la elección de Pelayo como rey de los asturianos y otra con una querella que desde Asturias se envió a Valladolid porque se trató a sus hijos como villanos. Estas publicaciones que hoy son imposibles de encontrar, son un verdadero tesoro porque su autor indica que fueron escritas «en su mismo estilo antiguo de habla», lo que puede referirse tanto al castellano antiguo como al asturiano, lo que convertiría a Diego en un pionero de nuestra lengua.
Aunque su obsesión fue siempre la publicación de su gran historia. Pasó la última parte de su vida con el manuscrito bajo el brazo, de despacho en despacho, buscando inútilmente mecenas, y en su empeño volvió a embarcarse rumbo a Italia para vivir de nuevo en los cuarteles mientras intentaba que su obra viese la luz. Nada menos que otros quince años de miseria y calamidades, hasta que vencido por la edad y los achaques volvió a morir a España.
El manuscrito de la «Historia del Maestre?» se conservó en Valencia hasta que unos historiadores franceses se interesaron por él cuando Argelia era colonia de aquel país y lo localizaron en la «sección de raros» de la Biblioteca Nacional de Madrid. Por fin en 1889 se publicaron los primeros 31 capítulos, aunque hubo que esperar hasta 2004 para ver el libro completo editado por una institución valenciana.
Diego Suárez Corvín, que debería estar considerado como uno de los escritores fundamentales de la literatura asturiana es un perfecto desconocido incluso para sus paisanos. La primera vez que supe algo sobre él, hace ya casi dos décadas, fue gracias a mi amigo el turonés Carlos Vega Zapico. Hoy, desde aquí, quiero agradecérselo dedicándole esta página.

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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