31 de marzo de 2014

Jesús Martín, el asturiano fue uno de los pioneros de la traumatología facial en España

Jesús Martín, el médico asturiano que reconstruía los rostros de la guerra.
 
 Heridos y personal sanitario, en el Casino de Madrid, habilitado como hospital.

El especialista fue uno de los pioneros de la traumatología facial en España y documentó su impresionante trabajo durante el cerco de Madrid con fotos y dibujos que un libro saca ahora a la luz.
                        Heridos en un hospital de la guerra civil

http://www.lne.es.
Durante la Guerra Civil española, funcionaron en Madrid 44 hospitales de sangre, centros médicos o edificios civiles adaptados para la acogida a los soldados heridos en el frente. Los actuales hoteles Palace y Ritz fueron habilitados, por ejemplo, como hospitales. La cifra da idea de la magnitud de la tragedia. Alguno superaba las tres mil camas. En el hospital médico popular de Chamartín trabajó un médico asturiano, Jesús Martín Sánchez. Había nacido en 1908 en Castropol, localidad en la que su padre, abogado, estaba destinado. Estudió Odontología en Madrid y, ya licenciado en 1932, fue discípulo de Bernardino Landete, considerado el fundador de la cirugía oral y maxilofacial en España.
La guerra cortó de plano el destino de millones de españoles. Jesús Martín trabajó a destajo en aquel hospital de guerra que recibía a decenas de heridos todos los días. Por sus manos pasaron cientos de soldados con la cara destrozada a causa de las balas o la metralla. El médico asturiano hizo frente durante casi tres años a heridas terribles, con pocos medios pero dedicación sin horario. 
             Jesús Martín, el médico asturiano que reconstruía los rostros de la guerra.
La traumatología facial era una especialidad aún en los albores, muy poco desarrollada.
Pero el asturiano no sólo curó en condiciones muy complicadas, sino que documentó y fotografió cientos de casos, y realizó un seguimiento de muchos de ellos incluso después de la contienda. Un colaborador suyo, probablemente un soldado con gran mano para el dibujo, aportó numerosas ilustraciones que explican las técnicas quirúrgicas. Firmaba J. Sáez. No se sabe nada de él, salvo ese nombre.
Todo ello quedó en un álbum que Jesús Martín guardó en su casa y que ahora, setenta y cinco años después del fin de la guerra, forma parte de un libro titulado "La otra cara de la guerra civil", editado por la Sociedad Española de Cirugía Oral y Maxilofacial (SECOM). Se trata de una obra coral en la que distintos especialistas abordan desde un punto de vista histórico la relación entre guerra y medicina.

                             Uno de los dibujos de J. Sáez.
Carmen Martín Arenas es la única hija de Jesús Martín, fallecido en 1993. Carmen heredó aquel álbum y se lo regaló a un primo suyo, que es dentista. Juntos se dirigieron en su día a la SECOM con ese material excepcional pero de enorme dureza. Los médicos son capaces de ver en él técnicas casi imposibles para la época, y todos percibimos en cada imagen el drama de una guerra.
Decía Hipócrates que "la guerra es la mejor escuela del cirujano". Cuenta el doctor José Luis Cebrián, uno de los dos coordinadores de la obra que "la Guerra Civil española fue todo un laboratorio de pruebas; a España vinieron muchos médicos del extranjero, generalmente con destino en hospitales más de retaguardia. Y aquí se desarrollaron muchas técnicas quirúrgicas".
Titulado “La otra cara de la Guerra Civil” recrea una visión de la guerra que no suele aparecer en los libros de historia. 
Se calcula que unos 20.000 médicos españoles trabajaron durante la Guerra Civil, la mitad aproximadamente en cada bando. En Madrid los hospitales estaban bajo el mando republicano. De hecho, la capital no cae hasta finales de marzo de 1939. El bando nacional tenía también su mapa de hospitales, el más importante el llamado Hospitalillo de Arquitectura, en la Ciudad Universitaria. Otro decisivo fue el hospital de la localidad de Griñón, al sur de la provincia. Tan sólo en julio de 1937 (batalla de Brunete) pasaron por sus salas y quirófanos 11.500 heridos.
Dentro de Madrid, Jesús Martín ejercía lo que su hija Carmen califica de "trabajo de artesanía" con rostros deformados. Se calcula que cerca de un 20 por ciento de los soldados heridos en la Guerra Civil presentaba heridas en la cara. "Era muy manitas" y, hay que suponerlo, hombre de mucho aguante.
 Durante la guerra, Jesús Martín Sánchez fue movilizado y se le destinó al hospital Médico-Popular de Chamartín de la Rosa (uno de los hospitales de sangre de Madrid). Un hospital de sangre venía ser el lugar que, estando de campaña, se destinaba a la primera cura de los heridos..
 
Cebrián califica de "material impresionante" los apuntes y fotografías recopiladas y explicadas por el médico asturiano porque "Jesús Martín ya no sólo hacía lo posible por curar las heridas sino que valoraba la calidad de vida" de aquellos soldados desfigurados, alguno de los cuales le mandaban tiempo después fotos desde sus casas.
Para un profano resulta difícil asumir que el impacto de una bala en pleno rostro no produzca la muerte inmediata. Sobrevivir a un episodio así era más frecuente de lo que se piensa, aun a costa de pagar un alto precio.
Al terminar la guerra, Jesús Martín instaló una consulta odontológica en la madrileña calle del Postigo de San Martín, entre Callao y Las Descalzas. Allí se jubiló. Falleció con 85 años, sin haber querido nunca sacar a la luz el valioso material médico e histórico que lo acompañó buena parte de su vida. La publicación del libro es para su hija Carmen "lo mejor del mundo. Mi padre lo estará viendo desde algún lugar y se estará alegrando tanto como nosotros".


Jesús Martín, a la derecha con gorro blanco, en una de sus operaciones durante la guerra.

FUENTE: 




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Los almacenes "BOTAS" de Oviedo.

BOTAS, UNA FÁBRICA DE PROFESIONALES.  


Los almacenes llegaron a tener 380 empleados en los años ochenta.
Cuanto más tiempo transcurre, más me acuerdo de aquellos grandes almacenes, a los que ya conocí establecidos en Oviedo, en la calle de Uría, después en Palacio Valdés (recordada también por “las Dueñas”) y, bastantes años más tarde, inaugurando en 1970 unas nuevas instalaciones en la calle de los Moros, en Gijón.  
Historiando un poco más, aunque sea por encima, como ya fue propio en los comerciantes que se establecieron en Asturias, procedente de  Castillo de los Polvazares, a cinco kilómetros de Astorga, abre comercio en Oviedo JUAN BOTAS ROLDÁN, concretamente en la calle Martínez Marina que, tiempo después, se traslada al primer local de Uría 24 y, sucesivamente, va aumentando hasta el nº 30 de esta misma calle. Bajo el nombre “Anónima Botas Roldán”, se constituye la sociedad en Madrid el 21 de enero de 1928 y se inscribe en el Registro Mercantil de Oviedo el 3 de febrero del mismo año.
Don Juan Botas tiene cuatro hijos: Luis, Víctor, Pedro y Ramón. Este último se queda con el local de Martínez Marina y abre el también no menos conocido negocio de “DIRSA”, de cristalerías y diversos comercios de perfumería y droguería. Los otros tres hijos se quedan en el negocio primordialmente de tejidos y confección, que poco a poco van a ampliando a otras materias como perfumería… Luis Botas Rodríguez se casa con María Rezola, de cuyo matrimonio nacen dos hijos: Luis y María. Con el discurrir del tiempo y ya antes de fallecer los tres inseparables hermanos, Luis Botas Rezola se va haciendo con el negocio hasta alcanzar su presidencia. Y para acabar con la saga familiar y comercial que hoy nos ocupa, Luis Botas se casa con Mercedes Armentía y tienen cuatro hijos: Santiago, Íñigo, Mercedes y Marta.
Con esa ampliación de espacio en nuestra céntrica calle ovetense, así como el paso interior que comunicaba con Palacio Valdés, entiendo que Almacenes Botas no solo se convirtió en un gran centro comercial que de todo había y nos resolvía, sino en dar trabajo a un gran número de personas a las que, poco a poco y con el tiempo, fue especializando para dar una mejor atención a la clientela. Así y para darnos una idea, en los años 80 es cuando se alcanza la cifra record de 380 empleados.
¿Qué hace, entonces, la Anónima Botas Roldán para motivar y profesionalizar a los suyos? Pues algo que tuvo entonces mucha resonancia: crear el entonces “Botas Club”, con actividades muy diversas que, incluso, servían como lazo de unión fuera del horario de comercio: deportes, montañismo, coral, cursos, conferencias muy diversas e instructivas…, y no debo olvidar el no menos interesante “Boletín de Botas”, donde muchos de aquellos trabajadores aportaban cosas tan originales como el exponer una materia, aportar una poesía, contar una anécdota o la genialidad de dibujar un chiste. La inquietud de hacer las cosas, valga la expresión, “como Dios manda”, se aprecia ya en algo tan técnico como el tener al periodista ovetense José Antonio Cepeda como Director en los inicios de dicho Boletín.  
Cualquier persona puede preguntarse cuál es el motivo real de escribir acerca de Almacenes Botas. Pues muy sencillo: el buen recuerdo de algo que fue muy de Oviedo, y después de Gijón, esa atención tan esmerada y, añadiría hoy sin duda, irrepetible hacia el cliente, la calidad de sus productos que, en su momento, revolucionaron e innovaron prendas de vestir que se hicieron famosas por toda Asturias. Todos recordamos aquellas nuevas gabardinas “Berkeley”, cuya hechura para todas las tallas dejó atrás las antiguas prendas principalmente para el agua. Hubo más cosas y de todo tipo, hasta de complementos, que revolucionaron aquel mercado que se mantuvo rancio durante bastantes años. Yo no tuve una “Berkeley”, pero si, años después y haciendo un esfuerzo económico, una prenda austriaca “Loden-Himalaya”, pura lana virgen con alpaca, que coloquialmente llamaban “del kilo” porque no pesaba más de esos supuestos mil gramos. Y ahora ustedes se reirán, pero no solo conservo la misma, sino que aún la uso por el invierno y está nueva. Al final de cada estación del año, la llevo a limpiar y, al devolvérmela, casi siempre me dicen: “Es una buenísima prenda. ¿Cuántos años hace que la tiene?” Y yo suelo responderles jactándome de…, ¿tal maravilla?: “Pues mire, llevo en Madrid más de veinte años y la adquirí unos doce años antes, así que…” Y cada temporada, un año más. Bien es cierto que yo me conservo en volumen, porque sino… Dentro del abrigo se conservan las consabidas etiquetas originales austriacas y la que define el establecimiento vendedor: “Caballero Club”, distintivo de Almacenes Botas. 
Y también orgulloso de una compra recomendada por ellos mismos, tenemos una extraordinaria y enorme alfombra de “La Alpujarreña”, de Granada, que asimismo mantiene en su reverso las garantías de su fabricación: más de treinta años se contemplan con la exquisitez de su lana y dibujos. Y así puedo contarles mil particularidades de lo a gusto que siempre me encontré en cualquier sección de BOTAS, donde tuve y mantuve muy buenos amigos en muchos de sus departamentos: me sigo acordando de ellos y con algunos seguí cruzándome y saludando en mis viajes a Oviedo. En esos números a los que hago referencia en el “Boletín de Botas”, se pueden observar Cursos de Pre-Ingreso, Administrativos, Ventas, Idiomas y hasta de Promoción para otras secciones. Eran y son gente excepcional porque así los formaron. Muchos de ellos, por esa valía en el mundo del comercio, abrieron su propia tienda o se colocaron en otros establecimientos.    
Estoy obligado a añadir, que tuve la oportunidad de conocer personalmente a don Luis Botas Rezola en sitio y lugar que no viene a cuento ahora mismo, del que mantengo el recuerdo de todo un señor. La última vez que nos saludamos fue en el Campo San Francisco, quizá ya algo mermadas sus facultades físicas. Me dolió ver cómo, aquel hombre yo había conocido tan grande en todos los sentidos, de profunda religiosidad –misa y comunión diaria-, le observaba más bajo en estatura y que estaba perdiendo su facilidad de palabra.
Sin duda, cualquier persona con más cercanía, razones personales y económicas, puede desarrollar con más rigor esta historia. Más, yo no quiero cerrarla sin volver a hablar del personal, de la gente que atendía en los mostradores donde los hubiere, incluso de los repartidores que llevaban la mercancía a las casas, a los cuales también conocí. Todo ellos para mí, y sobre todo en aquellos años 60 en adelante que yo era poco más que un mozo, el situarme en la calle Las Dueñas y verles salir, sobre todo, según el horario, era digno de percibir: algo similar a un tumulto de escolares en desbandada. ¡Y es que eran tantos…! Mujeres y hombres, algunos con sus maridos y esposas esperándoles en las aceras próximas. Un@s esperando a otr@s, gritando “hasta mañana” o “nos vemos luego”. Yo, por qué no decirlo, en alguna ocasión esperé a alguien, pero…
Como cierre de este artículo, no puedo dejar de manifestarles algo muy peculiar, destacando cómo funcionó durante muchos años aquello que siempre llamaron “Cuenta abierta”, donde los habituales clientes no precisábamos identificación ni tarjeta alguna a la hora de comprar: cuestión de confianza, simplemente. ¿Tiempos? Aquellos. Entretanto y con cierta congoja, seguiré echándoles de menos. Almacenes Botas cierra sus puertas a finales del año 1987 y en una nota del Registro Mercantil de Oviedo, dice brevemente que “en el año 2006 y por Oficio de la Delegación de Hacienda, causa baja provisional en el Registro Mercantil de Oviedo”. 

FUENTE: Luis Alonso-Vega.
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29 de marzo de 2014

La novela de Laura Castañón "Dejar las cosas en sus días" ,sobre el poblado minero de Bustiello (Mieres)

Bustiello, realidad y ficción de un poblado minero.

La novela de Laura Castañón "Dejar las cosas en sus días" ha servido para rescatar del olvido el paternalismo industrial que impulsó el segundo marqués de Comillas y que tuvo en el poblado minero de Bustiello su máxima expresión. Realidad y la novela se funden.


 Bustiello años 20 (Foto cedida por Fernando Álvarez Muñiz)

La literatura tiene un efecto reactivador de la memoria, es capaz de revitalizar un pasado presente que permanece en estado latente. Y precisamente eso ha sucedido en el poblado minero de Bustiello (Mieres), protagonista de la novela de Laura Castañón 'Dejar las cosas en sus días' (Alfaguara, 2013), cuyos años de Acción Católica y paternalismo industrial han renacido negro sobre blanco y también en la realidad de la mano del Centro de Interpretación, que trata de contar ese ayer y que ha buscado los personajes de carne y hueso que pueden tener un correlato con la parte de la novela que se desarrolla en el primer tercio del siglo XX.
El primero de los protagonistas de la historia que aparece en la ficción es cien por cien real. A él se debe el poblado de Bustiello, un personaje en sí mismo en la obra de Laura Castañón. Su nombre, Claudio López Bru (1853-1925), segundo marqués de Comillas y que aún hoy tiene abierta una causa de beatificación. Fundador de la Acción Católica Española y el padre -y valga la redundancia- del denominado paternalismo industrial que de la mano de la Sociedad Hullera Española se asentó en Mieres. Se buscaba el obrero perfecto y feliz y se le quiso dar cobijo también en un lugar perfecto y feliz. Nace así Bustiello, catalogado como excepción dentro del patrimonio industrial asturiano, que se levantó y tomó forma entre 1890 y 1925. Iglesia, un monumento, un casino, una escuela, un sanatorio y los alojamientos para ingenieros y obreros constituyen un enclave que trasciende con creces y por todo lo alto las construcciones obreras de la época. 
 He aquí uno de los personajes clave, al que en la realidad de hoy se le dedica, en uno de los antiguos chalés (el de don Isidro), el Centro de Interpretación, que no se detiene solo en la historia del poblado, sino que trata de adentrarse y descubrir elementos fundamentales del pasado industrial asturiano. De hecho, reabre hoy sus puertas con nuevo material. «Hemos intentado trabajar con la gente para trasladar la información al público», dice la historiadora María Fernanda Fernández, guía del centro, y que explica cómo, por ejemplo, recientemente se hicieron con ocho litografías únicas en España de la primera campaña de prevención de riesgos laborales que se puso en marcha en el país, una donación de un particular, y ahora suman a ella una placa original de de la primera locomotora del viejo ferrocarril que servía a las minas. Disponen, además, de una colección de getones, fichas o monedas que acuñaban las compañías mineras de la época para el pago en sus económatos. «En Mieres se acuñó moneda, entonces todo pasaba por la compañía: la casa, la comida, el colegio...»
La Sociedad Hullera Española era un entramado empresarial enorme y su responsable en la ficción ideada por Laura Castañón se llamaba Benito Montañés y era madrileño. Padre de trillizas y de otros tres hijos-varón y dos hembras-, mantiene una relación epistolar fluida con el marqués de Comillas, al que informa de todo lo que acontece en la comarca y al que admira profundamente. Su hija Claudia, ahijada del marqués, adquiere un protagonismo mayúsculo en una novela sin duda muy coral. Pues bien, en el Centro de Interpretación del poblado minero se han afanado en encontrar al que podría ser el trasunto real de Montañés, Manuel Montaves Martínez: «Es una figura clave en la historia de las Minas de Aller y, claro está, en la organización de la Sociedad Hullera Española. Su papel como gestor y fiel servidor de los intereses, voluntades e incluso obsesiones, de su patrón (don Claudio López Bru, segundo marqués de Comillas) es clave para obtener la eficaz implantación de aquellos ideales propios del empresario católico y aquellos proyectos, bien diseñados y planteados, por el ingeniero francés que logró dar forma al sueño, don Félix Parent», según queda reflejado en el reportaje publicado en la web del centro que rescata su historia y sus imágenes, logradas a través de su biznieto Xavier Corominas.
                 Foto cedida por Fernando Álvarez Muñiz

Madrileño nacido en 1855, llegó a Asturias en 1883 como ayudante del ingeniero director. En 1885 pasa a ser jefe de servicio, en 1893, subirector de la Sociedad Hullera Española y en 1901 alcanza la dirección que ocupó hasta su muerte en 1919. Es curioso que ambos -Benito y Manuel- también tienen algunas coincidencias trágicas en su vida familiar. Ambos quedaron viudos y hubieron de educar a sus hijos solos. Manuel no tuvo trillizas, pero sí gemelas y perdió a un hijo joven, como también ocurre en la ficción. Una de sus hijas, Manuela, casó con Juan Rovira, ingeniero de las minas y que habitó el chalé que hoy ocupa del Centro de Interpretación. Hay también en la ficción un ingeniero, Gustavo Bartomeu, con un rol destacado en la historia.
Pero si hay un lugar que adquiere vida propia en la obra es la casa que habita la familia Montañés en Pomar y en la que juegan, viven, crecen y se enamoran Sidra, Manuel, Begoña, Paloma, Almudena y Claudia, los hijos de Benito Montañés. Ese lugar literario existe y está en la parroquia de Santa Cruz. Es la finca de Pomar de Frades, rebautizada como la «finca les mellices» en honor a Fe y Esperanza Montaves Zubizarreta, las hijas gemelas del que fuera director real, que habitaron la vivienda hasta la llegada de Hunosa, a partir de 1967. Casi ocho décadas vivió allí la familia. «Constituye, por su diseño y configuración, un ejemplo característico de la arquitectura desarrollada por las compañías, lejos de alharacas esteticistas o inversiones cara a la galería: bien pensado, la Hullera Española sólo se 'dejó llevar' al erigir la capilla del Sagrado Corazón de Jesús de Bustiello, pero en el resto de construcciones de carácter residencial, primó la funcionalidad y la mesura, tanto en la gerencia de Ujo como en este caso que nos ocupa», detalla el reportaje realizado en el Centro de Interpretación. Relata cómo el referente es la construcción tradicional asturiana y cómo con los años fue cambiando de aspecto hasta llegar al actual. También cómo contaba con lujos insólitos para la mayoría de las casas de la época, como biblioteca, despacho y sala de billar. «Son esas dependencias, y esas vivencias, las que palpitan en las páginas de la novela: la biblioteca como reducto inexpugnable de don Benito, lugar de introspección, confesión cotidiana y epistolar al marqués, lugar de decisiones y poder. La escalera, donde las trillizas se sientan y confabulan y sufren los avatares de sus vidas. La galería en la que aquellas mismas nenas bordaron ajuares para bodas no celebradas», se revela.
El pasado que trasciende la ficción está escrito solo en parte y aspira a crecer día a día de manera realista con la ayuda de quienes lo vivieron. Explica María Fernanda Fernández, que su trabajo pasa por desenterrar muchas más historias y hacerlo con el apoyo de quienes fueron testigos sino ya directos sí por referencias del aquel poblado. «Trabajamos para preservar la memoria colectiva», señala Fernández, quien revela que mucha gente empieza a ser consciente del valor que tiene el patrimonio industrial. Y como ejemplo, la placa de locomotora de 1894, la primera que tuvo la empresa, que acaba de incorporarse al centro. La máquina se vendió para chatarra pero quien ahora la dona rescató la placa sabedor de su valor va más allá del de un simple pedazo de hierro. Ya está a buen recaudo y a la vista de todos. 
 Bustiello año 1920. (Foto cedida por Fernando Álvarez Muñiz)

FUENTE:  M. F. ANTUÑA 
 Laura Castañón, autora de la novela.
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