29 de noviembre de 2013

El Escorial asturiano. El monasterio de San Juan de Corias

El sueño que dio origen a Corias.
 
En la parte superior de la imagen, el terreno donde se encuentran los restos de la iglesia primitiva de Corias.
 Dos tablas del retablo del monasterio, tallado en el siglo XVII, recrean la leyenda de la intervención divina en su fundación por los condes Piñolo Jiménez y Aldonza Muñiz.

http://www.lne.es.
La iglesia y las antiguas dependencias del monasterio San Juan de Corias, próximo a Cangas del Narcea, constituyen uno de los más monumentales y valiosos ejemplos del arte religioso monástico asturiano, al punto que se le llegó a denominar el "Escorial asturiano". Su reapertura, transformado ahora en parador nacional, invita a rememorar la leyenda de su fundación .
En la base del retablo mayor de la iglesia, labrado en el último cuarto del siglo XVII, hay dos tablas talladas en las que se recoge la leyenda fundacional del monasterio por los condes Piñolo y Aldonza, y que ya aparece contada en el denominado "Libro registro de Corias", redactado a partir de 1207 por un monje del mismo monasterio llamado Gonzalo Juánez. Según ella, los condes Piñolo Jiménez (Piniolus Ximenez) y Aldonza Muñiz (Ildoncia Munionis) eran poseedores de una inmensa fortuna que no sabían a qué destinar pues no tenían descendencia. Al parecer, según cuenta el P. Risco en uno de los tomos dedicado a Asturias de la "España Sagrada", habían tenido cuatro hijos que murieron "de tierna edad". El conde Piñolo, según se cuenta en el "Libro Registro", fue tocado en su corazón por el Espíritu Santo para que fundara un monasterio, para tener así hijos espirituales, ya que no podía tenerlos de su propia carne. Comunicó el proyecto a su esposa, Aldonza, que participó del mismo con gran entusiasmo, decidiendo ambos mantenerlo en secreto, mientras ponían los medios para proceder a la fundación.
El tiempo fue pasando y el proyecto no se llevaba a cabo. Por ello, Dios intervino nuevamente valiéndose de Suero, un fiel servidor de los condes y su mayordomo, en quien sus señores tenían gran confianza. Una noche, en sueños, el mayordomo oyó una voz misteriosa que le decía: "Levántate. Ve a decir a tu señor que no retrase por más tiempo la realización de lo que tiene pensado, pues lo pensó por mi inspiración y es por consiguiente consejo divino. Que venga, pues, contigo al lugar denominado Corias y allí edifique un santuario en honor de aquel que me preparó el camino en el desierto (San Juan Bautista) y del cual no ha nacido mayor entre los hombres".
Temeroso el escudero de no ser creído por su señor, no se atrevió a contarle su sueño. Por segunda vez, Suero tuvo la misma revelación nocturna, pero nuevamente volvió a callar, receloso de que el conde Piñolo lo tomase por un embustero y perder así su confianza. La visión se repitió por tercera vez y, en esta última, Suero vio descender del cielo una iglesia sostenida por resplandecientes cadenas, que se posaba sobre el lugar desvelado en la primera aparición. La misma voz volvió a hablar al siervo de los condes en los siguientes términos: "Mira y escucha: Ve a decir a tu señor que este lugar y esta iglesia que has visto descender del cielo han de ser dedicados en la tierra a Juan el Bautista. Y tú, que no quisiste obedecer por dos veces mi mandato por temor a no ser creído, llevarás en tu rostro esta señal para que la vea el conde tu señor". Al tiempo que se decía esto, el siervo recibió una fuerte bofetada en la mejilla izquierda, a consecuencia de la cual quedaron impresas las huellas de los dedos en su cara.
Con tales señales en su rostro, el mayordomo no dudó ya en comunicar al conde Piñolo el mandato divino. Sin embargo, el conde no creyó las palabras de su siervo y sospechó que su mujer había contado al mayordomo el proyecto guardado en secreto, por lo que la increpó por su indiscreción.
-"¿Acaso te atreviste a divulgar mi secreto, que sólo a ti había confiado?", le dijo el conde a su esposa, según se cuenta en el "Libro Registro" y traduce Alfonso García Leal en su edición del manuscrito.
-"Ten por seguro, venerable esposo", contestó Aldonza, "que yo, tu queridísima esposa, no me atreví a hacer pública tu voluntad, agradable a Dios. Pero lo que has discurrido fielmente y me has hecho saber en confianza, realmente te lo ha inspirado Dios para que lo lleves a cabo".
El conde Piñolo se dispuso entonces a dar cumplimiento al mandato divino y encargó a su siervo Suero que reuniese los operarios necesarios para emprender la obra. Lo primero en construirse fue un pequeño oratorio dedicado a San Juan Bautista y en él fue consagrado el primer abad de la comunidad coriense, Arias Cromaz, un clérigo que vivía en el mismo palacio de los condes Piñolo y Aldonza y que, quizás, tuvo influencia en la decisión de sus señores de fundar el monasterio. Este Arias Cromaz fue más tarde, en 1073, elegido obispo de Oviedo y regaló al tesoro de la catedral una cajita de plata sobredorada que aún se conserva.
Uno de los hechos más curiosos de toda esta historia es que el terreno escogido para la construcción del monasterio de Corias no pertenecía a los condes fundadores. La elección del lugar, según la leyenda, fue revelada al escudero Suero por inspiración divina y, según consta en el "Libro Registro", era una heredad medio abandonada, áspera e inculta y llena de maleza, situada junto al Narcea, a su orilla derecha, en la que existía ya un pequeño oratorio consagrado a San Adrián. Tanto Piñolo como Aldonza, pero especialmente el conde, poseían un extenso patrimonio disperso por toda Asturias, con notable presencia en la zona occidental y en la misma cuenca del Narcea. Sin embargo, la heredad de Corias pertenecía al conde Rodrigo Díaz que, según el P. Risco, era hermano de doña Jimena, la mujer de Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como el Cid. Así pues, para poder llevar adelante su obra, el conde Piñolo hubo de ofrecer a Rodrigo Díaz, a cambio de Corias, una heredad que había sido de sus padres y, además, un perro sabueso y un azor.
Todo esto ocurría por el año 1043, que fue cuando se constituyó la primera comunidad de Corias, que fue puesta bajo la disciplina de la regla benedictina, que entonces hace su aparición en Asturias. Al año siguiente, 1044, los condes Piñolo y Aldonza hicieron la dotación fundacional del monasterio coriense, que incluía un total de ocho monasterios, entre ellos los de San Miguel de Bárcena (en Tineo) y Santa María de Miudes (en El Franco), seis iglesias y un conjunto de más de treinta villas, localizadas en su mayor parte en el valle del Narcea, así como un importante grupo de población servil.
Previamente a la fundación del monasterio, el 28 de marzo de 1032, los condes Piñolo y Aldonza habían obtenido del rey Vermudo III permiso para construirlo, permutando con el monarca varias posesiones, entre ellas siete castillos y varias villas, además de otras heredades, a cambio de la concesión de "coto" a perpetuidad de la llamada "mandación de Perpera" y de todo el territorio monástico. La denominada "mandación de Perpera", que actualmente es el valle conocido como Monasterio del Coto, recorrido por el río del Coto, había sido donada a los condes por Vermudo III el 11 de mayo de 1031, recibiendo de éstos un caballo bayo valorado en doscientos sueldos, precio muy elevado.
La advocación elegida para el monasterio, San Juan Bautista, ampliamente relacionada con un culto pagano y precristiano de las aguas, y la existencia previa de un oratorio dedicado a San Adrián, apuntan hacia un posible carácter sagrado del lugar de Corias. La inclusión del perro sabueso y el azor, animales ambos empleados para la caza, actividad muy prestigiosa en época medieval y propia de nobles, contribuyeron a realzar el valor de la permuta.


Dos tablas en la parte baja del retablo del monasterio recogen la leyenda: se ve una iglesia que baja del cielo.


Dos tablas en la parte baja del retablo del monasterio recogen la leyenda: los primeros trabajos de construcción de Corias.
 
FUENTE: 

El Escorial asturiano. El monasterio de San Juan de Corias, 1925.
                                      Monasterio de Corias www.facebook.com
El pueblecillo de Corias, en donde radica el aludido convento encuéntrase en la carretera de Ponferrada a La Espina, en la provincia de Oviedo, de cuya capital dista 98 kilómetros, y en el partido judicial y Ayuntamiento de Cangas de Tineo, de cuya capitalidad le separan sólo dos kilómetros, que constituyen delicioso paseo.
Consta de tres barriadas: la principal, o del Convento, como se la llama, situada sobre la carretera comunicándose con ella por el puente romano que figura en una de las fotografías; puente que, a pesar de ser uno  o los innúmeros que en la región abundan, caracterízase por el elegante y sobrio trazado arquitectónico de su arco único, que, sin llegar al atrevimiento del típico de Onís o a la estructura original del de Ambas o Entrambasaguas, en Cangas de Tineo, cuya proyección vertical y desarrollo es en curva, tiene mérito sobrado.Otras dos barriadas son la del Palomar, situada detrás del convento, y colgada en una ladera, por lo que es bien apropiada su denominación, y la de Regla de Corias, al otro lado del Narcea —río importante en la comarca, muy abundante en truchas, anguilas y salmones—, y en la que radica la parroquia. El partido judicial de Cangas de Tineo, situado en la parte más occidental de Asturias, lindando con León—del que le separa el elevado puerto de Leitariegos o Lazariegos, con su laguna y el pico o cueto de Arbas, desde el que se divisan inmensos territorios — y con Lugo, es harto montañoso y accidentado. Cubre en invierno sus cimas la nieve y llueve abundantemente; pero de abril a noviembre disfruta de clima delicioso, que haría del mismo punto incomparable de veraneo y excursiones turísticas si tuviera mejores vías de comunicación, ya que hoy no cuenta con ferrocarril alguno, suspirando toda la comarca por la pronta realización del proyectado Pravia-Cangas-Villablino, que facilitaría no sólo la vida de relación, sino la económica de la región.
En efecto, numerosos viñedos producen ricos caldos, que en nada desmerecen de los más acreditados de Burdeos, por su delicado "bouquet". Bosques enormes, maderables fácilmente, de calidad excelente, como los de Muniellos. Canteras de mármol, minas de carbón, en suma, productos los más variados, sin contar la gran riqueza ganadera, no pueden explotarse ni encontrar salida fácil ni remuneratoria por falta de vías férreas, ya que el arrastre por carretera es penoso y de gran coste.
De sus bellezas naturales no hemos de hablar; bástenos saber que forma parte de Asturias la incomparable para idearnos sus verdes y jugosos prados, sus castañares y arboledas, los altos picos de las montañas, en que prende la niebla, dejando ver entre sus jirones caseríos y aldeas a los que parece imposible llegar.
Copiaremos sólo lo que un dominico ilustre, el padre Alberto Colunga, dice en su "Historia de Nuestra Señora del Acebo", imagen muy venerada, y cuyo santuario situado en alta montaña, próxima a Cangas y Corias, es visitadísimo en piadosa romería el 8 de septiembre:

"Los manantiales da agua limpia brotan abundantes en toda la sierra de los Acebales, y los habitantes los aprovechan con cuidado para regar sus prados, una de las principales fuentes de la riqueza de la comarca. Cuando los rayos del sol primaveral acaban por derretir las capas de nieve que cubren las montañas, y la tierra comienza a sentir, después de los rigores del invierno, los influjos del calor solar, la hierba crece en abundancia por doquiera, los "vaqueiros" suben de la ribera con tus ganados, y conviértese en algazara y contento la soledad y tristeza  del invierno. Las cumbres y las brañas se llenan de ganados; las chozas medio arruinadas por la furia de los elementos durante los meses de ausencia se reparan y animan, y a la clara luz que ilumina el cielo y a las suaves brisas que templan la atmósfera responden  los esquilones de los ganados, las músicas y cantares de los pastores que guardan sus haciendas."
Data la fundación del célebre monasterio del siglo XI, en los años 1032 a 1044. Habitando en sus posesiones señoriales —de cuyo torreón o castillo, próximo al convento, apenas quedan vestigios— los condes D. Piñolo Jiménez y doña Aldonza Muñoz, avisados en sueños por celestial visión, determinaron edificar un vasto monasterio, que cedieron a la Orden Benedictina, y que, andando los tiempos, enriquecido por la piedad de sus señores y la hidalga liberalidad de sus reyes, llegó a extender su jurisdicción absoluta en muchas leguas a la redonda, constituyendo la inmensa posesión un verdadero coto cerrado, con total independencia, hasta Felipe II.
El primer abad fue Dom. Arias Gromar, después obispo de Oviedo, y el último, fray Benito Briones, ejerciendo el cargo entre ambos ciento ocho. En 1835 los benedictinos de Corias hubieron de dejar la abadía. En 1860, un Real decreto del Ministerio de Ultramar cedió a la Orden de Predicadores el monasterio de Corias, extendiendo el entonces juez de Cangas de Tineo, D. Álvaro Peláez, acta a favor del procurador general de aquélla de la posesión.
Aun dada la exageración hiperbólica que representa llamar a Corias "el Escorial de Asturias", fuerza es reconocer su relativa importancia y mérito. Constituyendo un cuadrado regular, de unos cien metros de lado, con dos enormes patios centrales, de los que uno es el claustro, en el que está el cementerio de los religiosos; tiene severo y elegante aspecto la construcción, que, por el color de la piedra, semeja mármol rosa. Tiene 865 huecos; tantos como días del año.
La Iglesia, hermosa y bien proporcionada, tiene al lado de la Epístola el enterramiento de sus fundadores, y enfrente, el del rey D. Bermudo y su esposa, doña Osinda. En la parte baja del altar mayor hay dos relieves, que representan: uno, la aparición del cielo a los condes, y otro, el comienzo de los trabajos para la edificación del monasterio, en el que los ángeles desbrozan el terreno.
El coro, con dos magníficos órganos, guarda una preciosa ágata y un Cristo de marfil traído de Filipinas. Espléndidos libros corales sufrieron depredaciones durante las vicisitudes de las órdenes religiosas en el pasado siglo. Una monumental imagen de San Juan Bautista, en piedra, perteneciente antes a la fachada del convento; otra en madera — una Virgen del siglo XIII—y las imágenes de San Pío V y Santo Domingo en marfil, son, juntamente con un bello, retablo en madera policromada, existente en la sacristía, joyas escultóricas de un valor considerable.
Un gran bosque de algunos kilómetros de extensión circunda el monasterio, como resto de sus grandes posesiones antiguas.
En la villa de Cangas citáremos, para terminar, la casa-palacio de los condes de Toreno, entre otras muchas que ostentan en la fachada escudos nobiliarios, y la Colegiata de la Magdalena, fundada en el siglo XVII por el obispo D. Fernando Valdés, presidente que fue del Consejo de Castilla, cuyos restos descansan en el altar mayor, iglesia que es sólida y de buenas proporciones.

El joven historiador del arte Pelayo Fernández Fernández ha puesto nombre y apellidos a los maestros que trazaron este majestuoso retablo, obra realizada entre 1677 y 1678. www.facebook.com

FUENTE:  El Tous p@ Tous - Sociedad canguesa de amantes del país. http://www.touspatous.es

27 de noviembre de 2013

El encuentro en Paris de Aniceto Sela y el barón Pierre de Coubertin en 1892.

Crónica de un encuentro en París.

El intelectual mierense Aniceto Sela se entrevistó en 1892 con el barón Pierre de Coubertin, pero no llegó a participar en las deliberaciones del congreso que restableció los Juegos Olímpicos.


                                                Barón Pierre de Coubertin.

En la fachada del Colegio Público Aniceto Sela, se colocó hace años una placa para resumir la vida del intelectual más destacado que hasta el momento ha nacido en Mieres. El texto escrito en nuestra lengua vernácula dice así: "Miembru fundador d´Extensión Universitaria y de la Institución Libre de Enseñanza n´Asturies, y representante d´España nel primer Congresu celebráu en Paris, presidíu por Pierre de Coubertain pa la organización de los primeros xuegos olímpicos de la era moderna".
En la inscripción hay que corregir el pequeño error de llamar al barón francés Coubertain en vez de Coubertin, que es lo correcto, pero también sería de justicia revisar el currículo de don Aniceto, ya que el texto se queda tristemente corto al citar sus cargos académicos y además lo del olimpismo no parece tan claro.
La culpa no es del redactor del texto, porque seguramente se limitó a copiar lo que citan la mayor parte de las biografías de nuestro sabio, dando por hecho que este dato deportivo es cierto. Tanto es así, que incluso en 1992 se publicó un libro con el título "Los pioneros del olimpismo moderno. Adolfo Buylla. Aniceto Sela. Adolfo Posada", que abunda en esta cuestión y les confieso que yo mismo tampoco lo he puesto en duda hasta hace muy poco tiempo. Pero la realidad es otra y se la voy a contar en esta página para que ustedes saquen sus propias conclusiones.
Pierre de Fredy, Barón de Coubertin, fue un pedagogo francés que a la vuelta de un viaje por Inglaterra y Estados Unidos, a principios de la década de 1880, empezó a masticar la idea de trasladar a su país la importancia que se le daba allí a la enseñanza del deporte y, dando un paso más, en noviembre 1892 expresó públicamente en una asamblea universitaria de La Sorbona su intención de restablecer los Juegos Olímpicos a partir de un congreso internacional.
Una vez decididos el lugar y la fecha -París, entre el 16 y 23 de junio de 1894- el barón empezó a buscar apoyos en los círculos progresistas de otros países. Para ello contactó en España con la Casa Real y con la Institución Libre de Enseñanza, les envió su programa y a la vez solicitó información sobre aquellas sociedades o personas que pudiesen acudir al evento. Los elegidos fueron tres profesores de la Universidad de Oviedo: Aniceto Sela, Adolfo Posada y Adolfo Álvarez-Buylla, como así consta en diversas cartas y documentos que aún se conservan. Tres hombres comprometidos con el movimiento de renovación pedagógica, que no negaban su simpatía con el krausismo, una doctrina que se había extendido por Europa defendiendo la libertad de cátedra y la adaptación de la enseñanza a los nuevos tiempos.
A aquella asamblea, llamada "Conferencia de París", asistieron finalmente 69 delegados de 12 países que aprobaron por unanimidad la propuesta de restauración de los Juegos Olímpicos y su celebración en Atenas para que quedase clara desde un principio su intención de recuperar el espíritu de los que se celebraban en la antigua Grecia.
En aquel momento, cuando el país heleno se encontraba en una profunda crisis económica y su gobierno no podía hacer frente a la costosa organización, la financiación llegó por sorpresa desde la cartera del filántropo George Averoff, quien donó un millón de dracmas para reconstruir el estadio panatenaico con el mismo mármol blanco del monte Pentélico que había lucido en su origen y por fin, en abril de 1896 se abrió la I Olimpiada de la era moderna.
Pero lo que nos interesa saber es cuál fue la participación real de Sela, Álvarez Buylla y Posada en este logro, una duda que surge cuando vemos que en el primer Comité Olímpico Internacional salido de aquella conferencia están representados únicamente doce países: Argentina, Austria-Bohemia, Bélgica, Estados Unidos, Reino Unido, Grecia, Hungría, Italia, Nueva Zelanda, Rusia, Suecia y la propia Francia, mientras se echa de menos a España.
Es verdad que los profesores estuvieron en París en aquellas fechas y se entrevistaron con Coubertin, pero contamos con un informe sobre el viaje que nos aclara como se produjo aquel encuentro. Lo publicó en agosto de 1894 en la revista "La España Moderna" uno de los viajeros, el catedrático de derecho Adolfo Posada, y es un extenso resumen de aquel desplazamiento organizado por encargo del Director General de Instrucción Pública, quien había comisionado a los tres miembros del llamado "Grupo de Oviedo" para que conociesen de cerca las nuevas tendencias educativas francesas, con el objetivo de importar aquellas ideas que pudiesen mejorar aquí el funcionamiento de nuestras escuelas.
Don Adolfo se apresuró a señalar en su escrito que allí no hubo dietas, viáticos ni cosas por el estilo, de forma que cada cual se pagó sus gastos, "viajando en tercera por un franco diez o un franco veinticinco y comiendo por un franco cincuenta o un franco setenta y cinco". De esta forma, los tres comisionados recorrieron mil kilómetros en los ferrocarriles españoles y más de tres mil en los franceses; pudieron conocer una treintena de establecimientos educativos y estuvieron en Francia cerca de un mes por menos de 500 pesetas.
Llegaron a París a principios de junio y a pesar de que el curso galo no terminaba hasta mediados de julio, muchas de las enseñanzas más interesantes ya habían concluido. Entre las visitas de trabajo a centros de enseñanza de todo tipo, destacaron las que hicieron al Colegio de Francia; la Escuela Normal Superior de Saint Cloud donde se formaban los maestros con un plan de trabajo tan estricto que dejaban el lecho a las cinco de la mañana y se recogían a las nueve y media de la noche; la Facultad de Derecho, que les defraudó por que seguía ajena a cualquier cambio y el Ministerio de Comercio. También estuvieron en la casa del pedagogo Enrique Marion, con el que mantuvieron una conversación de varias horas que le sirvió a Adolfo Posada para escribir su libro "Pedagogos en acción" y sí: en el despacho del barón de Coubertin.
Leamos el párrafo donde se narra este encuentro: "Aprovechando nuestra estancia en París y aceptando la invitación dirigida a la Universidad de Oviedo, por el barón de Coubertin, asistimos a algunas sesiones del Congreso del Sport. Tratábase en ellas de dos temas principales: las condiciones del sport, como oficio y como ocupación de aficionados, y del establecimiento de los juegos olímpicos internacionales. Nuestras muchísimas ocupaciones nos impidieron tomar parte activa en las deliberaciones del Congreso. Lo más interesante para nosotros era conocer al barón de Coubertin, que es uno de los iniciadores y mantenedores del renacimiento de la educación física en Francia. Francamente, yo esperaba encontrarme con un sportman (en lo físico) y me llevé un gran chasco. El barón de Coubertin, persona finísima, agradable, que con tanto entusiasmo defiende los juegos del sport, es un hombre de corta estatura, y que bajo ningún concepto se asemeja a un atleta. No se parece a aquel reverendo, director de Eton, a quien en 1886 conocimos en Inglaterra y que es en su país el más decidido defensor de la atlética. ¡Qué musculatura, que puños los del insigne reverendo Warre!...".
Vemos como en una sola frase se nos aclara todo: "Nuestras muchísimas ocupaciones nos impidieron tomar parte activa en las deliberaciones del Congreso" -escribió Posada-, y no hay más que decir. En cuanto a la pobre impresión que les produjo la apariencia física del barón, no viene al caso. Solo aclarar que el reverendo Warre, al que se cita, fue un profesor del prestigioso Colegio del Rey de Nuestra Señora de Eton, muy cerca de Windsor, donde llegó a ser rector, según parece más por sus éxitos como remero que por méritos académicos. Ya saben, cosas de los ingleses.
Todavía se conservan las tarjetas que llevaron los docentes a la reunión de París y que al parecer usaron muy poco; aunque, siempre atentos a cualquier movimiento que pudiese fomentar las relaciones de amistad entre los países europeos, no dejaron de interesarse por este tema. Un ejemplo es la carta personal que su regreso a España, Aniceto Sela envió a Coubertin preguntándole por las conclusiones del Congreso para difundirlas en la prensa nacional.
Esta tarde comienzan en Mieres los actos conmemorativos del 150 aniversario del nacimiento de don Aniceto, catedrático de derecho, defensor del internacionalismo; secretario de la Junta de Extensión Universitaria y rector de la Universidad de Oviedo; director general de Enseñanza Primaria; delegado por el Gobierno de España ante la Sociedad de Naciones; senador por el partido reformista; empresario y miembro activo de la Asociación Patronal de Mineros Asturianos. Uno de los personajes más interesantes de nuestra historia reciente que aún tiene mucho que enseñarnos.

                                Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: 

Pierre de Coubertin.
 
Barón Pierre de Coubertin, (1915).

http://es.wikipedia.org
Pierre de Frédy, más conocido como el barón Pierre de Coubertin, (París, Francia, 1 de enero de 1863 - Ginebra, Suiza, 2 de septiembre de 1937), fue un pedagogo e historiador francés, y fundador de los Juegos Olímpicos modernos.

Su padre, el barón Carlos Luis de Coubertin, quería que fuera militar, pero su temperamento sensible chocó con la dura disciplina de la Escuela Especial Militar de Saint-Cyr. Decidió dedicarse a la pedagogía, donde se sintió realizado por sus ideales. Se mudó a Inglaterra para perfeccionar sus estudios, donde conoce la «singular» doctrina del cristianismo muscular: la búsqueda de la perfección espiritual por medio del deporte y la higiene. Uno de los más destacados seguidores de esta ideología fue el pastor anglicano Thomas Arnold, del que Pierre se convirtió en discípulo.
Comienza a divulgar estos métodos por toda Francia: Crea sociedades atléticas en los institutos que se asocian en la Unión de los Deportes Atléticos (Union des Sports Athlétiques). Funda la primera revista dedicada al deporte: la Revue Athlétique, logrando que el gobierno francés acceda a incluirla en sus programas de la Exposición Universal de 1889.
El ministro de educación le envía a los Estados Unidos para que continúe su investigación sobre los métodos de enseñanza. El deporte comenzó a ser tomado en serio. De ser practicado por minorías o en el colegio, pasa a estar de moda y despertar entusiasmo
Pierre comienza a soñar con unir en una extraordinaria competición a los deportistas de todo el mundo, bajo el signo de la unión y la hermandad, sin ánimo de lucro y sólo por el deseo de conseguir la gloria, competir por competir, como dice la frase de Ethelbert Talbot “Lo importante no es vencer, sino participar”, frase mal atribuida a Pierre de Coubertin. La idea de Coubertin parecía insensata y chocó con mucha incomprensión.
Intentando convencer a todos, viajó por todo el mundo hablando de paz, comprensión entre los hombres y de unión, mezclándolo todo con la palabra Deporte. Al fin, en la última sesión del Congreso Internacional de Educación Física que se celebró en la Sorbona de París, el 26 de junio de 1894, se decide instituir los Juegos Olímpicos.
En Inglaterra, esta idea no es bien recibida y la opinión pública decide quedar al margen. Alemania reaccionó intentando boicotear los juegos. Grecia se opone, y su jefe de gobierno, Tricoupis, quiso impedir su realización, pues aquel lío salía muy caro a su país.
Coubertin consiguió que el príncipe heredero de Grecia, el Duque de Esparta, intercediera ante el káiser Guillermo, emperador de Alemania cuñado suyo, convenciendo a los ingleses y a su propio Gobierno. El príncipe consigue que se emita una serie de sellos conmemorativos para conseguir el dinero para los juegos. Además crea una suscripción pública con tan buenos resultados que consigue que Jorge Averof, un rico de Alejandría, corra con los gastos de la reconstrucción del estadio de Atenas.
El 24 de marzo de 1896, día de Pascua de Resurrección, el Duque de Esparta, tras un discurso, descubre la estatua del mecenas Jorge Averof. El rey Jorge de Grecia pronuncia por primera vez las palabras rituales:
Declaro abierto los Primeros Juegos Olímpicos Internacionales de Atenas.
Lema: "Lo esencial en la vida no es vencer, sino luchar bien"
Este modesto principio sería el origen del movimiento olímpico moderno. Los Juegos Olímpicos se han celebrado, con las excepciones de la Primera Guerra Mundial y de la Segunda Guerra Mundial, durante todo el siglo XX y principios del XXI, convirtiéndose en uno de los acontecimientos más populares del planeta.
FUENTE:  http://es.wikipedia.org
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Pierre Coubertin, Biografía.

(Pierre Coubertin, barón de Coubertin) Historiador y pedagogo francés que creó los Juegos Olímpicos de la era moderna (París, 1863 - Ginebra, 1937). Su doble dedicación le hizo concebir la idea de restaurar los Juegos Olímpicos que se celebraban en la antigua Grecia, para fomentar el deporte a escala mundial con fines educativos. Con estos certámenes, limitados a deportistas aficionados, pretendía impulsar las relaciones pacíficas y constructivas entre las naciones, fomentando un espíritu de superación personal, juego limpio y sana competencia (el «espíritu olímpico»).
En 1888 proclamó en la Universidad de la Sorbona la restauración de los Juegos Olímpicos, cuya primera edición moderna se celebraría en 1896 en Atenas, para enlazar simbólicamente con las raíces griegas. Creó el Comité Olímpico Internacional, del que fue segundo presidente (1906), tras ceder una primera presidencia honorífica a un griego. Coubertin reglamentó los juegos y presidió la organización de las Olimpiadas de París (1900), San Luis (1904), Londres (1908) y Estocolmo (1912).
Coincidiendo con el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914), que interrumpió la celebración de los Juegos cada cuatro años, diseñó la bandera olímpica con los cinco aros enlazados (símbolo de la fraternidad entre los cinco continentes). En 1925 dimitió, al haberse arruinado donando toda su fortuna al «movimiento olímpico» y no poder seguir apoyándolo financieramente.

FUENTE:  http://www.biografiasyvidas.com
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Pierre de Coubertin, “el más famoso desconocido de la historia”.

Al igual que ocurre en todos los tipos de historia, la historia del deporte también cuenta con numerosos expertos, defensores acérrimos de sus hipótesis acerca de los diferentes hechos ocurridos en el pasado. No es casualidad que el olimpismo sea un claro ejemplo de ello. Los medallistas, las sedes o la creación de los distintos organismos son objeto de estudios profundos que requieren la visita a numerosos archivos, la consulta de infinidad de fuentes y la traducción de textos del griego, del francés o de cualquier idioma que se preste.
En España el cabecilla y el que quizás ha dedicado más tiempo a ello es Conrado Durántez (Ferrol, 1935), presidente de la Academia Olímpica Española (AOE) y de la Asociación de Academias Olímpicas Iberoamericanas, presidente de honor del Comité Internacional Pierre de Coubertin y miembro de la Comisión para la Cultura y la Educación Olímpica del COI, entre otros cargos. Él, magistrado del Tribunal Superior de Justicia en la actualidad, desde que –como nos comenta- “visité Olimpia el 1 de junio de 1961 y me impresionó tanto”, lleva más de medio siglo trabajando en estas investigaciones.
De todas maneras no es el único, ya que desde sus comienzos le han salido competidores, o como él los llama, “rebuscadores de prensa”. Periodistas del Mundo Deportivo como Joan Fauría o historiadores como Félix Martialay y Fernando Arrechea (Tarragona, 1972) han tratado de echar abajo algunas de sus, para ellos, teorías. Este segundo, con el que tuvimos la oportunidad también de hablar, se adentró en este mundo “después de leer en 2004 una noticia que decía que el COI alteraba el medallero de 1900 y que España tenía una medalla de pelota vasca ganada por unos tales Villota y Amézola”. La noticia le “intrigó” y se puso a indagar ya que “vio que nadie lo investigaba”.
Así lo cataloga el señor Durántez, quizás el mayor conocedor en el mundo de la vida de Pierre de Fredy, barón de Coubertin, del que ha escrito numerosos libros y al que ha dedicado gran parte de su tiempo de sus disquisiciones. Como explica, pese a que el olimpismo con sus juegos se han erigido en los albores del siglo XXI como la fuerza sociológica del momento, la abundante obra escrita por él legada y todo las batallas en las que luchó para lograr el triunfo de su empresa van hundiéndose en la penumbra del olvido.
Pierre de Coubertin, como es conocido mundialmente, nació el 1 de enero de 1863 en París (Francia) en el seno de una familia acomodada y noble de ascendencia italiana. “Tenía medios, tenía dinero y tenía una instrucción, una educación que le permitía pensar en otras cosas”, añade el señor Durántez sobre el francés, que se graduó en la Universidad de Políticas y vivió durante muchos años en el castillo de Mirville (Normandía). “Era un hombre con inquietudes, un eclairé que dirían los franceses, un visionario que ve 200 años por encima de los que vive”, comenta sobre el hombre que orientó su vida a la pedagogía después de un viaje por Inglaterra y América del Norte.
En  1894 se crea el Comité Olímpico Internacional (COI), dos años después de una conferencia de Coubertin en la Sorbona en la que anunciaba el restablecimiento de los Juegos Olímpicos. Quería crear “un organismo de rectores de aquel movimiento, en el que curiosamente casi todos eran pedagogos”. También en ese momento se designó como primera sede de los JJ. OO. Modernos a Atenas, que tendrían lugar en 1896. Para Conrado Durántez, “son la manifestación más importante de la humanidad, pues el olimpismo es la primera fuerza sociológica de la humanidad”.
Los Juegos de Atenas presentaron algunos problemas de organización, pero se logró que saliesen adelante. No fue tan fácil en los dos eventos siguientes, París 1900 y San Luis 1904, que coincidieron tanto para el señor Durántez como para Fernando Arrechea con “el peor momento de la historia del olimpismo". Explica el magistrado que en la ciudad francesa, al barón “no le gustó nada que coincidiesen con la Exposición Universal, ya que pretendía que no existiesen. Esa exposición opacó los Juegos”. Por su parte, el señor Arrechea califica de “patochada” la edición de 1900. También la de 1904, en la que  se celebraron paralelamente “unos juegos antropológicos que se hicieron para reírse de los indios, de los pigmeos y de otros pueblos minoritarios”. Concluye que fue una época en la que el olimpismo “estuvo en crisis total y los Juegos Olímpicos habían desaparecido”.
¿Los Juegos fantasma o los Juegos que salvaron el olimpismo?
El primer punto en el que chocan las teorías de los dos entrevistados es el del evento celebrado en Atenas en 1906, a los que, como indica Conrado Durántez, Pierre de Coubertin “no quiso asistir”. Ambos coinciden en que “estuvieron mejor organizados que los anteriores”, pero Fernando Arrechea subraya que “suponen el resurgir, la primera vez que se hacen unos Juegos Olímpicos serios con participación de casi todos los países”. En cambio, el magistrado gallego se basa en la hipótesis del COI, que “no los reconoce, los llama Juegos fantasma o Juegos espurios pues nunca fueron Juegos Olímpicos”. “Coubertin –añade- también lo dijo y no quiso viajar a Atenas”, algo que el historiador catalán rebate, argumentando que “a Coubertin, que fue el presidente del Comité Olímpico francés para esos Juegos, no le gustaron porque le suponía una pérdida de poder y de control para él. Los aceptó a regañadientes porque no tuvo más remedio. Y en cuanto pasaron esos Juegos y él recuperó el poder, el control completo del COI, los borró, como si nunca hubieran existido”. Reitera que “es algo muy injusto porque esos Juegos salvaron el olimpismo”.
"Nunca fueron unos Juegos Olímpicos"
En el año 2004 se organizó un simposio en Volos (Grecia), previo a los Juegos de Atenas para discutir si el COI reconocía o no estos Juegos. Al señor Durántez, nos cuenta, le tocó “una ponencia sobre la participación hispánica en los Juegos de 1906” y sacó la conclusión de que “ningún país había participado, ni España, ni nadie”. En ese momento de la conversación agrega que “además lo organizó el Comité Olímpico Griego, no el COI”. El señor Arrechea contesta: “Eso es hablar por hablar”. 
Según él, en la organización de los JJ. OO. de París 1900 y en los de 1904 tampoco intervino el organismo internacional. Afirma que si que fue un comité local griego, pero se llamaba “Comité de los Juegos Olímpicos y ni siquiera figuraba el nombre de Grecia”. Prosigue, apuntando que los de Atenas 1906 “iban a ser los primeros Juegos intercalados, pero había intención de hacerlos cada cuatro años en Grecias, es decir, en 1910, en 1914, en 1918, etc. Pero lo que ocurrió fue que en 1910 no se pudieron celebrar por culpa de una guerra balcánica y en 1914 por la I Guerra Mundial. Entonces –finaliza- se dejaron de celebrar, hecho motivado también por los problemas internos griegos económicos”.
"Supusieron el resugir del olimpismo"
Las conjeturas del tarraconense no acaban ahí: “Se intenta reescribir la historia a medida y eso hay que decir que el COI lo ha hecho mucho. Lo hizo con los de 1900, que en realidad no fueron unos Juegos Olímpicos, pero les vino bien decir que sí, que habían sido los mejores Juegos Olímpicos e incorporarlos al palmarés”. Según él, fue la primera vez que elementos tan habituales en los Juegos actuales como el desfile o la villa olímpica aparecieron en escena. De hecho, precisa que “la mayoría de historiadores hoy en día defendemos que es una alcaldada de Coubertin haberlos borrado del palmarés y que se deberían recuperar y colocar en el lugar que merecen”.
Termina, Fernando Arrechea, aclarando que en aquella época absolutamente nadie tuvo la más mínima duda de que aquellos Juegos Olímpicos eran mucho más olímpicos que los de 1900 o 1904, donde ni siquiera se pronunció la palabra ‘Juegos Olímpicos’”. Remite a quien quiera a consultarlo en hemeroteca –Mundo Deportivo, La Vanguardia, ABC, etc.-.
Los últimos años de Coubertin.
Desde 2008, el programa de los Juegos Olímpicos de Verano incluye 26 deportes con 36 disciplinas y aproximadamente 300 disciplinas. Entre todos hay uno que quizá sea el más desconocido y por el que la gente más se pregunta: el pentatlón moderno. Esta especialidad incluye tiro, esgrima, hípica, natación y atletismo, y en la actualidad se disputa dentro del periodo de dos días.  Fue creado por el barón de Coubertin “como una supervivencia nobiliaria”, afirma Conrado Durántez, “un homenaje permanente que mantiene el COI al francés”, comenta Fernando Arrechea. Apareció por primera vez en los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912 y desde entonces no ha faltado a su cita.
El magistrado asegura que “hoy en día están luchando a brazo partido para mantenerlo y que en su día Samaranch echó una mano para que continuase en el programa, aunque por lo que yo oigo, está en una situación crítica”.  El señor Arrechea pronostica “ que seguirá siglo tras siglo en los Juegos, a pesar de que muchos argumenten que es un deporte minoritario y que se practica cada vez menos”. Remarca que si no fuera porque Coubertin fue el inventor y porque varios dicen que es “olimpismo puro”, ya habría sido suprimido hace muchos años.
Tras Estocolmo, llegó la I Guerra Mundial y la inevitable suspensión de los Juegos que se iban a celebrar en Berlín en 1916. Entre medias, el nobiliario galo trasladó los archivos del COI a Laussane (Suiza) y a partir de ese momento ya nunca más volvió a Francia. Como explica el señor Durántez, “París no reconocía los JJ. OO. y él nunca fue querido ni comprendido en Francia”. Vivió como presidente del COI los eventos de Amberes 1920 y París 1924, dejando el cargo en 1925 al belga Henri de Baillet-Latour.
A pesar de este cambio, su relación con el movimiento olímpico se mantuvo viva hasta el día de su muerte. Conrado Durántez, presidente de la Academia Olímpica Española, nos revela la manera en la que surgió la idea de crear esta entidad. “Después de Berlín 1936, Pierre de Coubertin mandó una carta al III Reich proponiéndole un centro de estudios olímpicos, al que ‘legaría sus papeles y sus ideas de olimpismo recién restauradas –imita las palabras del barón-, contra el cual se han cometido muchos errores y mucho me temo que seguirán cometiéndose’. Entonces se creó el Centro de Estudios Olímpicos de Berlín, dirigido por Carl Diem, un gran amigo suyo”. Todos los esfuerzos tuvieron que detenerse debido al estallido de la II Guerra Mundial y hasta el 11 de junio de 1961, después de una serie de circunstancias, no se crearía la Academia Olímpica Internacional en Olimpia, momento en el que estuvo presente el juez ferrolano. “Es la escuela del olimpismo, una filosofía que dice como tiene que ser el deporte”, puntualiza.
Pierre de Coubertin falleció el 2 de septiembre de 1937 cuando paseaba perdido en sus meditaciones por el Parque de la Grange en Ginebra. El señor Durántez explica que el francés “se arruinó por poner en marcha el movimiento olímpico y los últimos años para él fueron críticos”. Aclara, como anécdota, que “los suizos le ayudaron y hasta Hitler dio un donativo para Coubertin cuando ya estaba en una situación calamitosa”.
                                             Año 1900 - Baron Pierre de COUBERTIN
FUENTE:  Álvaro Alonso Filgueira - http://www.vavel.com

24 de noviembre de 2013

La deuda histórica de la iglesia española y el Gijones, José María Díez-Alegría, (jesuita)

La deuda histórica de la Iglesia española.

Un escalofrío les recorrió la columna vertebral, cuando escucharon la noticia por la radio. “¡La iglesia de los jesuitas arde en llamas!” Aquella lacónica información cambiaría la vida de  tres hombres jóvenes que iniciaban su camino en la Compañía de Jesús. Uno era vasco, otro asturiano y el tercero madrileño. Se llamaban Pedro Arrupe, José María Díez-Alegría y José María de Llanos. Los tres me relatarían en primera persona cómo tuvieron que vestirse apresuradamente de paisano, y experimentar miedo físico cuando les insultaban por las calles de “cuervos” o “grajos”. Tuvieron que hacer su atillo y largarse de España, después de que El Sol en su edición de del 14 de octubre de 1931 publicara los siguientes titulares: “España ha dejado de ser católica. Se acuerda disolver la Compañía de Jesús y nacionalizar sus bienes. Se aprueba el divorcio y desaparece la calificación de hijos ilegítimos”. 

                                                          El asturiano,  José María Díez-Alegría

La deuda historica.
http://blogs.21rs.es
Ellos partieron para del destierro. Pero los que se quedaron  en España vivirían una tremenda tragedia de confrontación, dolor y muerte: la guerra civil que dividió nuestro país en dos trincheras. Lamentablemente una de ellas sería identificada con la Iglesia católica. La Ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura, más conocida como Ley de Memoria Histórica,  aprobada por el Congreso de los Diputados el 31 de octubre de 2007, nos replantea una vieja pregunta: ¿Qué parte de responsabilidad tuvo la Iglesia en aquella contienda? ¿Fue solo víctima o también causante? Si es así, ¿ha lavado su cuota de culpa pidiendo perdón? ¿Ha saldado su deuda histórica como lo pretende hacer la sociedad civil? ¿No sería mejor olvidar? Para responder a estas preguntas hay primero que analizar los antecedentes de la verdadera situación que condujo a aquel drama humano que tendría un importante componente religioso.

La Iglesia y la Segunda República.
¿Qué había pasado en España para que el catolicismo se convirtiera en la  bestia negra de la Segunda República?  La llamada “cuestión religiosa”  tenía antecedentes en vecinos países mediterráneos. Las “Leyes de Separación” promovieron en Francia en 1905 la aconfesionalidad del Estado y la libertad de conciencia y cultos, que condujeron a la educación laica, la disolución de órdenes monásticas y la expropiación de bienes eclesiásticos. Unas medidas que copiaron a su modo los portugueses con la política laicista de 1911, y que, incluso en la dictadura de Salazar, supusieron una ruptura definitiva con el estado confesional. En Italia el gran recorte de las prerrogativas de la Iglesia –libera Chiesa in libero Stato- sería una consecuencia de la famosa “cuestión romana”.
El problema en España llegará a revestir tintes dramáticos. El diplomático   vaticano Domenico Tardini, entonces en el vértice de la Sagrada Congregación de Asuntos Extraordinarios, escribía en sus notas de viaje de 1934: “Los españoles son así: enredo, lío, mezcla de bondad y malicia, de fe e incredulidad, de Iglesia y anticlericalismo”. No deja de ser curioso que una revista italiana, Vita e Pensiero, denunciara en 1931 la escasa sensibilidad social de la Iglesia española, el sometimiento secular de la jerarquía y el clero a la dinastía y el poder; el raquitismo, el atraso de la Acción Católica; y hasta la escasa práctica y superficialidad, dentro de la apariencia tradicional de la religiosidad de nuestro país. Algo que el gran lúcido cristiano y a la vez anticlerical Pérez Galdós ya había evidenciado mucho antes.
Resulta también llamativo que tras la proclamación de la República, las primeras reacciones de la Santa Sede fueran mesuradas y cautas. El nuncio Tedeschini  se mostró cortés y deferente con el nuevo  presidente de la República, y, según el posibilista Ángel Herrera Oria, director del el prestigioso diario católico El Debate, estaba en escasa armonía con el integrista  cardenal Segura, que se había manifestado claramente en contra. Estas negociaciones habían conducido incluso a un primer acuerdo  (septiembre de 1931) que reconocía la personalidad jurídica de la Iglesia, autorizaba la existencia de las órdenes religiosas y  permitía el ejercicio de la enseñanza.
El clima se enrareció en la calle por enfrentamiento entre las bases católicas y progresistas. Parece que, tras la forzada dimisión del cardenal Segura, los ministros intentaron salvar las órdenes de la extinción. Pero el gobierno no pudo con la presión de los diputados republicanos y socialistas. La disolución de la Compañía de Jesús se presentó pues como una salida de compromiso de Azaña, junto a la regulación de las demás órdenes, mediante el sibilino subterfugio de prohibir los “votos que impliquen obediencia a autoridades distintas del Estado” –el cuarto voto al Papa de los jesuitas- y la prohibición de la enseñanza a todas. La laicidad del Estado y las medidas como el divorcio y la enseñanza laica provocaron la declaración conjunta de los obispos rechazando la Constitución, y la encíclica de Pío IX Dilectissima nobis que condenaba el régimen republicano
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Los actores del drama.
La guerra estaba declarada. ¿Quiénes eran los actores de este drama que a la larga nos conduciría a las trincheras? Se puede decir que un buen número de intelectuales eran partidarios de una simple separación Iglesia-Estado. Las clases medias progresistas  consideraban a la Iglesia como un enemigo político, y los socialistas la veían más como una antagonista social, una colaboradora del capitalismo  después de su principal enemigo, los patronos. No faltaba en este debate la fuerte oposición de los anarquistas, que lanzaban sus ataques desde la calle y la Prensa. Se ha hablado mucho de “conspiración masónica”. Pero esta tesis, sostenida  por De la Cierva y últimamente por César Vidal, ha sido desbancada por los mejores especialistas en el tema como Ferrer Benimelli, Victor Manuel Arbeloa y Pedro Álvarez. La masonería influyó en la política republicana sólo como un actor más, sin que se le pueda imputar el protagonismo.
En la cúpula vaticana el nuncio Tedeschini y el secretario de Estado Pacelli  no comulgaban con la postura más intransigente de Pío IX. Entre los obispos dominaba el conservadurismo, defensor del  Estado confesional. Pero no se puede comparar la postura de los integristas Segura y Gomá con la de Vidal i Barrquer, cuyos archivos,  publicados por Batllori y Arbeloa, muestran un interlocutor válido con el gobierno en el primer bienio. El prelado  catalán, que se entrevistará en secreto con varios miembros del gobierno,  no dudó en criticar el documento colectivo de los obispos en una curiosa carta al provincial de los jesuitas, padre Murall.
¿Y qué hacían los curas de a pie? Sus sermones, dada la situación y su formación tradicional, no podían incitar a otra cosa que la confrontación. Entre los laicos se daban los dos extremos: el ala de carlistas, integristas, monárquicos de Renovación y Acción Española; y la de católicos abiertos representados por Alcalá Zamora, Miguel Maura Ossorio y Gallardo,  línea de la que participaba también Unió Democrática de Catalunya. Reglón aparte merecen la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y  El Debate de Herrera Oria, junto a un sector renovado de la Acción Católica, los sindicatos confesionales y Acción Popular, que derivaría luego en la CEDA, con Gil Robles al frente, y que,  a partir de una postura posibilista terminó endureciéndose.
Pero quizás el fulminante del enfrentamiento, más que la secularización de los cementerios y del divorcio, fue el debate sobre la enseñanza. Aun admitiendo que los católicos fueran partidarios de una enseñanza confesional, elitista y segregacionista,  se olvidan figuras comprometidas con las clases obreras y los pobres como los padres Vicent, Ferrís, Nevares, Rubio, Poveda, y los laicos Monedero, Ballester, Herera Oria y y Luz Casanova, entre otros. Lo grave es que la defensa de la enseñanza laica no era una mera aspiración a la neutralidad religiosa, sino también un revanchismo frente al poder secular de la Iglesia. Azaña pensaba que la educación católica se caracterizaba por un integrismo lesivo a los ideales de un Estado moderno y democrático y no consideraba la intromisión del Estado contraria a la libertad, sino necesaria a la “salud pública”.
Pese a las reacciones virulentas, en aquel  catolicismo español no era todo oro lo que relucía. Desde el siglo XIX en la clase trabajadora campesina y las clases medias había comenzado a penetrar un proceso de secularización que se traducía en un descenso de la práctica religiosa y un debilitamiento de la fe. Ya Galdós se indignaba con el bajo nivel clero y la ausencia de un catolicismo renovador, que apuntará luego en revistas aperturistas como Cruz y Raya o en las denuncias de falta de compromiso con las clases trabajadoras de los padres Peiró, Sarabia y Arboleya. Pero en general la teología escolástica del tiempo era un muro berroqueño frente a la renovación que apuntaba allende  nuestras fronteras.
Todo ello, como suele suceder en tiempos de persecución, lejos de dar paso a la revisión de planteamientos, condujo a cerrar filas en torno a procesiones y peregrinaciones multitudinarias.  En caseríos del País Vasco no faltaron gentes que aseguraban haber visto apariciones de la Virgen de luto, rezando por España.
En medio de tal confusión de intereses, donde el sentimiento imperaba sobre la racionalidad, la pregunta clave es siempre la misma: ¿Fue la republicana una política que buscaba una sociedad laica mediante una simple separación Iglesia-Estado? ¿O bien se distinguió por un sesgado anticlericalismo desde el poder civil conculcando derechos y libertades como los de asociación, expresión y enseñanza?
La respuesta parece obvia. Junto a políticos y agentes que buscaban la mera separación Iglesia y Estado para modernizar las instituciones, otros, por el anticlericalismo de sus medidas, provocaron  directamente la confrontación. No se puede decir que la aconfesionalidad del Estado, el dejar de financiar al clero y la secularización de los cementerios tuvieran que conducirnos al derramamiento de sangre. Como dice Tuñón de Lara, la famosa frase de Azaña “España ha dejado de ser católica” en su discurso en la noche del 13 de octubre “era inoportuna e impropia de un gobernante de todos, creyentes y no creyentes”. La división de las dos Españas,  que provocaba el famoso artículo 24, no sólo  ponía en bandeja una justificación a la campaña de la derecha conservadora, sino que se volvería a la larga contra los trabajadores, principales víctimas de cuanto vendría después.
La Iglesia, en la que, como en el Gobierno, no faltaron sectores posibilistas partidarios de la convivencia, pecó en lo de siempre: el inmovilismo que le hacía una vez más perder el tren de la historia y en el incorregible alineamiento político de su jerarquía. Sin duda parte del odio que estalló aquellos días respondía a una soterrada dinamita de su entonces omnímoda secular tutela  de las conciencias. Pero no fue la laicidad, sino un laicismo militante agresivo y la respuesta de una derecha que siempre identificaba catolicismo con esencias patrias lo que al final desencadenó la tragedia.

Las víctimas y el “nacionalcatólicismo”.
El aumento de la conflictividad social durante el bienio conservador desembocó en los sucesos revolucionarios de octubre de 1934 en Asturias en los que el Ejército tuvo que sofocar una insurrección proletaria. El episodio se saldó con la muerte de cerca de 1.400 personas y con 3.000 heridos, y durante el cual el anticlericalismo resurgió brutalmente. Durante la insurrección, encontraron la muerte 34 religiosos en episodios como el asesinato de los ocho Hermanos de La Salle y un padre pasionista del valle de Turón a la vez que resultaron dañadas o destruidas 58 iglesias, el palacio episcopal y la Cámara Santa de la catedral. Estos hechos de Asturias, avivados por la propaganda partidista que reclamó el castigo y represión de los revolucionarios, evidenciaron el grado de radicalización y división de la sociedad española en dos sectores que unos meses más tarde se enfrentaron nuevamente de manera general y trágica durante la Guerra Civil.
No voy a dar cuenta detallada de la horrible y demencial matanza de sacerdotes, religiosos y simples laicos católicos, amén de la destrucción del patrimonio artístico e histórico, realizados por el bando republicano. Antonio Montero Moreno habla en su conocido libro sobre el tema (Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939,  4ª ed, Madrid, 2000) de 6.832 víctimas religiosas asesinadas en el territorio republicano, de las cuales 13 eran obispos, 4.184 sacerdotes, 2.365 religiosos y 283 religiosas. Vicente Cárcel Ortí, más recientemente,   en su  ”Catálogo de los mártires cristianos del siglo XX”, solicitado por el papa Juan Pablo II en el marco del Gran Jubileo del Año 2000, amplía la estimación con 3.000 seglares, en su mayoría pertenecientes a la Acción Católica, con lo cual la cifra se redondearía en torno a 10.000 el número de víctimas pertenecientes a organizaciones eclesiásticas. La clase obrera asumió la responsabilidad de aquella matanza: “La clase obrera ha resuelto el problema de la Iglesia, sencillamente no ha dejado en pie ni una siquiera [iglesias] (…) hemos suprimido sus sacerdotes, las iglesias y el culto”, llegó a afirmar en un artículo de La Vanguardia de la época.
Por otra parte es obvio el apoyo y soporte ideológico de la Iglesia Católica al gobierno franquista, que sería  recompensado con una situación privilegiada de aquella. Este escenario, conocido como “nacionalcatoliscimo”,  se hizo más patente tras la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial, que se pondría de manifiesto entre otras aspectos en los actos religiosos y ceremonias fúnebres en memoria de las víctimas. Los entierros de “mártires” fueron celebrados por todo el país en actos y solemnidades litúrgicas y sus nombres escritos en las fachadas de las iglesias.
Pero al mismo tiempo nadie reconocía que en el otoño de 1936, tras la toma de control, por parte de las tropas del general Mola, de Guipúzcoa, tampoco pudieron escapar de la represión 16 sacerdotes, 13 diocesanos y 3 religiosos miembros de la Iglesia Católica, considerados hostiles por el bando sublevado en Euskadi, donde mientras se había mantenido el control por parte del gobierno leal a la República, no se produjeron episodios masivos de violencia contra las personas o los bienes eclesiásticos como en el resto del territorio republicano. Sólo recientemente, en 2009, los obispos vascos, dedicaron un funeral en su recuerdo: “Deseamos prestar un servicio a la verdad”, decían en su comunicado. “Queremos contribuir a la dignificación de quienes han sido excluidos y a mitigar el dolor de sus familiares y allegados”, abundaban en otro pasaje.
Terminada la guerra, en abril de 1939, se celebró un acto en la iglesia madrileña de Santa Bárbara en el que Franco recibió la “espada de la Victoria” de manos del cardenal  Gomá, mientras pronunciaba unas palabras en las que describió a sus adversarios como los “enemigos de la Verdad” religiosa. Era el comienzo de un matrimonio Iglesia-Estado, cuyo relativo idilio -la Iglesia tuvo que soportar regalías  la presentación de obispos y recortes en la libertada de enseñanza- con la presencia del hisopo y el palio no terminó hasta los tiempos de la llamada transición.
A pesar de que, en aras de la reconciliación y supuestas las víctimas de ambos bandos, durante dicha transición española el cardenal Enrique y Tarancón  y su sucesor en la presidencia de la Conferencia Episcopal, Gabino Díaz Merchán, se mostraron proclives a no declarar mártires a los ejecutados por las fuerzas republicanas, Juan Pablo II se empeñó en subirlos a los altares, con procesos que se han consumado en tiempos de su sucesor Benedicto XVI.  Tras la modificación en 1983 del Normae servandae in inquisitionibus ab episcopis faciendis in causis sanctorum, que establecía un plazo mínimo de cincuenta años antes de presentar los procesos en Roma, impulsó numerosas causas de “mártires de la Cruzada”, generando un polémico debate entre distintos sectores de la sociedad española, que desembocaron a partir de 1987 en las primeras ceremonias solemnes.

De la Conjunta a Blázquez.
Durante uno de los momentos más participativos de la reciente historia de la Iglesia española, la famosa Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes de 1971, en tiempos vivamente posconciliares, se replanteo la iniciativa de purificar la memoria histórica. La proposición que se sometió a votación entonces, con gran escándalo de la prensa del momento -con contadas excepciones, entre otras del semanario católico Vida Nueva- decía: “Si decimos que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso y su palabra ya no está con nosotros. Así, pues, reconocemos humildemente y pedimos perdón porque no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el pueblo dividido por una guerra entre hermanos”. La propuesta contó con el apoyo de más del 60% de la Asamblea, pero no valió porque se exigían los dos tercios de los sufragios.
El cardenal Tarancon en sus Confesiones (PPC, Madrid, 1996) reconoce que en la carta colectiva de los obispos después de la guerra, según la Conjunta
-La Iglesia aparecía ligada a una de las partes en lucha… (…) Y la Iglesia
aparecía como defensora del capitalismo.
-La Iglesia aparecía como enemiga de los que habían militado en la otra
parte… Esto creaba una situación difícil para la posguerra…
-La Iglesia aparecía desde el primer momento como el apoyo más firme del nuevo Régimen… El nuevo Régimen era, además, confesional -oficialmente católico- en contraposición al régimen persecutorio anterior, y daba con ello una
garantía de fidelidad a la Iglesia.
Y que el hecho de que no alcanzara los votos necesarios, según Tarancón, fue lo mejor, porque las proposiciones resultaban algo “hirientes”. Con todo este único intento colectivo quedaría como único hito histórico.
A título personal, no colectivo, pero como presidente de la Conferencia Episcopal y en el discurso de despedida de su cargo (20-XI-2007) durante  la XC Asamblea Plenaria , Ricardo Blázquez, pidió  perdón por el papel de la Iglesia durante la Guerra Civil. El obispo de Bilbao aseguró que “habrá momentos para dar gracias por lo que se hizo y por las personas que actuaron, y probablemente en otros y ante actuaciones concretas, sin erigirnos orgullosamente en jueces de los demás, debemos pedir perdón y reorientarnos”, añadió citando “la purificación de la memoria” a la que invitara Juan Pablo II.
En este sentido, el prelado afirmó que no es acertado volver al pasado para reabrir heridas, atizar rencores y alimentar las desavenencias, al referirse a las  beatificaciones de mártires en Roma y al aludir a la Ley de la Memoria Histórica. Blázquez dijo también que “la búsqueda de la convivencia en la verdad, la justicia y la libertad debe guiar el ejercicio de la memoria”.  Expresó además su deseo de que los historiadores contribuyan a que se haga “plena luz sobre nuestro pasado: Qué ocurrió, cómo ocurrió, por qué ocurrió, qué consecuencias trajo”. Para Blázquez, esta aproximación abierta, objetiva y científica “evita la pretensión de imponer a la sociedad entera una determinada perspectiva en la comprensión de la historia. La memoria colectiva no se puede fijar selectivamente; es posible que sobre los mismos acontecimientos existan apreciaciones diferentes, que se irán acercando si existe el deseo auténtico de comprender la realidad”.
Tras afirmar que cada grupo humano, como la Iglesia católica, tienen derecho a rememorar su historia y a cultivar su memoria colectiva “porque de esta manera profundizan también en su identidad”, Blázquez dijo que esa actualización del pasado, además de ensanchar la conciencia compartida puede sugerir actuaciones de cara al futuro, ya que memoria y esperanza están íntimamente unidas”. “Pero” advirtió al mismo tiempo que  ”no es acertado volver al pasado para reabrir heridas, atizar rencores y alimentar desavenencias. Miramos al pasado con el deseo de purificar la memoria, de corregir posibles fallos, de buscar la paz”. Para el obispo de Bilbao la búsqueda de la convivencia en la verdad, la justicia y la libertad debe guiar el ejercicio de la memoria, y recordó que un cristiano no puede dejarse llevar del odio, aunque sea en nombre de la justicia.
En su lúcida intervención citó varios documentos de la Conferencia Episcopal Española sobre la necesidad de perdonar por todos los que se vieron implicados en la Guerra Civil, de uno u otro bando, “en acciones que el Evangelio reprueba”, para señalar: “Recordamos la historia no para enfrentarnos sino para recibir de ella o la corrección por lo que hicimos mal o el ánimo para proseguir en la senda acertada”. Refiriéndose a los mártires, monseñor Blázquez destacó que “no denuncian ni señalan a nadie ni guardan rencor en su corazón”,  y que su beatificación “tampoco va contra nadie y a nadie echa en cara su muerte”. “A nadie se acusa, a nadie se pide cuentas”, apuntó.
Durante este discurso, el prelado también hizo referencia al cardenal Vicente Enrique y Tarancón al cumplirse ese año el centenario de su nacimiento. De él, destacó “sus dotes humanas y experiencia pastoral” para dirigir la Iglesia española “en la transición de un régimen personal a un régimen democrático con los numerosos y profundos cambios implicados”. “Era un hombre a quien pusieron en un puesto difícil en un momento difícil”.
Hasta ese momento los obispos habían considerado a la Iglesia víctima de la II República y de la Guerra Civil, pese a haber apoyado el golpe militar que desató la guerra fratricida el 18 de julio de 1936, y bendecido como “cruzada cristiana” las acciones bélicas que desembocaron en una férrea dictadura de 40 años. “La Iglesia, en la guerra civil, fue sujeto paciente y víctima”, proclamó el siete de abril de 2000 el entonces portavoz de la CEE, hoy arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo. El presidente era entonces el cardenal de Madrid, Antonio María Rouco.
Por su parte en el fallido auto de juez Garzón para conocer la verdad, hacer justicia y reparar el derecho de las víctimas (octubre de 2008) instaba a la Conferencia Episcopal a que comunicara a todas y cada una de las parroquias de España (que son casi veintitrés mil) a “permitir el acceso de la policía judicial” para la identificación de los fusilados y desaparecidos a partir del 17 de julio de 1936. Garzón se dirigió a la CEE, que había contestado al juez que no era la institución apropiada para recabar este tipo de información, y cursó un nuevo oficio para que se dé traslado a cada uno de los obispos de las diferentes diócesis españolas para que impartan las órdenes oportunas a cada una de las parroquias y aporten la información que requirió el juez “en aras a la colaboración con la Administración de Justicia”.
Al margen de este aspecto, el secretario general del Episcopado, Juan Martínez Camino manifestó que no hay un pronunciamiento oficial por parte de la CEE sobre la Ley de Memoria Histórica, aunque advirtió que si ésta “pone en peligro la reconciliación, sería innecesaria”. En todo caso, señaló que la Iglesia defiende que todas las familias, de todos los frentes, “puedan conocer la historia de sus seres queridos” y recordó que algunos de los que la Iglesia beatificó en Roma “no saben donde están enterrados” y pidió que no se haga de la ley “un enfrentamiento ideológico y político que ponga en peligro el bien común”.
En parecida línea se pronunció el obispo de Santander, monseñor Vicente Jiménez Zamora, cuando en declaraciones a RNE dijo que la Ley de Memoria Histórica, puede “inducir a cierta disfunción” y a “elementos de no pacificación” dentro de la sociedad, después de “un gran esfuerzo de todos” para la “reconciliación” y la “convivencia”, considerando la ley “innecesaria” porque “se había hecho un gran esfuerzo por parte de todos en reconciliación y convivencia fraterna”, a través “del pacto que nos dimos todos los españoles al aprobar la Constitución Española”. En este sentido, afirmó que también la Iglesia realizó ese “esfuerzo”, puesto que “fue factor de la Transición política”. Agregó que “durante todos estos años nos ha ido bien”, de modo que en España “hemos crecido en convivencia y en armonía”.
Hay que reseñar un último dato anecdótico y reciente. El 29 de noviembre de 2009, el obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig, celebró la misa anual en el cementerio de los mártires de Paracuellos del Jarama junto a  una bandera de España con el águila franquista que decoraba el altar. Tras concluir la ceremonia, encabezó una procesión por las siete fosas de fusilados durante la Guerra Civil por el bando republicano. Durante la homilía se refirió a la matanza de Paracuellos en el que describe el lugar como “la catedral de mártires más grande levantada jamás pues ha sido construida con la sangre de miles de mártires. Muchos de ellos elevados a la gloria”. Reig  con su presencia en Paracuellos  rompía un lustro de ausencia episcopal en dicho homenaje. Poco  después dijo que la bandera se la encontró allí y  reconoció su error: “Ni personal ni institucionalmente me siento identificado con posición política alguna y lamento con gran dolor cualquier manipulación al respecto”.
En conclusión: La guerra fue un periodo de insania y locura colectiva, y de una guerra civil es muy difícil trazar una frontera, pues todos  tuvieron sus razones y todos en su medida fueron responsables y víctimas de aquel desastre. Tras la proclamación de la República la actitud de la Iglesia fue mesurada y cauta. Pero con su posicionamiento colectivo y su apoyo a las clases dominante, con excepciones, de hecho se granjeó el odio del pueblo, azuzado por un absurdo anticlericalismo iconoclasta y asesino y consumó su maridaje con el régimen franquista.
Otros episcopados han pedido perdón y el propio papa Juan Pablo II lo hizo por algunos errores de la Iglesia. La Iglesia española, víctima de una terrible, injusta y cruel sangría, ha purificado de alguna manera su memoria histórica a través de las recientes beatificaciones, amén de los homenajes que por ello recibió durante la dictadura. Pero aparte del amago de la Conjunta, algunos pronunciamientos individuales y las certeras palabras del ex presidente Ricardo Blázquez, nunca ha asumido oficial y corporativamente su cuota de responsabilidad en los desmanes de la guerra civil, su alineamiento con los vencedores en el nacionalcatolicimo, y su ineficacia entonces para promover la reconciliación. ¿Le costaría mucho arrogarse, como CEE, unas palabras tan sensatas y serenas como las de monseñor Blázquez? Sin duda a esta falta de sensibilidad ha contribuido además  en los últimos tiempos el alineamiento de la cúpula episcopal de forma prácticamente exclusiva con la derecha política (PP) y la exclusión más o menos explícita de la militancia cristiana en otros  partidos, supuesto que ninguno de ellos se adecua plenamente con las exigencias del Evangelio.
Es cierto que nada cicatriza las heridas como el paso de tiempo y el bálsamo del olvido. Pero esa reconciliación necesaria sólo se llega a producir plenamente cuando se asume la Historia en todas sus dimensiones. De la matanza de curas y monjas escribió Salvador Madariaga: “Nadie que tenga buena fe y buena información puede negar los horrores de esta persecución. Que el número de sacerdotes asesinados haya sido de dieciséis mil o mil seiscientos, el tiempo lo dirá. Pero que durante muchos meses y aun años bastase el mero hecho de ser sacerdote para merecer la pena de muerte, ya de muchos tribunales más o menos irregulares que como hongos salían de los pueblos, ya de revolucionarios que se erigían a sí mismos en verdugos espontáneos, ya de otras formas de venganza o ejecución popular, es un hecho plenamente confirmado. (Salvador de Madariaga, Ensayo de Historia Contemporánea, Buenos Aires, 1955)
Pero no se puede olvidar la otra cara de la moneda y al mismo tiempo, como afirma Blázquez, ante algunas actuaciones concretas,” sin erigirnos orgullosamente en jueces de los demás, debemos pedir perdón y reorientarnos”.
Creo que en este sentido la Iglesia española, sin dejar de reconocerse víctima,  no perdería nada por pedir perdón de sus evidentes errores en aquel momento histórico. Por el contrario me atrevo a afirmar que este es  su deber irrenunciable, porque a diferencia de otros colectivos, su fundador  le recomendó explícitamente;” Si en el momento de presentar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego regresa y presenta tu ofrenda”. (Mt. 5,23-24). En este sentido tiene una deuda pendiente con la Historia y nuestra conciencia colectiva. Por otra parte, si esto en el cristianismo es una exigencia,  nada dignifica  tanto al ser humano, cualesquiera sean sus creencias, como  pedir perdón y reconocer los propios errores.
FUENTE: Pedro Miguel Lamet - http://blogs.21rs.es
(Publicado en la revista EXODO) - Valorada además la aportación de Josep Cornella a este artículo.

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José María Díez-Alegría, jesuita "sin papeles".
 
José María Díez-Alegría, en junio del 2002. / Foto: SANTI BURGOS.


Castigado por Roma por no aceptar silencios ni censuras, practicó la teología de la liberación en el madrileño Pozo del Tío Raimundo - Escribió "Yo creo en la esperanza".
 
 De lo que fue Alegría, tal como se le conocía entre los suyos, queda como mejor semblanaza la biografía que escribió Pedro Miguel Lamet, publicada  por la editorial Temas de Hoy y que tan bien lo ha definido con su título: Díez-Alegría. "Un jesuita sin papeles" - http://eumelvi.blogspot.com.es

http://elpais.com
El día 25 de junio del año 2010 fallecia en José María Díez-Alegría, uno de los grandes teólogos españoles. Iba a cumplir en octubre de ese año los 99 años de vida. Fue jesuita impenitente, obligado por los inquisidores del Vaticano a dejar la orden de Ignacio de Loyola por no aceptar silencios ni censuras. Pese a todo, nunca dejó de vivir en (y con) la Compañía de Jesús. "Soy un jesuita sin papeles", ironizaba.
Nacido en la sucursal del Banco de España de Gijón, de la que su padre era director, Alegría (al teólogo Díez-Alegría todos le llamaban Alegría) se mudó pronto al bando de los mineros. Una vez le preguntaron cómo un banquero podía ser católico, y Díez-Alegría contestó con esta anécdota brechtiana. Fue un banquero a confesarse y le dijo: "Mire, padre, yo soy banquero". Alegría le respondió: "¡Mal empezamos!".
Díez-Alegría era profesor en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma cuando en 1972 publicó sin la censura previa obligada el libro Yo creo en la esperanza, que en apenas semanas dio la vuelta al mundo. Eran tiempos del posconcilio, aunque ya se vislumbraban nubarrones en aquella primavera eclesial. Alegría había pedido permiso para editar su libro. No ha lugar, le dicen. Toma una decisión que cambiaría su vida. El libro aparece en la editorial Desclée de Brouwer, de Bilbao. Se vendieron 200.000 ejemplares en numerosos idiomas. Su salto a la fama fue fulminante. Quince días más tarde, un periódico de Roma, Il Messagero, y el más importante de EE UU, The New York Times, tronaban: "El best seller de un jesuita español aclama a Marx y ataca a Roma".
Exclaustrado de la Compañía de Jesús, regresa a Madrid y vivirá en una chabola del Pozo del Tío Raimundo, la barriada en la que otro jesuita, el padre Llanos, ex capellán de Falange y ex amigo del dictador Franco, llevaba practicando teología de la liberación desde 1955. Alegría, cuyo sentido del humor y paciencia evangélica no tenían límites, se hizo imprimir esta tarjeta de visitas: "José María Díez-Alegría. Doctor en Filosofía. Doctor en Derecho. Licenciado en Teología. Ex profesor de Ciencias Sociales en la Universidad Gregoriana. Jubilado por méritos de guerra incruenta. Calle Martos, 15. Pozo del Tío Raimundo".
Falleció en la residencia de los jesuitas de Alcalá de Henares. Discípulos, amigos y admiradores peregrinaban allí con frecuencia para disfrutar de su conversación, sabia, pícara, sin pelos en la lengua, de belleza incomparable.
Alegría tenía admiradores incluso entre los jerarcas del catolicismo porque era cristiano irreductible, pese a sus impertinencias con el poder. En eso se parecía a Jesús, el fundador cristiano, crucificado por decir lo que pensaba. En un mundo de eclesiásticos acomodados, que apenas usan el nombre de Cristo porque prefieren las figuras tiernas pero pacíficas y melifluas de María, o la de los papas lujosamente instalados en la soberanía vaticana, Díez-Alegría aconsejaba humildad, volver a Cristo y menos papanatismo. "Hay que citar más a los Evangelios y menos al Papa", decía. En la última conversación con EL PAÍS proclamó que en unos 20 o 30 años se admitiría el matrimonio de los clérigos y, un poco más tarde, el sacerdocio de la mujer. Cuando regresó de Roma, para quedarse en el Pozo, "una nube de periodistas le buscaba por Madrid, como si fuera un famoso actor de cine", recuerda Pedro Miguel Lamet, también jesuita sabio y rebelde, y su biógrafo (Díez-Alegría. Un jesuita sin papeles. Editorial Temas de Hoy. 2005).
La jerarquía ha soportado la fama Alegría con pasmo o pánico. Por ejemplo, el 28 de mayo de 1977. Ese día, EL PAÍS acogía en su primera página una gran fotografía con el jesuita Llanos saludando puño en alto ante 60.000 personas reunidas en el campo de fútbol de Vallecas (Madrid). "El mitin comunista de ayer contó con dos protagonistas de excepción, tan dentro de la lógica de la historia de la Iglesia española como fuera de programa: los padres jesuitas Díez-Alegría y Llanos. El padre Llanos -en la fotografía- saluda, puño en alto, a su pueblo de El Pozo. De alguna manera viene a simbolizar el compromiso histórico de cierta Iglesia pasada dolorosamente del nacional-catolicismo al saludo de identificación marxista", decía el pie de foto.
Díez-Alegría no era marxista, pero tampoco antimarxista. En el libro Rebajas teológicas de otoño escribió un capítulo titulado Recuerdos a Marx de parte de Jesús en el que contaba que tuvo un sueño en el que Jesús se le presentaba y le decía: "Oye, y este Carlos Marx, del que tanto hablan escandalizados mis discípulos actuales, ¿qué me dices de él?". Alegría le recitaba textos de Marx, y Jesús le decía: "Mira, si ves a Carlos Marx, dale recuerdos de mi parte y dile que no está lejos del Reino de Dios".
A los 90 años, Díez-Alegría publicó la segunda parte de su famoso libro, esta vez con el título Yo todavía creo en la esperanza, pero en medio hay muchas otras obras magníficas, como Actitudes cristianas ante los problemas sociales (1967), Cristianismo y revolución (1968), Teología en broma y en serio (1977), ¿Se puede ser cristiano en esta Iglesia? (1987), Cristianismo y propiedad privada (1988) o Tomarse en serio a Dios, reírse de uno mismo (2005).
Pese al temprano castigo por Yo creo en la esperanza, Díez-Alegría no volvió a tener problemas con los inquisidores. Es que manejaba la Biblia con gran conocimiento. Siempre había un Padre de la Iglesia que había dicho antes lo que él sostenía.
Tampoco tuvieron, ni Llanos ni Alegría, problemas con la severa dictadura franquista y nacionalcatólica, obligada, en cambio, a abrir en Zamora una cárcel solo para curas. La explicación fue el origen de los dos protagonistas. Llanos era hijo de un general, y Díez-Alegría, de un banquero de Gijón, además de hermano de los tenientes generales Luis Díez-Alegría, jefe de la Casa Militar de Franco y ex director general de la Guardia Civil, y Manuel, ex jefe del Alto Estado Mayor del Ejército. Un día, el general Luis cometió una infracción de tráfico y el agente que le tomaba nota para la multa, al ver su apellido, le preguntó si era familiar del "famoso teólogo Díez-Alegría".
He aquí una de las historias que contaba Díez-Alegría, con arrobo teológico, para armonizar con la fe católica su radical teología de liberación. Un catequista de mujeres adultas en Andalucía se topó con una joven muy pobre, casada y con hijos, que se había ido a vivir con un viejo.
- Mujer, tienes que volver, no puedes seguir con el viejo.
- Pues claro que sí, señorito. Pero es que el viejo se va a morir enseguida, y me voy a quedar con una casica muy apañada, me traigo a mi marido y a mis hijos, y problema resuelto.
- Pero, mujer, es que eso es contra la ley de Dios.
La mujercita, con convicción: "No, señorito, si yo con el Señor no tengo dificultad. Yo le digo al Señor: Señor, tú me perdonas a mí y yo te perdono a ti. ("por tenerme tan pobre", matizó Alegría), y estamos en paz".
El teólogo José María Díez Alegría, durante la presentación de su biografía, titulada " Díez- Alegría. Un jesuita sin papeles" en 2005. / Foto: MANUEL ESCALERA.

FUENTE: Juan G. Bedoya  "El País" sábado, 26 de junio de 2010.
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José María Díez-Alegría - Biofrafía.
http://infocatolica.com
José María Díez-Alegría nació el 22 de octubre de 1911 en Gijón (Asturias) y fue ordenado sacerdote el 15 de julio de 1943. Era doctorado en Derecho por la Universidad de Madrid y en Filosofía y Letras por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.
El teólogo asturiano también se dedicó a la docencia, que ejerció en centros de la Orden como profesor de Ética en la Facultad de Filosofía de los jesuitas de Madrid y en la Universidad Gregoriana de Roma.
Díez Alegría, fue uno de los 73 teólogos que en el año 2000 firmaron el manifiesto contra la 'Dominus Iesus', un documento del magisterio de la Iglesia que reafirmó la doctrina católica sobre la salvación y la Iglesia.
Anteriormente, en 1970, criticó junto a otros compañeros de la Universidad Gregoriana de Roma la oposición vaticana al proyecto de ley sobre el divorcio, que entonces se debatía en Italia.
Durante la década de los setenta, abandonó la Compañía de Jesús para dedicarse a trabajar junto al jesuita padre Llanos en la zona madrileña de Vallecas, en concreto, en el Pozo del Tío Raimundo.
Díez Alegría participó en el contra Sínodo de 1974 (Ya, 1-10-74). Una conferencia que iba a dar en Las Palmas fue suspendida gubernativamente, pero se aprovechó de la prensa para manifestarse en favor del socialismo, el aborto y el divorcio (La Tarde, 14-2-75; Las Provincias, 14-2-75) por lo que fue desautorizado por el obispo de Canarias (Informaciones, 20-2-75).
La noticia de que abandonaba la Compañía de Jesús causó sensación (Informaciones, 15-3-75), lo mismo que sus explicaciones del hecho: “Por qué salgo de la Compañía de Jesús” (Informaciones, 17-3-75). El provincial de Toledo manifestó que no se le había impuesto la decisión (Arriba, 18-3-75) pero ello no fue óbice para que sesenta y cuatro jesuitas españoles se solidarizaran con el ya exjesuita (El Ciervo, 1.ª quincena, abril, 75; Informaciones, 25-3-75), en un abierto acto de rebeldía que no tuvo consecuencias adversas.
A partir de su exclaustración fue uno de los más decididos partidarios del diálogo con el marxismo (Triunfo, 31-1-76) y uno de los setenta y seis “intelectuales” que se manifiestan en contra de la exclusión del Partido Comunista (La Voz de Galicia, 28-7-76) porque para él el cristianismo es compatible con el marxismo (El País, 27-10-76). Continuó en sus manifestaciones promarxistas (El País, 30-10-76; Diario 16, 13-12-76; Vida Nueva, 8-11-76) hasta anunciar que su voto sería para los comunistas (El País, 22-4-77) y asistió por lo menos a uno de los mítines que organizó el Partido (El País, 28-5-77).
Se mostró contrario a que se mencionara a la Iglesia Católica en la Constitución española (Ya, 4-7-78). Fue uno de los firmantes de un comunicado al Papa, que ya lo era Juan Pablo II, pidiendo se reabrieran las secularizaciones de los sacerdotes que querían contraer matrimonio como una exigencia de los derechos humanos (El País, 25-11-79). Y con otros cuarenta y nueve “teólogos” españoles se manifiestó en favor de Hans Kung, censurado por Roma (El País, 23-12-79).
Desde 1988 fue el presidente de la Asociación de Teólogos Juan XXIII, hasta que fue sustituido por Enrique Miret Magdalena en 1996.
Sobre su vida y pensamiento se presentó en 2005 la obra 'Díez-Alegría, un jesuita sin papeles', escrito por el también jesuita Pedro Miguel Lamet.
FUENTE:  Agencias/InfoCatólica