31 de marzo de 2013

Mención especial a Alfonso Zapico, «Asturiano del mes»

Alfonso Zapico, «Asturiano del mes» de febrero por su brillante carrera como autor de cómic. 

Excelente dibujante autor de la mayoria de los bibujos de este blog.

El joven dibujante de Blimea, galardonado con el Premio Nacional 2012 por su novela gráfica «Dublinés», ya trabaja en una nueva obra ambientada en la Revolución de Octubre de 1934. (La Nueva España - 31.03.2013) 


El dibujante Alfonso Zapico (Blimea, 1981) fue distinguido con el Premio Nacional del Cómic por su obra «Dublinés», un galardón que recogió el pasado mes de febrero. Pese a su juventud, cuenta ya con una brillante y sólida carrera en el mundo de la ilustración y la novela gráfica, y todas sus obras han sido ya editadas en el extranjero. De hecho, su primer gran cómic, «La guerra del profesor Bertenev» se publicó antes en Francia que en España. Con un gran futuro por delante, Alfonso Zapico se ha hecho merecedor del «Asturiano del mes» de marzo de 2013 de LA NUEVA ESPAÑA, diario en el que colabora de forma habitual publicando tiras cómicas e ilustraciones.

La publicación de la novela gráfica «Maus» en Estados Unidos, que acabó ganando el premio «Pulitzer» en 1992, marcó un antes y un después en el mundo de la historieta. El cómic llegó a su edad adulta y abrió el abanico de temas que hasta entonces trataba. Este movimiento acabó extendiéndose por todo el mundo. Alfonso Zapico es uno de los impulsores de la novela gráfica nacional. Por un lado, es heredero estilístico del cómic franco-belga, con Hergé («Tintin») como máximo exponente. La temática de sus obras es, sin embargo, distinta, más amplia. Con «La guerra del profesor Bertenev» se acercó a un episodio histórico relativamente desconocido en España, el conflicto bélico de Crimea (1853-1856), que enfrentó a los rusos contra una alianza occidental encabezada por Gran Bretaña. El libro fue editado en Francia por Paquet en 2006 y, al año siguiente, se alzó con el premio «Romanesque» del festival del cómic (BD para los franceses) de Moulins.

Su segunda gran obra, más ambiciosa tanto estilísticamente como por el tema que abordaba, fue la primera editada en España. «Café Budapest», también de carácter histórico, narra la llegada a Tierra Santa de un músico judío de origen húngaro tras la barbarie de la II Guerra Mundial. Una novela gráfica publicada por Astiberri que le valió ganar el premio «Haxtur» (que otorga el Salón Internacional del Cómic del Principado) de 2008. Las buenas críticas y el éxito de esta obra hizo que por fin, en 2009, de la mano de Dolmen, llegase a España «La guerra del profesor Bertenev». Ambos trabajos, unidos a la juventud del dibujante blimeíno, le hicieron valedor del premio al Autor Revelación del Salón del Cómic de Barcelona, el más representativo de los celebrados en España.

Ésta fue una etapa verdaderamente venturosa para Zapico. El dibujante presentó un proyecto al Festival del Cómic de Angulema, que acabó siendo elegido y que le valió conseguir una beca de trabajo en la «Maison des Auteurs» de la ciudad francesa, la capital mundial de la historieta. De este proyecto surgió su trabajo más premiado y conocido, «Dublinés», una biografía del escritor James Joyce.

Con «Dublinés» llegó la confirmación de Zapico como uno de los más grandes autores españoles de cómic. Con un dibujo mucho más detallado que en obras anteriores, logra un libro que no puede parar de leerse, consigue hacer fácil la complicada vida, obra y proceso creador de Joyce. Crítica y público alabaron esta novela gráfica, también publicada por Astiberri. Este éxito llevó a la editorial a pedirle a Zapico un nuevo trabajo, en este caso centrado en todo el proceso de elaboración del libro, que había llevado al autor a visitar las ciudades que marcaron la vida del escritor irlandés: Dublín, Trieste, Zúrich y París. El resultado de este trabajo fue el cuaderno de viaje «La ruta Joyce».

Pero el mayor reconocimiento a esta obra llegó el pasado mes de octubre, cuando el Ministerio de Educación y Cultura le otorgó el Premio Nacional del Cómic 2012. Un galardón creado en 2007 y que equipara el cómic con el resto de las bellas artes. Zapico ya trabaja en su nuevo proyecto, con la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias como protagonista. Y prepara estos días, en Panamá, una nueva obra dedicada a narrar las peripecias de la expedición de Núñez de Balboa que descubrió el Mar del Sur.
Ilustración de: Alfonso Zapico.

FUENTE:  LA NUEVA ESPAÑA.

26 de marzo de 2013

Nos dejo Felipa, Mieres esta un poco más triste

Hasta siempre, Felipa

 Felipa del Río, junto a su hijo Narciso, acompañada de Antonia, viuda del ex alcalde de Aller Aquilino Vega, y María

La mierense que dedicó su vida a intentar restañar las heridas que se abrieron con la Guerra Civil

http://www.lne.es
En la madrugada de este 23 de marzo ha muerto Felipa del Río; sin ella Mieres se hace un poco más pequeño. La conocí buscando testimonios directos de los hechos de octubre de 1934 y los desastres que vinieron después, en unos años en los que aún era fácil encontrar a los testigos que lo habían vivido. La primera sorpresa llegó cuando pude comprobar que, al contrario de los demás, Felipa no se limitaba a guardar sus recuerdos, si no que seguía comprometida en dos empeños: honrar la memoria de quienes habían muerto en aquellos años por defender la Libertad y reclamar los derechos de sus familiares.
La verdad es que no recuerdo cual fue el momento en el que dejé de anotar los datos que me iba contando, pero sin darme cuenta, lo que había empezado como un trabajo de campo, acabó transformándose en una amistad en la que los detalles con interés histórico empezaron a alternarse con las impresiones personales y los comentarios sobre la realidad de cada día. De forma que el bolígrafo acabó arrinconado por la palabra y aunque haya nombres y situaciones que solo ella recordaba y que ahora mi mala memoria me impide repetir, no me arrepiento de haberlos perdido para siempre.
Felipa del Río Fernández había nacido el 13 de septiembre de 1917 en Villagómez La Nueva, un pequeño pueblo de la provincia de Valladolid; sus padres fueron Emilia y Mariano, que trabajaba allí como herrero, y ella fue la última de los seis hijos de aquel matrimonio (tres hermanos y tres hermanas).
En 1919, después de una sucesión de malas cosechas que llevó el hambre a la Tierra de Campos, fueron muchas las gentes que vinieron hasta las cuencas mineras asturianas atraídas por los salarios que ofrecía la explotación del carbón. Así llegó aquí mi propia familia, y también la de Felipa, que entonces solo tenía dos años.
Ya en Mieres, su padre empezó a trabajar en una pequeña fragua a la entrada de El Peñón, mientras los tres hermanos varones también se incorporaban al trabajo minero. Dos de ellos salvaron sus vidas en julio de 1923 cuando ocurrió en el interior del pozo Baltasara un accidente que dejó 13 muertos. La conmoción de aquel día fue el primer momento trágico en la vida de Felipa, que aún era capaz de contar como los niños que querían acercarse hasta el castillete fueron apartados por los adultos para que no pudiesen ver la salida de los muertos.
La familia del Río vivía entonces en Rioturbio y desde allí se trasladaron a Santa Cruz y luego a Ujo, donde pasaron la Guerra Civil y la posguerra.
Uno de los recuerdos más queridos de Felipa siempre fue la manifestación del 1 de mayo de 1934, porque en ella conoció al que habría de ser su marido, Narciso Gil, hijo de otra familia de emigrantes leoneses, también minero, aunque más tarde trabajó en las obras de la traída de aguas que entonces se construía entre Aller y Mieres. Se casaron en 1936 y el mismo día en que Narciso debía incorporarse a un nuevo trabajo en la Fábrica de Mieres, comenzó la Guerra Civil en la que él participó dentro de un batallón que operaba en la zona de Colloto, obteniendo el grado de teniente.
Tras la victoria franquista, Mariano, el padre de Felipa, que nunca había tenido significación política, fue asesinado, arrojado por unos falangistas al paso del tren en la estación de Ujo. Por su parte, Narciso también estuvo detenido en la misma población hasta que fue trasladado a la cárcel de Oviedo donde tras un simulacro de juicio cayó fusilado el 31 de mayo de 1938. Desde entonces está enterrado en la Fosa Común del cementerio de San Salvador.
Felipa pudo llegar aquel día hasta el lugar de los disparos con tiempo para recoger unas balas que hasta hace pocos años conservó como un tesoro y que ahora están incrustadas en el monumento que señala el punto en que se producían los fusilamientos.
Con el final de la guerra, quedaron a su cargo sus hijos, Narciso y Olga. En cuanto a sus hermanos, uno también murió en el frente de Bilbao, casi al mismo tiempo en que nacía su hijo en Mieres, y el segundo desapareció dejando viuda y seis hijos, aunque seguramente sus restos se encuentran en alguna de las fosas comunes del Alto Aller. El tercero pasó en prisión más de una década, primero por su pertenencia al ejército republicano y más tarde por su militancia política.
Toda la familia tuvo que vivir entonces de lo que daba una pequeña tienda abierta en su casa de Ujo, ayudándose con el estraperlo que las mujeres realizaban yendo a buscar productos de primera necesidad a León para venderlos clandestinamente en Asturias. Felipa fue testigo en varias ocasiones de la muerte a tiros de algunos compañeros cuando intentaban escapar de la Guardia Civil que perseguía esta actividad vigilando los trenes que volvían de la Meseta.
Por esta actividad su madre Emilia fue detenida y condenada a 200 días de reclusión domiciliaria y en 1942 ella misma pasó 100 días en la cárcel de Oviedo al no poder hacer frente a una multa de 1.000 pesetas.
En los años 60, tras cuatro años sin recibir noticias de su hijo Narciso, que se había trasladado hasta Belmonte de Miranda para solicitar un trabajo, decidió dejarlo todo y emprender su búsqueda; por fin pudo encontrarlo en Bilbao y se quedó trabajando varios años junto a él en el País Vasco, primero con un pequeño comercio y luego en Zarautz cuidando a una anciana, hasta que en 1972 regresó definitivamente a Mieres.
Aquí empezó a participar desde su creación tanto en las actividades de la Asociación de Familiares y Amigos de la Fosa Común de Oviedo como en la Asociación de Viudas de la República «Rosario Acuña», desarrollando un trabajo infatigable que la llevó a recorrer juzgados, archivos y despachos y a mantener encuentros con los políticos de aquellas primeras legislaturas del postfranquismo, que, con independencia de su ideología, pudiesen ayudar a solucionar los problemas económicos, jurídicos e incluso de integración social que venían padeciendo aquellas mujeres.
Por fin, la Ley 5/1979, de 18 de septiembre, promulgada por el gobierno que presidía Adolfo Suárez, aprobó el reconocimiento de pensiones y la asistencia médico-farmacéutica y social de las viudas republicanas, con el derecho a acceder a las residencias y hogares del servicio social de asistencia, en igualdad de derechos con los demás pensionistas. Entonces su vieja casa del desaparecido barrio de La Mayacina, se convirtió en un lugar de esperanza para muchas familias que en alguna ocasión llegaron a formar colas ante su puerta buscando un consejo para su situación personal.
Felipa, que no contaba con más formación que su propio aprendizaje, logró establecer contacto con distintas asociaciones que ya funcionaban en otras Comunidades y en el exilio francés y pronto se encontró redactando solicitudes al Archivo Histórico de Salamanca a la vez que rastreaba por registros de toda España la información necesaria para que centenares de expedientes pudiesen resolverse con éxito. Una labor que el pueblo de Mieres reconoció otorgándole el galardón «Mierense del año» en 2006.
Los tres puntales que sustentan la reivindicación de lo que se ha dado en llamar memoria histórica española son la Verdad, la Justicia y la Reparación y, apoyándose en las dos primeras, Felipa del Río acaba de pasar a la historia de Asturias como el símbolo de la tercera -la Reparación- porque, por encima de cualquier otra circunstancia, dedicó su vida a intentar restañar las heridas que se abrieron un día en este país.
Alguna vez la vi llorar recordando los malos momentos, pero nunca jamás escuché de sus labios la palabra venganza. En mil ocasiones la oí hablar de cambiar este mundo por otro mejor. Honrar a quienes dejaron su vida en este empeño, pero sin volver la vista atrás, seguir luchando. Eso es lo que me enseñó.
Con un abrazo para su familia y Marisa, que con tanto cariño la supo acompañar.


FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR
_______________________________________________

Fallece Felipa del Río, un referente para las viudas de la Guerra Civil en la comarca

                                             Imagen reciente de Felipa del rio

Su labor al frente de la asociación «Rosario Antuña» la llevó a recibir en 2007 el premio «Mierense del año»


http://www.lne.es
Felipa del Río falleció ayer en Mieres a los 95 años de edad. Durante décadas fue la integrante más activa de la Asociación de Viudas de la República «Rosario Antuña». Su incansable labor al frente de este colectivo tuvo su reconocimiento en 2007, cuando la veterana activista fue distinguida con el galardón «Mierense del año».

Felipa del Río vivió casi toda su vida en el antiguo barrio del Vasco de Mieres. Su casa fue durante décadas un despacho desde el que intentó ayudar a muchas viudas de la Guerra Civil, tramitando peticiones de pensiones o simplemente dando apoyo moral. Hasta el final de su vida gozó de una enorme energía. Hasta hace apenas unos días, cuando comenzó a sentirse indispuesta, mantuvo su rutina. Falleció a primera hora de la madrugada del 23 de marzo de 2013, a los 95 años.

Del Río fue durante los primeros años de la democracia la cara en la comarca del Caudal de la Asociación de Viudas de la República «Rosario Antuña». Ayudó a decenas de mujeres a acceder a las pensiones y derechos que a este colectivo concedió la ley firmada en 1979. A sus casi 90 años, el reconocimiento le llegó con la concesión del premio «Mierense del año», fue en 2007. «Ya casi sólo quedo yo, fueron muchos años de dificultades», señaló entonces. Felipa quedó viuda en 1938, con una vida por delante para educar a sus dos hijos. El próximo otoño cumpliría 96 años y seguía en la brecha.

Pese a sus firmes ideas de izquierdas, Felipa del Río siempre se mantuvo en un plano de discreción a nivel político. Centró toda su actividad social en fortalecer la asociación «Rosario Antuña», de la que se convirtió en una de sus grandes valedoras.

El funeral se celebro el domingo 24 de marzo de 2013, en la iglesia parroquial de  Santa Marina de Mieres, Felipa del Río fue posteriormente incinerada. Sus restos serán esparcidos durante un acto familiar en una fosa común de la región. Numerosos amigos y allegados arroparon ayer en el tanatorio de Murias a la familia.

FUENTE:  David MONTAÑÉS

25 de marzo de 2013

La plaza de toros de Gijón (el Bibio)

Los toros, en El Bibio
 Plaza de toros, el Bibio de Gijón
Del circo taurino de la carretera de Villaviciosa a los 125 años de su construcción, entre el 2 de enero y el 12 de agosto de 1888.
PRIMER CENTENARIO PLAZA DE TOROS EL BIBIO - GIJON. GIJON TAURINO 1888 - 1988. JUAN MARTIN MERINO
http://www.lne.es
Por estas fechas, hace 125 años, cuadrillas de obreros se afanaban en levantar el que sería el mayor inmueble que viera hasta entonces la villa: una plaza de toros permanente, la primera en la historia de Gijón, levantada sobre unos terrenos de los arrabales orientales de la población, entre la carretera de Villaviciosa y la calle de Ezcurdia, en un lugar denominado El Bibio, posiblemente derivado del término latino bivium (bifurcación, cruce de caminos).
El edificio se diseñó con una capacidad para diez mil espectadores, todos sentados, cuando la población de Gijón era de veinte mil almas. Es decir, la mitad de los vecinos de la villa cabían en el interior de la vistosa y elegante plaza de toros de estilo neomudéjar, con sus fachadas encaladas y de ladrillo caravista.

 Construción del Bibio-2
La primera piedra del coso se había puesto el 2 de enero de 1888, con planos del arquitecto Ignacio Velasco y con el compromiso de la empresa adjudicataria de las obras, Canosa y Goyanes, de tener terminada la plaza para la feria agosteña del mismo año. Así fue. La plaza de toros de El Bibio se inauguró el 12 de agosto de 1888 como un atractivo indudable para la captación de veraneantes.
Y es que la década de los años ochenta del siglo XIX supuso la puesta de largo de Gijón como una urbe moderna, en medio de una potente industrialización y con las miradas puestas en la construcción del gran puerto de refugio de Asturias. Al año siguiente de la inauguración de la plaza de toros, también en el mes de agosto, llegó el agua corriente a la villa con la traída desde el manantial de Llantones, lo que propició la creación del cuerpo municipal de bomberos.

Las raíces Asturianas de Cristina Fernández de Kirchner

La larga lucha de Cristina contra su padre

                 La Presidenta argentina Cristina Kichner

La presidenta argentina mantuvo grandes diferencias con Eduardo Fernández, su progenitor, un empresario del transporte hijo de un gallego y una asturiana de Vegadeo.


La presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, mantuvo grandes diferencias con su padre, Eduardo Fernández, un empresario del transporte público hijo de un gallego y una asturiana de Vegadeo. El periodista Jorge Fernández Díaz, autor de «Mamá», la crónica novelada de la vida de su madre, una emigrante asturiana, se acerca en este artículo -publicado en el diario argentino «La Nación», del que es secretario de redacción- a la raíces de Cristina Fernández a través de las discrepancias con su progenitor, las propias de dos visiones de la vida muy dispares.
El correo electrónico me llegó con una carta afectuosa. Me lo enviaba, como quien entrega un regalo y acaso una contraseña cultural, un decano del periodismo de la Madre Patria. Le pegué un vistazo rápido, lo bajé al papel y lo guardé en un cajón. Los otros días, haciendo una mudanza, me encontré con ese recorte de prensa. Uno nunca sabe qué puertas puede abrir una correspondencia lejana. Se trataba, en fin, de una investigación periodística realizada hace unos meses por LA NUEVA ESPAÑA. Asturias, donde nacieron mis padres y a la que estoy íntimamente ligado, fue pródiga en desgracias de la Guerra Civil, en hambrunas de posguerra y en emigrantes desesperados. La crónica fechada en Oviedo da cuenta de que Cristina Kirchner presumió públicamente de sus ancestros asturianos en febrero de 2009, durante la cena de gala que los Reyes le ofrecieron en Madrid. La presidenta fue condecorada por el Rey Juan Carlos durante esa ceremonia y, visiblemente emocionada, habló de sus abuelos: «Me hubiera gustado esta noche ver sus caras. Se hubieran frotado los ojos y no lo hubieran podido creer», dijo.
Apenas tres años después, impulsados ya por la conmoción que causó en la península Ibérica la expropiación de YPF, los periodistas trataron de reconstruir el árbol genealógico de la «Evita con sangre asturiana». Es así como descubrieron que la pura cepa asturiana provenía de su abuela paterna, Amparo Fernández. Parece ser que su abuelo Pascasio era, en realidad, oriundo de Fonsagrada, un municipio enclavado en los límites de Galicia. Precisamente en una aldea cercana, llamada Mazaeda, viven aún dos primos segundos de Cristina Kirchner: Manuel y Oscar. Ellos aseguran que la abuela Amparo nació en Vegadeo. Y que de ese matrimonio con Pascasio nace Eduardo Fernández, el enigmático padre de la presidenta.                        

 Fonsagrada, (Limites de Galicia y Asturias). Pueblo de su abuelo paterno Pascasio.

 Vegadeo, (Asturias). Pueblo de su abuela paterna Amparo Fernández.

Al leer ese nombre, que lleva mi apellido, sentí la necesidad de saber más sobre el personaje: los hijos de asturianos tenemos una particular seña de identidad y algo nos obliga instintivamente a reconocernos los unos a los otros a lo largo del mundo y del tiempo. No quise versiones extraoficiales. De manera que fui a mi biblioteca y recuperé la biografía oficial de Cristina que realizó Sandra Russo hace dos años. Es un trabajo de indudable valor documental: más allá del relato depurado de su autora, Cristina habla en primera persona y ahonda como nunca en sus orígenes y en su misteriosa vida privada.
Eduardo entró tarde en la familia Wilhem, que es la rama materna de Cristina. Carlos Wilhem trabajaba en la Aduana de Río Santiago, había sido simpatizante del conservadurismo popular bonaerense y se había hecho peronista. Según su nieta, Carlos era de «cagarse a tiros con los radicales» y solía llevar a los dos varones de la familia «a desinflar las gomas de los autos de los radicales cuando hacían sus mítines». Fue Wilhem quien la subía a las rodillas de chica y le mostraba «La razón de mi vida», la autobiografía de Evita, cuando todavía no sabía leer: Cristina miraba atentamente los trajes y los vestidos de la Perón. La hija de Carlos Wilhem era Ofelia, madre de Cristina, empleada de la Dirección General de Rentas, secretaria general del gremio y cultora del General. Cuando llegó la Revolución Libertadora y cayeron las leyes de alquiler, todo el grupo vivió la amenaza de un desalojo. La presidenta recuerda esa imperdonable zozobra de infancia infligida por los enemigos de Juan Perón.
Fernández era exactamente lo contrario de su esposa y de sus parientes políticos. «Si para manifestar su antiperonismo tenía que ser radical o talibán, no había diferencia -dice Cristina-. Fue una relación difícil porque mi padre se casó con mi madre después de que yo nací. Yo fui hija de madre soltera. Me enteré después, con el tiempo, viendo mi partida de nacimiento y comparando fechas.»
Amparo y Pascasio llegaron de Asturias «con una mano atrás y otra adelante», se instalaron en City Bell, que era entonces una zona rural, y se dedicaron día y noche al campo. Vendían hacienda y tenían un tambo: Cristina se crio con leche de vaca que sus abuelos ordeñaban y le enviaban cada día. «A ellos les fue bien -recuerda la presidenta-. Empezaron a comprar terrenos, muchos terrenos. Esa locura de los inmigrantes por los ladrillos. Eran cinco hermanos y todos se hicieron de una posición. A mi papá, como no le gustaba trabajar en el campo, mis abuelos le compraron un colectivo de la línea 3».
Reconoce la jefa del Estado argentina que heredó del hijo de la asturiana su mordacidad y observación. Eduardo compró luego dos colectivos más y se hizo socio de la empresa. Cuando le presentó a Néstor Kirchner, con sus anteojos cuadrados y su campera verde, el padre le dijo a la hija una frase asturiana: «Éste parece que recién hubiera bajado del monte». Cristina reflexiona: «Yo creo que lo veía parecido a los de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP) que manejaban en ese momento la Unión Tranviarios Automotor (UTA), y era con los que él lidiaba como empleador. Los detestaba».
Su biógrafa sintetiza así su universo familiar: «Una madre sindicalista que no pedía licencia gremial y que convertía su activismo en militancia, y un padre que era empleador y no soportaba tener que discutir las condiciones laborales con el sindicato».
El punto límite ocurrió cuando, una noche de 1971, el hermano menor de Eduardo Fernández desoyó, por una distracción, una orden policial y fue baleado por la espalda. Empezaban las épocas más duras: la izquierda tiroteaba las comisarías y éstas se protegían cortando las calles de la cuadra. Esa muerte fue un shock tremendo, y el episodio volvió a dividir a los Fernández y a los Wilhem. «Mi papá le echó la culpa a la guerrilla -dice Cristina-. Si cortaban las calles era por culpa de la guerrilla. No tuvo rencor con la Policía». Sandra Russo explica lúcidamente varias cosas: hay en la presidenta «heridas inocultables, y su voz brota de una cicatriz»; nunca se psicoanalizó y está acostumbrada a amortiguar sus picos emocionales derivándolos hacia el análisis político.
Pero la verdad es que más allá de ideologías Eduardo Fernández resultó ser, como muchos hombres de aquella generación, muy distante con su hija. Y también fue, según ella misma lo advierte, «un mujeriego». Cuando finalmente se separó de Ofelia y se fue a vivir a otra casa, la joven tomó lógico y definitivo partido por la madre. La biógrafa va al nudo del asunto: «Sus abuelos paternos, los del tambo y los terrenos, le trasmitieron a su padre sus prejuicios». Y escribe sobre Cristina: «Creció escuchando en su propia casa que el que no trabaja es porque no quiere y que los argentinos son vagos». Con cierto desagrado, Cristina mete el cuchillo a fondo al referirse a Eduardo Fernández: «No le gustaban los negros. No sé por qué. Era esa cultura de algunos hijos de inmigrantes».
La riqueza del relato estriba en que la niñez y adolescencia suelen ser el perfecto laboratorio humano que explica muchas de nuestras actitudes de adultos. No se puede caer, sin embargo, en el facilismo de analizar la política desde el psicoanálisis. Sí vale la pena reflexionar sobre ese hogar de desavenencias que tan claramente reproduce uno de los grandes conflictos argentinos.
Los inmigrantes, cualquiera que fuera su idea política, trabajaban de sol a sol, sin francos ni beneficios, sin ninguna ayuda ni protección. Los emigrantes internos que llegaron a las ciudades atraídos por la industrialización peronista obtenían francos, vacaciones pagas, aguinaldos, defensa sindical y muchas veces regalos del Estado. El encontronazo entre esos dos migrantes surgidos de la pobreza generó un inmediato resentimiento. La palabra «negro», que articulaban con bronca algunos españoles, italianos, polacos y turcos, no tenía nada que ver con el desprecio de las aristocracias ni con una lucha de clases ni con una guerra de etnias. Si quienes traía el peronismo hubieran sido chinos, pelirrojos o seres a lunares y a cuadritos, hubiesen recibido apelativos tan horribles como el que usaba el padre de la presidenta. Y de ese conflicto entre pobres y desharrapados no tuvieron la culpa Perón ni sus enemigos. Sólo se trató de una fatalidad de la historia del siglo XX.
Muchos inmigrantes se hicieron radicales para frenar al movimiento que daba cobijo a esos competidores «injustamente» beneficiados, y muchos hijos de ellos nos hicimos peronistas en rebeldía juvenil contra nuestros padres. Yo mismo tardé quince años en reconciliarme con el mío. Con Marcial Fernández, que no era más que un mozo de bar a quien los peronistas despreciaban por «gallego bruto». Mi larga lucha contra mi padre y sus creencias, mi amor por lo plebeyo y mi deseo de ser rotundamente argentino tuvieron también un momento de reconciliación personal y política. Fue cuando viajé y me reencontré con la vieja Europa y sus ideas progresistas. Muchos intelectuales del kirchnerismo dan por perdida a la cultura europea, creen que el movimiento nacional y popular debe apartarse de ella y susurran en el oído de la presidenta la música del olvido. Ella luchó incansablemente contra lo que representaba la familia paterna, contra esa otra mitad del país que veía en el living de su casa. Aquel desencuentro, jamás saldado con su padre, se parece mucho a los choques y malentendidos larvados de una sociedad desmembrada que no logra volver a unir sus partes. Tal vez, quién sabe, Cristina pueda remontar la corriente, vencerse a sí misma y terminar con esta fantasmal lucha que libra diariamente contra el mordaz hijo de asturianos que la desafiaba.
Ilustración de: Pablo garcia
 
FUENTE: La Nueva España » Asturama

23 de marzo de 2013

La compañía del Ferrocarril de Langreo

El FERROCARRIL DE LANGREO 

  EL ferrocarril de Langreo se fundó en 1846, con capital mayoritariamente asturiano y domicilio social en Madrid. Sus estatutos fueron aprobados por el Tribunal de Comercio el 11 de julio, bajo la forma de compañía anónima, siendo su capital social de 40 millones de reales de vellón, divididos en 20.000 acciones.
La línea se construyó con un ancho de 5 pies y 2 pulgadas castellanas, lo que equivale a un ancho, aproximado, de 1 435 mm, que se corresponde con el ancho internacional.
El primer tramo de la línea, Gijón-Pinzales, fue inaugurado el 25 de agosto de 1852 por la reina madre María Cristina de Borbón. Como anécdota, la reina madre preguntó, con ironía, inclinándose sobre las vías "si los raíles eran de plata", debido al coste de las obras.
Posteriormente fueron puestos en funcionamiento los tramos Pinzales-Boca norte del túnel de Carbayín (7 de mayo de 1853) y Boca norte del túnel de Carbayín-Vega (1 de octubre de 1854). Finalmente el 12 de julio de 1856 entraba en la estación de Sama de Langreo la locomotora "Villa de Gijón" remolcando un convoy mixto, de mercancías y pasajeros. Posteriormente la línea se amplió hasta Laviana y se construyeron diversos ramales, uno de ellos hasta el puerto de Gijón.
El trazado original de la línea incluía dos obras de especial importancia: El túnel del Conixu y el plano inclinado de San Pedro.


El plano inclinado de San Pedro.
El plano inclinado de San Pedro —o de La Florida— tenía una longitud de 715 m y una pendiente del 12%. Este plano inclinado salvaba los 92 m de desnivel entre la estación de La Florida y la de San Pedro. Era un plano de doble vía, que en sus orígenes funcionaba por gravedad: Los vagones cargados bajaban por una vía, arrastrando a los vacíos, que ascendían por la otra. Posteriormente se dotó de una máquina de vapor para realizar las maniobras.
Fue el único plano inclinado utilizado para el transporte de viajeros en España.
Ambas obras quedaron fuera de servicio el 25 de febrero de 1963, en que se inauguró un túnel de 4.016 m de longitud y 16 milésimas de pendiente, entre las estaciones de La Florida y Noreña.
El plano inclinado y la estación de San Pedro fueron utilizados como escombrera de estériles de mina desde entonces hasta el año 1985.


FEVE
A partir de los años 60 la crisis de la minería asturiana del carbón y el traslado de Uninsa de La Felguera a Veriña supuso un descenso de ingresos para el Ferrocarril de Langreo. EL 2 de junio de 1972, R. Heredia Guilhou, último director de la sociedad, solictó al Estado la rescisión de la titularidad de la concesión. 2 El 12 del mismo mes la línea pasó a ser explotada por FEVE, que se hizo cargo de la, por entonces, compañía ferroviaria más antigua de Europa. 

La historia del túnel que acercó aún más la cuenca del Nalón a Gijón

Cuando el Nalón se acercó más a Gijón Canteli: «Para entrar en el túnel había que tener la sangre muy fría»

La familia Canteli a finales de los años sesenta. De izquierda a derecha y de arriba abajo: los hermanos Enrique, Marino, Isaac, Severino, Alvarino, Manolo, Maruja, los padres (José Canteli y Salvadora Suárez), Adelina y Alvarina.

El túnel de La Florida, variante ferroviaria que dejó sin uso el centenario plano inclinado de San Pedro y un hito en las obras asturianas, entró en funcionamiento hace 50 años



Las crónicas de la época trataron la noticia como lo que era: un gran acontecimiento para la historia de la región. En primera página de LA NUEVA ESPAÑA del día siguiente, 26 de febrero de 1963, un vistoso titular coronaba la fotografía más esperada por los usuarios del Ferrocarril de Langreo: «Adiós al plano inclinado». Por vez primera, un tren de pasajeros había cruzado el túnel de La Florida, la variante ferroviaria que sustituía al centenario plano inclinado de San Pedro de Anes (Siero). Se cumplió medio siglo de la proeza. Un viaje que cerraba el retraso endémico de la línea férrea asturiana.


 Tren de viajeros - Estacion de La Florida

«Cuando funcionaba el plano inclinado, ya en el siglo XX, era una verdadera rareza, muy llamativo. Todos los que viajaron se acuerdan perfectamente, porque era toda una experiencia. Y un síntoma del atraso de nuestros ferrocarriles», explica Javier Fernández López, director del Museo del Ferrocarril de Asturias y autor de una documentada investigación sobre el plano inclinado. Según el estudioso, el plano supuso además un pie forzado que determinó la marcada obsolescencia que llegó a experimentar, a mediados del siglo XX, la línea férrea entre Langreo y Gijón: «La existencia del plano limitó la modernización del Ferrocarril de Langreo», sentencia.
 La solución del plano inclinado es inconcebible hoy en día. El ingeniero que se encargó del diseño de la línea férrea Langreo-Gijón, José Elduayen, debía sortear entre la localidad sierense de San Pedro y la estación de La Florida una gran pendiente, con un desnivel medio cercano al 12 por ciento. Era 1847, y Elduayen, con poca experiencia y abrumado por las cuestiones económicas, diseñó un plano inclinado para vencer la pendiente en vez de practicar un túnel. «Elduayen tenía 23 años y no había visto jamás un ferrocarril. En las décadas precedentes, el plano inclinado era una solución para sortear las montañas. Básicamente, consistía en enganchar los vagones con un cable y subirlos, como si fuera un ascensor. Se admitía como una solución factible, pero ya entonces no se utilizaba en líneas de viajeros, sólo en minas y líneas industriales, porque era muy engorrosa», explica Javier Fernández. Asimismo, la complejidad de las obras y un trágico accidente ocurrido en 1852, con16 víctimas mortales, alargó las obras del plano hasta 1856, año en que fue inaugurado.


  Plano de San Pedro de Anes

Durante las dos primeras décadas de funcionamiento, el plano inclinado actuaba por gravedad: «Los vagones que bajaban cargados tiraban del cable y arrastraban a los que subían. Siempre tenía que pesar más el convoy de bajada, lo que era habitual porque el punto más alto estaba en San Pedro, y los trenes que iban hacia Gijón pesaban más porque iban con carbón», explica Fernández.
Este sistema se modernizó en 1860, cuando se instaló en la parte superior del plano una máquina de vapor de construcción inglesa. «Tenía cabrestantes y actuaba como si fuera un ascensor. En 1908, se instaló una segunda máquina de vapor, más moderna», subraya Fernández.
La última modernización llegó en 1927, con un nuevo sistema de frenado: «Era un freno intermedio de cremallera. Hacía que los vagones no fueran sujetos a un cable, sino a otro vagón con un sistema de seguridad», explica el director del Museo del Ferrocarril. Este último sistema lo conoció Francisco Rato, quien entró a trabajar en el Ferrocarril de Langreo en 1952. «El convoy se tenía que dividir en partes para pasar el plano. Se dividía en San Pedro y en La Florida. Bajábamos hasta ocho vagones de cada vez, cada uno con diez toneladas de carbón. Había que bajarlos en tres tramos. Las máquinas no pasaban el plano, en La Florida había una plataforma para darles la vuelta. Si alguna vez había que transportar una máquina por el plano, se colocaba sobre el vagón-freno, que era en el que iba sujeto el cable», explica Rato, quien estima que en esos años trabajaban en el plano más de 100 empleados.


Un convoy ferroviario inicia el descenso del plano de San Pedro.


El sistema, además de complejo, era ciertamente peligroso, en gran medida por el peso de los convoyes. «En 1945, hubo un gran accidente cuando se desengancharon ocho vagones en San Pedro. Abajo arrollaron el vagón del freno y un tren que estaba atravesado. Fue muy aparatoso y espectacular, pero afortunadamente no murió nadie», relata Rato. A este peligro potencial se unía el gran retraso de atravesar el plano, y que se cifraba en unos 15 minutos en los trenes de pasajeros y más de una hora en mercancías. Por ello, ya en 1958 comenzaron las obras del túnel de La Florida, una gran infraestructura de más de cuatro kilómetros que unía, lo hace aún, la estación de La Florida con el apeadero de Noreña.
Al igual que los trabajos del plano inclinado, los del túnel también tuvieron su cuota de desgracias. Un desprendimiento, una inundación y la quiebra de la empresa que las ejecutaba alargaron las obras hasta 1963 y elevó su coste hasta los 200 millones de pesetas. Aunque ya lo habían transitado algunos trenes de mercancías y un tren especial de socios del Club Ferroviario, que lo cruzó el día de Reyes de 1963, el primer paso de un tren de viajeros regular por el túnel se produjo el 25 de febrero. Pero aún 50 años después de su cierre, nadie que lo hubiera atravesado puede olvidar el plano inclinado de San Pedro.

 Tren bajando el plano inclinado de San Pedro (1950)

En su edición del 27 de febrero de 1963, el diario gijonés «Voluntad», en la noticia que daba cuenta, en su titular, de que «El Ferrocarril de Langreo ya no utiliza el plano inclinado de San Pedro», explicaba: «La obra del túnel duró unos cuatro años, plazo no muy largo, pues hubo que luchar con dificultades muy considerables a consecuencia de las características del terreno». Y finalizaba: «El Ferrocarril de Langreo cuyos puntos extremos son Gijón y Pola de Laviana, además de su interés como servicio de viajeros, tiene una importancia muy destacada en el transporte de carbones, pues lleva al puerto gijonés de El Musel los procedentes de la cuenca del Nalón».
Pero la construcción del túnel, en las tierras de la parroquia sierense de Anes o Samartindianes, no fue nada fácil. Con una longitud de poco más de cuatro kilómetros (algo más largo que el del Metrotrén excavado con tuneladora en Gijón), el de La Florida presentó una gran complejidad por la naturaleza del subsuelo, con abundante arena y agua. Pasaban los meses y las obras, lejos de avanzar, se estaban convirtiendo en un quebradero de cabeza para la compañía del Ferrocarril de Langreo. En un informe redactado por el Grupo de Trabajos Ferroviarios, se afirma que el proyecto fue aprobado mediante orden ministerial del 17 de junio de 1957, «dando comienzo las obras el primero de agosto del año siguiente, debiendo estar finalizadas en idéntica fecha de 1960». No pudo ser. Fue entonces cuando un facultativo de Minas, Manuel Canteli Suárez, tomó cartas en el asunto.
Mayor de nueve hermanos de una familia minera oriunda de la aldea de La Comba, situada muy cerca de Carbayín Alto (Siero), donde la Asturias rural se transforma en cuenca hullera, comenzó a trabajar en la mina muy joven. Su hijo, Javier Canteli Peláez, que actualmente reside en Las Palmas de Gran Canaria y es hermano de la periodista Esther Canteli, relata que su padre «empezó a trabajar en el pozo Mosquitera siendo menor de edad, falsificando la fecha de nacimiento, como tantos que en aquellos años tenía que trabajar desde jóvenes por necesidad».
De la categoría más baja en la mina Manolo Canteli pasó a ser electricista, bombero y vigilante. Con los años estudió facultativo de Minas en la escuela de Mieres del Camino y en 1956 ya trabajaba en un pozo difícil, el Aramil, propiedad de Duro Felguera. «Fue a partir de esos años cuando se especializó en terrenos inconsistentes», recuerda su hijo. Manolo Canteli falleció en mayo de 2010, a los 87 años de edad.
Con el compromiso de sacar adelante la excavación del túnel de La Florida, pero sin dejar de pertenecer a la empresa Duro Felguera, Manolo Canteli, cuenta su hijo Javier, «al ver el trabajo y lo que pagaba el Ferrocarril de Langreo, pensó que era una buena oportunidad para que sus hermanos montasen una cuadrilla» y se metieran en las entrañas de Samartindianes para terminar el túnel.
«Lo que más recuerdo es que mi padre decía que aquella situación ya la había vivido en el pozo Aramil, pero con menos medios; en el túnel él puso la técnica y sus hermanos el laboreo. Cuando terminaron la obra siguió en Duro Felguera, no aceptó una oferta del Ferrocarril de Langreo para incorporarse a la compañía, y también orientó a sus hermanos para que con el dinero que habían ganado acabando el túnel se dedicaran a la construcción en Gijón», entonces una ciudad que requería levantar miles de viviendas para acoger a los trabajadores siderúrgicos que serían trasladados a la nueva factoría de Uninsa desde Mieres y Langreo.
Después de cerrar el pozo Aramil, Manolo Canteli se incorporó a la recién creada empresa pública Hunosa. Estuvo destinado en los pozos María Luisa, Fondón, Samuño y Pumarabule. En Mosquitera fue donde se prejubiló «con 51 ó 52 años», recuerda su hijo Javier. Desde la aldea de El Pollíu, en la parroquia de Santo Toribio de Cocañín, en el concejo de San Martín del Rey Aurelio, corazón de la cuenca del Nalón, Isaac Canteli, con 81 años, rememora su trabajo en el túnel de La Florida, en el que estuvo con otros dos de sus hermanos: Severino y Marino.
«El túnel lo empezaron por cuatro testeros para poder calarlo, pero para hacer esa obra tan importante tenían que haber hecho unos sondeos para saber el terreno que había, que era muy inestable, con bancos de arena; cuando don Carlos Roa Rico (gerente del Ferrocarril de Langreo) vio que no eran capaces a pasar, ya que en vez de avanzar en la arena les estapa tapando, se puso en contacto con los ingenieros de Duro Felguera». Así fue como los Canteli entraron en la historia del túnel.
«Entonces -prosigue Isaac Canteli-, el ingeniero del Mosquitera, que era el vasco José Izaguirre, que tenía a mi hermano Manolo muy considerado, lo llevó a la reunión y en ella Manolo, que era persona sencillina, les dijo que si le daban opción para hacer una selección de mineros se comprometía a terminar. Así entramos nosotros en una obra en la que antes fracasaron tres compañías».
Con Carlos Roa los Canteli no firmaron contrato alguno. El mayor de los hermanos eligió una cuadrilla de diez mineros y se fueron al tajo, «y hubo mineros muy nombrados que cuando entraban en el túnel y veían el peligro que había salían enseguida; había que tener la sangre muy fría». Cuando la cuadrilla se puso manos a la obra, prosigue Isaac Canteli, «el túnel estaba empezado por los cuatro testeros, con dos frentes, uno hacia La Florida y el otro hacia Noreña. Por las ranuras de los anillos (con los que se iba construyendo) se filtraba el agua y la arena, formando una bóveda falsa. Un día que Manolo entró en el túnel dijo: "salir todos que esto va a bajar", y uno que se llamaba Josepón dijo que tenía que ir a por el hachu, y le contestó Manolo: "si vas a por el hachu quedes allá". A los veinte minutos bajaron 50 o 60 metros de túnel y caló hasta la superficie». La obra duró algo más de 23 meses y «pasar costó triunfos», rememora Isaac Canteli. La clave fue «ir despacio, por fases. Abríamos una galería por el medio y metíamos el hormigón franqueando a los lados para recibir el final de la bóveda, y todo a pala, que entonces no era como ahora, que hay máquinas que te suben el hormigón a los pisos. Tengo metidas 40 horas seguidas con un traje de agua y aguantando la marea, era como si te tirabas al río».
Fueron 23 meses en los que, afirma Canteli, «no supimos lo que era un domingo o una fiesta, todo seguido, las veinticuatro horas, a dos turnos de doce horas, y yo llegué a tener a mi cargo a 33 paisanos». Pero cobraron bien, «la base del jornal lo pagaba la empresa y el sueldo fijo eran dos mil pesetas al día».
Cuando por fin se acabó la obra Carlos Roa «no tenía todo el dinero para pagar la deuda, y fue cuando una parte nos la dio con un solar en Gijón, en la carretera de la Costa esquina con la calle del Conde del Real Agrado, frente a la fábrica de Zarracina; ahí hicimos la primera casa», afirma Isaac Canteli, de una empresa que en los años 60 y 70 levantó grandes edificios en Gijón, como el gran bloque sobre lo que fue el Parque Japonés, entre las calles Asturias y Donato Argüelles, en cuyo subsuelo los Canteli, capitaneados por Severino, convertido en prototipo de empresario de éxito (falleció en abril de 2010), hicieron el primer aparcamiento subterráneo de Gijón.
Al final de la obra del túnel, recuerda por último Isaac Canteli, «todos los que estuvimos en la obra le regalamos a don Carlos Roa una maqueta de oro de la montaña, con un tren que salía del apeadero de Noreña». Y así fue la historia del túnel que acercó aún más la cuenca del Nalón a Gijón, facilitando también la afluencia de aficionados rojiblancos a las riberas del Piles. No en vano por la parte de San Martín se suele comentar que «el Sporting es un equipo de El Entrego que juega en El Molinón».
                                        
FUENTE:  F. TORRE / J. M. CEINOS

«los papeles» de Alcalá-Zamora

Apuntes sobre Alcalá-Zamora y Asturias

Gobierno Provisional del 14 de abril de 1931: de pie: Indalecio Prieto, Marcelino Domingo, Casares Quiroga, Fernando de los Rios, Lluís Nicolau d'Olwer,  Francisco Largo Caballero, José Giral, Diego Martínez Barrio. Sentados: Alejandro Lerroux, Manuel Azaña, Niceto Alcalá Zamora, Julián Besteiro y Álvaro de Albornoz.

Tras el feliz hallazgo de «los papeles» de Alcalá-Zamora, sustraídos en febrero de 1937, acaso sea el momento de ocuparnos, en tanto aguardamos con interés la publicación de los documentos recuperados, de lo que don Niceto dejó consignado en las «Memorias» que reescribió en el exilio, no sólo en torno de personajes asturianos de su época, sino también de la Revolución del 34 que le tocó vivir desde su atalaya de presidente de la República. Y es que, a juzgar por lo que se ha venido publicando en los últimos días, da la impresión de que muy pocos leyeron los textos memorialísticos del que fue primer presidente de la II República.

                                  Niceto Alcala Zamora

Antes de nada, recordemos, una vez más, lo que el propio don Niceto dejó escrito a propósito del contenido de sus obras: «La parte final, la más importante, llamábase “Dietario de un presidente”… Fue el libro-registro de todo mi mandato… El primer volumen comprendía los 22 días finales de 1931 y el año 1932. Luego, 1933, 1934 y 1935 tenían cada uno su volumen, siempre con índice alfabético por personas y asuntos que remitía a cada efeméride. Los cien días escasos de mi mandato en 1936 formaban un apéndice breve y movido, reflejo de aquellas turbulencias, prólogo inmediato a la tragedia que siguió a mi destitución”.
Parece indiscutible que lo anotado en torno al 34 asturiano tuvo que ser mucho más minucioso que lo que escribió después. No es arriesgado, por tanto, pensar que los textos recuperados pueden arrojar luz sobre ese episodio tan importante de nuestra Historia en Asturias.
                                         Melquíades Álvarez

Pero, de momento, vayamos a lo más significativo que dice de la región en las «Memorias» reescritas y publicadas.
Uno de los personajes más citados en sus «Memorias» es Melquíades Álvarez. Don Niceto se ocupa con más precisión del fundador del Partido Reformista cuando aborda la última parte del reinado de Alfonso XIII. A lo largo de la República, aunque participó en política, su protagonismo fue menor. En todo caso, las «Memorias» reescritas de Alcalá-Zamora dan buena cuenta de la importancia que tuvo el gran tribuno asturiano en las primeras décadas del siglo XX en la Historia de España.
Tampoco debemos pasar por alto la presencia de Wenceslao Carrillo y de su hijo Santiago, a quien hace responsable último de la sustracción de sus obras.
De otro lado, es mucho lo que don Niceto anotó sobre Indalecio Prieto. Ocuparse de ello obligaría a un espacio mucho mayor del disponible en un periódico. Sin embargo, son muchos los matices y contradicciones a la hora de establecer la relación personal y política entre ambos personajes. Sería interesante indagarlo.
A modo de apunte, vamos a reproducir palabras de don Niceto sobre el 34 asturiano y algunos de sus protagonistas.

Sobre el 34 en Asturias.

Pone énfasis don Niceto en las duras represalias que se produjeron en torno a la insurrección del 34: «En Asturias, la rebelión trascendió la lucha social con rencores y excesos sobre la población civil, y, como suele suceder en casos tales, el encono y el temor de ésta empujó a desafueros de odiosa represalia».
No hace falta decir que el entonces presidente no había estado en modo alguno de acuerdo con los acontecimientos de Cataluña y Asturias, lo que no impidió que se mostrase crítico con los partidos vencedores en el 33 y, sobre todo, con la represión que se llevó a cabo a resultas de aquellos sucesos. Veamos lo que dejó consignado en torno a dos líderes socialistas de entonces: Teodomiro Menéndez y González Peña.
Para empezar, como jurista y hombre de Estado, consideró totalmente fuera de lugar que estos dos diputados fuesen sometidos a consejos de guerra.
Así, «según mi opinión, los dos diputados asturianos Teodomiro Menéndez y González Peña debieron, como todos los demás, ser juzgados por la Sala Segunda del Tribunal Supremo, conforme a la ley de 1912… (…) Fueron los dos diputados sometidos a consejos de guerra ordinarios y ambos condenados a muerte. Lerroux, sin vacilar, se declaró favorable, resuelto al indulto. Me lo dijo y obtuvo de mí la aprobación con las facilidades y auxilios que para ello eran indispensables».
Y veamos ahora su criterio acerca de estos dos diputados: «Aparte de la anomalía jurisdiccional, que era argumento para los dos indultos, presentábase mucho más fácil el de Teodomiro Menéndez, hombre siempre brusco y a veces áspero, más noblote, simpático y generoso, cuya presencia en la rebelión y cerca de los llamados tribunales revolucionarios había servido, ante todo, para salvar muchas víctimas y evitar muchos excesos. El caso muy distinto de González Peña se facilitó de modo sorprendente por las rarezas de la jurisdicción militar, que, con motivo o pretexto de su no siempre conseguida rapidez, abusa de los desgloses y divide en varios procesos la continuidad de una sola causa. De ello resultó que en la seguida contra González Peña individualmente desaparecía la parte repulsiva y de otra índole, o sea, el apoderamiento de los 15 o 20 millones en los bancos, asunto que, sin duda, se llevó a proceso distinto. Borrado eso, la causa contra González Peña era de una vulgaridad desdibujada, como un revolucionario más y oscurecido, cuya culpabilidad se presentaba sobre una serie de andanzas, presencias y desapariciones… Cuando, al cabo de grandes dificultades, pude firmar los indultos, Teodomiro Menéndez me dirigió efusivo telegrama de gratitud, no así González Peña, quien, en abril de 1936, fue el único diputado, entre todos los votantes de mi destitución, que me injurió en voz alta en los pasillos del Congreso».

Ante el asesinato de don Alfredo Martínez.

Si hubo un acontecimiento premonitorio de la tragedia que, andando el tiempo, se iba a cernir sobre Asturias y sobre España, el tal evento tuvo lugar en el lecho de muerte de Clarín. Allí estaban, además de su hijo, Melquíades Álvarez y el médico Alfredo Martínez. Al rector Alas, hijo del novelista y crítico, de la mente más despierta de la España de su tiempo, lo fusilaron tras un consejo de guerra en febrero del 37. Don Melquíades fue salvajemente asesinado en el verano del 36 y a don Alfredo Martínez, galeno del novelista, le dispararon a la puerta de su casa en Oviedo, poco antes del estallido de la Guerra Civil. Antes de morir, tuvo el médico ovetense la grandeza moral de pedir que lo enterrasen discretamente para evitar enfrentamientos callejeros.
El liberalismo asturiano, que nada tiene que ver con el que desde ciertas instancias se enarbola, fue víctima de las atrocidades de la guerra.
Veamos, por último, lo que don Niceto dejó escrito sobre don Alfredo Martínez: «Este hombre leal, bueno y de positivo mérito, que me dejó un excelente recuerdo, más acentuado aún por la grandeza moral mostrada en su larga agonía, cuando murió víctima de un odioso crimen político para el que no había dado ni pretexto».
Para la Historia de España y también para la Historia de Asturias, es seguro que los papeles de don Niceto Alcalá- Zamora serán de sumo interés.

 Manuel Azaña sale de la residencia de Niceto Alcalá Zamora el 17 de febrero de 1936, en una imagen captada por Santos Yubero (de la exposición de la Sala Alcalá 31 de Madrid).

FUENTE:  Luis Arias
____________________________________________________________________
 Biografia de Alcala Zamora.
http://www.biografiasyvidas.com

                                 Niceto Alcalá Zamora
Político español, primer presidente de la Segunda República (Priego, Córdoba, 1877-Buenos Aires, 1949). Participó en la política de la Restauración desde las filas del Partido Liberal, llegando a ser ministro de Fomento (1917-18) y de la Guerra (1922-23) en sendos gobiernos de García Prieto.

Su oposición a la dictadura de Miguel Primo de Rivera le llevó a declararse partidario de la República en 1930, a participar en el Pacto de San Sebastián para derrocar a la monarquía y a presidir el gobierno provisional que se hizo cargo del poder tras la renuncia de Alfonso XIII, el 14 de abril de 1931.
Su presencia en aquel gobierno representaba la adhesión al régimen republicano de sectores conservadores, católicos y de clase media. Pero pronto entró en conflicto con los dirigentes republicanos más avanzados: discrepó sobre todo de la regulación constitucional de las relaciones Iglesia-Estado, hasta el punto de dimitir y ceder la jefatura del gobierno a Manuel Azaña.
No obstante, fue elegido presidente de la República, cargo que ejerció durante cinco años con lealtad a la Constitución; durante el primer bienio entró en conflicto con las predominantes fuerzas de izquierdas; pero no fue mucho mejor su relación con los partidos de derechas que triunfaron en las elecciones de 1933 (enfrentamiento con Gil Robles, indulto al general golpista Sanjurjo contra el parecer del gobierno...).
Tras las elecciones de 1936, que dieron el triunfo al Frente Popular, Alcalá Zamora acabó por ser depuesto como presidente, al haber rebasado el número de disoluciones de las Cortes autorizado por la Constitución en un solo mandato presidencial; una vez más, fue Azaña el encargado de sucederle. Se exilió en París y, más tarde, en Buenos Aires.
En el balance de su actuación política hay que destacar la voluntad de integración que demostró, aceptando lealmente el juego democrático desde posiciones conservadoras; su aspiración de promover una gran opción política de centro que facilitara el consenso estaba condenada al fracaso en una época de tensiones sociales y políticas tan graves como las que acabaron conduciendo -tres meses después de su destitución- a la Guerra Civil.
Alcalá Zamora, famoso por su elocuencia parlamentaria desde las Cortes de la Restauración, fue miembro de la Real Academia Española y dejó una abundante obra escrita (Tres años de experiencia constitucional, Los defectos de la Constitución de 1931, Inventario objetivo de cinco años de República...).

Antonio Menéndez Peláez

El héroe asturiano de la aviación cubana.
                             Antonio Menéndez Peláez
 http://lne.es
Cuba no lo ha olvidado. Los puentes simbólicos que conectan las dos orillas del Atlántico adquirieron un día de febrero de 1936 un sentido literal gracias a la audacia de un aviador asturiano. Nacido en Los Veneros, parroquia de Riberas (Soto del Barco), Antonio Menéndez Peláez fue el primer piloto en volar en solitario de Cuba a España, de Camagüey a Sevilla en nueve etapas entre el 12 de enero y el 14 de febrero de hace ahora exactamente 75 años. Considerada una de las hazañas más importantes de la aviación cubana de todos los tiempos, sus «Bodas de platino» tuvieron su acto de conmemoración el mes pasado en la sede habanera de la Federación de Asociaciones Asturianas de Cuba (FAAC) y su respuesta, ayer, en el antiguo aeródromo de Tablada (Sevilla), punto de llegada de la travesía.

Casi desapercibido en España, Menéndez Peláez (1898-1937) es uno de los héroes escondidos de la emigración asturiana, un sotobarquense de nombre oculto apodado «El águila asturiana» en algún relato de la época en Cuba. Menéndez Peláez salió de Asturias a los trece años y siguiendo los pasos de su padre se estableció en la provincia cubana de Cienfuegos, donde pronto se sintió atraído por la incipiente aeronáutica de principios de siglo, en plena «etapa romántica de la aviación mundial». Con la ayuda de un bodeguero español, estudió aviación comercial en la Lincoln School de Chicago y fundó, de vuelta en la isla, un servicio de taxi aéreo en Cienfuegos hasta que en 1933 ingresó como piloto en la Marina de Guerra cubana.

Del cuerpo armado partió el apoyo para que el intrépido asturiano, ya con ciudadanía cubana, hiciese real el sueño de cruzar el Atlántico en «vuelo respuesta» que pretendía rendir tributo a dos aviadores españoles, Barberán y Collar, que ya habían hecho el trayecto de España a Cuba en 1933. En 1935 compró un avión abandonado, un Lockheed Sirius 8A de madera forrada con tela y cabina descubierta, y lo modificó para transformarlo en monoplaza e incrementar así su capacidad de combustible. Tenía la bandera cubana pintada en el timón de cola y la Marina lo quiso bautizar como «4 de septiembre» para conmemorar la fecha del derrocamiento de Gerardo Machado como presidente de la república en 1933.

Entre el 12 de enero de 1936 en el aeropuerto civil de Camagüey y el 14 de febrero en la base aérea de Tablada (Sevilla) hubo un mes largo con nueve etapas y 12.000 kilómetros, 33 días y en total 77 horas y 40 minutos de vuelo. El salto atlántico, 3.200 kilómetros en 17 horas y 25 minutos, contando los desvíos por el mal tiempo, lo realizó entre la ciudad brasileña de Natal y la Banjul, en Gambia. Los relatos de aquel viaje, recopilados por el médico español residente en La Habana Manuel Barros, incluyeron entonces un recuento de vicisitudes, anécdotas y situaciones de peligro que incluyeron un aterrizaje de emergencia en Guyana por una avería que necesitó trece días de reparaciones en Trinidad y Tobago, una detención en Belem (Brasil) porque el piloto había olvidado el pasaporte en Guyana o una gran tormenta en medio del océano con cuatro horas de vuelo «prácticamente a ciegas y casi a ras de mar».

Al llegar a España, fue condecorado por el Gobierno de la República y recibido por su presidente, Niceto Alcalá Zamora, pero el momento más emotivo debió de ser sin duda el reencuentro que se facilitó unos días después en la casa de sus abuelos en Santa Eulalia de Riberas (Soto del Barco). Antonio Menéndez Peláez, que regresó a Cuba desde Santander a bordo del buque de la Marina española «Cristóbal Colón», fue agasajado con multitud de homenajes, ascendido a primer teniente y condecorado con la orden «Carlos Manuel de Céspedes», la más alta que otorgaba el país en aquella época. La vida marcada por un sueño en el aire terminó por necesidad en un accidente aéreo y el piloto sotobarquense murió menos de dos años después de completar su hazaña, el 29 de diciembre de 1937, a los 39 años, cuando los tres aviones de la «Escuadrilla panamericana», que mandaba el teniente Menéndez Peláez, se precipitaron a tierra en el aeropuerto colombiano de Cali.


En Cuba hay dos placas para que no se olvide la proeza del aviador asturiano, una en el aeropuerto de Camagüey y otra en Cumanayagua, la ciudad de la provincia de Cienfuegos donde el piloto residió con su esposa y que tiene además una calle a su nombre. En la conmemoración del 75 aniversario del vuelo transatlántico, en la sede de la Federación de Asociaciones Asturianas de Cuba, había representantes diplomáticos y militares, componentes de la emigración asturiana en la isla y los dos nietos del aviador asturiano, Liliam y Lisandro Menéndez, y su bisnieto, Jesús Antonio. En Sevilla se descubrió además una placa conmemorativa y se inauguró la exposición «El aguilucho cubano», con cuadros, fotos de la época y dibujos elaborados por niños cubanos sobre el histórico vuelo.


FUENTE:  Marcos PALICIO

17 de marzo de 2013

Consejo de la Suprema y General Inquisición

Con el oro de la Inquisición

Saben ustedes de sobra lo que fue la Inquisición: aquel tribunal vergonzante que durante siglos se encargó de purificar mediante el fuego y la tortura todas las creencias e ideologías que no fuesen las que profesaban nuestros gobernantes y la Santa Madre Iglesia. Contrariamente a lo que se cree, no fue una invención española, pero aquí estos delitos de pensamiento los castigaban los obispos hasta que en 1748 Isabel de Castilla y Fernando de Aragón le dieron entidad propia a la institución.
Dice la historia que el primer auto de fe se celebró en el quemadero de La Tablada de Sevilla el 6 de febrero de 1481 y que en él fueron llevados públicamente a las llamas seis infelices. Ellos inauguraron una orgía de sangre que según el cronista de aquellos años, Hernando del Pulgar, convirtió en pavesas a 2.000 personas en sólo diez años, eso sin contar a la multitud que tuvo que sufrir el variado repertorio de penas y maldades que iban imaginando un puñado de sádicos ensotanados con el beneplácito de la autoridad.
El engendro de la muerte se ocupó en su origen de perseguir y expulsar a los judíos, luego a las brujas, más tarde a los protestantes y finalmente, ya en el siglo XVIII, acabó detrás de los masones y los seguidores de la Ilustración y de la Revolución Francesa.
Pero volviendo a sus principios, cuando en 1488 se creó el Consejo de la Suprema y General Inquisición formado por seis miembros nombrados directamente por los reyes, ya existían tribunales estables en Sevilla, Córdoba, Toledo y Llerena, que luego fueron extendiéndose por toda España. Los tribunales estaban organizados según una jerarquía rígida y piramidal, semejante a la del ejército. En ellos iban por orden de importancia el inquisidor general, otros dos inquisidores (un jurista y un teólogo), un fiscal, un receptor, un calificador, un alguacil, dos notarios (el de secuestros y el del secreto), un escribano general, varios familiares y comisarios, un alcalde y un portero, además de médicos, barberos, cirujanos y otros oficios cuyos trabajos vale más no imaginar.
Hoy nos interesa saber quiénes eran los llamados «receptores»: unos funcionarios de Estado, elegidos por la Corona con la finalidad de representar ante el juez al Fisco real como beneficiario de las confiscaciones que se hacían a los presuntos herejes, ya que estaba establecido que, por el mero hecho de delinquir, los reos quedasen privados de sus bienes que pasaban a la Hacienda con carácter cautelar hasta que la sentencia se hacía firme. El de receptor era un buen cargo, que gozaba de numerosos privilegios y de un sueldo anual de 60.000 maravedíes, una pequeña fortuna para aquel momento.
El 28 de julio de 1488, a los dos meses de la designación de los inquisidores, un caballero llamado don Luis de Guzmán acudió a Murcia junto a su mujer doña Isabel de Molina nombrado por los Reyes Católicos para encargarse de los conversos que judaizaban en la diócesis de Cartagena, con el título de receptor de sus bienes.
Nuestro personaje era un protegido de don Pedro González de Mendoza, un hijo del famoso marqués de Santillana, eclesiástico y político, que hoy está considerado como un ejemplo de los intelectuales que vivieron el paso del mundo medieval al moderno en España. Don Pedro había sido arzobispo de Sevilla y Toledo, cardenal, canciller de Enrique IV y consejero de Isabel la Católica y ejerció un poder tan grande en la corte que había quien le llamaba «el tercer rey de España».
Por si fuera poco esta influencia, Luis de Guzmán era también sobrino de Juan de Guzmán, chantre del cabildo de Cuenca, del que acabaría heredando su fortuna, que incluía entre sus inmuebles la capilla de la Quinta Angustia de la Catedral de aquella ciudad.
Ya se estarán preguntando qué tiene que ver con nosotros este Luis de Guzmán. Cuatro líneas más y se lo explico: les contaba más arriba cómo había llegado hasta Murcia, ahora les diré que en el mes de septiembre el matrimonio decidió fijar allí su residencia y el 5 de mayo ya eran vecinos de un pequeño pueblo situado en las inmediaciones de la capital llamado Albudeite; pues bien, para comprar allí su residencia tuvieron que vender sus posesiones personales en otro lugar situado en Aranzo de Mieres.
No me pregunten por dónde puede quedar este sitio. Ya sé que hay más Mieres en España, pero la documentación de la época aclara que la familia de don Luis era hidalga, procedía de Asturias y allí tenían el señorío de Aranzo de Mieres, señorío que vendieron para comprar el de Albudeite. Y así lo recogió en una fecha no muy lejana a los hechos don Francisco de Cascales, un prestigioso historiador murciano que escribió su obra a finales del siglo XVI y que figura entre los hijos ilustres de la zona, con monumento incluido.
La casa de Albudeite era la que llamaban «de los descabezados», pertenecía al linaje de los Ayala y según Cascales, don Luis la compró porque le gustaba el clima de la zona, más apacible que el asturiano. Luego sabemos que la pareja tuvo varios hijos: Bernardino, Gaspar, Catalina y Honorata de Guzmán y Molina. No sé el tiempo que residirían en ella, pero sí que al menos el 10 de abril de 1495 aún era su residencia, ya que he localizado una Provisión Real con esa fecha en la que se ordena a un tal Bartolomé Coque, escribano del número de la ciudad de Murcia que entregué a Luis de Guzmán, receptor de los bienes confiscados por la Inquisición en el Obispado de Cartagena, «el proceso del pleito que mantiene contra Alonso Carreño por unas deudas que el primero compró de unos judíos cuando fueron expulsados, pues ha apelado una sentencia dada en su contra ante los alcaldes de casa y corte». Ahora queda saber dónde estaba Aranzo de Mieres. Actualmente no hay en el Ayuntamiento ningún topónimo con ese nombre; por ello, como hago siempre, pido su ayuda por si alguien conoce algún paraje, prado, monte o heredad en nuestra zona que tenga una denominación parecida, a ver si podemos ponerle coordenadas.
He revisado la larga lista de pueblos abandonados de nuestro concejo y nada, pero aprovecho para darles un dato escalofriante en el que no se ha reparado hasta ahora. En el listado de las entidades y núcleos de población abandonados, sacado del nomenclátor oficial que proporciona el Instituto Nacional de Estadística (INE), Asturias es la comunidad autónoma con el número más elevado: 525. En Galicia figuran 883, pero deben tener en cuenta que se reparten entre sus 4 provincias. Sin embargo, al contrario de lo que parece a primera vista, en León sólo hay 8 nombres, en Valladolid 5 y en Vizcaya sólo figura 1.
Dentro de Asturias, como no podía ser de otra forma, son las Cuencas las que salen peor paradas. 41 núcleos abandonados en Lena, 39 en San Martín del Rey Aurelio, 36 en Langreo, 31 en Aller; 24 en Laviana, ¿Les parecen muchos? Pues cuenten ustedes mismos los de Mieres, que a mí me tiembla el folio:
Ablanedo; Argallaes; Arnizo; Artoso; Los Barreros; Boca del Túnel; La Braña, El Bravo; El Caborno; Campu La Tabla; Cantiquín; Carba de Arrojo; La Carba; Casa El Cantu; Cases del Molín; Castañeri; Castañéu; La Casuca; La Colladiella; El Collar; Los Corrales; El Corredor; Cotarente; Les Cruces; Les Cuestes; Cutiellos; Despeñaderos; El Escobal; La Fabariega; La Fabucosa; Fenosa; La Fondona; Forniellos; Fresneo; La Granda; La Infestal; Llanacedo; Llana Les Duernes; Llanapalacio; Llandebustio; La Llascara; Llavaera; Lleros de Abajo; Lleros de Arriba; Llosa Alfonso; La Mosquita; El Nozal; El Palacio; Pedrazos; El Pedrisco; Las Porqueras; El Pradón; Prados de Copián; El Prau Regueru; Rebollo; La Rotella; San Benigno; Sarabia; Senriella; El Sobedorio; Tablao; La Tejera; Terceros de Mariana; Trechoriu; Les Viñes y El Xirru.
Tengan en cuenta antes de llevarse las manos a la cabeza que algunos de estos nombres, como Tablao, existen dos veces en el concejo, pero reparen también en que no aparecen otros lugares que uno conoce, como La Casa del Miedo, por ejemplo, que también está deshabitada. De cualquier forma, no quiero creer que nos toque a nosotros exhibir este funesto récord en toda España. Quien proporciona los datos debería tener en cuenta que la definición de núcleo abandonado que utiliza el INE se refiere a conjuntos de «al menos 10 edificaciones», que se cumple escrupulosamente en otras zonas, pero aquí al parecer no.
Creo que es importante corregir esta cuestión, pero... perdónenme, se me fue la onda; la propuesta de hoy era buscar Aranzo, el señorío de don Luis de Guzmán. Vamos a ello.

 Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

16 de marzo de 2013

El mayor temporal registrado en Asturias (14 de febrero de 1888)

La nevadona...
 La Familia de Chus Valgrande dirigiendose al Hotel Pajares en el invierno de 1926
http://www.lne.es





Llevamos qué sé yo cuantos días soportando frío, agua y nieve, y aún no ha empezado el invierno. Así que no resulta extraño que el temporal sea tema de conversación y la gente se pregunte si esto es normal, de modo que cuando un ciudadano me ha parado en la calle para pedirme que escriba algo sobre la mayor nevada que se recuerda me he puesto a buscar datos y ya se lo puedo decir con seguridad: según los anales fue 1888, el año de los tres ochos, en el que las nubes trabajaron a destajo y hubo tanto frío y tantas precipitaciones que sirvió incluso como inspiración para que en Madrid se compusiese la zarzuela «El año pasado por agua» que firmaron los maestros Chueca, Valverde y de la Vega. Pero si en la Meseta llovía, aquí nevaba?
Contaban que el invierno de 1882 había sido una bendición para las obras del ferrocarril de Pajares porque el cielo estuvo despejado durante meses favoreciendo los trabajos, pero que los vecinos del puerto, asustados por la sequía que amenazaba la supervivencia del ganado, se dirigieron a las iglesias rogando por la vuelta de la nieve, sin embargo, seis años después, hubieran dado cualquier cosa por poder volver atrás. Contemos la historia.
Túnel de acceso a viviendas en pajares (1953)
Dicen que los agoreros ya venían anunciado la cosa porque algunas señales indicaban que en el ambiente se preparaba algo anormal: los vientos eran especialmente crudos, los animales andaban nerviosos en el puerto y se veían pasar bandadas de aves acuáticas volando hacia el Sur, algo que llamaba muchísimo la atención porque hasta entonces nunca lo habían hecho. Era como si huyesen de algo y al parecer tenían razón ya que el día 14 de febrero de 1888 se inició el mayor temporal registrado en Asturias.
Estuvo nevando ininterrumpidamente hasta el día 20 y como encima la precipitación se acompañaba de fuertes ventiscas, llegaron a acumularse toneladas de nieve; luego hubo un pequeño respiro de cuatro días con fuertes heladas que sirvieron para consolidar lo que había sobre el suelo y el día 24 volvió el mal tiempo aún con mayor intensidad hasta principios de marzo; entonces retornó el frío intenso hasta que el 8 cambió el viento ocasionando un rápido deshielo y el consiguiente desbordamiento de los ríos; por último y cuando parecía que todo había pasado, al inicio de la segunda quincena del mes, una nueva nevada que no cesó hasta pasado el día 22 vino a poner la trágica puntilla a la situación. Para que se hagan una idea de lo que fue aquello citaré alguna de las alturas que llegó a alcanzar la nieve en nuestros pueblos, tomadas de la prensa que iba informando diariamente de la evolución del tiempo a sus alarmados lectores: el día 21 de febrero había 20 cm en Mieres; 30 cm en Pola de Lena; 55 cm en Campomanes; 90 cm en Fierros; casi dos metros en Navidiello y de allí hasta Villamanín más de cuatro que llegaron a tapar las salidas de los túneles del ferrocarril. En la noche del día 25 cayeron más de 60 cm en la zona de Pajares y, al día siguiente, se llegaba en Navidiello a los 2,50 metros, en Pola a 65 cm y en las calles de Ujo a 45 cm. Tres días después ya había en Pola 84 cm; 1,12 metros en Nembra y Cabañaquinta y tres en Santibáñez de Murias, Collanzo y Casomera.
Veamos ahora como iba la otra cuenca, por ejemplo, el 2 de marzo: en Sobrescobio: Rioseco y Villamorey más de un metro; en Soto, San Andrés, Agues y Campiellos se sobrepasaban los dos; en Campo de Caso, Coballes Tanes y Orlé entre 2 y 2,25 metros; en Ladines más de 2,50 y en algunos puntos de los montes de Tarna se llegaba a los cinco. En fin, no quiero cansarles con más números, pero pueden suponerse los desastres que se repitieron por todas partes. Se contaron por miles las muertes de cabezas de ganado lanar y cabrío, y por decenas las casas, hórreos, almacenes y cuadras destruidos por el peso del hielo y las avalanchas en la Montaña central y, posteriormente, por la riada que se llevó varios puentes en los ríos del concejo de Lena cortando la comunicación entre los pueblos próximos, pero de todos los lugares habitados fue Pajares el más castigado por los sucesivos aludes que dejaron un tremendo rastro de desolación. El día 22 se produjeron las primeras muertes en distintos incidentes: dos jóvenes perecieron en el puerto y una mujer cuando la nieve tapó de repente su casa, aunque su hijo, que estaba con ella sólo resultó herido de gravedad; al día siguiente otro arrastre sepultó en su vivienda a la guardesa precisamente cuando se encontraba dando a luz -ya ven que cosas- y aunque ella pudo ser rescatada, su bebé no llegó a sobrevivir y todavía en la misma jornada también tuvo suerte un guardia de la estación del ferrocarril que salió con vida de otra avalancha similar.
Puerto de Pajares, llegando al parador (1953)
Aunque la verdadera catástrofe llegó el día 27 con un gigantesco desprendimiento cuyas huellas aún pueden apreciarse hoy sobre Pajares. Los muertos fueron aquel día por lo menos 10, aunque algunas fuentes los elevan a 15, y pudieron haber sido más si el curso del alud no se hubiese desviado al chocar con una construcción muy sólida que se levantaba sobre el pueblo y que evitó una tragedia mayor, pero con todo, numerosas casas quedaron asoladas y para aumentar el espectáculo dantesco con el que tuvieron que enfrentarse los rescatadores, bajo la nieve quedaron también sepultadas 60 cabezas de ganado.
De la magnitud del suceso da idea el desplazamiento del viaducto de Matarredonda, que salvaba una distancia de 41 metros con un solo tramo de hierro y un peso de 100 toneladas, y que fue llevado hasta el fondo del valle, a tres kilómetros de distancia y es que, según los cálculos de «La Ilustración Española y Americana», que narró aquellos hechos, la cantidad de nieve desprendida desde la montaña de la izquierda de la vía, subiendo hacia Busdongo pudo llegar a los 40.000 metros cúbicos. Y por si fuese poco, al día siguiente, cuando ya se había iniciado la búsqueda de las víctimas, una secuela del alud volvió a cebarse sobre el pueblo enterrando a una madre y a sus tres hijos, de los que dos murieron asfixiados bajo el manto blanco.

Ilustración de Alfonso Zapico
FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR
_________________________________________________________________
_________________________________________________________________
NOTA: Si te ha interesado esta entrada y quieres preguntar, comentar o aportar algo al respecto, puedes dejar un comentario o escribir a mi dirección de “correo del blog” con la seguridad de ser prontamente atendido.

¡¡¡Difunde “El blog de Acebedo”  entre tus amistades!!!

Sígueme en:

·                     § - FACEBOOK - Roberto Cortina Mieres
·                     § Twitter – “El blog de Acebedo”

·                     § - Blog-Blogger.  http://elblogdeacebedo.blogspot.com.es