31 de enero de 2013

Graciano Martínez Suárez, misionero agustino lavianés

El desengañado de Filipinas

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Graciano Martínez Suárez, misionero agustino lavianés, relató en un libro su cautiverio. de dieciséis meses en la isla asiática tras la derrota militar de 1898 y criticó con dureza a las autoridades españolas

Al amanecer del 1 de mayo de 1898 sonó un cañonazo en las aguas de Cavite. La Armada americana había disparado primero e iba a seguir haciéndolo a placer mientras los barcos mandados por el almirante Patricio Montojo apenas podían defenderse y los proyectiles de la artillería costera, que estaban demasiado lejos, se perdían antes de llegar a su objetivo. Cuatro horas más tarde en Filipinas se había repetido el desastre cubano y los españoles residentes en el archipiélago intentaban dejarlo por cualquier medio para retornar a la metrópoli. Entre ellos estaba el misionero agustino Graciano Martínez Suárez, nacido el martes 23 de marzo de 1869 en la casa conocida como La Portalada, en el callejón de la capilla de San José de Pola de Laviana.
El fraile llevaba poco tiempo en Asia. Había sido destinado al norte de la isla de Luzón, primero en la provincia de Abra, luego ocho meses en Ilocos y finalmente en las montañas de Sapao, entre los indios igorotes, conocidos porque hacía poco que habían dejado la terrible costumbre de coleccionar las cabezas de sus víctimas. Allí pudo vivir de cerca todos los avatares de la revolución independentista; hasta que cayó prisionero el 26 de agosto de 1898.
El padre Graciano ha pasado a la historia como un autor fecundo, que trató con extensión temas religiosos, filosóficos, políticos, e incluso firmó en Manila con el seudónimo de «Zenit-mar», jugando con las sílabas de su apellido, un libro titulado «Flores de un día», que incluía los poemas que había ido enviando desde allí para que se publicasen en «El Porvenir de Laviana» y en la «Revista Lavianense».
Aunque su obra más conocida es el relato de los 16 meses que pasó retenido y que salió de la imprenta en Manila después de ser liberado el 11 de diciembre de 1899. Las llamó «Memorias del cautiverio. (Páginas de la revolución filipina)».
Antes de entrar en detalles, veamos brevemente como llegó hasta allí nuestro personaje. Su familia también era de Laviana, la madre se llamaba Josefa y el padre Valentín y había sido Secretario del Juzgado Municipal más de treinta años. Su primer maestro fue el mismo que había enseñado a Maximiliano Arboleya, don Pedro García Morán, y seguramente él fue también quien le orientó para que a los 17 años decidiese ingresar en el Colegio de los Agustinos Filipinos de Valladolid. Allí hizo sus votos y luego pasó al monasterio de La Vid, en Burgos, para hacer la carrera eclesiástica. En mayo de 1895 celebró su primera misa en El Escorial y enseguida fue enviado a Filipinas, donde llevaba pocos años cuando ocurrió el desastre colonial.
En sus memorias no se ahorran detalles sobre lo ocurrido en Filipinas tras la derrota militar. Relata los días previos a su detención en la localidad de Aparri, donde los españoles de la zona se había refugiado para esperar inútilmente la llegada de otro barco español, hasta que la pequeña guarnición de Guardias Civiles y soldados que residía allí se rindió y todos -civiles, religiosos y militares-, fueron hechos prisioneros por las tropas del independentista Emilio Aguinaldo.
Luego viene la crónica de los malos tratos, palizas, vejaciones, tormentos y simulacros de fusilamiento a que fueron sometidos los españoles; también se cuenta el ambiente de abatimiento que crecía con los falsos rumores que llegaban desde la península donde se contaba que «el puñal y la tea resplandecen por todas partes»; que los carlistas se habían apoderado del Palacio de Oriente y que los republicanos habían reaccionado expulsando a D. Carlos de Madrid y asaltando los conventos.
El misionero disculpó de aquellos acontecimientos al pueblo llano filipino, de carácter pacífico y sumiso, que -según él- se había limitado a ponerse del lado de los más poderosos, que en aquel momento no eran otros que los independentistas, sin embargo criticó con dureza a las autoridades españolas y especialmente al Gobernador Enrique Polo de Lara acusándolo de cobardía y corrupción y de poner obstáculos para la evacuación de los frailes. El político -escribe el fraile-, elevó el precio del pasaje en el único barco disponible para la huida hasta los setenta y dos pesos por persona, cuando en condiciones normales su precio era de tan solo dos, dejando en tierra a varias familias e incluso, cuando las cosas se torcieron aún más, había pretendido huir dejando a la tripulación a su suerte.
Cuando el libro del padre Graciano llegó a las manos de Polo de Lara, éste respondió a las acusaciones publicando su versión de los hechos: «En justa defensa. (Refutación documentada de las falsas aseveraciones de un fraile agustino). Por el último gobernador civil español de ambos Ilocos». En el texto manifiesta que trata de defenderse de un libelo escrito con premediación y alevosía «realizado entre sombras y encrucijadas» para causarle el mayor daño personal.
Lógicamente, el polémico fraile lavianés no dejó ahí la cosa y su contrarreplica fue aún más dura, calificando la publicación del gobernador de ser un «folletejo, una almáciga verdadera de mezquindades y pequeñeces», y para que no tengan ustedes que buscar en el diccionario (como he tenido que hacer yo), les aclaro que una almáciga es algo parecido a un semillero.
Ya en España, en 1902, el prestigio de Graciano Martínez fue creciendo y la evolución de su pensamiento le acercó a la defensa de la cuestión social, según la visión católica de la encíclica Rerum Novarum, promulgada por León XIII. Fue redactor de la revista quincenal de los padres agustinos «España y América» que se sumaba al proyecto de algunos intelectuales para regenerar el país tras el desastre, pero siempre desde una óptica cristiana.
En octubre de 1905, cuando la revista cumplió dos años y medio, pasó a dirigirla, pero a la vez se le envió a la Universidad de Wurzburgo para estudiar el idioma alemán y luego a Buenos Aires y La Habana, como profesor de colegios de la Orden Agustina; también volvió temporalmente a Asturias para dar clases en el colegio Santa Isabel de Tapia de Casariego, aunque su regreso definitivo no se produjo hasta 1914, cuando ya tenía cuarenta y cinco años y, aún así, tampoco dejó de moverse por toda la geografía nacional.
Les dije más arriba que había sido un autor fecundo. Es imposible citar aquí sus decenas de libros ni los cientos de trabajos que nos dejó; ni siquiera la variedad de temas que trató; pero sí quiero centrarme en uno: «El libro de la mujer española». Un trabajo extrañamente moderno para lo que podemos esperar de un fraile decimonónico y que el franquismo volvió a recuperar en 1942, adaptándolo a su ideología, para lo que tuvo que mutilar los apartados que trataban sobre los derechos políticos de la mujer y añadir numerosas coletillas e incluso un apéndice escrito por una de las inspiradoras de la Sección Femenina.
El padre Graciano compiló en trece capítulos la historia del feminismo y el movimiento sufragista, defendiendo el derecho al voto de la mujer, algo que -les recuerdo- no llegó a España hasta las Cortes de la II República y eso después de un duro debate entre las propias interesadas. En aquel 1932, la diputada Victoria Kent opinaba que una mayoría de nuestras féminas iban a limitarse a votar lo que les indicase la Iglesia católica y que por ello era necesario un tiempo de formación para que estas aprendiesen a discernir lo político de lo religioso, antes de entregar al nuevo régimen en manos de sus enemigos.
Anticipándose a ese tiempo, el agustino mantuvo las mismas dudas ante la independencia de pensamiento de las mujeres, aunque su temor venía de que estuviesen mediatizadas por sus maridos y en este caso aumentasen el poder de las izquierdas. De cualquier forma, dejó escrito que «las mujeres votarán en España, como votan en otras naciones?Temprano o tarde, votarán» y en consecuencia llegaba a la misma conclusión que Victoria Kent, aunque arrimaba el ascua a su sardina proponiendo que la formación debía encargarse a las militantes de la Acción Católica de la Mujer.
En 1923 Graciano Martínez publicó su último libro «Hacia la solución pacífica de la cuestión social», donde defendía en la misma línea de Maximiliano Arboleya que el cristianismo debía estar del lado de los obreros y abanderar sus demandas reemplazando a las ideas socialistas, ya que de otra forma iba a ser era inevitable el estallido de la violencia entre las clases sociales.
El fraile lavianés no llegó a ver como sus temores se hicieron realidad. Su corazón se paró cuando tenía 55 años el viernes dos de enero de 1925 y fue enterrado en el panteón que la orden de San Agustín posee en el cementerio de La Almudena. Poco después, el Ayuntamiento de Laviana acordó por unanimidad colocar una lápida en su honor y dar su nombre a una calle de la villa. Con el cambio republicano, Rosario Acuña le sustituyó en el callejero. Luego volvió para quedarse.

 Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: 

Graciano Martínez Suárez (1869-1925):
una aproximación a su vida y a su obra

Miguel Ángel Ríos Sánchez

http://nodulo.org/

Vida y obra de este fraile agustino español, famoso orador en su tiempo,
que estuvo en Filipinas, pasó por Alemania, Argentina y Cuba,
e impulsó y dirigió la revista España y América

Graciano Martínez Suárez nació el martes 23 de marzo de 1869 en Pola de Laviana (España), localidad situada en la parte media de la cuenca del río Nalón, en Asturias. Hoy es la «bisagra» entre la zona antes muy industrial y ahora en decadencia del bajo Nalón y la zona verde y ganadera de la parte alta; pero a finales del siglo XIX su aspecto era bastante diferente. Si bien ya se intuían en el horizonte los males que Palacio Valdés nos muestra en La aldea perdida, no llegaron a verlos los ojos del pequeño Graciano. Nació de madrugada, cerca de las cinco de la mañana, en la casa conocida como La Portalada, en el callejón de la capilla de San José. Ese mismo día lo bautizó en la ermita de Santa María del Otero de Pola de Laviana, por cuya Virgen sentiría Graciano una especial predilección toda su vida, el coadjutor Wenceslao García del Riego.
Fueron sus padres Josefa Suárez Pérez y Valentín Martínez García-Noriega, ambos naturales de Pola de Laviana. Su padre trabajaría en el Juzgado Municipal de esta localidad como Secretario durante más de treinta años. Los abuelos maternos se llamaron Bernardo Suárez y María Pérez; los paternos Manuel Martínez y María García-Noriega, todos de Laviana menos su abuelo materno, que era natural de Lorío, a pocos kilómetros de la cuna del P. Graciano.
Su infancia fue muy normal. Quien le enseñó las primeras letras fue Don Pedro García Morán, que también sería maestro de Maximiliano Arboleya y de Emilio Martínez, un hermano menor del P. Graciano. Don Pedro, aunque a regañadientes, participó en el homenaje que se le hizo al P. Graciano poco después de su muerte. Lo hizo con una breve nota dirigida al cura de Laviana en la que afirmaba que Graciano había sido su mejor alumno y que siempre había mostrado hacia su primer maestro respecto y atención.
También hizo de las suyas siendo adolescente. Cuenta su hermano Emilio que, en una ocasión, por comer más de lo que debía de la finca del notario para el que trabajaba como escribiente, su padre le propinó una soberana paliza.
A los 17 años, en agosto de 1886, ingresa por voluntad propia en la Orden de San Agustín, marchándose al colegio de los Agustinos Filipinos de Valladolid. Un año después, el 18 de septiembre de 1887, hará la profesión de votos dentro de la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Filipinas de Valladolid. Los ocho años siguientes serán años de estudio. Cursó la carrera eclesiástica en el monasterio de La Vid, en Burgos donde «ya se dedicaba a leer y comentar relatos y poesías con gran entusiasmo a sus compañeros». En El Escorial de Madrid, el 12 de mayo de 1895, contando veintiséis años, se ordena presbítero y celebra su primera misa. Por aquellas fechas estaba de Rector del Real Colegio de El Escorial otro ilustre lavianés: el padre agustino Francisco Javier Valdés y Noriega, que llegaría a ser obispo de Salamanca.
Los datos son contradictorios en lo que se refiere a si el P. Graciano estudió la carrera de Leyes o no. Mi opinión coincide con la de Españolito, que afirma que no concluye la carrera por tener que marcharse a Filipinas, a la que llega el día 2 de febrero de 1896.
Al llegar lo asignaron a la provincia de Abra para pasar el 16 de febrero de 1897 a regentar una misión en Ilocos. Sólo estaría allí ocho meses, ya que tendría que abandonar el lugar y marchar a su nuevo destino en octubre de ese año: una misión, esta vez, entre los igorrotes de las montañas de Sapao, en la isla de Luzón. Estando en la Paz (Abra) de misionero estalla la revolución de 1898. Huye, pero cae prisionero el 26 de agosto de 1898. A Graciano le tocó vivir en sus carnes toda la crudeza la revolución Filipina ya que soportó sus cárceles por un período de dieciséis meses: fue liberado el once de diciembre de 1899. Parece ser, según nos cuenta su hermano Emilio, que en su puesta en libertad Monseñor Plácido Luis Chapelle jugó un papel decisivo al interceder por él. Monseñor Chapelle sería luego Arzobispo de Nueva Orleans y Delegado Apostólico de Filipinas, Cuba y Puerto Rico.
No vuelve a España nuestro P. Graciano al ser liberado. Al contrario, el treinta de diciembre sale desde Aparri en el vapor «Uranus» hacia Manila. Tiene treinta años y permanecerá en las islas, desempeñando labores evangélicas y literarias, por espacio de dos años. Es durante su estancia en Manila cuando, en el año 1900, publica su primer libro: Memorias del cautiverio. (Páginas de la revolución filipina). Mucho de lo que aparece en el libro lo había escrito su autor durante su «cautiverio» en la cárcel «entre soldadotes grotescos, sufriendo hambre y sed, continuas vejaciones y malos tratos», dice González Blanco. De ahí que en ocasiones se disculpe el P. Graciano por el tono duro de su pluma. Y es cierto. Aunque para algunos autores el P. Graciano mantuvo siempre su ecuanimidad e intentó no «alborotarse» demasiado, muy pocas veces ecribiría nuestro autor como en este libro. Estaba enfadado y muy dolido. Había visto morir a muchos de sus compañeros, notaba que los políticos españoles los habían abandonado y que los gobernantes filipinos no habían sabido prever lo que todo el mundo sabía. Disculpa de toda aquella locura al pueblo filipino. Cree que la razón de su adhesión a la revolución está en su particular forma de ser, sobre todo en su timidez, «atributo consustancial al indio, que lo induce siempre á ponerse siempre del lado del poderoso».
Su crítica a los gobernantes es muy dura. Al gobernador de la zona en esos momentos, Enrique Polo de Lara, lo acusa en el libro de no dejar embarcar a los Padres en la huida, de pretender abandonar el barco dejando a la tripulación a su suerte, incluso de cobrar por el viaje en el pontín setenta y dos pesos por persona, cuando en condiciones normales su precio era de tan solo dos... El P. Graciano resume con crudeza la opinión que se tenía de Polo de Lara: «¿cómo era posible que tantos peninsulares juntos sufriesen tantas cabronadas de un mandria semejante?».
Por supuesto, Polo de Lara respondió a las acusaciones. Lo hizo con otro libro, no menos grueso que el del P. Graciano, que tituló: En justa defensa. (Refutación documentada de las falsas aseveraciones de un fraile agustino). Por el último gobernador civil español de ambos Ilocos.
El autor ve en el libro un «libelo escrito con premediación y alevosía; impreso para facilitar su reparto, realizado entre sombras y encrucijadas» y distribuido de forma que se le causara el mayor daño personal. Porque Polo de Lara no ve en el libro unas memorias de un cautivo, sino una sarta de mentiras para desacreditarle. «Figuro en su evangélico trabajo predilectamente y muy en primera línea; y con tal de hablar de mí, prescinde de los grandes problemas, no aporta datos para la Historia, no ilustra á la opinión y sólo parece obedecer a la consigna de perseguir al escritor liberal que habló claro al país», sobre todo al «haber insistido durante mi último mando, en 1898, en que fuesen relevados de sus curatos, como lo fueron, varios compañeros y hermanos de hábito del padre Graciano», al decir «que el fraile nos arrastraba á la pérdida del Archipiélago» y que «el fraile filipino era el mayor peligro colonial». Por eso se ve en el libro del P. Graciano «desde los primeros párrafos hasta qué punto son el bárbaro egoísmo y la mezquina pasión los únicos inspiradores del libelo».
Graciano, evidentemente, tampoco se amilanó y respondió. Llegó a escribir que «lo mejor, á ser posible, para el nombre del autor y para los lectores, á quienes quepa la desgracia de leerlo, sería verter en todas las páginas un ácido detergente que llevase por delante toda la tinta. Solamente así dejaría de ser el folletejo, en que me ocupo, una almáciga verdadera de mezquindades y pequeñeces». En las cartas analiza pormenorizadamente el libro de Polo de Lara, sacando a la luz sus errores y contradicciones.
Estando en Manila, en 1901, también saldría a la luz su primer y único libro de poesías que tituló Flores de un día. Recibió el libro encendidos elogios, sobre todo en los diarios de Manila, tales como El Noticiero, Libertas o el Heraldo de Ilo-ilo, en alguno de los cuales había publicado parte de sus poemas el P. Graciano. También se incluyen en el libro algunos que había enviado a su tierra natal desde Filipinas, firmando como Zenit-mar, el anagrama de su apellido, para que fueran publicados en El Porvenir de Laviana y en la Revista Lavianense.
Llega a España el año 1902 con un nombramiento bajo el brazo: redactor de la revista de los padres agustinos España y América, una revista que entrará a formar parte de la vida del P. Graciano hasta su muerte.
España y América comenzó a publicarse por los Padres Agustinos el 1 de enero de 1903 en la Imprenta del Asilo de Huérfanos del Sagrado Corazón de Jesús, que también imprimiría, por otra parte, muchos de las obras del P. Graciano. Tenía una periodicidad quincenal y como empresa fundamental consagrar «todas nuestra fuerzas á defender los grandes y sagrados intereses de la religión y de la fe, á difundir y propagar las enseñanzas del Romano Pontífice, y á reivindicar enérgicamente los derechos de la Iglesia Católica».Veían los agustinos como un deber seguir la tarea emprendida por su fundador en el convencimiento de que los errores que él combatió «vuelven á resurgir de su sepulcro», errores, en esta ocasión, «engendrados por cerebros desequilibrados y enfermos». Había que «regenerar» España social y cristianamente. Para ello saltan esperanzados a la arena del combate donde tendrán como lema evitar los ataques personales y como asuntos de interés prioritario las cuestiones de actualidad tanto sociales como políticas, sin dejar de mirar para los pueblos hermanos de América.
En cuanto a las cuestiones de actualidad, afirman que «no serán directamente objeto de nuestra modesta publicación las investigaciones científicas», ya que hay revistas que cumplen sobradamente esta misión. Conviene decir, no obstante, que sí publicarán artículos de contenido científico o divulgativo, aunque de forma muy escasa.
En lo político la revista, decían, «no tendrá color político de ninguna clase», pretendían estar apartados de las luchas de los partidos políticos y buscar, así, la «imparcialidad», tampoco siempre conseguida. Cuando abordaran cuestiones sociales buscarán siempre su inspiración en la encíclica Rerum Novarum, publicada el 15 de mayo de 1891 por León XIII -del que incluyen un retrato en el primer número de la revista- y que tanto influyó en muchos de los escritos del P. Graciano.
Por último, la inclusión en su revista, en un lugar preferente, de los asuntos concernientes a las «repúblicas americanas» tenía como objetivo fundamental no sólo informar de lo que allí ocurría en los ámbitos político, social o religioso, sino que había un interés especial de informar también del estado de la industria, de la agricultura y del comercio. Querían que España y América sirviera no sólo para «las personas de honrado corazón y cristianos sentimientos», sino también «para el industrial y el comerciante, que encontrarán en ella datos preciosos y seguros para sus empresas y especulaciones mercantiles».
El P. Graciano no aparece en el primer número de la revista, aunque el número de artículos, críticas de libros, breves reseñas bibliográficas, poesías o cuentos que escribió para la misma es impresionante. En todos los volúmenes incluirá siempre algún escrito suyo, salvo en los años que, como veremos, estuvo en América.
Su laboriosidad y su buen hacer en la revista son tan grandes que, dos años y medio después de la aparición del primer número, el 27 de octubre de 1905, se le nombra director de España y América. Sustituiría al asturiano de Villoria (Laviana) P. Benigno Díaz, que iría como Superior a Tapia de Casariego al tener que marcharse su anterior director, el P. Santiago García, al convento de La Vid como catedrático de Teología. Un año antes, el 9 de octubre de 1904 y «previos los ejercicios literarios ordenados por nuestras leyes» había obtenido el título de Lector de Provincia.
Su primera etapa como director de la revista tendrá un paréntesis el año 1906. Este año, para ponerse al día de la moderna Apologética cristiana (escribiría tres artículos para su revista en torno a la obra de Armando Shell), para «enterarse sobre el terreno de las controversias religiosas que en aquellos días tanto excitaban la atención de los pensadores» y para estudiar el idioma, se marchó a la Universidad de Wurzburgo, en Alemania. Conocemos poco de este viaje. Sabemos que desde allí enviaba artículos para que se incluyeran en España y América. Algunos, como los dedicados a la vida religiosa en Alemania, tan importantes que se creyó en la conveniencia de que salieran de la revista y se formara con ellos un libro. En otros artículos nos cuenta, aunque son ligeras pinceladas, sus impresiones de los lugares y de las gentes por donde pasaba.
Regresa a España, dirigiendo de nuevo la revista, pero por poco tiempo ya que el 4 de diciembre de 1907 se le ordena ir a Buenos Aires.
El año siguiente tendrá que ir a Cuba. Su estancia en La Habana a partir del año 1908, como profesor del colegio San Agustín, colaborando con la labor formativa que los agustinos americanos llevaban en La Habana, será de dos años. Aquí, como en todos sus viajes, nunca quiso ser el P. Graciano sólo un cura de celda y biblioteca (que lo era) sino que también procuró salir y relacionarse con las gentes de su entorno. Por este motivo, y gracias a sus dotes personales que lo hacían ser una persona verdaderamente entrañable, hizo en La Habana grandes amigos, como el director del Diario de la Marina, el español Nicolás María Rivero. Su labor en todos los órdenes es intensa. Con los sermones y discursos pronunciados en La Habana publicará el autor en un libro tres años después. En él puede comprobarse cómo lo requerían de muchos sitios para que hablara: en la Catedral, en la iglesia de Santo Domingo o en la de Nuestra Señora del Pilar, pero también en el Centro Asturiano, en el colegio «Hogar y Patria» o en la Asociación de Dependientes de Comercio de La Habana.
Tiene el P. Graciano cuarenta y un años cuando, en 1910, regresa a España. No vuelve a Madrid, sino que lo envían a un pequeño pueblecito de la costa asturiana: al colegio Santa Isabel de Tapia de Casariego. En la relativa tranquilidad que le proporciona su estancia en este lugar sigue escribiendo, continúa siendo requerido para pronunciar sermones o para pronunciar oraciones fúnebres.
La estancia de los agustinos en Tapia, fruto de la donación del antiguo Instituto a esta Orden en 1904, duró hasta 1924. Su labor está bien documentada, ya que de ellos hablaba a menudo la prensa de la zona (como Las Riberas del Eo o Castropol) y los propios agustinos –ya se ha mencionado– editaban cuadernos resumiendo sus ideales pedagógicos, los resultados académicos, las plantillas, &c. Los autores coinciden en admitir que, frente a la etapa anterior, los agustinos se relacionaron menos con el pueblo: los muros del colegio fueron levantados, los alumnos no podían salir a jugar fuera, sus visitas tenían un régimen muy estricto, el correo y los paquetes pasaban por las manos del Director, &c.
Según nos cuenta el P. Jesús Delgado, compañero suyo en el colegio, fue en este ambiente donde el P. Graciano «cumplida la obligación diaria del sacerdote, a las horas de clase explicaba las suyas; en los intermedios de las clases preparaba sermones y conferencias; en las horas de recreo, el suyo era enseñar el alemán a los compañeros que querían aprenderlo, y ponía la cátedra en su celda; y en las horas de la mesa daba o recibía la información diaria periodística; de suerte que sin interrupción, dentro de un mismo día, en sucesivas horas, estudiaba, escribía, enseñaba y se preparaba para serias empresas».
Su regreso, ya definitivo, a la capital de España se realizará cuando el 11 de junio de 1914, contando cuarenta y cinco años, se le confía de nuevo (y lo será hasta su muerte) la dirección de la ya mencionada revista España y América. Es en esta segunda etapa cuando la revista se coloca en un lugar privilegiado dentro del panorama literario del momento, gracias sobre todo al impulso que le dará el P. Graciano. De esta manera se convertirá esta revista, para muchos, en la mejor publicación de su género.
Aunque su residencia habitual está en Madrid, se desplaza nuestro Padre por muchos puntos de la geografía nacional: Avilés, Llanes, su natal Pola de Laviana, Barcelona, Zaragoza, Toledo... Estos continuos requerimientos del P. Graciano, como veremos, terminarán a la larga pasando factura de su cada vez más débil salud.
Pero por el momento Graciano sigue escribiendo y publicando con una fertilidad y un rigor verdaderamente excepcionales. Sobre todo centra sus energías en artículos que luego recopila y edita en forma de libro. De esta forma, y casi al ritmo de uno por año, va publicando lo que serán sus mejores obras: el año 1916 publica Hacia una España genuina; en 1918, La objeción contemporánea contra la Cruz; al año siguiente Semblanza del primer superhombre o Nietzsche y el nietzschismo; el año 1920 la ya mencionada segunda edición de su libro de poesías Flores de un día y en 1921 De paso por las Bellas Letras, dos volúmenes donde recoge sus críticas literarias y El libro de la mujer española.
Conviene que nos detengamos un momento en este último libro ya que es el único que «sufrirá» una reedición al comienzo de la dictadura.
El P. Graciano siempre había tenido una sensibilidad por el papel de la mujer en la sociedad española, sensibilidad que se habría agudizado, sin duda, debido a sus largas estancias en varios países del mundo. Creía que sobre el feminismo, y desde el enfoque que él pensaba adecuado, se había escrito en España poco y mal. Pensaba, además, que no podía pasar más tiempo en abordar de cara este problema y darle solución. Sabía que nuevas causas económicas, culturales y políticas lo habían sacado de su letargo y que era un problema candente a comienzos del siglo XX.
El libro, en su primera edición, aborda en trece capítulos desde la historia feminista hasta el pretendido antifeminismo en la Iglesia, pasando por los derechos naturales, culturales, civiles y políticos de la mujer. Con gran erudición y haciendo un repaso a las opiniones de antiguos y modernos elabora unos principios para la regeneración de España que harían posible que la mujer ocupara su lugar. «La actual constitución social está lejos de ser perfecta: cuando lo sea, la vida femenina tendrá sus ideales marcados y definidos, y el feminismo habrá dejado de existir, esto es, habrá dejado de existir como lucha y como aspiración; pues habrá llegado a realizar el ideal cristiano de nivelar los dos sexos, haciéndolo vivir en un estado progresivo y armónico de derechos y deberes, sin más diferencias que las impuestas por la naturaleza y requeridas por las diversas aptitudes y por los diversos papeles providenciales que hombre y mujer han de ejercer en el drama de la vida y de la humanidad».
Como hemos dicho, el libro volvió a publicarse en 1942 aunque ahora con importantes modificaciones. Se añadieron breves apartados en algún capítulo y se suprimieron los dos que abordaban los derechos políticos de la mujer, como veremos poco acordes con los rumbos que tomaba el nuevo régimen.
El P. Graciano repasaba en los capítulos suprimidos el movimiento sufragista en varios países del mundo (Noruega, Finlandia, Holanda, Francia, Bélica, Italia, Estados Unidos, ...) y defendía este derecho, desde una óptica cristiana, para las mujeres españolas. Pensaba que el voto femenino iba a propiciar la necesidad ineludible de «sanear» la política española. Ahora bien, antes de ejercer plenamente este derecho eran también convenientes «un par de años de formación de ciudadanía consciente» para que la mujer entienda «lo que significa el derecho de ir a depositar su voto en las urnas los días de elecciones». Afirmaba con rotundidad: «que las mujeres votarán en España, como votan en otras naciones es evidente. Temprano o tarde, votarán.» Las corrientes sociales se movían en esa dirección, «son de día en día más favorables a la concesión de los derechos políticos a la mujer, y lo serán más y más, a medida que se la vea desenvolver sus energías intelectuales y morales». En este sentido, comenta la excelente labor que estaba llevando a cabo la Acción Católica de la Mujer, fundada en 1919.
Como hemos dicho, las tesis del P. Graciano no eran las más adecuadas para la nueva ideología imperante tras la Guerra Civil y, con el ánimo de aclarar las dudas que de la lectura del libro pudieran surgir en las mentes (de las mujeres sobre todo), se añadió al final de la segunda edición un nuevo apéndice que llevaba por título «La mujer española en el nuevo Estado». Lo escribió en diciembre de 1941 la Señorita María Rosa Vilahur Bellestar, de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid. En él resumía el papel que a la mujer le tocará jugar en España durante los años siguientes como «ayuda semejante» al hombre, y les indicaba, como sus virtudes fundamentales, la fe, la obediencia, la disciplina, la humildad, la fortaleza, la austeridad y la alegría, para asumir el deber de convertirse en el pilar fundamental de la nueva familia española.
El último libro que el P. Graciano pudo publicar antes de su muerte, exceptuando la ya mencionada tercera edición de Regionalismo y patriotismo, llevaba por título Hacia la solución pacífica de la cuestión social. Saldría a la luz en el año 1923 y, si antes había sido el Cardenal Guisasola el «culpable» de su elaboración, en este caso será el Nuncio de Su Santidad en España Francesco Ragonesi, entre otras personas, quien le «rogó instantemente que escribiera, acerca de la cuestión social, algo sanamente orientador, por el estilo de El Libro de la mujer Española. Y heme aquí que ya lo estoy pergueñando y en forma de conferencias para aprovechar algunas de las pronunciadas y, para que, así, pueda servir mejor a los señores curas párrocos que quieran utilizarlas en el púlpito».
El libro lo forman once conferencias que abordan lo más «candente e inquietante» de este asunto y una conferencia-introducción en la que resume la génesis del libro y las posiciones de partida, que resumimos a continuación: inspirarse ante todo en la Encíclica Rerum Novarum de León XIII; aclarar tanto los derechos como los deberes de los ricos y de los pobres («a unos y a otros les voy a decir la verdad y nada más que la verdad», aunque «sí que, en general, mi labor habrá de ser en defensa de las clases populares, sí que mi voz habrá de vibrar, acalorada, en pro de los obreros injustamente oprimidos», todo esto procurando armonizar las clases sociales y no ser un «enemigo de las clases acomodadas» ya que su lema será «apostolado, no sectarismo»; «a los ricos prediquémosles nuestro socialismo, que es un socialismo al revés, pues los socialistas quieren despojar a los ricos de sus riquezas, y nosotros queremos que los ricos se desprendan de parte de ellas en beneficio el proletariado (...) a los pobres prediquémosles el sacrificio (...) ante la imposibilidad absoluta de extirpar en la tierra el dolor, ¿qué hemos de hacer sino predicar la resignación cristiana?»); defenderá el trabajo obligatorio para todos, incluso para los ricos («para que sus riquezas sean hijas del trabajo, no del fraude ni la usura, y para que no se pueda decir de ellos lo que de tantos ricos de nuestro tiempo se puede decir: que son no solamente seres inútiles, sino también nocivos a la sociedad»); demostrará que es necesario para la paz social que el capitalismo deje de explotar la miseria y «que los principios sanos tornen a echar hondas y fuertes raíces en el corazón del pueblo», atajando las «predicaciones antipatrióticas y antimilitaristas» instruyendo al pueblo ya sea mediante una agresiva campaña de extensión universitaria por toda la geografía nacional ya sea mediante «la creación de sindicatos que no aspiren sólo al mejoramiento económico de las clases trabajadoras, sino también y aún principalmente, a su mejoramiento intelectual y moral»; aclarará que la religión ha estado siempre unida a la libertad y a la democracia, ya que éstas «en su sentido sano, son dogmas del cristianismo, teórica y prácticamente irreconciliable con toda tiranía y con toda opresión. Jamás se ha visto ni se verá a la Iglesia al lado del despotismo y de la tiranía»; por último, propondrá el retorno al cristianismo como la única vía posible para la solución pacífica del conflicto social («la cuestión social es una cuestión moral y religiosa. El más empedernido socialista no se atreverá a negar que los pueblos más felices son aquéllos en que mejor se conservan las tradiciones santas de familia, trabajando honradamente la semana y santificando, como la Iglesia manda, el domingo, cumpliendo, en fin, con los hombres y con Dios»).
La última tarea que realizaría el P. Graciano en vida y en la que, como en todas las que abordaba, puso todo su entusiasmo y energía fue la participación en la Tercera Asamblea Nacional de Prensa Católica, celebrada en Toledo del 12 al 15 de junio del año 1924. La Presidencia estuvo a cargo del Cardenal Arzobispo de Toledo y Primado de las Españas, Enrique Reig y Casanova. El P. Graciano fue el encargado de formular la ponencia sobre el Tema Tercero de la Asamblea, que tenía como título «Qué nuevas publicaciones conviene crear».
Su tarea consistía en leer las memorias que sobre el tema mencionado se presentaron de forma previa a la celebración de la Asamblea, resumirlas y presentar una ponencia con las conclusiones, ya fueran inspiradas en las memorias leídas o fueran de cosecha propia. Analizó las 48 memorias que el Secretario de la Asamblea le entregó, presentó su ponencia con sus conclusiones y todas fueron aprobadas en la sesión privada general.
Todas las conclusiones que presentó a la Asamblea proponían contrarrestar el abandono de la religión católica y el desinterés cada vez más generalizado de amplios sectores de la población por los temas de la Iglesia. «El catolicismo languidece, entre nosotros, de día en día (...) Más que la impiedad, la ignorancia religiosa ha dejado vacíos los templos parroquiales», decía no sin cierta amargura el comienzo de su ponencia. Pero no había que desfallecer. Entre las publicaciones que él creía había que realizar o modificar para contrarrestar dicha irreligiosidad, mencionaba las siguientes: relanzar las hojas parroquiales, con un diseño y formato más modernos; fundar en Madrid una revista infantil nacional; crear en los centros de Enseñanza Media revistas escolares escritas por los propios alumnos; realizar una gran revista gráfica católica y una novela semanal «barata, amena y galanamente escrita»; era necesaria también una revista de cultura donde pudiesen escribir los recién Licenciados; otra revista gráfica y doctrinal dedicada a la mujer y, por último, defendía como muy conveniente fundar un rotativo gráfico nocturno en Madrid.
La tarea del P. Graciano no sólo consistió en presentar la ponencia sino que, una vez aprobadas sus ideas, el Cardenal Reig constituyó una Comisión Ejecutiva que tenía como principal misión «realizar en lo posible los acuerdos de la Asamblea». Y el presidente de dicha Comisión fue nuestro P. Graciano, colocándose de esta forma al frente del periodismo y de la publicidad católica en España. Había, pues, que llevar las conclusiones aprobadas a la práctica. Y lo intentó. En tres meses de trabajo vieron la luz un semanario infantil, la revista para jóvenes y la orientada a la mujer estaban muy avanzadas y la novela semanal salía de la imprenta cuando, de repente, cayó como un mazazo la noticia de su repentina muerte.
Falleció el P. Graciano Martínez el viernes, dos de enero de 1925, poco después de las seis de la tarde, víctima de un fallo cardíaco. Ocurrió en la Residencia de Colmuela, en Madrid, actualmente en el número 12 de la calle del mismo nombre, junto a la iglesia de San Manuel y San Benito regentada todavía por los Padres Agustinos Conocía desde hacía tiempo que su corazón era demasiado débil pero, como hemos visto, no dejó de trabajar por la prensa católica, ni de escribir artículos, ni de dar sermones ni conferencias...
El Padre agustino Jesús Delgado, asturiano, su amigo del alma, que había estado cautivo con el P Graciano en Filipinas, que convivió con él en Tapia de Casariego y que, tras su muerte, se haría cargo de la dirección de la revista España y América, nos narra sí el momento de su muerte: «la ocupación última suya fue la de consolar al triste: a una pobre hija de Alemania que hacía dos meses que había perdido a su padre, precisamente de forma repentina: en una pequeña sala de visitas estaba ella hablando de su inmensa pena al P. Graciano, y éste le respondía que pensase en los misericordiosos designios de Dios, que no por ocultos y al parecer rigurosos, dejan nunca de ser misericordiosos. Dicho esto, quedó como recostado en el respaldo del sillón y vuelto el semblante hacia arriba, y en esta al parecer natural actitud dejó de hablar, si bien no de vivir y respirar. ¡Providencia de Dios! La cristianísima joven avisó del peligro con la celeridad que es de suponer; inmediatamente acudió un Padre que en la próxima estancia providencialmente se encontraba; asistió al paciente y la administró la santa absolución; a los pocos minutos eran un médico y tres Padres los que rodeaban al moribundo; fue de parecer el doctor, en vista de la gravedad del accidente, que se le suministrase la sagrada Extremaunción, y así se hizo, aunque con la rapidez que las circunstancias exigían.
Al cuarto de hora de haber interrumpido el diálogo de la humana conversación, el P. Graciano estaba sentado y como dormido con tranquilo sueño en su sillón: ya no respiraba: ¡había muerto!». Tenía 55 años.
Gracias a las necrológicas y a los diarios de aquellos días sabemos que sus restos descansan en el mausoleo que la orden de San Agustín aún posee en el cementerio de La Almudena, que su entierro se celebró a las tres y media de la tarde del día 3 de enero y que «su cadáver no ha llevado al cementerio ni una sola corona mortuoria (...), pero ceñía la humilde carroza una fuerte, escogida y silenciosa tropa de hermanos de hábito, de religiosos de diferentes Órdenes, de sacerdotes y de seglares amigos, entre los cuales se destacaban los caudillos y los bravos capitanes de la Prensa Católica».
Poco después de su muerte aparecen iniciativas para que al P. Graciano se le dé el reconocimiento que se merece. Así, en El Carbayón del día 4 de enero de 1925 y firmando con las iniciales C. G. pueden leerse las propuestas que hacía tanto a los sacerdotes como al Ayuntamiento de Laviana el autor del artículo: «los sacerdotes del archiprestazgo de Laviana, al hacerle solemnes honras fúnebres y estimar la inmensa labor y valía del P. Graciano. El Ayuntamiento de Laviana debe también demostrar que reconoce el indiscutible y extraordinario mérito del poeta, del polemista, del orador, del sociólogo, del apologista, del crítico y del escritor castizo y afiligranado que vio la luz en el mismo corazón de esa excelentísima villa, y debe honrar la ilustre memoria de tan preclaro hijo dedicándole, al menos, una calle o una plaza».
Un par de días después, en una carta al Alcalde de Pola de Laviana Don Arturo León, hacía la misma petición el padre agustino Aurelio Martínez, natural de este pueblo, y profesor por aquellos años en el Colegio Santa Isabel de Tapia de Casariego. Respondiendo a la petición de Fray Aurelio, la Comisión Permanente del Ayuntamiento, en Sesión de 14 de enero, insta al Pleno del Ayuntamiento a que dé el nombre de una calle al Padre Graciano. En Sesión de 16 de enero se acuerda por unanimidad dar a la Calle Nueva el nombre de Padre Graciano Martínez.
Esto ocurría en enero. Pero no era suficiente. El Presbítero-Regente de Pola de Laviana, Don Manuel Valdés Gutiérrez inicia una suscripción entre los «admiradores» del P. Graciano para hacer algo que recuerde su nombre. Recauda una cantidad importante pero, creyéndola insuficiente, escribe una carta al Alcalde el doce de junio de 1925 para que nombre a alguien que, junto a él y a otra persona que represente a la familia del P. Graciano, constituyan una Comisión que dé a la suscripción el uso más adecuado. Le pide también que contribuya económicamente con alguna cantidad. En Sesión de 7 de julio, la Comisión Permanente del Ayuntamiento le pide más datos. El Padre Valdés escribe una carta de contestación en la que les envía un modelo de la lápida que piensan dedicarle al P. Graciano, indicando que se publicará, además, un álbum en gran formato con su fotografía, biografía, obras y nombres de las personas que colaboren en el homenaje. En Sesión de 5 de agosto de ese año, la Comisión Permanente del Ayuntamiento decide nombrar al concejal y maestro nacional Don Aurelio Cañedo como representante del Ayuntamiento en la Comisión del Homenaje.
Muchas personas se adhirieron al Homenaje que tuvo feliz término el catorce de agosto de 1926 con el descubrimiento de la lápida del P. Graciano que, aún hoy, se conserva en un lateral de la Ermita del Otero. El «álbum en gran formato» prometido se quedó en una publicación de treinta páginas, aunque en él sí aparecen tanto una fotografía de la lápida como una lista de los «cooperadores» al Homenaje
Los difíciles años siguientes también tuvieron al P. Graciano como protagonista. Así, el año 1932, en plena Segunda República, un grupo de concejales del Ayuntamiento de Laviana (concretamente José Fernández Gonzáles, Ruperto García Prado y Marcelino González Magdalena) presentan una moción para que las calles Fray Graciano Martínez y Norberto del Prado se difundan en una sola que pase a llamarse Rosario Acuña. Proponen además que la Plaza de la Encarnación pase a llamarse catorce de abril. ¿Los motivos? Responder «a la intensa campaña de obstrucción que en la actualidad está desarrollando toda la fauna clerical y capitalista contra el actual régimen de libertad y justicia, y teniendo en cuenta la cruenta persecución de que en vida y aún después de su muerte fue objeto la librepensadora Doña Rosario Acuña por parte de todas estas huestes tan nefandas para la pobre España».
En Sesión de 30 de enero de 1932, la Comisión Permanente del Ayuntamiento da su voto afirmativo a la moción, «haciendo constar que si los hijos de Laviana estiman conveniente que el nombre del Padre Graciano Martínez debe continuar, que lo pidan por escrito al Ayuntamiento». No tenemos noticia de que hubiera un movimiento vecinal de esta dirección. Lo cierto es que, pasado el tiempo, el P. Graciano Martínez volvería a tener su nombre en una calle y en una plaza, pero su obra sigue estando en el cuarto oscuro de los injustamente olvidados.

30 de enero de 2013

Las rocas de Asturias, antes de la historia

Asturias antes de la historia de Asturias

 






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Los geólogos son unos científicos que se caracterizan, entre otras cosas, por las historias insólitas que cuentan. Si hemos de creerles, los continentes se juntan y se separan, los océanos se abren y se cierran, las montañas surgen del mar y luego son arrasadas. Nada hay permanente sobre la superficie de la Tierra. Y todo esto son capaces de leerlo en las rocas que aparecen debajo de la hierba, los árboles y los suelos. Así elaboran una historia, medida en cifras de millones de años, que nos explican con la seguridad del que habla de algo que vio ayer. Lo que dicen parece ciencia ficción, pero ellos juran que es ciencia auténtica. En Oviedo hay un importante vivero de esta rara especie en la Facultad de Geología, la primera del país según diversas encuestas, sita en el campus de Llamaquique. A continuación formulamos una serie de preguntas con sus correspondientes respuestas que contribuyen a aclararnos el pasado más remoto.
-¿Cómo se las arregla un geólogo para saber la edad de las rocas?
-Existen diversos métodos. Las rocas estratificadas como areniscas, calizas o pizarras, que son las más frecuentes en Asturias, se forman a partir de sedimentos depositados en cuencas que frecuentemente se sitúan en el mar. Estas rocas contienen muchas veces fósiles, que son restos de organismos que vivían cuando los sedimentos se formaron y quedaron enterrados con ellos. Sabemos que los animales y plantas que viven en la Tierra han ido cambiando con el tiempo, porque están sometidos a procesos de evolución, y por ello, estudiando sucesiones de rocas de todo el mundo, ha sido posible establecer una división de épocas sucesivas caracterizadas por fósiles diferentes. Al final, los fósiles son como una especie de etiqueta que nos dice la edad de las rocas.
-Pero los fósiles no les dicen que una roca se formó hace 100 millones de años. ¿Cómo llegan a saber eso?
-Para saberlo hay que acudir a otro tipo importante de rocas que son las que se originan por solidificación de una masa fundida de rocas, es decir, un magma, las rocas ígneas. En Asturias tenemos por ejemplo los granitos de Boal, o los basaltos de la Punta del Castro, junto al Cabo Peñas. Algunos minerales de estas rocas contienen átomos radiactivos, y en cuanto se forma el mineral a partir del magma, estos átomos empiezan a sufrir transformaciones que siguen leyes perfectamente conocidas de la desintegración radiactiva. Estos minerales se convierten así en una especie de reloj y analizándolos podemos saber la edad casi exacta de las rocas.
-Si el método es aplicable sólo a rocas ígneas, ¿cómo se puede saber la edad de una roca sedimentaria?

-Se puede llegar a saber porque en muchos sitios del mundo existen series en las que se intercalan rocas volcánicas en las sucesiones sedimentarias, debido a erupciones volcánicas que  había al mismo tiempo que se depositaban los sedimentos. De esta forma, el trabajo de muchos geólogos durante mucho tiempo y en muchas partes del mundo ha permitido establecer una equivalencia entre la escala de edad de los fósiles y la de los tiempos en millones de años, y hoy día ya puede decirse que los fósiles indican una edad en años con bastante precisión.
-Y aplicando esos métodos, ¿cuál es la edad de las rocas de Asturias?

-Las rocas de Asturias con más edad tienen en torno a 600 millones de años y están entre las más viejas de España. Corresponden a una época denominada Precámbrico, en que los fósiles son muy escasos porque la vida estaba entonces empezando a desarrollarse y no había todavía seres con partes duras susceptibles de fosilizar. Son pizarras y areniscas que aparecen en un corredor desde la zona de Leitariegos hacia el Norte, pasando por Cangas del Narcea, hasta llegar a la costa en Cudillero. Los geólogos llamamos a este corredor el «Antiforme del Narcea». Y divide Asturias en una parte oriental y otra occidental que tienen características distintas. Después de esta época, hay un período largo de tiempo que va aproximadamente desde hace 550 hasta hace 300 millones de años, es decir, casi todo lo que llamamos era Paleozoica, en el que se forman la mayor parte de las rocas que encontramos actualmente en Asturias, desde las pizarras del Occidente o las que afloran en la Cuenca, hasta las cuarcitas que forman el Cabo Busto o el Cabo Peñas o las calizas de los Picos de Europa. Estas rocas se forman con pocas excepciones a partir de los sedimentos depositados en cuencas marinas. Y esto es muy claro porque los fósiles marinos son muy frecuentes en ellas.
-¿Quiere esto decir que la mayor parte de las rocas que ahora forman Asturias se originaron debajo del mar?

-Efectivamente. Cuando vamos en avión, por ejemplo, y volamos sobre el mar podemos imaginar que vemos Asturias tal como era en aquella época. De todas formas había un continente cerca, del que procedían los sedimentos que se depositaban en el fondo del mar. A ese continente se le ha dado el nombre de Gondwana. El hecho es que las rocas que ahora vemos formando la parte oriental de Asturias, en aquella época se formaban en el fondo del mar, pero más próximas a la tierra de Gondwana. En ellas son más frecuentes las calizas que caracterizan el paisaje del oriente de Asturias. En las rocas del Occidente, que se formaron más lejos del continente, predominan las pizarras y las areniscas.
-¿Y cuándo surgieron del mar esas rocas?

-Aquí conviene comentar un aspecto importante del que no hemos hablado. Ahora, gracias a la teoría de la Tectónica de Placas, sabemos que los continentes cambian su posición relativa sobre la superficie de la Tierra. De esta forma, a veces dos continentes colisionan y en ese momento los materiales de las cuencas marinas próximas a ellos son deformados intensamente, doblándose y rompiéndose, y se elevan en una gran cordillera. Por poner un ejemplo muy claro de esto, hace unos 30 millones de años, la India chocó con Asia y eso produjo la gran cordillera de los Himalayas. Bueno, pues hace unos 350 a 300 millones de años, Gondwana colisionó con otro continente situado al Norte y como resultado se originó una gran cordillera, la cordillera Varisca. En esa época, las rocas que se habían formado en el margen de Gondwana emergieron. No obstante, debido al tiempo transcurrido, esta cordillera se encuentra hoy arrasada y no tiene sentido orográfico, pero la franja con rocas deformadas en esa edad, debido a esa colisión, se extiende en Europa desde la península Ibérica, pasando por Francia y Alemania, hasta el macizo Bohémico en la República Checa.
-¿Cuáles son las principales características de esa deformación en Asturias?

-En estas cordilleras originadas por colisión de continentes muchas veces se observa una transición desde zonas donde las rocas se deformaron a mayor temperatura a otras donde la temperatura era menor. En Asturias, el «Antiforme del Narcea», del que hablábamos antes, divide precisamente una parte oriental, deformada a más baja temperatura, de otra occidental con temperaturas mayores que llegaron a sobrepasar los 400º C en algunos sitios. En la zona occidental, por efecto de esa temperatura mayor, las rocas adquirieron ese lajado característico que los geólogos llamamos clivaje. Éste tiene un desarrollo muy intenso en las pizarras y hace que puedan usarse como rocas de techar. Los tejados de pizarra del occidente de Asturias son una consecuencia de ese cambio lateral de la temperatura de la deformación en la cordillera Varisca.
-¿Y qué relación hay entre esa cordillera Varisca y la actual cordillera Cantábrica ?
-La cordillera Varisca tenía un trazado N-S, y desde el N de España seguía en Bretaña, pues el golfo de Vizcaya no existía en ese momento. La apertura posterior de este golfo comenzó una serie de acontecimientos que culminaron en la formación de los Pirineos y la cordillera Cantábrica, que llevan un trazado distinto, E-W. Pero esto ocurrió hace muy poco tiempo, hace sólo unos 25 millones de años, que geológicamente es como anteayer.

FUENTE: Jesús ALLER

Gaspar Casal y Julián

Un naturalista asturiano de adopción.

Dos siglos y medio de la publicación del libro del Doctor Casal

Este año se cumplen dos siglos y medio de la publicación del libro de una figura señera del denominado Siglo de las Luces, popularmente conocida por su céntrica y concurrida calle en Oviedo con el nombre de Doctor Casal. El ilustre personaje, de nombre completo Gaspar Casal Julián (Gerona 1680-Madrid 1759), nació en Cataluña, pero pronto se desplazó junto a su familia a Soria -tierra de su madre- y a Guadalajara, donde vivió parte de su juventud en Atienza. Una vez graduado en Medicina -probablemente en la Universidad de Alcalá de Henares, aunque este extremo no está confirmado-, ejerció en Madrid hasta 1718.

En esta fecha decide trasladarse a Asturias, donde residió treinta y tres años, casi la mitad de su vida. Poco después de llegar a Oviedo fue nombrado médico del municipio y, gracias a la fama ganada, en marzo de 1729 las autoridades catedralicias le responsabilizan de la salud del cabildo. Contemporáneo de Feijoo, le unía amistad con el fraile benedictino, con el cual compartía tertulia. En 1751 regresa a Madrid y ejerce de galeno de la Corte, llegando a atender al propio rey Fernando VI. Pasó a la historia como el Hipócrates asturiano debido a sus continuas referencias al más importante médico de la Antigua Grecia.

Una de sus aportaciones terapéuticas más notables fue anticiparse en la interpretación de lo que denominó «mal de la rosa» (pelagra; del italiano «pelle»: piel y «agra»: áspera), percatándose de que era una enfermedad causada por el excesivo consumo de maíz, alimento omnipresente en la alimentación asturiana de su tiempo. Además de sus quehaceres profesionales, se dedicó a recopilar documentación acerca de los males habituales y sobre otras variadas disciplinas naturalistas (climatología, fauna, flora y mineralogía).

Sus pesquisas son publicadas en Madrid, de manera póstuma, con el título «Historia natural y médica del Principado de Asturias», cuya edición príncipe data de 1762. La obra reúne una temática pluridisciplinar: aguas, piedras, minerales y metales, sigue con otros capítulos dedicados a árboles y plantas, la atmósfera y diversas enfermedades endémicas. Desde un punto de vista geológico, se refiere a varios materiales: jaspes, piedra imán, carbón, trípoli y minerales de hierro, plomo, cobre, etcétera. Esta edición fue ampliamente elogiada por su claridad expositiva y su profundidad temática, siendo reeditada diversas veces.

Dedica especial atención al succino o ámbar -sustancia resultante de la fosilización de la resina de los árboles-, erigiéndose pionero en describir dos yacimientos asturianos, uno en Beloncio (Piloña) y otro en Arenas (Valdesoto, Siero). Puntualiza que «se inflama y arde como una tea, despidiendo un humo intenso y negro y exhalando un olor suave que dura tanto como permanece la llama, y aún extinguida ésta despide un aroma agradable como el del incienso ordinario». No debe extrañar el interés mostrado por Casal respecto al ámbar, pues era creencia cultural que poseía propiedades místicas o mágicas (se le han atribuido propiedades de la sabiduría y de la virtud), siendo utilizado como talismán y también como remedio medicinal contra problemas de pulmón, garganta, dolores de cabeza, circulatorios, etcétera.

Aparte del ámbar, describe azabache en el yacimiento piloñés indicando que, en su opinión, debe denominarse «ámbar negro», pues creía equívocamente que la génesis de ambos era similar. También se preocupa del cristal de roca (cuarzo), relatando la existencia de dos «minas», en Berbes (Ribadesella) y Las Caldas de Priorio (Oviedo); los cristales de la primera son «tan hermosos, tan puros, nítidos, brillantes y diáfanos, que apenas se pueden distinguir de los diamantes», sin embargo, en la segunda «no hay un solo cristal que sea diáfano (...). La superficie está perfectamente pulimentada, pero su color es entre azul y negro»; transcurrido el tiempo estos pequeños cristales prismáticos apuntados por pirámides fueron conocidos en la bibliografía como «diamantes de Las Caldas».

Fue un avanzado divulgador de las aguas termominerales de Las Caldas de Priorio (Oviedo) y de Fuensanta (Nava) al percatarse de sus bondades salutíferas. Relata de las de Priorio: «Son en sumo cristalinas, sin sabor ni olor perceptible», y refiriéndose a las de Fuensanta describe que son «claras y puramente tibias en grado remiso. Exhala la fuente un hedor cenagoso sulfúreo hasta enfadoso (...). Puesta dentro de la fuente o su arroyuelo alguna moneda o alhajilla de plata se vuelve en poco tiempo de color de oro».

No cabe duda de sus habilidades interpretativas, pudiendo considerársele un adelantado del método científico. Así lo demuestra en el caso de las mencionadas aguas termales de Las Caldas, sobre las que realizó múltiples experimentos para determinar su naturaleza.

FUENTE:  MANUEL GUTIÉRREZ CLAVEROL DEPARTAMENTO DE GEOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD.
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 http://www.fgcasal.org

El médico" de Francisco de Goya. Se postula que puede tratarse de Gaspar Casal

La figura: Gaspar Casal y Julián
La Fundación adoptó el nombre de Gaspar Casal por ser el primer médico epidemiólogo español. Describió magistralmente la pelagra o 'el mal de la rosa' en el año 1730. Su conocimiento se plasmó en su libro póstumo: Historia natural y Médica del Principado de Asturias. Su gran aportación a la ciencia fue el cambio conceptual de la medicina, partiendo de la observación y registro e inducción de la enfermedad basada en los hechos. Analiza la Epidemiología de la Asturias de su tiempo, y relaciona el mal clima, con la pérdida de cosechas maíz, patata,…. con déficit vitamínico y de los componentes esenciales de la dieta de sus habitantes, para que aparecieran distintas enfermedades.



  • Nacido en Gerona en 1680
  • A los 22 años ejerció la Medicina en Madrid y la Alcarria.
  • En 1717 marchó a Oviedo y permaneció hasta 1751 donde destacó por sus virtudes: el candor, la crítica, la verdad y la sinceridad, además gran prestigio como clínico e investigador.
  • Describió la pelagra o ‘el mal de la rosa’ en el año 1730.
  • Más tarde fue médico personal de Fernando VI.
  • Murió en Madrid 1759.
  • A los cuatro años de su muerte apareció su libro póstumo: Historia natural y Médica del principado de Asturias.
  • Durante la Ilustración, la medicina española rompe su aislamiento cultural, y trata de incorporarse a sus nuevas corrientes.
  • Gaspar Casal, toma de referente, a la medicina sydenhaniana basada en la observación y en oposición al dogmatismo galénico.
  • Su aportación a la ciencia es el cambio conceptual de la medicina estructurado a partir de la observación y teorización de la enfermedad basada en los hechos.
  • Analiza la Epidemiología de la Asturias de su tiempo, y relaciona la dieta de los enfermos con los trastornos físicos de la enfermedad.

El Prof. Francisco García-Valdecasas en una ponencia en la Academia de Ciencias Médicas de Cataluña y Baleares con motivo del segundo aniversario de la muerte de Gaspar Casal le dedica las siguientes palabras: "me ha sorprendido por su claridad de entendimiento y por su objetividad y ausencia de perjuicios, haciendo observación de los hechos, sin dejarse influir por la serie de principios filosóficos y deducciones sistemáticas en que naufragaban los ingenios de su tiempo. Su independencia de criterio frente a los prejuicios de la época no se encuentran en ningún autor de aquellos tiempos, ni aún de cien años después. Si bien es de destacar el descubrimiento del Mal de la Rosa, a mi juicio su claridad e independencia le colocan a la cabeza de los grandes hombres de su época".

Fichas de las ediciones de su obra:
1762
Dr.Juan
Joseph
García
Sevillano
1900
Dr.A Buylla
y Alegre
y Dr.Sarandeses
y Álvarez







1959
Prólogo del
Dr.Gregorio
Marañón
1988
Introducción e índice-glosario por
D.José Ramón Tolivar

24 de enero de 2013

Jesús Fernández Duro, piloto de aeróstatos

El valor de cinco francos.

El Grand Prix del Aéro Club de France 1905, del que FERNÁNDEZ DURO fue uno de los protagonistas (archivo González-Betes)

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Las aventuras aeronáuticas de Jesús Fernández Duro, que atravesó los Pirineos en globo y fue nombrado caballero de la Legión de Honor francesa

Cuando uno ve por la televisión a esos supuestos aventureros informatizados que llegan al fondo de cavernas nunca holladas por el hombre o avanzan en solitario por el Polo Norte, se pregunta cómo es posible que si son ellos los primeros en estar allí, alguien pueda manejar la cámara que filma su descenso desde el fondo de la cueva o su marcha sobre el hielo a veinte metros de distancia y sospecha que se nos quiere tomar por imbéciles.
Hace ya mucho que es imposible encontrar un viaje inédito o realizar una actividad que merezca correr un riesgo sin caer en el ridículo. Es verdad que nadie ha subido aún al Everest culo atrás -creo que es lo único que le queda por ver a la sufrida cumbre-, pero en cambio abundan los individuos que se tiran desde los puentes vestidos de polichinela, hacen la Ruta de la Seda en patinete, o suben corriendo por la escalera hasta el último piso de un rascacielos; incluso he visto a un sujeto patrocinado por una marca de refrescos que se ha lanzado en caída libre desde el espacio exterior, llegando a la Tierra tan ileso que no hizo falta ni ponerle una tirita.



FERNÁNDEZ DURO es alabado en "La Vie au Grand Air" tras su hazaña del cruce de los Pirineos (archivo Gus)
 http://pilotosmuertos.blogspot.com.es
Hoy les voy a hablar de un aventurero de verdad, al que ya cité en otra de estas historias hace ya cinco años, aunque ahora quiero ampliarles más cosas. Nuestro hombre se llamaba Jesús Fernández Duro y fue capaz de ir y volver desde Asturias hasta Moscú con un automóvil Panhard & Levassor que tenía 15 CV y las comodidades que se pueden suponer para los principios del siglo XX, en el viaje más largo que se había hecho hasta aquel momento, cuando apenas había gasolineras ni mapas de carreteras y la fantasía no podía imaginar un GPS.
Recorrió en aquella empresa miles de kilómetros de un firme que haría buena a cualquier caleya con dos compañeros: su amigo Fernando Muñoz Bernaldo de Quirós, que sería el tercer duque de Riansares y el mecánico Marcelino Laujedo. No se equivocan si suponen que esas cosas solo las podía hacer un hombre rico, porque esa fue su condición. Si quieren seguir leyendo, ahora les cuento como transcurrió su frenética vida, empezando por el drama que supuso su nacimiento en 1878 en La Felguera, ya que su madre, que era hija de Pedro Duro, el fundador de la empresa que aún lleva su apellido, falleció a las pocas semanas del parto, por unas complicaciones que no pudo superar.
Nuestro hombre pasó su primera infancia en la cuenca del Nalón, luego estudió con los jesuitas en Palencia y con los agustinos en Barcelona para concluir su formación en París y Ginebra, donde asistió a una escuela politécnica para estudiar ingeniería mecánica. En 1900 se estableció en Madrid donde estaba el domicilio social de la Sociedad Metalúrgica Duro-Felguera, que presidía su padre, aunque ya nunca abandonó la querencia por lo francés. Allí había conseguido su título de piloto de aeróstatos, realizado sus primeros vuelos y encargado su primer globo, el Alcotán, estrenado en París, con el que levantó la admiración de los madrileños efectuando exhibiciones y observaciones meteorológicas y astronómicas.
También fue parisino el automóvil que les cité antes, adquirido cuando aceptó trabajar como interprete de la empresa familiar en el pabellón de la Exposición Universal y que resultó el complemento perfecto para una existencia dedicada a los deportes caros.


 Monumento a Jesús Fernández Duro (Gentileza de Pablo Gómez 2007)
 http://www.esculturaurbana.com

Le gustaba la velocidad y supo compaginar las diversiones con su actividad como empresario en un negocio de importación y reparación de coches; pero su obsesión eran los vuelos. En mayo de 1905, siguiendo la idea que había visto en Francia, fundó junto al teniente-coronel Pedro Vives el Real Aero Club de España, cuyas siglas coinciden con las del popular RACE, en el que se agrupan actualmente miles de automovilistas españoles. Vives era otro pionero del aire y aunque su objetivo pasaba por organizar la aviación militar española, ambos se entendieron bien y coincidieron en abrir escuelas de pilotos y colaborar con el Aero Club Francés, del que podían aprender muchas cosas.
Cuando la idea se hizo realidad, ellos quedaron en un segundo plano, como sucede a menudo, mientras la presidencia del RACE fue para el marqués de Viana y la vicepresidencia para Alfredo Kindelán, pero lo más importante ya estaba hecho y el día de la inauguración, el 18 de Mayo de 1905, el rey Alfonso XIII estuvo presente en el Parque de Aerostación, junto a la Fábrica del Gas del paseo de las Acacias de Madrid para ver como Jesús Fernández Duro ascendía en su globo mientras lanzaba flores a los asistentes y todo el país se enteraba por la prensa de que el mundo de la aviación entraba a formar parte de nuestra vida cotidiana.
A pesar de que tuvo una vida breve, no cesó en su actividad y obtuvo galardones en todas las competiciones que se organizaron en su tiempo, lo que le valió el reconocimiento como Caballero de la Legión de Honor francesa. No hay espacio para reseñar sus movimientos, pero si debemos pararnos en 1906, su año más brillante.
Aquel enero ganó la Copa de los Pirineos al realizar una travesía en solitario a bordo del Cierzo desde Pau, en Francia, hasta Guadix, en Granada. El viaje duró dos días y el aventurero llegó a soportar hasta 16 grados bajo cero a 3.500 m de altitud, pero incluso en esas condiciones extremas se las arregló para no perder del todo los hábitos de su buena vida y no dejó de fumar. Pueden ustedes suponer el riesgo que entraña mantener el vicio del tabaco a bordo de un globo que puede inflamarse en cualquier momento. Él lo logró encendiendo los cigarros con un reóstato eléctrico y protegiéndolos con una envoltura de malla metálica. Lo curioso es que como la fortuna protege a los audaces, el tabaco le salvó la vida, ya que se acordó de subir los habanos, pero olvidó la linterna en tierra y por la noche solo pudo consultar la brújula y el barómetro a la luz de las caladas.
Dos meses más tarde trató de atravesar el Mediterráneo partiendo de Barcelona, aunque las malas condiciones climáticas le hicieron apearse en Francia. He tenido la suerte de encontrar una carta fechada el 16 de febrero de 1906, recogida por una publicación de la época, en la que le cuenta a un amigo los planes previstos para engañar al teniente-coronel Vives, entonces jefe del parque de Guadalajara, quien no era muy propicio a consentir la empresa por los riesgos que entrañaba y debía dar el consentimiento para que lo acompañase en la aventura el joven duque de Riansares, que entonces era teniente y estaba bajo sus órdenes. Vean este párrafo:
«Le diremos que antes de emprender el viaje definitivo haremos pruebas con poco viento y seguidos por un barco, para probar los estabilizadores y desviadores. Escríbele en este sentido y dile que haremos todo lo que creas ha de convencerle. Pero en realidad la cosa será muy distinta. Mi plan es no hacer ninguna prueba y en cuanto haya un viento O. SO. que nos parezca bastante fuerte, inflar y salir inmediatamente». El cierre de esta misiva también refleja la manera el carácter despreocupado de nuestro personaje que juega con su apellido transformando las cinco pesetas en moneda francesa: «Un fuerte abrazo de tu buen amigo 5 francs (Duro)».


Por fin, el 25 de marzo el Huracán ya estaba en Barcelona lleno de gas, pero el cambio de viento retrasó el despegue hasta el día 2 de abril a las 5, 50 de la tarde cuando los dos hombres pudieron partir con viento favorable, aunque su travesía se interrumpió después de más de 15 horas de viaje, cuando se encontraban a 7 km al norte de Salses, en el Rosellón galo. De todas formas, la prensa celebró aquello como un éxito porque habían logrado recorrer 380 km, de ellos 310 sobre el mar.
Luego vino el viaje por carretera hasta Rusia y, cuando se encontraba en lo mejor de su carrera, preparándose para otras competiciones y realizando las pruebas para la construcción de un hidroavión que él mismo estaba financiando en París, lo que no pudieron hacer los elementos lo consiguieron los microbios: el jueves 9 de Agosto de 1906, Jesús Fernández Duro falleció en San Juan de La Luz, a causa de unas fiebres tifoideas.
En aquel momento solo tenía 28 años, aunque a pesar de su juventud ya contaba -como dije más arriba- con la Legión de Honor de Francia, y también con otras condecoraciones de aquel país como la medalla del Automóvil Club francés y el Aeroclub de París; también el Aeroclub de Berlín le había distinguido por su contribución a la divulgación del deporte y la ciencia aeronáutica; era, en suma, un personaje popular a ambos lados de Los Pirineos y la noticia ocupó varias páginas en las revistas francesas y españolas.
Aunque tardó en ser reconocido en su tierra, actualmente cuenta con un monumento en su honor que se inauguró en La Felguera el 21 de marzo de 2004, un círculo aeronáutico lleva su nombre y la Sociedad de Festejos y Cultura «San Pedro» se ha ocupado de publicar su biografía. Si ustedes quieren conocer menos anécdotas y más datos sobre nuestro aventurero, no duden en recurrir a ella.


 Ilustración de: Alfonso Zapico
FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR
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Jesús FERNÁNDEZ DURO emprende su viaje Oviedo/Moscú
(archivo César Oliver)


Jesús Félix Fernández Duro (La Felguera, España, 1878 - San Juan de Luz, Francia, 1906) fue un aeronauta español, Caballero de Honor de la Legión Francesa, fundador del Real Aero Club de España y primer hombre en cruzar los Pirineos por aire, entre otros logros.

Biografía

Nació en 1878 en La Felguera (Langreo, Asturias), hijo de Pilar Duro y Matías Fernández Bayo, y nieto del empresario Pedro Duro, fundador de la primera gran siderurgia española. En esta localidad pasó su infancia con sus hermanos Dolores (futura Marquesa de la Felguera), Josefina, Pedro y Matías (su madre Pilar falleció después del parto de Jesús), hasta que se mudó a Francia, donde estudió Ingienería Mecánica en París y donde obtuvo el título de piloto de globo. Después de esto regresó a España donde hizo numerosas giras con su globo, elAlcotán, por diferentes puntos del país y fundó una empresa de importación y reparación de coches en Madrid. En 1902 realiza el mayor viaje en automóvil conocido hasta entonces, 10.000 kilómetros, al partir desde Gijón a Moscú y volver, sin mapas. Tras muchos intentos, en 1905, en Madrid, logra fundar el Real Aero Club de España, inspirado en el francés. Más tarde fue nombrado Caballero de Honor de la Legión francesa en París, gracias a sus numerosos logros en competiciones internacionales.
En 1906 gana la Copa de los Pirineos, atravesando en solitario la cordillera que separa Francia de España, desde Pau a Granada, a la par de ser el primer hombre que hacía tal proeza. Ese mismo año se convierte el primer europeo que construye un aeroplano, para una de sus competiciones, el cual no puede extrenar debido a su prematura muerte. Falleció en San Juan de La Luz debido a fiebres tifoideas, a la edad de 28 años. Además de ser condecorado por la Legión de Honor de Francia, lo fue también con la medalla del Automobile Club de France, el Aeroclub de Berlín y el Aeroclub de París por sus constribuciones al deporte y la ciencia aeronáutica. Su muerte ocupó varias páginas en la prensa francesa y española.

Homenajes y centenario

En el año 2004, se inauguró en La Felguera un monumento en honor al célebre aeronauta, que contó con la presencia del Ejército del Aire, un agregado de la embaja de Francia en España, el General Jefe del Estado Mayor del Ejército del Aire, el Presidente del Real Aero Club, los Marqueses de La Felguera, reactores C-101 de Salamanca y helicópteros del ejército, militares, diversas autoridas provinciales y civiles.
A lo largo de 2006 y 2007 se celebraron tanto en su localidad natal como en Francia numerosos actos con motivo del centenario de la travesía en globo de los Pirineos, en los que los Príncipes de Asturias fueron presidentes de honor. También se publicó su biografía y se fundó el "Círculo Aeronáutico Jesús F. Duro". Actualmente se planea construir en su ciudad natal un pequeño museo de la aviación. En el monumento felguerino se puede leer el siguiente cantar popular:
Un águila subió al cielo,
para quejarse al Señor,
que un hijo de La Felguera,
en los aires la humilló.

Obra biográfica

  • 2005 "Al encuentro con Jesús Fernández Duro" José David Vigil-Escalera
  • 2006 "Jesús Fernández Duro. In Memóriam" VVAA
                          Preparando otro vuelo (archivo Gus)
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Traslado de los restos mortales de Jesús Fernández Duro


En julio de 1906, unos meses más tarde de haber conquistado la Copa de los Pirineos, por haber sido el primer hombre en cruzar la cadena montañosa por los aires, alcanzando la mayor distancia desde el punto de salida (la ciudad de PAU, en el sudoeste francés) 704 km. hasta Guadix (Granada), y tan solo unas semana después de haber realizado un vuelo sobre su pueblo natal, La Felguera (Asturias), Jesús Fernández Duro se instaló en San Juan de lUZ (Francia) para allí, ayudado por los ingenieros aeronáuticos franceses, Maurice Mallet y Victor Tatín, intentar concluir un aeroplano de su invención y ser el primer europeo en conseguir volar en una máquina “más pesada que el aire”.
Los ensayos hechos en una réplica a escala habían sido positivos y las ilusiones por lograr la gloria para España eran inmensas. Pero…al poco tiempo de su estancia y trabajo en San Juan de Luz, “allí un vaso de agua, una fruta ingerida en malas condiciones, cualquier agente morboso que se introdujo en el misterio del complicado mecanismo humano, bastó a destruir un cuerpo joven y vigoroso de veintiocho años”. En definitiva, unas fiebres tifoideas supusieron la muerte de aquel héroe español, conquistador de los aires. Era el 9 de agosto de 1906 cuando la imprevista y desoladora noticia circulaba por todos los telégrafos del mundo.
El día 11, por dificultades para traspasar fronteras con un fallecido por aquella que entonces se condideraba contagiosa enfermedad, era enterrado en San Juan De Luz, y según la ley francesa vigente para los enterramientos habrían de esperarse al menos diez años para su desenterramiento y traslado.

Mientras, en La Felguera, su villa natal, y en el entorno familiar…
En la segunda decena del pasado siglo XX, el progresivo crecimiento de la fábrica de Hierros Duro y Cía. fundada por el abuelo de Jesús en La Felguera, ya convertida en sociedad anónima y bajo la denominación social de Sociedad Metalúrgica Duro Felguera, hizo pensar a su, por aquel entonces, Presidente Don Antonio Velázquez Duro, cuñado del aeronauta,la necesidad de ocupar, con instalaciones productivas, los espacios que ocupaban, dentro del recinto fabril, la amplia Capilla de la riojana Virgen de la Valvanera, a quien la familia Duro dirigía todas sus oraciones, y su pequeño campo santo donde reposaban los restos del fundador Don Pedro Duro Benito, junto con los de su única hija Pilar y los de sus hermanos Don Julián y Doña Felipa.
Para ello mando construir, adosado al lateral de la esbelta iglesia parroquial de La Felguera, sobre planos del muy acreditado arquitecto Rodríguez Bustelo, “una capilla-mausoleo, de bruñidos mármoles, artística sobriedad y estilo bizantino. Su portada de piedra moneban(SIC), de medio punto, con artísticas columnas y finísimos zócalos. En el centro, sobre un hermosísimo sarcófago, destinado a guardar las venerables reliquias de Don Pedro Duro, se erige una escultura de esmeradísima construcción, representado la Fé. Tras él, en el fondo tres series de nichos superpuestos. En la preciosa bóveda, de forma de medio cañón, toda de riquísimo mosaico veneciano, destacaba una greca, esmaltada en diversidad de colores, sobresaliendo los dorados, con figuras de ángeles, cortada por dos ventanales de artísticas vidrieras y dos lunetas, encerrando muy hermosos bajorrelieves. Llamaban poderosamente la atención seis candelabros y una cruz, de bronce, de puro estilo bizantino, adaptado a la rica ornamentación de la capilla. Igualmente merecía especial mención la extraordinaria y bellísima puerta de hierro forjado, trabajada con verdadero arte y a través de la cual el pueblo tenía la visión de la tumba del prócer fundador. Las dos vidrieras, dedicadas a San Antonio Abad y a la Virgen de los Dolores, testimoniaban la inequívoca voluntad de Don Antonio Velázquez Duro y su esposa, nieta de Don Pedro, Doña Dolores Fernández Duro, de que su descanso eterno tuviera lugar en La Felguera, donde ella había nacido y él, llegado a los cinco años, había crecido, amado y sido amado por todo el pueblo.
El matrimonio sería, años mas tarde y a solicitud popular, distinguidos por S.M. el Rey Alfonso XIII con el título de Marqueses de La Felguera”.
El sábado 26 de agosto de 1916, un silencioso y multitudinario cortejo fúnebre, trasladaba los restos de la familia Duro desde la fábrica al descrito mausoleo en la Iglesia parroquial. Dos días antes, procedentes de San Juan de Luz (Francia), habían llegado los restos mortales del nieto menor de Don Pedro, el insigne aeronauta Don Jesús Fernández Duro, fundador de la aeronáutica civil española, del Real Aero Club de España, recordman de distancia en automóvil (1902 Gijón-Moscú-Gijón) primer hombre que cruzó los pirineos por el aire, condecorado con las más destacadas distinciones aeronáuticas europeas y con la Cruz de Caballero de la Legión de Honor francesa. Había fallecido con tan solo 28 años, de fiebres tifoideas, cuando construía el que hubiera sido el primer aeroplano de construcción europea.
Veinte años más tarde, en 1936, las milicias del Frente Popular decidieron volar e incendiar la Iglesia de La Felguera y ello dio motivo a que una vez más se comprobase el concepto que sobre la grandeza humana de Don Pedro pervivía en La Felguera, cuarenta y tres años después de su fallecimiento.
Decidida la destrucción de la Iglesia, que arrastraría con ella el mausoleo de la familia Duro, la CNT de La Felguera, detiene la acción hasta que la familia Duro pueda retirar los restos mortales de Don Pedro y su familia. Les dicen a sus deudos que pueden rescatar no solamente los restos de sus familiares sino todos los objetos que figuran en la capilla por si desean reconstruirla en otro lugar. Es más, les comunican que lo hagan con tranquilidad, que ellos, la CNT de La Felguera, les protegerá y no se procederá a la destrucción del templo hasta que ellos hayan concluido el trabajo. Y así se hizo, la familia Duro allí enterrada, fue rescatada por la familia Cuesta Ajuria y llevada al panteón de estos en el cementerio felguerino de Pando.
Muchos de los objetos ornamentales rescatados con los restos mortales –la imagen de la Fé, la grandiosa puerta de hierro forjado y otros enseres-, se conservan aún en la Quinta Duro, hoy hotel rural regentado por el nieto menor de los primeros Marqueses de La Felguera, Don Carlos Velázquez-Duro. Con independencia de la repulsa que el acto de destruir una iglesia merece a quien esto firma, cabe reconocer en el proceder de la CNT felguerina, la virtud del agradecimiento, respeto y sana veneración por unas personas que en su vida dieron muestras de preocupación, amor y solidaridad con sus trabajadores y con sus vecinos. Sería muy largo el detallar aquí las muchas pruebas de todo ello que dejaron en este pueblo.


Acabada la guerra civil, los restos mortales fueron trasladados, dentro del propio cementerio de Pando en La Felguera, desde el panteón de los Cuesta Ajuria a una muy modesta tumba, construida para ello, destacada en lo alto de la escalinata central y a los pies de la capilla del cementerio, con una placa de mármol que expresa que en esa tumba “descansan provisionalmente”.
Ahora, el domingo 29 de junio de 2008, día de San Pedro, en que se celebraba el primer centenario la Sociedad de Festejos que organiza las fiestas en recuerdo y homenaje a Don Pedro Duro, y mismo año en que se cumplen ciento cincuenta –siglo y medio- desde que la primera colada de hierro fundido saliera de un horno en la fábrica de La Felguera, llamada entonces Fábrica de Hierros de Duro y Compañía, predecesora de la actual Duro Felguera, los restos mortales del patriarca de tan noble familia, gran hombre, bienhechor, Don Pedro Duro abandonarán la provisionalidad del cementerio de Pando, para volver a la Iglesia Parroquial de La Felguera, a la cripta que, bajo proyecto y generosa financiación de Duro Felguera, ha sido dignificada para acoger, como se merece y ya para siempre, al fundador de la industria metalúrgica, desgraciadamente ya desaparecida, pero que subsiste en una gran empresa de prestigio mundial a quien, nosotros desearíamos, que los felguerinos del futuro, recordasen, por méritos que contraigan con este pueblo, a sus directivos, con el mismo afecto, respeto y veneración con el que “los obreros de su fábrica” y La Felguera entera, mostraron siempre –y aún lo hacen hoy- hacia Don Pedro Duro Benito y familiares anteriormente mencionados.
Y recordamos también, como apunte para historiadores y estudiosos, que en este traslado, le acompaña, entre otros familiares, en restos mortales, nuestro insigne aeronauta y personaje de mayor actualidad Don Jesús Fernández Duro.
Esperemos que este “último vuelo, en la intimidad de sus deudos” hacia un lugar de veneración permanente de su convecinos y admiradores, el aeronauta español que tantas jornadas de gloria dió a Espsña, descanse para siempre.
Digamos por último que, pese a los 102 años transcurridos desde su muerte, y los traslados sufridos por sus restos mortales, el cuerpo de Jesús Fernández Duro fue encontrado en muy buen estado de conservación gracias a haber sido embalsamado a su fallecimiento en San Juan de Luz.

  AL ENCUENTRO CON JESUS FERNANDEZ DURO - JOSE DAVID VIGIL