13 de enero de 2013

El Langreano Andrés del Río Riaño de Lantadilla y Sandoval

El hombre del astrolabio.


En 1789, justo cuando en Francia estallaba la revolución que iba a iniciar la era contemporánea, el Ministerio de Marina español encargaba a un investigador llamado Martín Fernández Navarrete la búsqueda y recopilación por todos los archivos del país de aquellos documentos que tuviesen alguna relación con la historia marítima de España, nada menos. Don Martín había nacido en Ávalos (Logroño) en 1765 y por lo tanto era un hombre joven, pero a pesar de su edad gozaba ya de fama como navegante y estudioso de las cosas de la mar y aquel trabajo le venía al pelo. Dedicó a él tres años intensos y su labor, además de ser exhaustiva, proporcionó agradables sorpresas como el hallazgo de los diarios del primer y tercer viaje de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo.

Este fue el premio gordo de su esfuerzo, pero para las Cuencas también hubo pedrea porque entre los personajes y los trabajos que fue rescatando hizo volver a la luz a uno de nuestros paisanos llamado Andrés del Río Riaño cuyas ocurrencias también recogió en la publicación que se le había encomendado.

Constantino Suárez, el famoso «Españolito», que reunió en una magna obra la relación completa de los escritores y artistas asturianos que le habían precedido, hizo una breve reseña sobre él contándonos que había nacido en el concejo de Langreo antes de mediar el siglo XVI y que fue el autor de dos obras publicadas en aquellos años sobre el arte de la navegación. La primera titulada «Hidrografía en que se enseña la navegación por altura y derrota y la graduación de los puertos» y la otra -no intenten memorizarlo- «Tratado de un instrumento por el cual se conocerá la nordestación o norestación de la aguja de marear navegando: por la mayor altura del Sol o de otra estrella, o por dos alturas iguales, y de la utilidad que de él se ha de seguir». Ahora nos toca contar de qué trataba y el porqué se escribió este texto con un nombre tan enrevesado.

Conocemos otros dos apellidos de Andrés del Río Riaño que completan su ficha familiar: De Lantadilla y Sandoval y sabemos también que en 1585, cuando publicó su hidrografía, vivía en Sevilla, que era y sigue siendo como ustedes saben el único puerto fluvial de España y que en aquel entonces brillaba como centro de la navegación ultramarina porque allí se ubicaba la Casa de Contratación.

En otras ocasiones hemos escrito sobre más marinos nacidos en la Montaña Central que residieron en esta ciudad y a lo mejor recuerdan lo que significaba aquella institución de la capital andaluza: allí se guardaban las mercancías que iban y venían a las Indias, se contrataba a los marineros, se fletaban los navíos, se alojaba un cuerpo de peritos expertos en barcos y negocios y se llevaba el registro de cualquier operación comercial que viniese de la mar Océana. Entonces no parece extraño que en su entorno se moviesen los mejores pilotos y la mayor parte de los cosmógrafos que impartían sus enseñanzas en la que era la principal escuela de náutica del país y en ese ambiente cualquier noticia que viniese de América y cualquier avance que se conociese sobre la mejora de las naves corría rápidamente por sus calles.

En Sevilla se concentraban los veteranos que narraban sus aventuras, los estudiantes que preparaban exámenes y los estudiosos que se empeñaban en corregir y mejorar los aparejos y utensilios de a bordo y las cartas de marear, que -dado que tanto ustedes como yo sabemos más de carbón que de medusas- me atrevo a aclarar que se llaman así por las mareas y no porque turben el conocimiento.

Otra de las funciones de la Casa era la de fabricar los instrumentos de navegación y a ello se dedicaban científicos y artesanos. Andrés del Río estaba en Andalucía por esta razón, era un apasionado de la Geometría que había renegado de los aperos que habían conocido en su infancia del Nalón: madreñas, palotes, fesorias y guadaños y prefería estar rodeado por astrolabios, ballestillas, agujas de marear, portulanos y tablas de los movimientos celestes. Se pasaba horas haciendo cálculos, siguiendo el camino nocturno de las estrellas y levantándose al amanecer para estudiar los movimientos del Sol en el horizonte.

El siglo XVI fue para la marina como para las letras y las artes, una época de progreso, los tipos de naves se hicieron más numerosos y más complicados y en España y Portugal llegaron a armarse buques de guerra con 80 bocas de fuego; surcaban los mares naos, bergantines, galeras, carabelas, carracas, galeazas, galeones y galeoncetes (no crean que es broma); cambiaba la capacidad, la forma y la velocidad, pero todos los barcos tenían en común el mismo inconveniente: la orientación en alta mar, que había mejorado muy poco a pesar del esfuerzo que se venía haciendo desde el reinado de los Reyes Católicos por aumentar la seguridad en los viajes comerciales.

Andrés del Río estaba obsesionado por este problema de difícil solución que era la causa de constantes naufragios y pérdidas de navíos con su correspondiente coste en hombres y cargamentos, pero creía que todo podía arreglarse con un instrumento preciso que corrigiese la variación del rumbo.

Reunió entonces toda la información que pudo encontrar en los archivos sevillanos, se entrevistó con los especialistas y los pilotos más experimentados y logró hacerse con los aparatos que se utilizaban habitualmente; luego pasó interminables jornadas examinando, armando y desarmando, midiendo y enmendando, hasta que por fin pudo cuajar un invento para conocer la variación del rumbo y determinar la longitud de las posiciones y cuando lo tuvo dispuesto completó su proyecto escribiendo un tratado en el que explicaba por qué lo había diseñado de aquella manera y las bondades que traería su empleo en las embarcaciones. Entonces ni corto ni perezoso encargó varias copias, tanto del aparato como del texto, para que se repartiesen entre los capitanes de la Corona y así se pudiese comprobar en la práctica lo que él había ideado sobre la mesa de estudio. Con este bagaje metido en su petate se dirigió a uno de los hombres más poderosos de la ciudad: don Bernardino González Delgadillo y Avellaneda, asistente de Sevilla y señor del Castillo, que figura en la historia negra de España por haber ordenado la ejecución en la horca de Alonso Álvarez de Soria «el Tuerto», un poeta poco conocido del Siglo de Oro, pero con obras de tanta calidad que a veces se confunden con las de Góngora o Quevedo y que había tenido la osadía de dedicarle unas sátiras que no fueron de su agrado. Cuento esto para que vean cómo se las traía el caballero y sigo con nuestra historia.

El invento de Andrés del Río consistía en un astrolabio perfeccionado. El astrolabio es un instrumento que permite determinar las posiciones de las estrellas sobre la bóveda celeste y se usaba para saber la hora y determinar la latitud a partir de la posición de las estrellas, ya era conocido por los griegos y más tarde lo adoptaron los musulmanes que le encontraron una nueva utilidad calculando con él la dirección de La Meca; en el siglo XVI era obligatorio en todos los barcos de la Corona.

El del langreano se colocaba al lado de una caja que contenía una aguja, con la que se determinaba y media la variación gracias a la observación de la altura que el Sol iba cogiendo sobre el horizonte e, igual que sucede ahora con las imitaciones chinas, al poco tiempo ya existían diferentes copias a cada cual más imperfecta que sólo podían funcionar en el mismo instante en que el astro rey salía o se estaba poniendo, con lo que tenían muchos errores porque en esos momentos la vista se engaña por los efectos de la luz y además se olvidaba que el alba y el atardecer tampoco son iguales cada día.

Entre los defectos de los copiones y los fallos que también tenía el original a pesar de ser más completo, el sistema no pasó de ser considerado como una curiosidad pero no se adoptó porque no adelantaba gran cosa a pesar de que se apoyaba en los cálculos geométricos del langreano; los expertos decidieron que el aparato nunca podría sustituir a la observación tradicional de la luna, las constelaciones y los eclipses ni a la medición de lo relojes de agua y arena, como se enseñaba en las clases de la escuela sevillana y los estudios de nuestro paisano quedaron en el olvido.

Después de Andrés del Río tardó en haber más novedades. Hasta el siglo XVIII el astrolabio siguió utilizándose como el principal instrumento de navegación, luego llegó el sextante. Él habría dado cualquier cosa por vivir ese momento, pero ya hacía tiempo que había dejado este mundo; sin embargo sus escritos y la pequeña aventura de su proyecto volvieron a salir tímidamente a la luz 200 años más tarde y hoy, sólo porque fue uno de los nuestros, tiene este pequeño momento de gloria en las Cuencas. Quién se lo iba a decir.

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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