3 de enero de 2013

A Vital Aza le hubiese gustado poder ver su entierro

El hombre que hizo rabiar al rey.

                 Caricatura de Vital Aza
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Me gusta pasear por los cementerios. Cuando estoy más de tres días en una ciudad siempre me acercó a saludar a sus muertos y a veces me veo obligado por una atracción inexplicable a dejar la carretera en pleno viaje y acercarme hasta alguno de esos camposantos solitarios que de vez en cuando nos sorprenden dando un poco de inteligencia al paisaje, entre los toros negros de hojalata y los molinos de aspas increíbles que van llenando los altozanos castellanos.
Visito a menudo el de Mieres, porque allí tengo muchas devociones que me niego a perder. Las más se corresponden con aquellas personas a las que quise o estimé cuando vivían, pero también tengo respeto por otros difuntos a los que no pude conocer en persona y para honrar su memoria me gusta pararme un minuto ante sus nombres grabados en el mármol. En mi lista de querencias está Vital Aza, protegido por una bella figura modernista que siempre me recibe con sus alas abiertas, y es que tengo que agradecerle los buenos momentos que me han dado sus libros y además -se lo confieso, esperando su complicidad- es un personaje que me cae bien, ¿Nunca se han cruzado ustedes por la calle con un rostro desconocido y les ha pasado lo mismo? Pues eso.

                      Ilustración de: Alfonso zapico

Ya escribí una vez que a Vital Aza le hubiese gustado poder ver su entierro. Murió en Madrid el 13 de diciembre de 1912 y lo embalsamaron para cumplir su deseo de ser enterrado en Asturias. Al día siguiente sus hijos y varios amigos íntimos bajaron el cadáver desde su domicilio y lo condujeron hasta la estación del Norte donde lo hicieron coger el tren de las tres rodeado por el mundillo cultural de la capital y muchos admiradores anónimos. Era sábado y la nieve acompañó su último viaje hasta Mieres, a cuya estación llegó a las nueve de la mañana del día siguiente.
Para entonces ya había dado tiempo a traer desde Oviedo una carroza fúnebre, adornada con colgaduras y tirada por cuatro caballos que parecía salida de uno de los cuadros teatrales que él había plasmado con su pluma, aunque respetando su voluntad, no hubo coronas y sobre el ataúd solo se colocó un ramillete de flores naturales.
A veces trato de imaginar frente a su tumba solitaria aquella comitiva que tuvo que ser fantástica y me parece oír a la multitud que lo acompañó por las calles siguiendo a las autoridades revestidas de solemnidad, bajo el frío y emocionados por las notas de la banda de música municipal. En ellos había encontrado Vital Aza la inspiración para muchos de sus personajes, porque aquí aprovechaba la tranquilidad de los veranos mierenses, lejos de la popularidad de los teatros, para planear y escribir sus composiciones.
Vital Aza era lenense, nacido el 28 de abril de 1851, pero repartió la mayor parte de sus días entre Madrid y Mieres, en la casa familiar de su mujer Maximina Díaz Sampil, a la que había conocido en Gijón. Cuando estaba en Oñón solía bajar por las tardes hasta La Pasera para formar tertulia con el párroco, el juez y otros amigos en la rebotica de su primo político José Pío Fernández de La Granda, y de aquellas tardes jugando al tresillo y tomando el café que preparaba su prima Eulogia salieron obras como «La rebotica», estrenada en marzo de 1895 en el Teatro Lara de Madrid.
                                           Vital Aza

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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