31 de diciembre de 2012

El vapor de Duro Felguera

Las peripecias del vapor «Sotón»

                                             Pedro Duro Benito

http://www.lne.es




Como ustedes sabrán, Duro Felguera, desde su constitución -a mediados del siglo XIX- por obra y gracia del prócer riojano Pedro Duro Benito, se dedicó principalmente a la siderurgia y la minería del carbón; pero además, buscando siempre aminorar sus costes, también amplió su actividad a la producción de energía y la construcción naval.

El primer buque que encargó la compañía para facilitar la llegada de materias primas y la salida de sus productos manufacturados por mar fue el «Adolfo» y para gestionar estos temas se contactó con el experto vasco José Ramón de Olavarría, quien se trasladó hasta el puerto de Gijón como gestor y consignatario de la naciente naviera. Bajo su dirección se pudo constituir la llamada Sociedad Oscar de Olavarría y Compañía en 1865, que llegó incluso a probar las rutas transatlánticas antes de su liquidación en junio de 1888 para convertirse en Olavarría y Lozano.

Después de la experiencia obtenida, la compañía decidió crear su propia flota de mercantes para dar servicio a sus factorías. Uno de éstos, algunos años mas tarde, fue el vapor «Sotón», bautizado como el emblemático pozo minero que conocen de sobra. La nave se comenzó a construir en los talleres y el dique seco de la Sociedad Española de Construcciones Metálicas, en el Natahoyo gijonés a mediados de 1917, y de sus máquinas y calderas se encargaron los talleres que la misma empresa tenía en Zorroza, en la zona industrial de Euzkadi, y debido al conflicto bélico que entonces movilizaba toda Europa, tanto los materiales como todos los técnicos que intervinieron en el proyecto y los trabajos fueron españoles.

Finalmente, el «Sotón», con una eslora máxima de 66,70 metros y un arqueo bruto de 1.372,70 toneladas pudo entregarse a los armadores en 1919 y, después de realizar las pruebas pertinentes en las aguas gijonesas con un resultado inmejorable, se dedicó al transporte de mercancías y materiales para la empresa entre las costas vasca y asturiana.

Pocos años más tarde, en 1927, en el arsenal de Wilhelmshaven era botado otro buque de características muy distintas: se trataba del «Köninsber». Wilhelmshaven es una ciudad portuaria del norte de Alemania, situada en la parte occidental de la bahía de Jadebusen, que, por su posición estratégica, acabó sufriendo tremendos bombardeos durante la II Guerra Mundial. El «Köninsberg» debía su nombre a otra ciudad, la actual Kaliningrado, un enclave ruso del mar Báltico situado entre Lituania y Polonia, que cuando pertenecía a Prusia se llamaba así.

El «Köninsberg» era uno de los tres cruceros que formaban una serie de similares características junto al «Karlsruhe» y el «Köln» y entró en servicio en 1929 con un diseño especializado en las misiones de reconocimiento para la flota principal, localizando al enemigo para huir después rápidamente. Su tripulación superaba los 850 hombres y estaba equipado con un armamento especializado compuesto por nueve piezas de 150/60, distribuidas en tres torres triples, una a proa y dos a popa, y 6 piezas antiaéreas de 88, 8 de 37 y 4 de 20 mm, además de doce tubos lanzatorpedos de 531 mm; e incluso llevaba a bordo dos hidroaviones Heinkel dotados con respectivas ametralladoras giratorias MG-15 de 7,9 mm y la posibilidad de poder lanzar bombas de 10 kg.

Ya se pueden imaginar que era un verdadero gigante cuya mera visión atemorizaba a quienes lo divisaban por primera vez; pero es que a pesar de su tamaño podía maniobrar con una rapidez inusitada gracias a sus motores diésel, de los más modernos de la época, que se completaban con dos turbinas de vapor que le permitían alcanzar una velocidad máxima muy superior a la de sus oponentes. Como en una versión moderna de la historia de David y Goliat, al poco de iniciarse la Guerra Civil española, el «Sotón» y el «Köninsberg» se encontraron en su camino náutico. Se lo cuento:

A pesar del conflicto, el «Sotón», seguía su trabajo en la zona del Cantábrico realizando transportes de mineral de hierro entre los puertos de Bilbao y Gijón, hasta que en noviembre de 1936 un incidente con el que no tenía ninguna relación estuvo a punto de poner un final prematuro a su historia: resulta que el Gobierno vasco, fiel a la República, había sido capaz de organizar su propia flota, la denominada pomposamente Armada Auxiliar de Euzkadi, y para demostrar su eficacia uno de sus buques decidió capturar un barco de carga alemán llevándolo hasta el puerto de la capital vizcaína.

Lógicamente, la respuesta no se hizo esperar y los germanos hicieron salir de su base en Kiel al «Köninsberg», para que con su mera presencia a pocas millas de la ría del Nervión ayudase a exigir la liberación de sus compatriotas. Ante la amenaza que suponía la enorme nave, se dejó salir de nuevo al mercante después de confiscar su cargamento y detener a un español que se encontraba entre sus tripulantes.

Entonces desde Berlín se dio la orden a los barcos de su flota para que en represalia retuviesen cualquier embarcación de la República Española que se encontrasen en su singladura. El 1 de enero de 1937 el vapor «Aragón» fue apresado por el acorazado de bolsillo «Graaf Spee» en el Mediterráneo andaluz, pero para la propaganda se necesitaba hacer lo mismo con un barco del Cantábrico y el «Köninsberg» lo intentó con el primero que se cruzó en su ruta: el «Sotón».

Según se escribió en el diario de a abordo, a primera hora de la mañana, cuando navegaba cerca de la costa llevando un cargamento de mineral de hierro en dirección a Gijón, se detectó un buque de guerra de gran tamaño que navegaba por mar de fuera con rumbo paralelo al suyo y que en un principio no fue identificado, aunque a la altura de Punta del Águila, en Cantabria, unas lanchas pesqueras que venían huyendo manifestaron que debía tratarse del acorazado «España», uno de los pocos buques que habían optado por el bando franquista. Ante el riesgo de ser capturado, el capitán del «Sotón» mandó virar para refugiarse en la bocana del cercano puerto de Santoña.

Pero en realidad se trataba del «Köninsberg», que se acercaba rápidamente hacia el mercante español intentando detenerlo con señales de banderas. Al no ser obedecido, comenzó a cañonearlo. Entonces el «Sotón», muy cerca ya de la orilla, prefirió quedar varado en el lugar del bajo de San Carlos, aunque en esa situación el capitán no tuvo más remedio que obedecer órdenes y envió al segundo oficial hasta el cañonero para recibirlas por escrito. Los alemanes le hicieron saber que el mercante quedaba bajo su autoridad y en cuanto la marea lo permitiese debía colocarse ante ellos siguiendo el rumbo que les indicaban, ateniéndose a las consecuencias en caso de negativa.

Lo que sucedió a continuación fue lo que todos los españoles podemos suponer y ningún alemán de la época podía esperar: cuando el agua subió y el barco estuvo en condiciones de volver a la mar ya no quedaba allí ni el gato del cocinero. Así que la ira germana se materializó en un último disparo que fue a caer en la bahía de Santoña y el capitán del «Köninsberg», maldiciendo en bávaro, mandó abandonar el lugar. El destino quiso que al poco tiempo el «Sotón» tuviese menos suerte: las bombas de la aviación franquista acabaron hundiéndolo en Gijón; allí estuvo hasta que al final de la guerra pudo ser reflotado por la Comisión de la Armada para Salvamento de Buques; luego aún trabajó muchos años para Duro Felguera hasta que en los años sesenta fue vendido a la Compañía de Navegación Vasco-Asturiana, que acabó desguazándolo en Bilbao.

En cuanto al «Köninsberg», a las 48 horas del incidente de Santoña logró cumplir su objetivo capturando al «Marta Junquera», que pertenecía a la naviera santanderina Vapores Costeros, y lo entregó a la Marina franquista en el Ferrol, aunque se quedó con su tripulación para dejarla volver a tierra a la altura de Lastres.

Éste es también otro curioso episodio que estuvo a punto de desembocar en una catástrofe cuando los milicianos asturianos se prepararon para repeler una supuesta invasión al ver acercarse al gigante de hierro y ver que echaba al mar un bote lleno de hombres. Afortunadamente no llegaron a disparar sus armas y los alemanes abandonaron definitivamente nuestras costas. Después sabemos que el «Köninsberg» siguió sus misiones de guerra hasta que en 1940 fue alcanzado por las defensas de costa noruegas y rematado por la aviación británica cuando participaba en la invasión nazi de aquel país protegiendo el desembarco de la infantería hitleriana en el fiordo de Bergen; y aunque en 1943 se intentó reflotarlo, la operación falló y desde entonces duerme allí el sueño de los vencidos. Ya ven qué historias.
Ilustraciçon de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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EL VAPOR SOTÓN, DE DURO-FELGUERA

                          El Bapor Sotón
 
La historia de Duro Felguera está directamente relacionada con la evolución industrial de Asturias desde la segunda mitad del siglo XIX hasta nuestros días, dado el protagonismo que la empresa tuvo en el desarrollo de los dos principales sectores productivos del Principado: la siderurgia y la minería, aún hoy con una sustancial relevancia en el entramado socio económico de la región.Además, la compañía operó en otras actividades arraigadas en esta comunidad autónoma, como la construcción naval o la producción de energía….
Monsacro.net
es una de las mejores páginas de la red, y esta consagrada al conocimiento del patrimonio industrial del Estado. La arqueología industrial, que tan abandonada tenemos, entre otros abandonos históricos. De ella hemos extraído esta introducción a la que fue, y es, una de las grandes españolas de la industria pesada.
Siguiendo con la mencionada pagina, leemos;…desde la constitución de la sociedad, en el año 1858 y con la denominación de Duro y Cia., está se dedicó principalmente a la producción siderúrgica y a la extracción de carbón, aprovechando las excelentes condiciones que ofrecía la zona central de Asturias, gracias a la existencia de conexiones por ferrocarril y carretera entre la cuenca central asturiana y el puerto de Gijón…Y también;…En 1857, el riojano Pedro Duro Benito (1810-1886), después de buscar sin éxito en varias partes de España una localización industrial adecuada, pone en marcha en la Felguera (Asturias) la Sociedad Metalúrgica de Langreo, germen de la actual Duro Felguera. En ese momento, la Constancia de Málaga, Bolueta de Vizcaya y la Fábrica de Mieres -esta última de propiedad francesa- eran los principales productores de hierro del país. Funcionaban además en la región el horno de Arnao, perteneciente a la Real Compañía Asturiana de Minas, fundada por los hermanos belgas Lesoinne, y la Fábrica de Armas de Trubia, que estaba dotada de grandes avances tecnológicos para la época, como corresponde a las exigencias de calidad del acero para usos militares.La necesidad del transporte de materias primas y manufacturadas por la Compañía, hace que desde un comienzo se piense en la necesidad del establecimiento de una naviera; o bien, a través de un gestor, crear una naviera que principalmente atendiese las necesidades de la Compañía. De esta manera se encarga el primer buque de la Compañía, el Adolfo, y se contacta con José Ramón de Olavarria, consignatario en Bilbao, para que se traslade a Gijon y actué como gestor y consignatario de la naciente naviera.
Resumiendo; se compran gabarras –lanchones- de madera para el acarreo a las fabricas del mineral de Llumeres y se constituye la sociedad para la explotación de la naviera con el nombre de Sociedad Oscar de Olavaria y Compañía.
La experiencia continúa bajo diferentes nombres de la Sociedad, y como José Ramón García López, en su libro Historia de la Marina Mercante Asturiana, Vol II, Llegada y Afirmación del Vapor. (1.857-1.900), ISBN: 84-8459-176-X, nos cuenta en el apartado Ultima Etapa de Óscar de Olavarría y Compañía:…asistiremos al final de la experiencia de coparticipación en negocios navieros de la siderúrgica Duro y Compañía con Oscar de Olavarría y Lozano.La naviera había llegado incluso a aventurarse en la navegación trasatlántica, cosa que duro el tiempo de recibir oferta de la Compañía Trasatlántica de Barcelona por los buques que en esta línea se empleaban. El caso es que…celebrada Junta General de socios el 29 de junio de 1.888, se acordó la liquidación de la Compañía…
De la experiencia obtenida, la compañía decidió crearse su propia flota de vapores para dar servicio a sus factorías, y uno de estos, algunos años mas tarde, era el vapor Sotón, nombre de una de las explotaciones de la Naviera.
El buque lo había comenzado a construir la Sociedad Española de Construcciones Metálicas, de Gijón, en sus astilleros de Natahoyo, a mediados de 1.917, en plena crisis de materiales debido a la Gran Guerra; las maquinas habían sido construidas en los talleres de Zorroza, en Bilbao y el material del casco y demás pertrechos eran en gran medida nacionales por el hecho citado.
El buque se entrega a los armadores en febrero de 1.919.
En aquellos tiempos se construía también el vapor Orzarrosa, gemelo del Sotón, para los navieros Ortiz, Zarauz, Rodríguez y Sarachu, de Bilbao, aparte de tres unidades para los Taya.
De la revista La Vida Marítima, Año XVIII, Num. 623 de 20 de abril de 1.919, veamos cuales eran las características del buque: La Sociedad Española de Construcciones Metálicas ha construido en sus talleres y dique seco de Gijón, para la Sociedad metalúrgica Duro-Felguera, un hermoso vapor llamado Sotón, y cuyas características principales son las siguientes: Eslora, 65,500 metros; manga, 10; puntal, 7; desplazamiento, 3.000 toneladas; carga y consumo, 1.800; capacidad dé carboneras, 210; arqueo bruto, 1.372,70; arqueo neto, 810,95 toneladas.
Está clasificado en el Bureau Ventas con el distintivo + 3/3 G1, primera división.
La máquina, que se ha construido en los talleres que la Sociedad tiene en Zorroza, es de triple expansión, con cilindros de 356 por 584 por 965 milímetros, con 686 milímetros de carrera, capaz de desarrollar 650 HP indicados á la presión de 18 libras.
Las calderas, también construidas en los mismos talleres, son del tipo marino horizontal, de 3,350 metros de diámetro y 3,050 metros de longitud, con dos hornos cada una y una superficie total de calefacción de 210 metros cuadrados.
Las pruebas que se realizaron en Gijón, dieron un excelente resultado, alcanzando una marcha de 11 millas descargado y 9 cargado.
Todos los materiales que se han empleado en el barco, así como todos los aparatos y pertrechos, son de construcción nacional, y también es español todo el personal que ha intervenido en el proyecto y construcción del barco.
Para completar las características, y de la Lista Oficial de Buques de 1.935, apuntamos: señal distintiva, EGQS; eslora máxima, 66,70 metros; manga, 9,90; puntal, 6,25; calado, 5,62; 75 caballos nominales; 552 ihp; consumo por singladura, 12 toneladas; capacidad de lastre, 350 toneladas.El buque, durante la guerra civil, tiene una desagradable experiencia con el crucero alemán Königsberg, pero el capitán para evitar el apresamiento embarranca el buque en Punta de San Carlos, en Santoña, y aunque es cañoneado por el crucero fascista, afortunadamente no registra impactos.
Acaba sus días desguazado en Bilbao en 1.964.
Foto 1. Foto de Pedro Duro Benito. Fundador de la Compañía. De la pagina Web, Monsacro.Net.
Foto 2. El vapor Sotón en las pruebas de mar. De la revista La Vida Marítima.
Foto 3. Atracado en el muelle de carbón de la dársena de Portu. Del libro Altos Hornos de Vizcaya S.A. Historia de su flota
 
                           El Bapor Sotón, atracado en el muelle
 
Escrito por Marcos Merino Martínez
 
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BIOGRAFIA:
 
 Pedro Duro Benito (n. Brieva de Cameros, La Rioja; 1811 - f. La Felguera, Asturias; 1886) emprendedor de la industria asturiana a mediados del siglo XIX y fundador de la primera gran siderurgia española y actual empresa Duro Felguera. Condecorado con la Orden de Isabel la Católica y la Legión de Honor del Gobierno francés, sus descendientes llevan el título de marqueses de La Felguera.
                 "Estatua Pedro Duro, La Felguera"

Siendo aún niño se traslada desde su Rioja natal hasta Madrid, donde consigue los suficientes beneficios como para apostar por la fundación de una siderurgia. Tras la muerte de su esposa por enfermedad, comienza a buscar el emplazamiento adecuado para su arriesgado proyecto. Encuentra la localidad de La Felguera, en el municipio asturiano de Langreo, donde existe una comunicación apropiada (Carretera Carbonera y Ferrocarril de Langreo), así como recursos naturales idóneos tales como agua (río Nalón y Candín) y carbón (Reales Minas de Langreo). Funda así la empresa Duro y Compañía con la ayuda de algunos socios como Julián Duro, el Marqués de Pindal (ex-ministro de Hacienda) o el Marqués de Camposagrado entre otros. El objetivo de la sociedad que conformaron eran, textualmente, establecer en el sitio llamado La Felguera, una fábrica de hierro de altos hornos, para la elaboración de hierro. Esto sucedía en 1857. La fábrica se construyó en la vega del río, en una zona conocido como La Felguera, debido a la abundancia de helechos, por ese motivo la empresa adoptó el nombre de Fábrica de La Felguera (en asturiano, lugar donde abundan los helechos), y de esta manera, toda la población conocida anteriormente como Turiellos pasó a denominarse La Felguera en el momento en que empezó a expandirse. En 1875 el complejo, que se ocupaba de la siderurgia y el carbón, era el tercero en producción de hierro a nivel nacional y pocos años después el primero. Durante todo el siglo XX, Duro Felguera fue la mayor empresa siderúrgico-carbonera de España. Su labor motivó la expansión industrial en toda Asturias. Pedro Duro creó asistencia médico-farmacéutica para sus trabajadores, cajas de ahorros, cajas de socorros, viviendas baratas para las familias de éstos, escuelas gratuitas para sus hijos, etc. siendo su fábrica una de las más avanzadas socialmente de la época. Él mismo estaba convencido de su buena relación con sus empleados, con los cuales mantenía constante diálogo. Tras su muerte, la Fábrica continuó esta importante labor social y cultural. Cuando abrió el primer horno alto, que llevó por nombre Nuestra Señora del Pilar, fue a vivir con él su única hija Pilar Duro, que aún era una niña. Ésta tuvo cinco hijos: Dolores Fernández Duro (futura marquesa de La Felguera), Josefina, Pedro, Matías y Jesús (Caballero de la Legión de Honor francesa).
La muerte de su hija Pilar a los 26 años le produjo una enorme tristeza que agudizó sus continuos problemas de salud. Tras varias visitas a Madrid para ser tratado, regresó a La Felguera, donde falleció en la tarde del 11 de marzo de 1886 momento en el que repicaron las campanas de la Iglesia y simultáneamente las sirenas de las fábricas.

Homenajes

En 1895 los obreros de la Fábrica levantaron una gran estatua en honor a Duro, costeada por ellos mismos, que actualmente se encuentra en el parque Dolores Fernández Duro de la villa, rematada con la inscripción: "Los obreros de la Fábrica de La Felguera, a su fundador, Pedro Duro". Es la séptima estatua más antigua de Asturias; en ésta se realiza cada 29 de junio (festividad de San Pedro), una ofrenda floral. Sus restos y los de su familia descansan en la cripta de la Iglesia de San Pedro, a donde fueron trasladados en 2008 desde el cementerio municipal.
Actualmente existe la fundación Mu.Si Pedro Duro, que promueve la creación de un archivo histórico sobre Pedro Duro. Su obra se retrata en el Museo de la Siderurgia de Asturias.

Obras seleccionadas

Obras propias

  • 1864 "Observaciones sobre la metalúrgica del hierro comparada entre España e Inglaterra"
  • 1866 "Contestación al interrogatorio hecho por la Comisión especial arancelaria"
  • 1867 "Información sobre el derecho diferencial de bandera y sobre los de aduana exigidos a los hierros, el carbón y los algodones, presentada al Gobierno de su Majestad por la comisión nombrada al efecto en Real decreto de 10 de noviembre de 1865"

Obras biográficas

  • 2008 "Pedro Duro, un capitán de la industria española" Francisco Palacios
FUENTE: http://es.wikipedia.org

29 de diciembre de 2012

La evacuación de niñ@s en Asturias

Los niños de la guerra que salieron de
El Musel.

 En Gijón, en la playa del Arbeyal, se inauguró en el año 2005, un monumento en honor y recuerdo a estos niños. Es obra del escultor Vicente Moreira, también un niño de la guerra.

Ante el avance de las tropas nacionales, más de un millar de niños partieron del puerto de Gijón en la noche del 23 de septiembre de 1937 a bordo del ‘Deriguerina’. Muchos tardaron décadas en volver. Algunos no lo hicieron nunca

   Mujeres y niños asturianos evacuados en Cataluña I,    de la revista Crónica, Madrid, 10-X-1937, Biblioteca    Nacional de España
«Hijos, os voy a enviar a Rusia. Permanecer aquí es muy peligroso para los niños. Ya sabéis que la aviación sublevada nos bombardea constantemente y tengo un miedo horroroso de encontraros un día sepultados bajo los escombros de casa. Por eso quiero que os vayáis».
Estas palabras –u otras similares– las escuchó de boca de su madre uno de los niños que salieron de Gijón en 1937. Quien lo trajo al mundo, con voz temblorosa y armada de valor, adoptaba así la que seguramente constituyó la resolución más difícil de su vida.
El testimonio extractado corresponde a Ángel Rodríguez. Lo recogió hace años Enrique Zafra y hoy forma parte del archivo salmantino rebautizado como Centro Documental de la Memoria Histórica. Se trata de uno de los llamados ‘niños de la guerra’, una categoría en la que los historiadores y la ciudadanía de a pie reconocen a los cientos de menores que fueron evacuados durante la guerra civil española. Desde 2005, un monumento les rinde homenaje en el paseo de la gijonesa playa del Arbeyal. Y la escultura precisamente es obra de uno de ellos, Vicente Moreira Picorel, que falleció hace tres años.

En septiembre de 1937 las expectativas de los asturianos partidarios del Frente Popular eran de todo menos halagüeñas. Las ofensivas sobre Oviedo habían fracasado y, bien entrado agosto, la provincia quedó aislada tras caer Santander en manos de las tropas sublevadas, mientras los bombardeos de la Legión Cóndor aterraban a cualquiera que los sintiese.
El desánimo empezó a cundir hasta en los espíritus más optimistas. El avance de las brigadas navarras en dirección a Gijón, después de haber vencido toda resistencia en la sierra del Cuera, confirmó los peores vaticinios. En ese momento se hizo inaplazable el proyecto de poner a salvo a los niños, igual que había sucedido en otros lugares de la España republicana que se encontraron en situación parecida.


   Mujeres y niños asturianos evacuados en Cataluña II,    de la revista Crónica, Madrid, 10-X-1937, Biblioteca    Nacional de España
Durante la guerra, miles de niños fueron evacuados a diferentes países: la Unión Soviética, Francia, Bélgica, Reino Unido y Méjico pueden considerarse los principales. La mayoría de los asturianos terminaron en la URSS. Los historiadores suelen distinguir cuatro grandes evacuaciones que tuvieron este último lugar como destino final. La primera salió de Valencia el 17 de marzo de 1937 con 72 niños procedentes de Madrid, adonde muchos habían llegado a su vez desde varios puntos de la costa mediterránea. La segunda, la más numerosa, partió de Santurce (Vizcaya) en la madrugada del 13 de junio y la integraban unos 4.500 niños, entre los que no faltaron asturianos; en torno a un millar y medio del total fueron luego llevados a Leningrado. En tercer lugar se produjo la de Gijón, que en la noche del 23 al 24 de septiembre envió unos 1.100 niños oriundos de la región y también vascos y cántabros. A finales del 37 aún existían unas 170 colonias en distintos puntos de la España republicana, que sumaban casi 17.000 niños. La última salida se verificó en el otoño de 1938 desde Barcelona, aunque las cifras varían según las fuentes entre los 76 y los 300, seguramente por tratarse de la reunión de distintos grupos.
Las autoridades frentepopulistas promovieron y ampararon dichas evacuaciones. Fueron inicialmente dirigidas por el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, al que le brindaron su colaboración el Socorro Rojo Internacional y otras organizaciones, como la Asociación de Trabajadores de la Enseñanza de Asturias. La expedición gijonesa resultó de las gestiones de la Consejería de Instrucción Pública del Consejo de Asturias y León, tras aceptar un ofrecimiento del cónsul de la URSS en la villa. Para ello se fijaron unas normas según las cuales tenían prioridad los huérfanos de fallecidos en combate.

La evacuación de Asturias se venía pensando desde hacía tiempo. En algunos puntos de la ciudad, existían casas requisadas o cedidas que se utilizaron para reunir a los niños e intentar distraerlos del horror de las bombas y las balas. Es muy ilustrativa al respecto una fotografía que tomó Constantino Suárez en la quinta Bauer, en Somió, que entonces acogía el orfanato Rosario de Acuña. Se conserva en el Archivo Municipal de Gijón y en ella puede verse un conjunto de niños que se apiñan junto a la balaustrada del acceso principal, mientras que otro, solitario, presencia la escena desde un balcón. En el grupo se distingue a uno con la cabeza vendada.


   Recorte de noticia, del periódico La Libertad, Madrid,    5-X-1937, Biblioteca Nacional de España..jpg
Hace siete años entrevisté a una de las niñas que aguardaron su evacuación en distintas casas de las afueras de la villa. Se trata de Araceli Ruiz Toribios, que en 2008 recogió en nombre de la Asociación de Niños de la Guerra la medalla de plata con la que el Ayuntamiento gijonés distinguió a este colectivo. Su testimonio abarca más de 10 horas y esta duración incluso es poca, tratándose de semejante experiencia vital. Araceli recuerda que primero estuvo en la quinta Arango, en Cuatro Caminos, y que después la llevaron a otra de Roces. De la casa en la que permaneció esos días, Ángel Rodríguez nunca olvidó que las ventanas del sótano estaban protegidas con sacos para evitar la metralla y que les sirvió de refugio: «Cinco o seis veces al día teníamos que correr a ese sótano, tapándonos los oídos para tratar de no oír el silbido de las bombas que siempre caían demasiado cerca».

En esos puntos estratégicos, los niños esperaron el momento idóneo, un aviso que no tardó en llegar: se decidió que la partida se efectuara el 23 de septiembre. Varios autocares condujeron a los niños hasta El Musel. Según relata Adolfo Eustaquio Cabal en sus ‘Memorias imborrables’, los más pequeños salieron primero. Lo hicieron por la noche, despacio y con los focos apagados, para que no los vieran quienes patrullaban las costas. En las aguas del puerto esperaba el ‘Deriguerina’, un carguero francés que tenía previsto dirigirse a Burdeos. Al mismo escenario acudió un mes después el médico republicano Carlos Martínez, que al escribir sus impresiones describió la zona como «una masa de sombras»: «La gente afluía sin cesar a los muelles y la riada humana se hacía allí más densa, más fácil presa del nerviosismo, moviéndose desorientada de un lado a otro».
Los niños embarcaron junto con un grupo de educadores y auxiliares bajo la dirección de Pablo Miaja, un viejo maestro de Oviedo procedente de una familia muy ligada al republicanismo. Una de las cuidadoras era Águeda Ruiz Toribios, hermana mayor de Araceli y fallecida en 2011 a los 97 años. Buena parte de los críos eran hijos de mineros y trabajadores de distintos oficios. En otro de los testimonios compilados por Zafra, Adolfo Cenitagoya recuerda que el barco zarpó de madrugada «entre lágrimas, gritos, órdenes, explosiones de obuses y bombas». Araceli habla de un carguero sucio y sin comida. Viajaron en las bodegas, que se acondicionaron mínimamente para la evacuación: «habían colocado paja y mantas que nos servirían de cama y abrigo», recuerda Cabal del Cueto. La presencia del crucero ‘Almirante Cervera’ forzó un cambio de rumbo y el barco finalmente atracó en Saint Nazaire, en la desembocadura del río Loira. Después, un subconjunto de los niños fue trasladado al buque soviético ‘Kooperasiia’, y tras pasar por Londres y cambiar otra vez de barco, llegaron a Leningrado a primeros de octubre en el ‘Felix Dzerzhinsky’. Lo primero que se hizo fue asearlos, proporcionarles ropa nueva, alimentarlos y someterlos a una revisión médica. Luego fueron conducidos a las denominadas Casas de Niños.
Quienes embarcaron en El Musel no fueron los últimos niños asturianos en salir de España. La revista madrileña Crónica, por ejemplo, publicó en su número del 10 de octubre de 1937 una fotografía de mujeres y niños evacuados de Asturias que habían llegado a Cataluña. Sumaban unos quinientos y se les inmortalizó mientras esperaban un autobús que los llevara a la estación de ferrocarril para viajar hasta Manresa.
Lo que a todos ellos les deparó el lugar de acogida es otra historia, pues las experiencias difirieron según las personas y las circunstancias. Los recibimientos fueron sin excepción majestuosos, pero los años posteriores no siempre resultaron fáciles. El estallido de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, obligó a muchos a seguir huyendo.
Las cartas de los adultos demuestran que todos entendían que se trataba de una medida provisional y así se lo hicieron saber a los niños: «nos decían que volveríamos a casa en cuanto terminar la guerra», recordaba Ángel Rodríguez. Araceli sentencia: «nadie se imaginó que era pa toda la vida». En efecto, la mayoría no regresaron hasta después de muchos años y algunos jamás llegaron a hacerlo.
De los protagonistas de esta diáspora infantil, unos pocos han escrito sus recuerdos, como José Fernández Sánchez (’Memorias de un niño de Moscú: cuando salí de Ablaña’, 1999), Isabel Argentina Álvarez Morán (’Memorias de una niña de la guerra’, 2003) o el citado Adolfo Eustaquio Cabal (’Memorias imborrables’, 2007). A ellos remitimos a quien desee conocer testimonios de primera mano. En cuanto a las investigaciones sobre el particular, hay un nombre que destaca justificadamente en el panorama historiográfico: el de la profesora Alicia Alted Vigil, responsable de varios proyectos y autora de numerosas publicaciones.

FUENTE:  Sergio Sánchez Collantes
Investigador en el Área de  Historia Contemporánea de  la Universidad de Oviedo

Las Agrupaciones Femeninas Antifascistas


Mujeres antifascistas en Asturias

                                    Miliciana
http://canales.elcomercio.es
“¿Qué importancia no puede tener en la marcha de la Revolución que las mujeres animen con su presencia y con sus servicios a los compañeros, a los padres, a los hermanos? Fueron cocineras y camareras en los cuarteles rojos; enfermeras en las ambulancias y en los hospitalillos practicantes; espías inteligentes en los enlaces durante el Tercer Comité; soldados de filas en los momentos de la defensiva. Ellas llevaban a nuestro pecho el aliento que a veces quería flojearnos. Sirvieron a la Revolución ostentando orgullosas el brazalete del Ejército Rojo, y en esto, justo es decirlo, no hubo distinción de matices ideológicos: socialistas, comunistas y anarquistas rivalizaron en valor y entusiasmo”

 
   Una mujer abraza a su hijo durante un bombardeo
    sobre Gijón. / Constantino Suárez
Los primeros intentos de movilización política de la mujer en la izquierda asturiana se plasmaron en la constitución del Comité de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, creado en Gijón a comienzos de 1934 por iniciativa del Comité Nacional. Sin embargo, según el testimonio de la que fuera su Secretaria de Organización, la militante comunista Pilar Lada, el fracaso de dicho Comité fue rotundo. Constituído por el PCE, contaba con “delegadas de nuestro partido y elementos simpatizantes”, sin embargo Pilar Lada se quejaba amargamente de que los dirigentes no prestaron el menor apoyo a la formación de unas camaradas dispuestas a trabajar “con muy buena voluntad”, pero carentes de toda preparación política y cultural; incluso “responsables” como ella ni siquiera eran convocadas a las reuniones del partido.
No será hasta después del triunfo del Frente Popular cuando las Agrupaciones Femeninas Antifascistas, en una etapa de intensa agitación popular, “se cuidan de organizar a la mujer incorporándola a la vida política, preparando su comprensión de clase hasta entonces dormida.” Y, en efecto, en la agitada primavera del 36, se observa una creciente presencia femenina en movilizaciones, por ejemplo las habidas con motivo del 8 de marzo o del 1º de mayo. Además, el arduo esfuerzo de las pocas militantes del PCE por crear, consolidar y extender organizaciones de mujeres sobre bases unitarias antifascistas se saldó con resultados bastante halagüeños, especialmente en Gijón donde antes de estallar la guerra funcionaban cinco Agrupaciones Femeninas Obreras que afirmaban contar con unas 1.200 asociadas. Denominadas Agrupaciones Femeninas en defensa de sus Derechos, tras el inicio de la contienda, se transformaron en Agrupaciones Femeninas Antifascistas a las que se intentará incorporar a las militantes de todo el espectro político del Frente Popular.
 
   La miliciana Marina Jinesta hace guardia en el Hotel
   Colón de Barcelona durante la Guerra Civil española.
   / EFE
La Guerra Civil favoreció excepcionalmente la presencia y activa participación de las mujeres en las tareas políticas y sociales. A medida que discurre el tiempo, y pese a obstáculos de toda índole, la movilización de los hombres para el frente hizo cada vez más imprescindible la incorporación de un creciente número de mujeres a los trabajos de la retaguardia tanto en la producción como en las múltiples tareas de asistencia y apoyo que la encarnizada lucha exigía. Así lo ponen de relieve las Agrupaciones Femeninas en uno de sus manifiestos: “Fueron nuestras Agrupaciones las que organizaron los talleres colectivos en los que se produjeron las primeras ropas para los combatientes. Los sacos terreros que habrían de defender el pecho de nuestros héroes fueron elaborados por estos talleres. Mujeres antifascistas de todos los matices políticos de izquierda recorrieron las viviendas buscando ropas, calzado, colchones, etc., para nuestros luchadores. La mujer actúa de cocinera, de sanitaria en los frentes, de municionera al lado del peligro; creó los lavaderos colectivos. Trabaja cerca de Asistencia Social, del S.R.I. organizando los roperos infantiles para los huérfanos de soldados; colabora en la creación y funcionamiento de las cantinas escolares. Donde hay un dolor está ella. El número de enfermeras voluntarias lo acredita [...] En todo momento nuestras Agrupaciones se entregaron por completo a desarrollar las tareas que la guerra reclama de la mujer.”
Ciertamente hubo combatientes femeninas en los primeros días y algunas cayeron en combate, pero la presencia regular de mujeres en los Batallones tuvo más que ver con tareas auxiliares, de cuidado y atención a los soldados. Labores femeninas que eran consideradas, no obstante, “de mucha utilidad” en el frente; así lo reconocía, por ejemplo, el comandante Planería quien propuso “formar un equipo de mujeres con el solo fin de cuidar la ropa de los milicianos y atender a su limpieza...”

Con carácter general, las militantes del PCE se propusieron organizar Agrupaciones Femeninas Antifascistas en todos los Batallones, una de cuyas misiones fundamentales habría de ser la de crear talleres de costura o lavaderos colectivos y, a tal fin, se juzgaba necesaria la colaboración de modistas que enseñasen “a coser y bordar a sus afiliadas”. Peregrina González, militante comunista, Teniente de Alcalde de Luanco, además de Secretaria de la Agrupación Femenina de su localidad, recuerda en sus memorias haber puesto en marcha y dirigido un taller de calzoncillos para el hospital de Luanco al que “llegaban los heridos sin nada que ponerles”, añadiendo resuelta, “era tanta la necesidad existente [que] nos pusimos de acuerdo unas compañeras y yo para organizar el taller”del que se encargó una camarada modista.


   Cartel solicitando la ayuda para las familias asturianas
   azotadas por la guerra
Sin duda alguna, el primer objetivo de toda Agrupación Femenina Antifascista, incluso en las zonas de frente, era el de constituir una Biblioteca que les permitiese “ir capacitándose poco a poco”, pero tampoco se olvidaban de la vigilancia tocante a la “moralidad” de las compañeras que siempre deberían ser ejemplo “lo mismo en el trabajo material” que en “la moral de cada una”. Por medio de la instrucción, se trataba de elevar el nivel cultural y político de las mujeres, su formación de clase y, por supuesto, su “espíritu de sacrificio y de abnegación por la Causa.”

Mas lento, tardío y complejo fue el proceso de incorporación de la mujer a la producción. Ya en octubre del 36 aparecía un artículo de Agripina García Feliciate titulado “No es ese el camino. Hay que prestar más apoyo al trabajo de la mujer” en el que su autora, tras reiterar que las mujeres asturianas “estamos dispuestas a trabajar en el frente o en la retaguardia”, arremetía contra algunas autoridades que llamándose antifascistas estaban “saboteando nuestro trabajo” Transcurridos varios meses de la guerra y a medida que las fábricas normalizaban su funcionamiento, se planteará insistentemente por parte de las Agrupaciones Femeninas Antifascistas la conveniencia de cubrir, siquiera fuese temporalmente, los puestos de trabajo dejados vacantes por la movilización de los hombres con mano de obra femenina. Trinidad Cable, en nombre de la Agrupación Femenina Antifascista de Mieres, exigía una vez más que las mujeres fuesen movilizadas en la retaguardia: “La mujer no puede permanecer inactiva en la guerra (...) nuestra labor está en las fábricas, lo mismo de guerra que industriales, conducir un coche, tranvía, oficinas, policías, etc.etc., y con unos días de ensayo o una pequeña orientación poniendo atención e interés, con una disciplina y obediencia feroz (...) sería facil movilizar todos los hombres para fortalecer la vanguardia y nosotros trabajar en la retaguardia.”


A lo largo de la primavera del 37 mujeres asturianas trabajarán en el sector industrial con una eficacia superior, en algunas ocasiones, a la de sus compañeros varones, si hemos de hacer caso al testimonio de Angel Alvarez, Secretario provincial del PCE, quien afirmaba, por ejemplo, que en la fábrica de cartuchos de Villamayor “sobrepasaron a los oficiales en la producción”. No obstante, pese a la sostenida presión de las Agrupaciones de las distintas localidades a fin de crear un verdadero “Ejército de Mujeres produciendo” paralelo al “Ejército de hombres combatiendo”, la realidad de la incorporación de la mujer al trabajo fue más bien limitada. Los sindicatos y organismos del gobierno del Frente Popular que apoyaron con medidas concretas la capacitación de mujeres a fin de éstas desempeñasen oficios tradicionalmente masculinos (mecánicas, conductoras, electricistas, etc.) fueron antes la excepción que la norma. Como sostiene Isabel Cueva, las mujeres más combativas deben “insistir, rogar, presionar, para que se organicen cursos de formación profesional”. Sus reiteradas demandas chocaban una y otra vez con obstáculos al parecer insalvables, o bien recibían como única respuesta un clamoroso silencio. Todavía en el verano del 37, cuando la situación del norte se agrava por días, las Agrupaciones Femeninas Antifascistas siguen exigiendo su derecho a participar más activamente: “¡Queremos trabajar! Sabemos que somos necesarias”. Incluso osaron criticar abiertamente a los “insustituibles”; en esta línea, sostenían las Agrupaciones, era posible acabar con tantos “antifascistas de cuota” emboscados en la retaguardia siempre que el Gobierno del Frente Popular resolviese de una vez por todas el “problema [...] de nuestra efectiva y práctica incorporación a las actividades industriales.”

Aún en el último tramo de la guerra las Agrupaciones Femeninas llamaron a las mujeres a movilizarse engrosando las brigadas de choque que tan imprescindibles serán en las tareas de fortificación, construcción de refugios, aprovisionamiento de maderas, siembra y recolección en el campo..., trabajos todos ellos en los que su labor fue, al parecer, muy destacada.
 
   Mika Feldman, la única mujer que estuvo al mando de
   una columna republicana durante la Guerra Civil
   española. / Fundación Andreu Nin
El más amplio compromiso de la mujer con la causa había de lograrse por mediación de los sentimientos; se apelaba a su condición de madre, esposa, hermana o hija: “la que más y la que menos tiene a alguno de sus familiares en las trincheras, pasando frío, privaciones, sacrificios (...) ¿Qué hacen estas mujeres por ayudar desde la retaguardia a que sus familiares tengan un poco más de todo lo que necesitan? (...) Ciertamente que las mujeres trabajamos poco por nuestros soldados...” Y concluía su artículo Enriqueta Moreno con las que, a no dudarlo, eran las consignas del momento: “Todas a engrosar las Brigadas de choque. Ni un solo brazo Femenino inactivo...!”
En cualquier caso, tras la derrota, el Consejo de Asturias en el Informe que sobre su actuación presentó al Gobierno de la República en noviembre del 37, respecto al papel jugado por las mujeres asturianas durante la guerra, señalará escuetamente: “La incorporación de la mujer a la producción fue muy débil restando por ello muchos brazos al Ejército.” Desde luego constataban una realidad cierta, pero los dirigentes políticos y sindicales asturianos no eran del todo ajenos a balance tan parco en resultados, pues poco habían hecho por facilitar la integración y activa participación de las mujeres en las múltiples tareas de la retaguardia. Mientras hubo tiempo para ello, fueron otras sus prioridades.
No obstante, pese a carencias y dificultades, las organizaciones de mujeres en la Asturias republicana experimentaron un empuje notabilísimo a lo largo de la guerra. Los partidos de izquierda vieron incrementada la militancia femenina, especialmente el PCE cuyas activistas fueron las que más celo desplegaron en impulsar, extender y sostener las Agrupaciones Femeninas Antifascistas. El fuerte crecimiento del PCE durante el conflicto bélico también se tradujo en la incorporación a sus filas de cientos de mujeres; si en julio del 36 contaba con unas 300 militantes, en marzo del 37 sumaban ya las 1.800 afiliadas, y las cifras no dejarán de crecer en los meses siguientes. Además, la movilización masiva de los comunistas en los frentes otorgará un papel cada vez más relevante a las militantes en las tareas organizativas, alcanzando en aquella excepcional coyuntura un protagonismo en el Partido impensable en otras circunstancias. De modo que nada tiene de extraño que en el Pleno de octubre del 37 las mujeres representadas sean cerca del millar, un tercio del total, y se informe de que algunos radios y numerosas células están integradas exclusivamente por féminas.
También desarrollaron notable actividad las mujeres socialistas, así como las anarquistas, las jóvenes de las J.S.U., y en menor medida, las republicanas, aún cuando su grado de compromiso y entrega a la causa no parece equiparable a la que caracterizó a las organizaciones femeninas comunistas, aunque es cierto que todavía carecemos de investigaciones monográficas al respecto. Incluso menudearon mujeres ocupando cargos de responsabilidad política en las instituciones resultado, claro está, de la movilización para el frente de los varones.
De todos modos, al margen de las militantes y activistas encuadradas en los distintos partidos, las Agrupaciones Femeninas Antifascistas fueron en realidad las únicas que pudieran recibir el calificativo de organizaciones de masas. Su carácter unitario, abierto y poco sectario, al menos comparativamente, atrajo a un crecido número de mujeres asturianas progresivamente comprometidas con la defensa de la República. Las Agrupaciones se implantaron en todo el territorio asturiano, incluidas las zonas rurales; solamente en Gijón se habían constituído nada menos que 21 Agrupaciones en abril del 37, si bien no todas desplegaron la misma febril actividad. La inmensa mayoría de sus integrantes son jóvenes, solteras, que desarrollan generalmente un trabajo no cualificado fuera del hogar, están encuadradas sindicalmente, y aspiran a mejorar su instrucción cultural y política comprometiéndose a fondo con la causa del Frente Popular.

De manera que cabría preguntarse, ¿estamos hablando de la existencia de una verdadera vanguardia feminista?. Creemos que en modo alguno. Fueron, eso sí, pioneras en la lucha por la incorporación de la mujer a la sociedad que se aspiraba a crear. La febril actividad desplegada por afiliadas y dirigentes, sus constantes campañas de agitación, las múltiples iniciativas en favor de la causa popular y de su género, permitieron la rápida extensión de las Agrupaciones a toda la Asturias republicana y lograron movilizar por primera vez a miles de mujeres, especialmente a las jóvenes, que daban, entre titubeos y tropiezos, los primeros pasos en el camino abierto de una cierta emancipación.

FUENTE:   Carmen García
Profesora de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo

27 de diciembre de 2012

"Un fraile con mala leche"

La cólera del padre Toro

El desaparecido convento de los Pasionistas en Mieres y vías del ferrocarril vasco-asturiano





La Congregación de la Pasión fue fundada en 1720 por el genovés Pablo de La Cruz, que figura desde hace tiempo entre los santos de la Iglesia católica. Inicialmente era una orden de religiosos varones, pero después abrió sus puertas a las mujeres organizadas en diferentes ramas que se dedican a las misiones, la educación e incluso la clausura; luego se fue extendiendo lentamente y tras superar algún periodo de crisis, hoy cuenta con conventos y seminarios abiertos por todo el mundo.
Los primeros pasionistas llegaron a Mieres a principios de 1907 para hacerse cargo de la administración de la tradicional capilla del Carmen en La Villa y se establecieron en una casa que les cedió doña Enriqueta, la viuda de Numa Guilhou. También fue esta familia quien en 1898, había encargado las Hermanas dominicas de La Anunciata la dirección de un colegio en Ablaña, destinado a la educación de las hijas de sus obreros y empleados y en 1904, con la colaboración de la Junta Provincial de Beneficencia volvió a llamar a una de las congregaciones más importantes de Francia, los Hermanos de la Salle, para abrir otro colegio, esta vez destinado a los niños.
A partir de 1881 el país vecino se había convertido paulatinamente en un estado laico promulgando una serie de leyes que separaron definitivamente la religión de la vida pública: se prohibieron los símbolos cristianos en las salas de audiencia de la administración de justicia; luego, la presencia de los religiosos en los actos castrenses y ya en 1904 también se les alejó de las escuelas, expropiándoles numerosos edificios. La consecuencia fue que unos 33.000 religiosos y religiosas abandonaron Francia trasladándose a otros estados donde la legislación era más tolerante con su actividad y los Guilhou, de origen francés, tras una rápida evolución que los había llevado en tres generaciones del judaísmo a la Iglesia de Roma, pasando en la del medio por el calvinismo, actuaron en Asturias como fervientes benefactores de su nuevo credo.
En España también se respiraban los mismos aires, aunque aquí se intentó primero un acuerdo con las autoridades vaticanas para separar a la Iglesia del Estado a través de negociaciones, pero al llegar a un punto muerto, en diciembre de 1910 el presidente José Canalejas, de orientación liberal progresista, decidió promulgar la llamada ley del candado que prohibió durante dos años el establecimiento de nuevas congregaciones religiosas sin autorización expresa.
Con esta situación de fondo, los pasionistas llegaron a la Montaña Central. Según cuentan ellos mismos, el primer contacto lo realizó uno de sus predicadores que manifestó sus intenciones al párroco de Villallana, quien no tardó en llevarle hasta el palacio de Langreo en el que residía la marquesa de Camposagrado y luego a Oviedo donde el obispo Francisco Javier Baztán dio su autorización para el establecimiento de la orden y les cedió el pequeño templo del Carmen hasta que pudiesen levantar otro de mayor capacidad, más apropiado para su misión.

 Grupo de Pasionistas en Mieres

Los frailes se acomodaron, como he dicho, en la propiedad de los Guilhou y en mayo de 1909 ya pudieron pasar a su propio convento e inaugurar al año siguiente la flamante iglesia que algunos aún recuerdan antes de su derribo para dejar paso a la actual. Estaba un poco más allá, junto a las vías del ferrocarril Vasco-Asturiano, y todo el terreno que adquirieron por 15.000 pesetas ocupaba 4 días de bueyes. De la tensión y el nerviosismo que se vivía en aquellos meses da idea el saber que poco antes la comunidad pasionista de Mieres fue declarada como asociación ilegal porque no se había inscrito en el registro civil, pero gracias a la influencia de sus protectores, la causa no tardó en ser archivada.
Este era el ambiente en el que se desarrollaron los hechos que hoy les cuento y que fueron reflejo de otros repetidos por todo el país, causados por el choque del anticlericalismo con el miedo de los frailes a que en España se repitiese la situación francesa, lo que hacía que algunos perdiesen los papeles ante el mínimo síntoma de que la situación de privilegio que mantenían con la ayuda de los poderosos pudiese resquebrajarse.
Fue en la tarde del 19 de junio de 1911, cuando una procesión que se celebraba por las calles de la población se cruzó a la altura de La Villa con un grupo de muchachos como de 16 a 20 años de edad. El corresponsal de «El Noroeste», que recogió la noticia, dio cuenta de que entre los que presenciaron lo sucedido hubo variantes de apreciación, pues mientras algunos afirmaron que uno de ellos no se descubrió al paso de las imágenes, otros sostuvieron que sí lo hizo, pero que se cubrió después de que estas pasasen.
El caso fue que un fraile que iba en la comitiva consideró que aquello era una señal de desacato y salió de la marcha para acercarse al rapaz y darle un manotazo que le arrojó al suelo la boina; pero no contento con esto, otro de sus compañeros de sotana, que llevaba el estandarte empezó a golpearle con él y, sin quedar satisfecho, le volvió por el lado del recatón apretujándole por el pecho contra una pared que estaba inmediata. El iracundo era conocido como padre «Toro», no sabemos si por su apellido, el pueblo del que procedía o, como dejó escrito el periodista, «quizá por su enorme fortaleza, que estaría mejor empleada realizando algún trabajo útil».
La cosa no concluyó ahí porque entre el público asistente cundió la indignación y se empezaron a lanzar denuestos contra el fraile teniendo que intervenir la Guardia Civil para apaciguar los ánimos y evitar que la sangre llegase al río, y finalmente la procesión tuvo que ser suspendida.
En otra columna de su portada, el mismo diario da cuenta de un hecho similar acaecido el día anterior en la villa valenciana de Alcira, cuando la procesión del Corpus pasó frente al Círculo republicano y tres ciudadanos que estaban a su puerta tampoco se descubrieron, entonces los católicos, que iban vela en mano acompañando a los religiosos, empezaron a vitorear al Papa y al Rey, forzando la respuesta de los republicanos con vivas a la Libertad.
En aquel momento los segadores que regresaban por la misma calle de las faenas del campo se sumaron a los del Círculo reanudándose los vítores y entonces el cura párroco ordenó a los músicos que tocasen la Marcha Real; para contrarrestar se entonó la Marsellesa?aumentó el griterío, se pasó a las manos y se armó una terrible zambra a bofetadas y estacazos que, como en el caso de Mieres, acabó por la vía rápida con la procesión.
Al leer estos relatos sorprende por un lado la actitud de los frailes, dispuestos a emplear la violencia con tal de mantener la autoridad que en otra época poseían sobre el respeto que debía mantener forzosamente la población ante sus símbolos, pero por otro llama la atención el tono de los comentarios que acompañan a la narración de los hechos y evidencian la crispación que se vivía en aquellos años ante la cuestión religiosa.
El periodista de «El Noroeste» se refiere a los pasionistas como «los frailes que aquí por desgracia nos tocaron al verificarse la desbandada en la vecina República» y los califica como «esa gente sin cultura que nuestros vecinos los franceses nos importaron en un rato de mal humor», pero seguramente, lo más inquietante de todo está en su apostilla final, donde sin pretenderlo hace una premonición sobre lo que iba a ocurrir pocos años más tarde, cuando la Iglesia se llevó una de las peores partes de la Revolución de Asturias:
«Estos espectáculos que vemos con frecuencia repetirse en todos los pueblos de España dicen muy poco en pro de la mansedumbre evangélica que Cristo predicara y que los que se dicen sus representantes están obligados a imitar, pero tampoco dejan muy bien paradas a las autoridades que un día y otro toleran tales procacidades cuando no son encubridoras de ellas poniendo a la fuerza armada a su disposición. Entonces no se extrañen las autoridades que los ciudadanos pacíficos y honrados movidos por espíritu de conservación se preparen también para repeler por la fuerza las posibles agresiones de esos que son valientes cuando van metidos entre bayonetas y que con sus acciones están haciendo buena la conquista de Marruecos aunque solo sea para mandarlos allí facturados en vagones».
Resulta terrible conocer el número de los curas y frailes muertos en los días de la insurrección obrera, pero el conocimiento de la historia siempre aporta una luz para que entendamos las claves de unos sucesos dramáticos desarrollados en el marco de una tragedia aún mayor, que hoy, afortunadamente, ya nos queda muy lejos.
 Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

El Batallón 243

El mejor concierto de nuestra historia.


En medio de esta colección de guerras, leyendas, misterios, epidemias, crímenes, amores y pasiones de todo tipo, estoy seguro de que el de hoy es uno de los episodios más agradables. Lo conozco gracias a Rubén Suárez, músico y cronista de la Banda de San Martín del Rey Aurelio, o quizá cronista antes que músico, que tanto monta, porque después de hablar con él no sé si está más orgulloso de tocar el trombón en esta agrupación o de haber colaborado en sacar a la luz su historia en una magnífica publicación.

Resumiendo los datos recogidos por él podemos saber que la Banda empezó a gestarse casi al mismo tiempo que la II República -en mayo de 1931- en las clases de solfeo que impartía José Lozano en una habitación cedida por el Ayuntamiento de la villa; allí fueron adquiriéndose poco a poco conocimientos, instrumentos y uniformes y por fin en agosto de 1932 y bajo la presidencia de Víctor Fernández «Carabín» se realizó la primera actuación pública a la que siguieron otras por toda Asturias hasta que el desastre de la Guerra Civil vino a torcer los caminos de todos los españoles. Entonces los músicos fueron militarizados para integrarse en el Batallón miliciano 43, al que más tarde se le colocaría un 2 por delante como a todos los asturianos y se convertiría oficialmente en el 243.

El Batallón, que radicó inicialmente en Lugones, estaba formado casi al completo por sotrondinos y actuaba bajo el mando del comandante Críspulo Gutiérrez García, un minero con un dilatado historial sindical y político que había alcanzado cierta fama en la cuenca del Nalón al haber sido detenido en la Navidad de 1923 junto a un puñado de dirigentes de otras provincias acusados de preparar un movimiento revolucionario que debía producirse a la vez en España y Portugal.

Casi todos los identificados en aquella intentona pertenecían a la Federación de Juventudes Comunistas y los 9 asturianos que cayeron entonces -José Rodríguez, Antonio Ocejo y Fernando Castro, de la Agrupación Comunista; José Aretio y Carlos Vega, del Comité Provincial; Calixto Espeso y Celestino Fernández, de la Juventud de Mieres; Lázaro García, de la Juventud de Sama, y el propio Críspulo, de la de Sotrondio- permanecieron en la cárcel hasta el día 23 de enero en que fueron liberados con motivo de la onomástica del Rey junto a otros presos por causas políticas entre los que se encontraba el mierense Jesús Ibáñez, personaje conocido de sobra por quienes tienen el humor de leerme habitualmente.

Posteriormente, nuestro hombre fue uno de los tres candidatos del PCE elegidos en junio de 1931 por la provincia de Oviedo, obteniendo 11.923 votos, de modo que cuando se inició la contienda su prestigio era suficiente para hacerle encabezar aquel Batallón que acabó conociéndose popularmente por el nombre de pila de su jefe como Batallón Críspulo, o también por su origen como Batallón Sotrondio.

 Milicianos republicanos en el frente occidental. constantino suárez. fototeca del museo del pueblo de asturias.

Los milicianos tuvieron su bautismo de fuego en el frente de Oviedo y desde allí fueron trasladados hasta Euskadi junto a otras tropas asturianas que acudieron en auxilio de los gudaris para intentar frenar el avance del ejército rebelde. Allí, desde el cuartel de Garellano, en Basurto, la Banda acompañaba con sus compases la salida de las tropas que se dirigían hacia las trincheras y fue llamada en varias ocasiones para ofrecer conciertos vespertinos al exigente público bilbaíno, amenizando bailes populares que alegraban un poco la vida en la retaguardia.

Fueron unas pocas semanas de relativa tranquilidad hasta que la inminente caída del frente vasco obligó a los de Sotrondio a volver a casa; cada uno lo hizo como pudo y una vez que todos llegaron al valle, Críspulo Gutiérrez se ocupó de reorganizar su Batallón que, banda incluida, se instaló en San Andrés de Trubia para volver a mostrar sus dotes en la animación de aquellos bailes de confraternización entre soldados y civiles que todos hemos visto alguna vez recreados en la abundante filmografía que trata de reflejar nuestra última guerra.

En el mes de julio de 1937 el Batallón 243 subió hasta la aldea de Valle del Lago para entrar en acción en el puerto de Somiedo; allí los músicos se encargaron de labores de fortificación y transmisiones y siguieron ensayando y actuando en las trincheras bajo la dirección de uno de sus capitanes, Juan José García Renedo, hasta que todo se vino abajo. Cuando ellos llegaban, las notas de los instrumentos venían a limpiar el aire de los silbidos de las balas y a recordar a los combatientes que la vida seguía más allá de aquella tragedia.

Fueron momentos que aquellos músicos recordarían toda su vida y que se vieron perfectamente reflejados en un texto escrito 50 años más tarde por uno de ellos, Vicente Copete Laviana, para una publicación editada con motivo del IV Festival de Bandas de Música del Principado celebrado en Sotrondio.

Lo titulaba «Aquella noche de luna» y en él escribía con emoción cómo una tarde de verano la Banda subió hasta un paraje denominado Loma Roja, a más de 500 metros de altura; una vez allí, cuando había oscurecido y tras los inevitables saludos a los compañeros que luchaban en los parapetos aconteció una escena que merece la pena imaginarse y que yo no soy capaz de contar mejor que su propio autor: «Un oficial con clara y potente voz se dirige a los soldados que ocupaban las trincheras de enfrente y les dice: "Soldados franquistas, si nos dais vuestra palabra de respetar el alto el fuego, la Banda de Música de nuestro Batallón tocará entre las dos líneas para todos; caso contrario sólo lo hará para nosotros». La petición de tregua fue escrupulosamente respetada y festejada por todos. Allí mismo, entre las dos fronteras, dio comienzo el más emotivo y original concierto jamás visto en tal situación y lugar. El silencio era total..."».

Con el fin de la guerra en Asturias se produjo la desbandada (nunca mejor dicho) y cada músico siguió con diferente fortuna su propio destino. Rubén Suárez oyó contar cómo algunos fueron detenidos al volver al pueblo con su instrumento bajo el brazo y al identificarse como músicos se les exigió tocar el «Cara al Sol». Aunque hubiesen querido obedecer era imposible porque aquel himno no figuraba entre los que sabían interpretar y acabaron con sus huesos y sus partituras en la cárcel. También se aseguró más tarde que Críspulo Gutiérrez había muerto, pero nunca se supo dónde ni cuándo y hasta el momento su nombre no figura en ninguna de las listas que se están elaborando para recuperar la memoria histórica y poder cerrar de una vez este capítulo.

En 2007 otro veterano socialista, Marcelo García, contó en una entrevista encargada para el archivo oral que se conserva en la Fundación Largo Caballero sus recuerdos sobre el final de la guerra en Sotrondio. Allí manifestaba que los primeros en entrar en el pueblo fueron los soldados de un tabor de regulares que se repartieron en dos edificios, los españoles ocuparon la escuela que permanecía cerrada y los moros se quedaron en una casa vieja donde se celebró una fiesta en cuyo transcurso se hundió el piso del edificio causando varias muertes entre la tropa.

Luego -según sus informaciones- llegaron los legionarios: «Era temible verlos desfilar. Entraron en la escuela y echaron a hostias a los soldados de la escuela». Y Marcelo sigue explicando cómo la necesidad de volver a abrir la escuela forzó a trasladar a los legionarios hasta unos barracones que había hecho el batallón de Críspulo Gutiérrez a la orilla del Nalón y que el cura llamaba la casa del diablo, pero antes de meter allí a la tropa se hizo un exorcismo: «Veinte curas hicieron un paripé, soltando agua bendita. Metieron a los legionarios y empezó la escuela».

Ya lo han leído: la casa del diablo. En fin, mejor olvidar lo malo y quedarse solamente con los buenos recuerdos. La Banda de San Martín del Rey Aurelio volvió a renacer en la posguerra y, después de superar los altibajos lógicos que de vez en cuando afectan a estas instituciones que dependen del entusiasmo de los vecinos, hoy está integrada por músicos de diferentes edades, sexo e ideologías y goza de buena salud. Sus fundadores no hubiesen deseado otra cosa.
 Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

«Las milicias populares»

Una milicia hecha ejército.

 
 Milicianos asturianos en la zona de Luarca, intentando frenar el avance de las columnas gallegas (septiembre/octubre de 1936).

El 3 de septiembre de 1936, los dirigentes del bando republicano se reunieron en Grado para dictar instrucciones que impusieran el mando único y la disciplina entre los milicianos

La guerra civil, en Asturias, fue una contienda en la que los dos bandos enfrentados estaban en absoluta desigualdad de condiciones. Por el lado de los sublevados, había un Ejército perfectamente estructurado, experimentado, con todos sus cuadros, soldados y armamento, en el que fue fácil incorporar a los voluntarios o reclutas llamados a filas. Además, el coronel Aranda, al hacerse cargo de la Comandancia de Asturias, en previsión de que se pudiera repetir otra intentona revolucionaria como la de octubre de 1934, había aumentado la dotación armamentística, particularmente de ametralladoras. La incorporación de León al bando de los sublevados permitió a éstos disponer de la base aérea de la Virgen del Camino desde la que poder enviar con facilidad aparatos de guerra contra Asturias. La base militar naval del Ferrol permitió también a los sublevados contar con el dominio en el Cantábrico. Cuando los republicanos quisieron contrarrestar ese poder, fue a costa de desproteger el estrecho de Gibraltar, lo que permitió el paso acelerado de tropas del norte de África a la Península para apoyar a los sublevados, como más adelante se verá.

                                 Miliciano  (pintura1)

Por el lado republicano no había Ejército. El propio Gobierno se encargó de disolverlo y en su lugar se armaron milicias de ciudadanos. Éstas carecían de toda experiencia y formación militar, por más que algunos de los militantes que habían participado en la Revolución de Octubre creyeran que dominaban el arte de la milicia. Apenas tenían armas, y las que poseían eran de los más variados calibres, lo que convertía en un auténtico galimatías los trabajos de aprovisionamiento de municiones, porque tampoco contaban con especialistas en lo que hoy se conoce como logística. La falta de experiencia y de preparación quedó en evidencia, sobre todo, en los enfrentamientos sostenidos contra las columnas gallegas que avanzaban por el Occidente. La guerra, en ese frente, era mucho más complicada que la lucha contra el cuartel de Simancas o el cerco desplegado en torno a Oviedo. La inexperiencia en el despliegue y en el movimiento en campo abierto hacía que muchas veces se produjeran retiradas ante el miedo a ser copados, lo que facilitó el avance de las citadas columnas, sobre todo en el primer mes y medio. Por otra parte, una parte muy sustancial del proletariado asturiano, el de ideología anarquista, era radicalmente opuesto a todo lo que significara disciplina, escala de mando, etcétera.
 
Milicianos republicanos, de La Güeria en su mayoría, en el frente en Asturias. Año 1936. (Foto Nº 7040 - Cedida por la Asociación Cultural "Amigos del Valle de La Hueria". La Hueria, San Martín del Rey Aurelio a Memoria digital de asturias). 
 http://www.asturias.es/portal/site/memoriaDigital
La conversión de las milicias, primero voluntarias, y luego reclutadas por las quintas, en un Ejército medianamente organizado fue un proceso que llevó bastante tiempo. Al igual que en la recomposición de todo el aparato estatal republicano en Asturias hubo que partir de cero, en lo militar ocurrió otro tanto. La experiencia frente a las columnas gallegas hizo ver al mando republicano asturiano que para poder oponer una resistencia efectiva y acometer operaciones ofensivas de alguna entidad se imponía organizar más y mejor a las milicias. La actuación entusiasta y decidida de los grupos voluntarios de las primeras semanas no era suficiente cuando se enfrentaban en campo abierto a un contrario perfectamente disciplinado, que movía con seguridad sus efectivos. Como contó el dirigente faísta Ramón Álvarez Palomo a Ronald Fraser, para su historia oral de la guerra civil («Recuérdalo tú y recuérdalo a otros»): «Lo único que teníamos eran guerrillas. Quiero decir grupos de hombres cada uno de los cuales iba a donde quería. Alguien gritaba: "¡Eh, una mujer dice que los gallegos están ahí abajo y que estamos rodeados!". Cogían sus trastos y se largaban. Por eso podían avanzar las columnas insurgentes. No obtuvimos algunas victorias hasta que abandonamos la lucha de guerrillas y formamos un Ejército, por muy malo que fuese y por mucho que hubiéramos tardado en formarlo?».

El 29 de agosto un editorial titulado «Las milicias populares», publicado en la prensa controlada por los anarquistas en Gijón, reconocía: «Nosotros somos un ejército irregular. Tenemos valor. Valor e ideales. Dos elementos indispensables, pero insuficientes. Estamos haciendo la guerra según los consejos y dictado de nuestro instinto. Y el instinto, como la mano que mueve una lima, necesita el cerebro que la conduzca [...]. Convertir las milicias en un ejército disciplinado es tarea difícil [?]. Pero la realidad va demostrándonos todos los días que al ejército fascista, disciplinado, por lo regular, sólo le batiremos cuando podamos oponerle una fuerza regular y disciplinada [...]. A la disciplina de los demás, opongamos la propia disciplina. De esa manera aproximaremos la victoria y ahorraremos sangre. El instinto de conservación lo demanda».

Tras un mes de guerra, todas las organizaciones encuadradas en el Frente Popular reconocían la necesidad apremiante de la disciplina y de la acción y el mando único. Fue así como a lo largo de la última semana del mes de agosto, en las oficinas del Banco Asturiano, en Salas, se celebraron reuniones de mandos militares y de milicias, y de políticos, para analizar la marcha de la guerra en el frente occidental. En ellas cobró cuerpo la idea de que era necesario militarizar o profesionalizar las milicias para poder ofrecer una respuesta conjunta y firme al Ejército contrario. Finalmente, el 3 de septiembre de 1936 se reunieron en Grado representantes oficiales de todos los partidos políticos integrados en el Frente Popular, de las organizaciones sindicales, los miembros del Comisariado de Guerra y el comandante Gállego, el militar que ya había participado en la organización de las milicias en Gijón desde el primer momento. En esa reunión se llegó al convencimiento de que era imprescindible dar a las unidades armadas la necesaria consistencia y disciplina que exigía la guerra que se estaba sosteniendo y redactaron unas orientaciones generales que servirían de base para imponer sanciones de carácter disciplinario. Los miembros del Comisariado de Guerra -Ramón González Peña por los socialistas, Avelino González Entrialgo por los anarquistas, y Juan José Manso por los comunistas- fueron los encargados. En los días siguientes fueron redactadas «instrucciones para los jefes de columna» y unas «instrucciones para el combate» redactadas por el comandante Gállego.

 Milicianos republicanos camino del frente. (septiembre de 1937), Constantino González (archivo municipal de Gijón).

De la reunión de Grado salió el acuerdo de establecer la «disciplina y el mando único» en las milicias. El 6 de septiembre de 1936 se publicaban en el diario «La Prensa», de Gijón, unas «Instrucciones para los Jefes de columna», en las que se decía: «Mando único no significa solamente que haya una cabeza o un órgano visible que adquieran la responsabilidad de las acciones de guerra; para que exista el mando único (y éste es el compromiso adquirido unánimemente por todas las fuerzas militares y políticas para sus afiliados) es indispensable que el órgano cabeza visible sea obedecido por todos». Suscribían estas instrucciones, aparte del comandante Gállego, Onofre G. Tirador, de la CNT-FAI; Jesús Ibáñez, del PSOE, y Ceferino Álvarez Rey, del PCE.

El mismo 6 de septiembre, «La Prensa», en un editorial titulado «Unidad de acción y disciplina», insistía en las mismas ideas: «La guerra tienen que hacerla soldados (...). Con uniforme o sin él. Con un distintivo social al cuello o con gorro; pero militar al fin. Recluta o miliciano, ha de significar una misma cosa: disciplina, obediencia a quien mande (...). De esa manera se borrarán muchos particularismos de partido y de escuela y un pensamiento único posibilitará una acción única [...]. Si algunos principios se despeñan, empujados por superiores realidades, conformémonos».

Con la decisión de «militarización y mando único» que se rubricó en Grado, Asturias se adelantó más de un mes a varios decretos que en el mismo sentido dictó el Ministerio de la Guerra. Entre ellos, uno de 30 de septiembre de 1936 por el que las milicias se sometían al Código de Justicia Militar; y otro de 16 de octubre de 1936 por el cual el Ministerio de la Guerra asumía el mando de las milicias a través del Estado Mayor Central. El acuerdo de Grado fue suscrito, entre otros, por Belarmino Tomás, Onofre García Tirador, Juan Ambou, Ramón González Peña, Manuel Álvarez, Higinio Carrocera, Rufino Duarte y Francisco M. Dutor, y algunos de ellos entrarían a formar parte unos días después del Comité Provincial del Frente Popular que se constituyó en Gijón el 6 de septiembre de 1936.
                                             Miliciano (pintura2)

Coincidiendo con todo el proceso de militarización de las milicias, a comienzos de septiembre se trasladó a Gijón, desde Sama, el Comité Provincial del Frente Popular, con lo que se inició un proceso de centralización y reorganización del poder republicano que se completaría con la disolución posterior del Comité de Guerra que actuaba en Gijón. Una de las materias en las que más se dejó sentir esta reorganización fue en la justicia. El 12 de septiembre de 1936 un decreto, en consonancia con otro del Gobierno de la República, creó el Tribunal Popular Provincial, que se constituyó en Gijón el 21 del mismo mes. Pareja a la creación del Tribunal Popular fue la disolución de cuantos «comités» venían actuando con los nombres de «Investigación», «Vigilancia», «Salud Pública» y otros análogos, decretada por el gobernador general, Belarmino Tomás, el 8 de octubre de 1936. La función de administración de justicia quedó encomendada exclusivamente al Tribunal Popular. Quedaba claro el interés de las autoridades republicanas por impedir las acciones de terror y la actuación de los incontrolados. Belarmino Tomás, gobernador general de Asturias y León, declaraba al periódico «La Prensa», el 27 de octubre de 1936: «Estoy dispuesto a que se garantice la seguridad personal de los presos dentro de las cárceles. Se ha terminado eso de sacarlos de ellas cuando se quiera».

De la aplicación de estas medidas da testimonio la causa seguida unos meses después ante el Tribunal Popular de Gijón contra cuatro miembros de las «Milicias de Retaguardia», por la comisión de actos de terrorismo. Designados como «incontrolados», según el ministerio fiscal, practicaban detenciones ilegales sin que de algunos de los detenidos por ellos se volviese a saber. El tribunal impuso tres condenas de muerte y una de treinta años de reclusión (CNT, 29 y 30 de mayo de 1937).

 FUENTE:  JAVIER RODRÍGUEZ MUÑOZ

 Milicianos republicanos, Milio El Oso, Armando y otro compañero, en el frente en Asturias. Año 1936-39. (Foto Nº 7044 - Cedida por la Asociación Cultural "Amigos del Valle de La Hueria". La Hueria, San Martín del Rey Aurelio a Memoria digital de asturias).
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20 de diciembre de 2012

El allerano? Avelino García Mejido

La aventura de Avelino García Mejido

            Ilustración de mineros asturianos




Una de las consecuencias que trajo la represión que siguió a la huelgona de 1906 fue la emigración de cientos de mineros que tuvieron que abandonar la Montaña Central con sus familias ante el veto de Fábrica de Mieres prohibiendo que se reintegrarán a sus puestos de trabajo. Entre los que se fueron, estuvo Manuel Llaneza, quien intentó establecerse primero en Riotinto y acabó cruzando los Pirineos para entrar en las minas de la Société Houillère de Liévin, en la cuenca de Pas-de-Calais. Allí vivió con su mujer y su primera hija durante dos años y a su vuelta trajo consigo una resolución que iba a cambiar nuestra historia: la creación de un sindicato minero basado en las organizaciones que había visto funcionar en el exilio.

La región francesa de Nord-Pas-de-Calais, con dos departamentos, limita al noreste con Bélgica y es todavía una de las principales cuencas carboníferas del país vecino. Desde 1889 contaba con un fuerte sindicato de industria que había conseguido mejoras para los trabajadores; buenas viviendas, con su propia parcela de terreno; cuidados médicos; salarios dignos y mejoras en las condiciones de trabajo. Todo ello hizo que fuera elegida por muchos de los represaliados asturianos que hicieron el mismo camino de ida que Llaneza, pero decidieron quedarse allí. Hasta que una circunstancia inesperada truncó sus planes.

 Francisco Fernando de Austria, conocido en alemán como Franz Ferdinand von Österreich fue un archiduque de Austria-Hungría y heredero al trono imperial. Fue asesinado, junto con su esposa Sofía, duquesa de Hohenberg, en Sarajevo, Bosnia, 28 de junio de 1914. Él era el sobrino de Francisco José, emperador del Imperio Austro-Húngaro. Heredero al trono en 1896 después de una sucesión de muertes en la familia de los Habsburgo, su asesinato desató la Primera Guerra Mundial.

Ilustración que representa el momento del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y su mujer, la duquesa Sofía Chotek.

El 28 de junio de 1914 el archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa, Sofía, fueron asesinados en Sarajevo por un estudiante nacionalista, miembro del grupo serbio «Joven Bosnia». Luego todo vino de corrido. El 1 de agosto, Alemania le declaró la guerra a Rusia y, para cumplir con pacto suscrito con anterioridad, Francia correspondió haciendo lo mismo con Alemania, iniciando un conflicto que arrastró en su locura de sangre a 32 países y dejó sobre los campos de batalla un número de muertos y mutilados como nadie se había podido imaginar.

Debido a su situación estratégica, Nord-Pas-de-Calais fue de los primeros lugares en sufrir la violencia. El 4 de agosto el ejército alemán atacó a la ciudad de Lieja invadiendo Bélgica y Luxemburgo y a los pocos días, derrotando al ejército galo en las batallas de Lorena, Charleroi y Maubeuge, obtuvo el control de aquellas regiones industriales de Francia; la actividad en las minas quedó suspendida y los asturianos tuvieron que elegir entre incorporarse al ejército o volver a casa.

Casi todos optaron por el camino de vuelta e iniciaron su aventura de la misma forma: siendo detenidos por los alemanes, que les retuvieron en campos de prisioneros mientras se decidía su destino. Algunos protagonistas de esta historia calificaron de pésimas las condiciones de esta breve reclusión, aunque no todos compartieron esta opinión. Por ejemplo, nuestro hombre de hoy: Avelino García Mejido,

Avelino seguramente era allerano a juzgar por su segundo apellido y el diario La Vanguardia recogió su testimonio en su edición del 4 de diciembre de 1914. No sabemos si pertenecía al grupo de los que estaban en Francia desde 1906 o era de aquellos que fueron llegando más tarde hasta aquella cuenca lejana, después de leer las cartas escritas por los pioneros, dando a conocer su calidad de vida, que superaba en mucho a la de aquí.

En aquel artículo de prensa, titulado por el corresponsal de Oviedo «Odisea de unos mineros», se describía al asturiano como un joven inteligente, trabajador en las minas de Lille. Allí estaba cuando se declararon las hostilidades y pudo vivir como testigo algunas escaramuzas que se libraron cerca de los pozos durante los meses de agosto y setiembre, hasta que los tajos se cerraron en el mes de octubre, tras la ocupación alemana.

Desde aquel momento, los extranjeros fueron sometidos a un control estricto, con la obligación de no salir de sus alojamientos y presentarse cada tres días a sellar unos pasaportes que se les facilitaron, aunque -siempre según Avelino- los militares alemanes, que iban pertrechados con uniformes y armamento irreprochables hasta en los menores detalles, tuvieron con los españoles un trato exquisito, empleando formas corteses y procurando evitarles cualquier molestia.

En su relato, contó como uno de aquellos días decidió ir en busca de un compañero que había viajado hasta la vecina población de Douai y al que se le estaba acabando el tiempo para cumplir el trámite del pasaporte. En el camino le interrogaron varias patrullas, que al comprobar su nacionalidad española le dejaron paso; pero al llegar a la localidad se encontró con que se había hecho pública la prohibición de ocultar a cualquier hombre útil para las armas, bajo la amenaza de fusilamiento, y la población, temerosa, le negó un alojamiento que tuvo que facilitarle el propio alcalde de Douai.

Por fin, a la mañana siguiente localizó a su amigo, aunque los dos no tardaron en ser detenidos y encerrados en una estación próxima, donde los alemanes les hicieron tomar un tren en dirección a Valenciennes, junto a otros 700 prisioneros franceses.

En este punto volvemos a ver la simpatía por los germanos que sentía Avelino García Mejido, cuando afirmó con admiración que los soldados que los custodiaban en el tren adquirieron pan, entregándoselo primero a los prisioneros, antes de comerlo ellos, y también por la Cruz Roja alemana que en la estación de Charleroi obsequió a todo el convoy con chocolate, frutas y tabaco.

Sin embargo, lo que no pudieron obtener fue el permiso para que les dejasen entrevistarse con el cónsul español en Lieja, ya que el oficial jefe de la expedición les participó que tenía órdenes de entregarlos en la frontera suiza. Y así fue. El tren se internó en Alemania por Maguncia seguido en todos los pueblos por la curiosidad de una multitud silenciosa que presenciaba su paso desde unos andenes en los que también podían verse depósitos llenos de víveres preparados para la guerra. En Darmstadf, ya en el estado federado de Hesse, se abastecieron con abundantes provisiones y tomaron la dirección de Suiza.

Conocemos otro testimonio de un grupo de mineros mierenses que hicieron un viaje muy similar a éste -o a lo mejor fue el mismo-, aunque su visión del trato que recibieron fue totalmente opuesta. Sea como fuere, desde aquí, su camino también fue distinto. Éstos decidieron pasar la frontera italiana y allí embarcaron rumbo a Barcelona, donde el gobernador les negó la ayuda para conseguir un billete hasta Asturias, por lo que tuvieron que buscarse la vida para poder volver a casa como pudieron.

Avelino y su compañero, sin embargo, continuaron la mayor parte de su viaje por tierra, cruzando Francia. Desde Ginebra fueron por Lyon hasta Cette, en la región fronteriza de los Pirineos Atlánticos y también acabaron embarcando para llegar a Palamós, en la costa gerundense. Desde Gerona, tuvieron que seguir viaje subiéndose a los trenes sin billete, apenas sin comer nada, y repitiendo en varias ocasiones la misma escena: los revisores los entregaban a la pareja de la Guardia Civil y estos, compadecidos, hacía la vista gorda y les dejaban marchar.

Los dos amigos emplearon 14 días en su odisea, antes de verse de nuevo en casa, otros tuvieron menos suerte y fueron muchas las familias de mineros asturianos que tuvieron que vivir la Gran Guerra en primera línea. Avelino contó al llegar como era el escenario que dejaba atrás en la zona de las minas: «Desde Bapaume hasta Cambrai, 14 kilómetros, no existe una casa en pie. En muchos sitios el terreno está removido y plagado de cruces, ramos, kepis franceses y cascos prusianos, que denotan incalculable número de sepulturas». Terrible.
               Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR